Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Ursula estaba en el sofá

Página 73 de 110

Ursula estaba en el sofá viendo la televisión.

En el sofá de Sebastian, en el televisor de Sebastian.

En compañía de Sebastian.

Había llegado a su casa el viernes, después del trabajo, y se había quedado a pasar la noche. No hubo sexo entre ellos. Para su sorpresa, ni siquiera se planteó esa posibilidad. Sin la menor alusión ni insinuación, Sebastian le preparó la cama en el cuarto de invitados y, al día siguiente, la despertó con el desayuno. Al cabo de un rato, Ursula volvió a su casa.

Llegó a pensar en la posibilidad de hacer de verdad lo que les había dicho a sus colegas y presentarse en Uppsala para darle una sorpresa a Bella. Las madres solían hacer ese tipo de cosas. Pequeñas visitas inesperadas. La idea era pasar unas horas juntas, comer y volver a Estocolmo. El plan era bueno, pero no llegó a hacerlo realidad. No se atrevió. En lugar de eso, pasó todo el sábado limpiando la casa, yendo a comprar al supermercado y haciendo la colada, los quehaceres que una mujer divorciada se veía obligada a atender los fines de semana.

El domingo por la mañana, volvió a visitar a Sebastian, que realmente pareció alegrarse de verla. Tomó un segundo desayuno con él y los dos salieron a dar un largo paseo mientras un par de operarios trabajaban en el apartamento. Sebastian le explicó que cobraban más por ser domingo, pero al menos se habían presentado exactamente a la hora acordada. Los había llamado para que le instalaran una mirilla en la puerta. Mil ochocientas cincuenta coronas.

Hablaron un poco de todo mientras paseaban. Para Ursula era agradable poder hablar con franqueza con alguien que conocía su situación con Micke y no tener que pararse a pensar antes de cada frase. Surgió el tema de la investigación, pero era evidente que Sebastian no estaba interesado en el caso, ni pensaba interesarse. Al menos en esa fase. Los esqueletos, las mochilas y las listas de pasajeros no revestían el menor interés para él. Le resultaba interesante en cambio la mujer estadounidense —o de la nacionalidad que fuera— que de algún modo parecía estar implicada en los asesinatos, pero ella también estaba muerta.

Sebastian necesitaba personas. Seres humanos vivos. Personas enfermas, dañadas, envilecidas. Gente cuya visión de la realidad y del mundo desafiara la suya. Mentes que exigieran un esfuerzo de comprensión. Individuos que los demás consideraran «malos», para facilitarse las cosas. Cuando hubiera alguien así a la vista, Sebastian participaría con entusiasmo en la investigación. Pero hasta entonces…

Al final llegaron a unos billares en Söder y estuvieron un rato jugando a una variedad propia de billar americano, con reglas inventadas. Ursula ganó tres de las cuatro partidas que jugaron. Se sorprendió cuando quiso invitar a Sebastian a una cerveza en el bar y él pidió una Coca-Cola. En la época en que estaban juntos, Sebastian solía beber. Nunca en cantidades alarmantes, pero siempre aceptaba una invitación. Se preguntó una vez más qué le habría pasado.

—¿Qué soñaste? —le dijo de pronto—. Cuando estábamos en la montaña…

Sebastian levantó la vista, asombrado, desde el otro lado de la mesa. La miró a los ojos, pero no consiguió descubrir lo que estaba pensando. No pudo reprimir una sonrisa.

Se había sorprendido cuando el jueves por la noche Ursula se había presentado en su casa, pero más se había extrañado al verla regresar al día siguiente, con la intención de quedarse a dormir. Y ahora esa referencia a la semana que habían pasado en Storulvån, en tono distendido y relajado… Puede que su mirada o su voz no revelaran lo que estaba pensando, pero la pregunta era inequívoca. Pensaba que su breve encuentro en el comedor del albergue de montaña era algo que merecía la pena recuperar y repetir.

Sentía curiosidad.

Por su vida y sus cosas.

Y a eso había que sumarle las dos visitas a su apartamento. Dos noches. Nada de sexo, por supuesto. Pero aun así, o precisamente por eso, Sebastian tenía la sensación de que poco a poco iban recuperando algo semejante a lo que habían tenido antes de que ella descubriera que él se estaba acostando con su hermana.

Era agradable, pero le habría gustado conocer las razones de Ursula.

¿Acaso ella no le había manifestado con absoluta claridad que jamás lo perdonaría? ¿Qué pretendía entonces? Probablemente el divorcio la habría alterado, pero aun así, no lo comprendía. ¿Sería algún tipo de juego? ¿Un refinado plan para vengarse de él? En cualquier caso, resultaba interesante. Era lo más emocionante que le había pasado durante toda la inútil investigación del último caso.

—¿Por qué quieres saberlo? —le preguntó.

—Dijiste que en otro momento me lo contarías.

—Ya sé que te lo dije. Pero ¿por qué quieres saberlo?

Ursula cogió el botellín de cerveza y bebió un trago mientras él la estudiaba. Sabía exactamente lo que estaba pasando por su mente. Estaba pensando en cómo expresarlo. Si le respondía que era por simple curiosidad, no conseguiría nada de él, y lo sabía. Necesitaba ser sincera, desafiarlo de alguna manera o presentarle una teoría que él se viera obligado a desmentir.

—Porque cuando entraste en el comedor, cuando todavía no sabías que yo te estaba viendo…

—¿Sí? —preguntó Sebastian casi con ansiedad, cuando ella se interrumpió.

Parecía haberse decidido por la sinceridad. Casi pudo ver cómo elegía las palabras con extremo cuidado.

—Parecías un hombre que lo ha perdido todo —dijo ella finalmente.

Sebastian no respondió de inmediato. Había sido una buena jugada por parte de Ursula. No lo había desafiado, ni le había dicho nada que necesitara negar. Había sido sincera y, por desgracia para él, había acertado.

—Algún día te lo contaré —replicó Sebastian en voz baja—. Aquí no, desde luego, ni probablemente tampoco esta noche. Pero algún día te lo contaré. Te lo prometo.

Ursula asintió lentamente. Por el tono de voz y la mirada de Sebastian, se daba cuenta de que había dado en el clavo. Comprendía perfectamente que no quisiera contarle nada sentado en un bar, con una canción de Eurythmics de fondo. Ella tampoco habría querido oírlo en esas circunstancias.

—Espero que sea pronto.

Ninguno de los dos volvió a mencionarlo. Cuando regresaron, los operarios se habían ido y en medio de la puerta había una mirilla. Prepararon la cena y, después, se sentaron en el sofá. Sebastian no podía recordar cuánto tiempo hacía que no se tumbaba con alguien en un sofá, con los pies sobre una mesa baja, para ver la televisión. La última vez debía de haber sido con Lily.

—¿Puedo quedarme esta noche? —inquirió Ursula mientras se inclinaba hacia delante para coger el mando a distancia y quitar los anuncios, que acababan de interrumpir el programa.

—Claro.

—Entonces me quedo.

Miró lo que había en los otros canales y dejó un programa de supervivencia, en el Discovery Channel. Sebastian la observaba con cautela con el rabillo del ojo. Volvió a pensar lo mismo que antes.

¿Qué se proponía?

¿Era un juego? ¿Una venganza?

No lo sabía. Y lo peor era que le daba igual.

Ir a la siguiente página

Report Page