Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Vanja dio las gracias

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Vanja dio las gracias y colgó el teléfono. Había llamado a la Escuela Vallhamra, de Märsta. La directora llevaba solamente cinco años y medio en el cargo, pero se ofreció para ir a buscar a una maestra que trabajaba en el colegio desde hacía ya quince y recordaba muy bien a Ella y Simon Cederkvist. La escuela había vivido aquellas muertes como una tragedia.

Vanja se levantó del escritorio y fue a ver a Torkel. Ursula estaba sentada en el sofá de los invitados, en su despacho de ambiente práctico e impersonal.

—Charles Cederkvist no estaba en casa —dijo Torkel, antes de que Vanja tuviera tiempo de hablar.

—¿Y en el trabajo?

—Según su jefe, no —respondió Torkel, negando con la cabeza.

—¿Pedimos una orden de busca y captura?

—No lo sé —contestó Torkel, en tono dubitativo—. Tenemos muy poco contra él.

—Lamentablemente, yo tampoco puedo aportar nada más.

Vanja se sentó en el apoyabrazos de uno de los dos sillones.

—Los niños no volvieron al colegio después de la semana de vacaciones, pero tampoco estaba previsto que regresaran a la escuela.

—¿Por qué no? —inquirió Ursula, y Vanja se volvió hacia ella.

—Por el proyecto de la vuelta al mundo. El plan era que asistieran a la escuela hasta las vacaciones y que después siguieran estudiando desde su casa. Su madre era maestra.

—Pero ¿nadie volvió a verlos después de las vacaciones? —preguntó Torkel, para asegurarse.

—No, pero, como ya os he dicho, eso tampoco significa nada.

—Gracias, esperemos que Billy y Jennifer hayan descubierto algo útil.

Vanja hizo un gesto afirmativo y se levantó del apoyabrazos.

—¿Sabéis adónde ha ido Sebastian?

—Creo que ha bajado al comedor —respondió Ursula.

Vanja asintió. Cuando ya estaba saliendo del despacho, Torkel la llamó.

—Vanja…

Se detuvo y se volvió.

—Tengo pensado hablar con Harriet sobre los cursos del FBI, y llegar más arriba si es preciso.

—Gracias, pero creo que no servirá de nada.

Vanja salió de la habitación mientras Torkel la contemplaba con cara de preocupación. Ursula se recostó en el sofá.

—Mira la parte positiva. Te la quedas tú.

—Pero no es lo que ella quiere.

—No siempre tenemos lo que queremos —replicó Ursula con sequedad.

Torkel asintió, dándole la razón. Precisamente en lo referente a Ursula, era dolorosamente consciente de esa realidad.

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