Muertos prescindibles
Mehran se bajó del metro
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Mehran se bajó del metro de la línea verde en Vällingby. Según Melika, Joseph vivía en un apartamento en Härjedalsgatan. O al menos había vivido allí tiempo atrás. No sabía si aún conservaba ese domicilio, ni tampoco quería averiguarlo. Mehran echó un vistazo al GPS del móvil y empezó a caminar en la dirección indicada. No tenía prisa. Ni siquiera sabía qué iba a hacer si Joseph seguía viviendo en el mismo sitio y lo encontraba en casa. Las cosas que le había contado Melika le daban vueltas en la cabeza. Eran fragmentos de historia, retazos de acontecimientos del pasado, que abrían más interrogantes de los que respondían. Lo más importante era que Melika tenía miedo. Tenía un pánico de muerte. O al menos eso creía Mehran, que nunca antes había visto un miedo semejante. Era como si hubiera tenido todo ese temor encerrado en su interior y lo hubiera dejado salir a borbotones en cuanto se sinceró con él. El miedo volvía creíble su versión, aunque Mehran no dispusiera aún de la historia completa.
Said y los primos de Melika habían pedido préstamos para montar la tienda. Habían pedido dinero a amigos y parientes, pero el negocio no acababa de funcionar y los primos querían venderlo, sobre todo cuando muchos de sus acreedores empezaron a pedirles que saldaran la deuda. Incluso tenían interesados en comprar. Había dos hermanos que les habían hecho una oferta. Por su parte, Said estaba convencido de que la tienda empezaría a dar beneficios al cabo de un tiempo y quería conservarla, pero no tenía dinero para comprar la parte de los otros dos. Habían discutido mucho y a raíz de las peleas se habían ido distanciando. Melika estaba en medio. Les debía lealtad a sus primos, pero también quería mucho a su marido, aunque a veces pensara que era demasiado ingenuo.
Los problemas más graves empezaron cuando Rafi, el menor de los primos, que siempre gastaba más dinero del que ganaba, le pidió otro préstamo al hombre llamado Joseph. En realidad, su nombre era Mohammed «Al-…algo». Melika no lo podía recordar muy bien, pero todos lo llamaban Joseph. A nadie le gustó que Rafi tuviera tratos con él, porque corrían rumores sobre él y su forma de ganar dinero. Se comentaba que conocía a alguna gente y que no todas eran buenas personas. Que era peligroso enemistarse con él.
Al principio, había sido amable y servicial, sobre todo con Rafi, pero pronto había empezado a presentarse cada vez más a menudo en la tienda y a dar su opinión sobre el negocio. Empezó a comportarse como si fuera el dueño. A Said lo volvía loco. Rafi intentó mediar y, después de un tiempo, también Turyalai intervino, pero no sirvió de nada. Said siguió quejándose de la intromisión de Joseph.
Joseph insistía en que después del préstamo que le había hecho a Rafi era copropietario del negocio.
Said opinaba que el préstamo concedido a Rafi no tenía nada que ver con la tienda.
Joseph, por su parte, decía que la tienda era el aval de su préstamo, que él consideraba una inversión.
Las discusiones continuaron.
Al final, los primos intervinieron y le pidieron a Joseph que se fuera, con la promesa de devolverle todo el dinero. Joseph aceptó y les preparó un plan de pago con intereses, que a su vez generaban más intereses con cada día de retraso. Además, les describió con todo lujo de detalles lo que les pasaría si no le pagaban. Para poder saldar la deuda, Rafi y Turyalai empezaron a robar de la caja de la tienda y, al cabo de un tiempo, Said los descubrió.
Había sido espantoso, según le contó Melika a Mehran. Said había culpado a toda la familia. Entonces los dos primos le explicaron cómo era Joseph y lo mucho que le temían. Said se puso furioso y dijo que ya le enseñaría él a Joseph. Cualquiera que robara de la tienda le estaba robando a él. Y nadie le robaba a Said. ¡Nadie!
Llamó a Hamid y se fueron juntos a Vällingby. Nadie supo cómo lo consiguieron, pero volvieron con el dinero. Permitieron que Joseph se quedara con el importe del préstamo original, pero le hicieron devolver el resto. Regresaron jactándose de que le habían hecho pasar mucho miedo. Said se convirtió en un héroe. ¡No había quien lo parara! Hizo las paces con los primos de Melika, que le pidieron disculpas, y él las aceptó. Se hicieron promesas los unos a los otros de permanecer unidos en lo sucesivo y no discutir nunca más. Todo iría bien.
Pero no fue así.
En ese punto del relato, Melika se había echado a llorar.
Un mes después de aquel incidente, Said y Hamid desaparecieron sin dejar rastro. Shibeka había sido la primera en preocuparse al ver que su marido no volvía a casa. Enseguida se había puesto a llamar a todo el mundo. Hamid no era el tipo de persona que simplemente desaparece. Habían buscado por todas partes y habían llamado a todos los amigos que recordaban. Pero los dos hombres se habían esfumado.
Nadie sabía nada.
Rafi supuso que Joseph estaba implicado en esas desapariciones. Se armó de valor y fue a buscarlo. Pero le dijeron que Joseph estaba en Egipto, por lo que era imposible hablar con él.
Unas semanas después, Joseph volvió a la tienda. Se encaró con ellos y les reclamó el dinero que le debían, ahora que ya no podían esconderse detrás de Said.
Entonces Rafi convenció a su hermano y vendieron el negocio. Con el dinero de la venta, saldaron sus deudas con Joseph y con todos los demás, y le dieron a Melika la parte de Said. Aunque nunca pudieron demostrar nada, seguían sin descartar la idea de que Joseph había estado implicado en la desaparición de Said. No lo sabían con certeza. Sólo lo suponían. Rafi, más que nadie, se sentía tremendamente culpable. Había sido él quien había pedido el préstamo y quien había robado el dinero para pagarlo. Quizá todo habría sido muy distinto de no haber hecho él nada de eso. El sentimiento de culpa había estado a punto de matarlo. No había querido ver a Melika nunca más. Se había mudado a Malmö y, poco después, su hermano se había marchado con él. Melika no había vuelto a verlos desde entonces.
Mehran no podía entender por qué no lo habían denunciado. Se lo preguntó a Melika. ¿Cómo habían podido simplemente marcharse, sin hacer nada, sin tratar de averiguar la verdad? Tenían que haberlo hecho por ella. Said era su marido. El padre de su hijo. Y Hamid era el padre de Mehran.
No era fácil reconocerlo, pero la explicación era muy simple.
Sencillamente, no se habían atrevido. No sabían nada con seguridad. Callaron al principio, y después lo más fácil fue seguir callando.
Así había sido la vida de Melika desde la desaparición de Said. Primero temía que las sospechas de sus primos fueran ciertas y le tenía miedo a Joseph. Después había vivido con el temor de que Shibeka y los demás lo averiguaran.
Miedo. No había sentido otra cosa en todos esos años.
Mehran creyó al principio que la odiaría, pero no pudo odiarla. Su madre y él habían vivido en la incertidumbre, pero al menos no habían tenido miedo. En realidad, sentía pena por Melika.
Pero la obligó a revelarle la dirección. Él no tenía miedo. Además, necesitaba saber la verdad, por su madre. A Shibeka, sin embargo, no le dijo nada, porque ella jamás le habría permitido que se encontrara con Joseph. No habría hecho más que preocuparse. Por eso había fingido que iba al colegio, como siempre.
Ya estaba en Härjedalsgatan, una calle como cualquier otra. Los edificios de ladrillos rojos eran más bajos que los de Rinkeby. De tres pisos, según pudo observar. Más viejos que los de su barrio, pero mejor conservados. Una gran superficie de césped se extendía como una alfombra delante de la construcción en forma de L. El número 44 se encontraba en el brazo largo de la L. Mehran miró a su alrededor y bajó la vista para consultar una vez más el papel que le había dado Melika. Sí, era el número 44. Una pareja mayor venía caminando por la otra acera, un poco más lejos. Aparte de eso, la calle estaba desierta. Se preparó para actuar.
Solamente necesitaba saber si Joseph estaba en casa. Eso era todo. No iba a hacer nada. Le diría que era hijo de Hamid y esperaría a ver su reacción. Eso si aún seguía viviendo allí… Porque la dirección era antigua.
Empezó a avanzar lentamente hacia el portal. No era tan fácil como había pensado. Cuanto más se acercaba, más le pesaban las piernas. Al final, tuvo que obligarse a seguir andando. Tenía calor y sentía que el sudor le corría por la espalda, aunque hacía frío. Pero ahora que había llegado hasta ahí, tenía que subir. Se prometió que sería prudente. Que se comportaría como un adulto. Era hijo de Hamid. Mucho tiempo atrás, su padre había entrado por esa misma puerta y se había enfrentado a Joseph. Ahora le había llegado el turno a él.
No era preciso marcar ningún código para abrir la puerta, de modo que la empujó y sin hacer ruido entró en el oscuro vestíbulo. Sin preocuparse por encender la luz, fue a consultar los nombres de los vecinos que figuraban en una lista junto a la puerta. Entre ellos encontró a un tal «M. Al-Baasim». Era el único nombre que se parecía al que Melika recordaba a medias, de modo que con cautela subió la escalera, hasta el primer piso, y se detuvo delante de la puerta. Imaginó que tenía a Hamid delante. Intentó ver a su padre de pie en el rellano, con Said, e imaginar cómo llamaba al timbre y obligaba al hombre del apartamento a devolverle el dinero que había robado Rafi. Se preguntó cómo se habría desarrollado la escena. ¿Habría sido su padre el más fuerte? ¿O simplemente habría acudido como acompañante, para apoyar a Said? Mehran se decantó por lo primero. Su padre tenía que haber sido el más valiente.
Lo mismo que él. Ahora Mehran estaba siguiendo sus huellas.
Un hombre de aspecto recio, sin afeitar, le abrió la puerta.
—¿Qué quieres? —le dijo.
Mehran no reconoció la voz. No estaba seguro de casi nada en lo referente a Joseph, pero habría reconocido en cualquier parte su voz áspera y nasal. De eso estaba convencido. El hombre que tenía delante no podía ser Joseph.
—Busco a Joseph —manifestó, intentando expresarse con tanta contundencia como pudo.
El hombre lo miró de una manera que Mehran no supo interpretar.
—¿Joseph? Ya no vive aquí. Hace mucho que se mudó. ¿Quién pregunta por él?
—Me llamo Mehran. Mehran Khan. Soy hijo de Hamid.
—No conozco a ningún Hamid.
—Pero Joseph sí. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
El hombre soltó una carcajada, dejando al descubierto una hilera de dientes amarillos y desiguales.
—No, pero si lo ves, puedes saludarlo de mi parte y recordarle que me debe dinero. Cuando vine a vivir a este apartamento había dejado facturas de varios meses de agua y de luz sin pagar.
Antes de que Mehran tuviera tiempo de contestar, el hombre ya le había cerrado la puerta en la cara. Se quedó sin saber qué hacer.
Dentro del apartamento, el hombre de los dientes amarillos permaneció inmóvil, espiando por la mirilla. Se quedó mirando la espalda del muchacho y lo vio bajar la escalera.
Desde el cuarto de estar, se oyó una voz en árabe. Una voz áspera y nasal.
—¿Quién era?
—Un problema, creo —respondió el hombre.