Muertos prescindibles
Vanja salió del ascensor
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Vanja salió del ascensor en la planta baja, se dirigió hacia la izquierda por el pasillo, giró a la derecha y entró en el comedor del personal, pasando entre las grandes puertas de vidrio abiertas. A la derecha había una sección de autoservicio: cuatro grandes vitrinas con diferentes opciones de menú. Carne, pescado, platos vegetarianos y ensaladas. Delante de las cajas se habían formado dos largas colas, que pasaban delante de un mostrador, donde se podían escoger las bebidas, el pan y los condimentos. En la sala había alrededor de cuarenta mesas, con manteles blancos de hule y pequeños tiestos con ramitas de arándano. En las mesas más grandes había espacio para dieciséis comensales y en las más pequeñas, para cuatro. Había mucha gente, colas en las cajas, bullicio de conversaciones y ruido de platos y cubiertos.
Vanja se quedó de una pieza cuando vio quién acababa de pagar en una de las cajas y avanzaba entre las mesas con su bandeja. Håkan Persson Riddarstolpe. Lo siguió con la mirada, sin decidirse a abordarlo para preguntarle qué había pasado y cuál había sido su error. En algún momento tendría que averiguarlo. Jamás sería capaz de superar su decepción, ni de dar por cerrado el asunto si no conocía la respuesta. Sin embargo, no sabía si el lugar y la ocasión eran los más adecuados. Finalmente se dijo «¿por qué no?» y se dispuso a ir tras él.
Pero entonces vio a Sebastian, sentado a una mesa junto a la ventana. Håkan Persson Riddarstolpe iba caminando en su dirección. Sebastian levantó la cabeza y vio a su colega. Vanja empezó a moverse más lentamente, porque quería ver si Sebastian hacía o decía algo. Le habría parecido perfecto que le gritara y lo llamara inútil e incompetente delante de toda la gente que atestaba el comedor. Håkan Persson Riddarstolpe estaba cada vez más cerca. Sebastian lo estaba mirando. Pronto pasaría delante de su mesa. Si Sebastian pensaba hacer algo, tenía que hacerlo en ese instante. Y lo hizo, pero no fue ni remotamente lo que Vanja esperaba.
Cerró los ojos un segundo e hizo un breve gesto de afirmación.
Vanja no se lo podía creer.
Había inclinado levemente la cabeza, pero no como un saludo, sino más bien como una confirmación, como la ratificación de un silencioso acuerdo.
Era una locura.
Se estaba volviendo loca.
Sebastian no le tenía ningún aprecio a Håkan Persson Riddarstolpe. Lo aborrecía. ¿Sería tal vez que no había querido montar una escena en público y por eso solamente le había hecho una señal? ¿Había sido tal vez un saludo frío y reservado, combinado quizá con una pizca de desprecio? ¿Lo habría interpretado mal? Sin embargo, Vanja sabía perfectamente lo que había visto. Había sido una afirmación satisfecha, con los ojos cerrados, un gesto de agradecimiento para alguien que había hecho lo que debía.
Pero era una locura.
¿Qué podía haber hecho Håkan Persson Riddarstolpe que Sebastian quisiera agradecerle? Nada. Si la opinión que tenía de él podría haber sido peor, los últimos acontecimientos habrían tenido que empeorarla aún más. Lo normal habría sido que le hiciera el vacío. Que lo insultara. Que lo mirara con altiva arrogancia.
Cualquier cosa, menos agradecerle.
La idea apareció de repente, como surgida de la nada. A Vanja se le cortó el aliento. Era imposible. No había absolutamente ninguna razón para pensarlo. Tenía que estar loca.
Pero lo sucedido en los últimos tiempos…
Nada bueno. Valdemar, Trolle, Ellinor, el FBI… Y en todos los casos, un denominador común.
Sebastian Bergman.
Pero ¿por qué? ¿Qué razón podía haber? En ese momento… Ninguna. Era una locura, pero la idea cobraba fuerza. La explicación de que Trolle le diera a Sebastian los documentos de la investigación no la había convencido al ciento por ciento, y ahora ese gesto conspiratorio… Vanja dio un paso atrás, salió del comedor y, después, torció a la izquierda y otra vez a la derecha. En el ascensor, marcó el sexto piso.
Abrió la puerta y miró a su alrededor. Toda la sexta planta parecía desierta, puesto que era la hora de comer. Empezó a recorrer el pasillo. Los primeros despachos estaban vacíos. Oyó que se abría la misma puerta por la que acababa de entrar y se volvió. Una mujer de ojos castaños y pelo negro cortado a lo paje venía hacia ella, con una bolsa de plástico con el almuerzo en la mano.
—Hola. ¿Querías algo? —preguntó mientras entraba en la pequeña cocina, a un costado de la puerta.
Vanja volvió sobre sus pasos y se detuvo delante de la cocina. La mujer de pelo oscuro estaba delante de la encimera, sacando su almuerzo de la bolsa.
—Sí, tal vez… Me llamo Vanja y trabajo en la Unidad de Homicidios.
—Ah…
—Quizá te parezca un poco extraño, pero tengo un colega en el equipo que se llama Sebastian…
—¿Bergman? —preguntó la mujer, y se volvió hacia ella con una sonrisa en los labios.
—Sí, ese mismo. ¿Lo conoces?
—Sí.
La breve respuesta, seguida de una sonrisa, le reveló a Vanja que la mujer debía de conocer a Sebastian en el sentido bíblico. Probablemente se había acostado con él. No pudo reprimir un suspiro.
—Estuvo aquí el jueves —añadió la mujer, al mismo tiempo que metía un plato en uno de los dos hornos de microondas alineados sobre un estante.
Vanja sintió que se le paralizaba el corazón. Había acudido a esa oficina para confirmar que su idea sobre la implicación de Sebastian en todas sus desgracias era una completa locura. Estaba ahí para descartar definitivamente esa sospecha.
—¿Vino aquí? —consiguió articular.
—Sí, para hablar con Håkan —contestó la mujer cuando marcaba un minuto y cuarenta y cinco segundos en el temporizador del microondas y cerraba la puerta.
Caos. Ninguna otra palabra habría podido describir lo que sucedía en el interior de la cabeza de Vanja. Sonó el teléfono. Miró la pantalla. Era Anna. No podía soportar nada más. Rechazó la llamada. La mujer de pelo oscuro se apoyó en la encimera y se la quedó mirando, como si esperara que la conversación continuara de alguna manera, pero Vanja seguía sumida en sus pensamientos. Ni siquiera sabía por dónde empezar a ordenarlos. Por alguna extraña razón, no dejaba de recordar la casa de Sebastian. La cena. La noche que había dormido allí. La velada en que Sebastian se había ganado su confianza. Sin embargo, le había dicho que no quería acostarse con ella. ¿Qué se proponía entonces? Volvió a sonar el teléfono. Anna otra vez.
—Estoy ocupada —le dijo Vanja secamente cuando contestó—. ¿Es importante?
Lo era.