Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Hospital Karolinska

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Hospital Karolinska, servicio de urología.

Allí habían llevado a su marido. Por la mañana, la habían llamado desde la cárcel, para comunicarle que Valdemar padecía unos dolores abdominales tan intensos que durante un momento había perdido el conocimiento cuando había intentado levantarse de la litera. En urgencias lo habían derivado rápidamente al servicio de urología, y allí estaba Anna desde hacía una hora, después de entrar por la puerta principal del edificio A2. A Valdemar le estaban haciendo pruebas, por lo que ella se sentó a esperar y decidió llamar a su hija.

Vanja ya había llegado. Se abrazaron cuando se encontraron. Lo primero que pensó Anna al verla fue que parecía atormentada. Y cansada. Como si solamente una gran fuerza de voluntad le permitiera tenerse en pie.

Vanja le preguntó si sabía algo.

Anna le contestó que no.

Se sentaron juntas en uno de los sofás azules de la sala de espera. Anna no sabía si debía preguntarle a su hija cuánto tiempo llevaba en Estocolmo, ni por qué no había dado señales de vida desde que se había enterado de que Valdemar estaba en la cárcel. Pero decidió callar, porque sabía que no conseguiría nada preguntando. No era ningún secreto que Vanja y Valdemar tenían una relación especial, estaban mucho más unidos que Anna con su hija. Era así y tenía que aceptarlo. Si le preguntaba ahora por qué no había llamado, probablemente Vanja le diría que el teléfono funcionaba en las dos direcciones. Y tendría razón. Anna tampoco la había llamado.

—¿Lo sabías? —Oyó de pronto que le preguntaba Vanja.

—No —respondió Anna.

Fuera cual fuera el sentido de la pregunta de su hija, era cierto.

—¿Cómo es posible?

Anna se volvió hacia Vanja, que seguía mirando fijamente al frente.

—¿Te refieres a que estaba enfermo?

—No.

—Tienes más de treinta años. Tú también conocías la vida que llevábamos. ¿Lo sabías tú?

—No.

Vanja se volvió hacia ella y la miró a los ojos. Había dolor en la mirada de Vanja, y Anna se preguntó si la causa de ese dolor sería únicamente la difícil situación en que se encontraba su padre.

—Perdóname —dijo Vanja en voz baja, y apoyó una mano sobre la de Anna, que con cierta sorpresa le dio un par de palmaditas de agradecimiento.

Un médico entró en la sala y se dirigió hacia ellas. Nada más verlo, las dos se pusieron de pie al mismo tiempo. El hombre las saludó, se presentó como Omid Shahab y las invitó a pasar a su despacho. «No puede ser nada bueno», pensó Anna.

—¿Podrías ir tú? —preguntó—. Yo prefiero esperar aquí a Valdemar.

Vanja asintió y se fue con el médico. Anna los vio alejarse. Les parecería extraño que hubiera decidido quedarse en la sala de espera, pero ya no tenía fuerzas para recibir ninguna mala noticia más acerca de su marido. Había tenido suficiente. No podía más.

Una vez en su despacho, Omid le indicó a Vanja que se sentara junto al escritorio. Él se sentó en una silla de oficina y la hizo rodar para acercarse a ella. «Mala señal», pensó Vanja. Proximidad y actitud grave y sentida. Iba a decirle algo malo.

—Le hemos hecho una ecografía —indicó Omid, y enseguida hizo una pequeña pausa.

—¿Y qué han encontrado…? —tuvo tiempo de preguntar Vanja.

—Después le hicimos un TAC, para asegurarnos, pero todo parece indicar que Valdemar padece cáncer de riñón.

«No, eso no. Otra vez no», pensó Vanja. Hacía muy poco tiempo que le habían dado el alta. ¿No habían sufrido ya bastante?

—Hace poco salió de un cáncer de pulmón —le dijo al médico.

—Sí, ya lo hemos visto —precisó Omid, con un gesto de asentimiento—. Probablemente se trata de una metástasis. Las células cancerosas viajan por la sangre y se enganchan a otros órganos.

—De acuerdo. ¿Qué va a pasar ahora?

—Tenemos que averiguar en qué fase se encuentra el cáncer —le explicó el médico, procurando que le entendiera bien todo lo que le decía—. Vamos a operarlo. Si tenemos suerte, el cáncer no se habrá extendido más allá de los riñones.

Vanja no necesitó preguntar qué pasaría si no tenían suerte. La palabra clave era «metástasis». Era posible que el cáncer se hubiera extendido a todo el organismo. En ese caso, no podría superar la enfermedad. Ni ella podría soportarlo. Pero había otra palabra que le preocupaba. «Riñones». En plural.

—¿Están afectados los dos? —preguntó, aunque creía saber la respuesta.

El gesto afirmativo de Omid llegó antes que las palabras.

—Es lo que indican las pruebas. Por eso tenemos que encontrar un donante, antes de operar.

—Yo seré la donante —dijo Vanja de inmediato.

—Entiendo que ese sea su primer impulso, pero se trata de una intervención muy seria, tanto para el receptor como para el donante —aclaró Omid, negando con la cabeza—. Tendrá que pensarlo detenidamente.

—No necesito pensar nada —lo interrumpió Vanja—. Voy a donarle un riñón.

Omid miró a la joven que tenía delante y comprendió que nada de lo que dijera la haría cambiar de opinión. Ya lo había decidido.

—Pediré que le programen las pruebas necesarias —dijo el doctor al cabo de un momento.

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