Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


LENNART STRIDH MUERE

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LENNART STRIDH MUERE EN ACCIDENTE DE TRÁFICO.

El titular ocupaba toda la pantalla de su iPad. Era una noticia destacada. Uno de los periodistas de investigación más populares de Suecia se había salido de la carretera con su coche y se había precipitado al mar. Desgraciadamente, se había ahogado tras quedar inconsciente al golpearse la cabeza contra el parabrisas. «El cinturón de seguridad habría podido salvarlo», rezaba el pie de la fotografía, en la que podía verse una grúa que extraía del agua un vehículo con el logo de la televisión sueca claramente visible a un costado. No era cierto. Desde el mismo instante en que Lennart había decidido llamar a Charles, ya nada ni nadie habría podido salvarlo.

Charles pasó a consultar la web del otro periódico vespertino. El mismo titular y la misma información, pero con un añadido: la policía no descartaba que el periodista se encontrara bajo los efectos del alcohol. Estupendo. Siguió leyendo las noticias de los medios digitales. En ninguno encontró la menor alusión a una sospecha de asesinato.

Una puerta cerrada. Si no del todo, al menos parcialmente. ¿Habría dicho Lennart en la redacción adónde iba y a quién pensaba ver? Y, de no ser así, ¿se preguntarían sus compañeros qué estaba haciendo cerca de Bråviken? Charles recordó entonces el teléfono móvil. Lennart Stridh lo había llamado. Si a alguien se le ocurría investigar sus últimos días, repasaría el registro de sus llamadas y entonces descubriría un nombre que ya figuraba en otra investigación.

Charles dejó la tableta en el asiento del acompañante, encendió el motor y puso rumbo a Estocolmo. Había demasiados imponderables y puntos dudosos. Sentía como si tuviera detrás una enorme presa en la que comenzaran a aparecer pequeñas grietas y fisuras. Las tapaba lo mejor que podía, con el material que tenía a su alcance, pero todo parecía indicar que la presa acabaría cediendo y que lo que había detrás irrumpiría con una fuerza incontenible. Y era preciso que Charles estuviera muy lejos cuando eso sucediera.

Sonó el teléfono. Miró la pantalla. Un nombre que no veía desde hacía mucho tiempo. Por un instante consideró la posibilidad de no contestar, pero necesitaba toda la información que pudiera conseguir para mantenerse un paso por delante de los demás.

—¿Qué quieres?

—Soy Joseph —le respondió una voz áspera y nasal, con pronunciado acento extranjero.

—Ya lo sé —dijo Charles—. ¿Qué quieres?

—Un chico estuvo aquí. El hijo de Hamid.

Charles no respondió y Joseph interpretó su silencio como una señal de que no recordaba quién era Hamid.

—Uno de los tipos que entregamos a los norteamericanos —le explicó.

Charles volvió a recordarlos a los dos, atados y tirados en el suelo. En ese momento, ni siquiera sabía cómo se llamaban. Ya estaban allí cuando llegó. Su misión consistía únicamente en vigilar. Sólo tenía que ser la presencia sueca mientras los norteamericanos actuaban en Suecia, informar a sus superiores y tal vez aprender alguna cosa.

—¿Qué quería?

—Hablar conmigo.

Charles cerró los ojos. Una nueva grieta en la presa. Había que sellarla lo antes posible, antes de que siguiera resquebrajándose.

—Acuerda una entrevista con él, atrápalo y llámame cuando lo tengas.

Puso fin a la conversación antes de que el hombre de acento extranjero tuviera tiempo de responderle. Aceleró y siguió camino hacia el norte.

Debía hacer dos cosas: conseguir otro coche y asegurarse de que no tendría que ocuparse de todo él solo.

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