Muertos prescindibles
Mehran se había bajado en Fridhemsplan
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Mehran se había bajado en Fridhemsplan para cambiar a otra línea. Pero como no tenía ganas de volver a su casa, salió a la calle y entró en el centro comercial de Västermalm, justo al lado de la estación del metro. Una vez dentro, se puso a caminar sin rumbo, mirando los escaparates. Sabía que en realidad habría sido mejor volver directamente a su casa y contárselo todo a Shibeka, pero antes quería investigar un poco más. Su madre necesitaba saber la verdad, para dejar de moverse en círculos, constantemente obsesionada por la desaparición de su marido.
Necesitaba llegar a una conclusión. Un punto final.
Él también lo necesitaba. Salió del centro comercial por Fleminggatan y se quedó quieto, en medio del torrente de estresados transeúntes. Levantó la vista hacia el edificio amarillo que destacaba en lo alto de la cuesta, un poco más lejos. Bajo sus pies discurrían las galerías del metro, donde estaba la tienda que había sido de Said. Ojalá hubiera visitado antes el comercio, porque entonces habría podido averiguarlo todo mucho antes. Pero sabía por qué no lo había hecho. Había varios lugares que solía frecuentar con su padre que durante todos esos años había eludido y había preferido no volver a visitar. Uno de ellos era esa tienda. Otro, el campo de fútbol a medio camino de Tensta donde Hamid le había enseñado a montar en bicicleta. O el parque infantil delante del edificio de Melika.
Siempre había pensado que esos lugares le recordarían demasiado a su padre. No quería sentir el dolor de su ausencia. Lo mejor era enterrar la pena y olvidarla. O al menos eso había creído, porque en realidad no era así. Necesitaba los lugares y los recuerdos. No le hacían daño y en cambio podían revelarle algunas cosas.
Porque había comprobado que algunos de sus recuerdos no coincidían con la realidad. Unas personas que consideraba amigas en realidad discutían todo el tiempo. La tienda donde le daban golosinas había sido el comienzo de todos los problemas. Melika no estaba siempre enfadada, sino que tenía miedo.
Pero había algo que seguía igual que antes.
Echaba de menos a su padre. Antes, cuando era un niño, y también ahora, que ya era mayor. Eso no iba a cambiar.
La vida era muy extraña. Toda la gente que conocía quería sacarle el máximo partido: conseguir riqueza, éxitos y el respeto de los demás. Él también. No era diferente. Pero lo que realmente necesitaban todos era un poco de coherencia. Cosas que se pudieran entender. Recuerdos que no cambiaran. Amigos en los que poder confiar. Padres que no desaparecieran. Parecía sencillo, pero cada vez veía con más claridad que no era fácil conseguirlo.
El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos.
No conocía el número que apareció en la pantalla.
Pero enseguida reconoció la voz de la persona que lo llamaba.
—¿Mehran? —preguntó la voz áspera y nasal.
Tardó un segundo en contestar. Dos segundos. Quizá tres.
—Sí.
El hombre, en cambio, no esperó. Su voz chirrió enseguida en el oído de Mehran, ansiosa por obtener respuesta.
—Soy Joseph. Me han dicho que me estabas buscando.
Mehran no dijo nada. Se quedó en silencio, mirando los coches que pasaban. La voz hablaba con tanta confianza que se vio obligado a mirar a su alrededor, por si Joseph estaba oculto en alguna parte, espiándolo. No lo vio, pero eso no significaba nada.
—Hace mucho que no sé nada de ti, Mehran. ¿Cómo te van las cosas?
—¿Cómo conseguiste mi teléfono?
—Fue fácil. Conozco a mucha gente que puede ayudarme a conseguir lo que quiero.
Era una amenaza, que ni siquiera se tomó el trabajo de disimular. Quería advertirle a Mehran que podía encontrarlo cuando quisiera. El muchacho se preparó para resistir. No pensaba dejarse acorralar por el miedo.
—Quiero verte —dijo Mehran, con tanta calma como pudo.
—¿Por qué?
—Porque sí. Tengo que hablar contigo. Y creo que a ti también te conviene hablar conmigo.
La voz al otro lado de la línea guardó silencio un momento.
—Entonces ven a verme —indicó por fin.
—De acuerdo —respondió Mehran—. Dime dónde estás.