Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Sebastian iba detrás de Jennifer y Billy

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Sebastian iba detrás de Jennifer y Billy por la escalera del edificio de Stavbygränd. Era casi simbólico. La juventud ávida y entusiasta iba delante, y el raciocinio la seguía. En realidad, no tenía nada que hacer ahí. Pero era mejor acompañarlos que quedarse en el edificio de la policía, preocupándose por Vanja. Además, el caso había dado un giro interesante. Si Adam Cederkvist era el responsable de la investigación sobre los dos afganos desaparecidos, y eso había determinado de alguna manera que su familia y él acabaran enterrados en una fosa común en las montañas, entonces el caso tenía una misteriosa vertiente de conspiración y era además completamente único. Por otra parte, el hermano de Adam había intentado ocultar la identidad del cadáver a la policía, de lo que se deducía que estaba implicado. Incluso era probable que se tratara de un fratricidio, algo tremendamente interesante, de ser cierto. Sebastian esperaba poder interrogar a Charles para estudiar todas las inhibiciones, racionalizaciones y proyecciones que probablemente habría desarrollado.

Jennifer y Billy ya estaban delante de la puerta donde podía leerse el nombre de la familia Khan. Llamaron al timbre. Sebastian se situó detrás de ellos, para observarlos. Parecía como si fueran demasiados los que se habían congregado en el estrecho pasillo. El niño que les abrió la puerta debió de pensar lo mismo, porque los miró asombrado. Era un chico delgado, de unos trece años, en camiseta y vaqueros.

—Hola, buscamos a Shibeka Khan —le dijo Billy con amabilidad.

—Somos policías —añadió Jennifer enseguida mientras le enseñaba la placa.

Parecía encantada de poder decirlo, pensó Sebastian, contemplándola. Era evidente que así se consideraba ella ante todo: como una oficial de policía. Supuso que por esa razón la habría elegido Torkel. La voluntad y el compromiso podían compensar la falta de experiencia.

—¿Ha pasado algo? —preguntó el chico de la puerta, inquieto.

—Tenemos que hablar con tu madre. ¿Está en casa? —dijo Sebastian, intentando no hablar como en una película de policías. Después de todo, se estaban dirigiendo a un niño.

El chico hizo un gesto afirmativo y entró en el apartamento. Lo oyeron gritarle algo a alguien en otro idioma. Jennifer se volvió hacia Billy.

—Si la familia es musulmana, es posible que la madre solamente acepte hablar conmigo.

Billy asintió, para mostrarle que estaba de acuerdo.

Al cabo de un momento, una mujer de unos treinta y cinco años salió a la puerta. Era una hermosa mujer de facciones definidas y ojos negros de mirada inteligente, con el rostro elegantemente encuadrado por el pañuelo negro que le cubría el pelo. Sebastian se sorprendió esbozando una sonrisa al verla. Fue una sonrisa espontánea. Nunca se había acostado con una mujer que llevara la cabeza cubierta. Tenía que ser muy difícil; por otra parte, nunca lo había intentado.

—¿Shibeka Khan? —le preguntó Jennifer, que seguía concentrada en lo que realmente importaba, según pudo observar Sebastian.

La mujer hizo un gesto afirmativo.

—Sí, soy yo.

—Somos policías. ¿Podemos pasar? —dijo Sebastian en tono amable, dando un paso al frente y colocándose delante de Jennifer, que lo miró asombrada. Él, sin embargo, no le prestó atención.

—¿Le ha pasado algo a Mehran? —preguntó la mujer, mirándolos a los tres con una expresión de preocupación.

—No. ¿Quién es Mehran? —cuestionó Sebastian.

—Mi hijo. El mayor.

—No, no le ha pasado nada. Hemos venido porque tenemos entendido que usted habló hace poco con Lennart Stridh, de «Investigación criminal» —empezó Jennifer, pero Sebastian la interrumpió en un tono más comprensivo y personal.

—No sé si le parece correcto que la interrogue yo, dado que soy un hombre… —dijo, acentuando considerablemente la palabra «hombre»—. Pero no nos llevará mucho tiempo.

—Está bien —aceptó Shibeka, apartándose de la puerta para dejarlos pasar.

Los tres pasaron al vestíbulo pulcramente ordenado. Desde la cocina les llegaba un agradable olor a azafrán y a algún otro condimento. Shibeka cogió a su hijo de la mano y los miró preocupada.

Para tranquilizarla, Sebastian le sonrió a ella y al niño.

—Un buen chico, por lo que veo.

Shibeka no dijo nada y, antes de que Sebastian tuviera tiempo de continuar, Jennifer volvió a actuar como la policía que era.

—Su marido, Hamid, desapareció hace nueve años. ¿Es correcto? —indagó.

Shibeka asintió y respondió enseguida.

—Lennart es el único que me ha prestado atención. Ustedes nunca han hecho nada.

Sebastian notó que Jennifer se disponía a decir algo más, probablemente sobre Lennart, pero la interrumpió. No había ninguna razón para revelarle a Shibeka la muerte del periodista antes de que ellos supieran si realmente había alguna conexión.

—¿Vino alguien a verla después de la desaparición de su marido?

Por la reacción de Shibeka, Sebastian notó que la mujer llevaba mucho tiempo esperando a que la policía le hiciera precisamente esa pregunta. Demasiado tiempo.

—Vino un hombre, cuando hacía más o menos una semana que Hamid había desaparecido. Siempre he creído que era policía. Pero no volvió nunca más.

—¿Sabe cómo se llamaba?

—No, no me dijo ningún nombre.

Sebastian se volvió hacia Billy y le tendió una mano.

—¿Tienes la foto?

Billy buscó en su carpeta, sacó rápidamente una fotografía y se la dio a Sebastian, que a su vez se la enseñó a Shibeka.

—¿Era este el hombre? —le preguntó.

Shibeka se quedó mirando la imagen fijamente. Sebastian supo la respuesta antes de que ella la dijera en voz alta.

Había estado allí.

Adam Cederkvist la había visitado.

Todo estaba conectado.

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