Muertos prescindibles
Tras la breve conversación con Anitha Lund
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Tras la breve conversación con Anitha Lund, Torkel llamó por teléfono a Britta Hanning, de la SÄPO. No se conocían muy bien. Sus caminos se habían cruzado varias veces por cuestiones de trabajo, pero los encuentros habían sido breves y muy distanciados en el tiempo. Tenían la misma edad y habían hecho carreras similares dentro de la policía, pero nada de eso tenía por qué facilitarle las cosas. Se trataba de la SÄPO y, tal como Torkel esperaba, no consiguió llegar a ninguna parte cuando le preguntó a Britta por un caso de desaparición tras una denegación de asilo que su departamento había investigado nueve años atrás. Sin embargo, todo cambió cuando le reveló que acababan de encontrar a uno de sus subalternos, a quien todos creían desaparecido mientras navegaba alrededor del mundo, en una fosa común en las montañas de Jämtland.
—¿Qué seguridad tenéis de que se trate de Adam? —preguntó Britta.
—Estamos totalmente seguros —respondió Torkel con absoluta confianza, aunque todavía no disponían de ninguna prueba técnica—. ¿No os extrañó que no regresara?
—Había pedido una excedencia para después de las vacaciones de otoño. Quería pasar un año navegando con su familia alrededor del mundo.
—Alguien se ocupó de montar la apariencia de un falso viaje, pero en realidad murió en la montaña, en octubre.
Britta guardó silencio un momento y después dijo que volvería a llamarlo enseguida. Al cabo de diez minutos, lo llamó para decirle que fuera a verla.
Por eso se encontraba Torkel en aquella oficina, en uno de los pisos más altos del edificio, en el ala más cercana a Polhemsgatan. El despacho de Britta ocupaba toda una esquina y dominaba por un lado el parque de Kronoberg y, por el otro, los verdes tejados de Kungsholmsgatan. Torkel había rechazado el café que le habían ofrecido nada más llegar, pero, antes de empezar a hablar, estaban esperando a que la secretaria le trajera el suyo a Britta. Mientras tanto, era evidente que Britta no estaba interesada en la charla intrascendente, porque se disculpó, le dijo que necesitaba enviar unos mensajes y se volvió hacia el ordenador. Torkel se puso a contemplar el parque por la ventana. El viento había empezado a soplar con fuerza esa mañana y había agitado tanto los árboles que las hojas muertas formaban remolinos de siete pisos de altura. El sol aún calentaba, al menos si uno estaba protegido detrás de un cristal, pero pronto se convertiría una vez más en una exigua fuente de luz presente en el cielo unas pocas horas al día y volvería a reducirse a una brillante promesa de calor para un futuro lejano.
Llamaron a la puerta y entró la secretaria de Britta, con un capuchino servido en una taza verde de Höganäs, que dejó sobre el escritorio. Le sonrió a Torkel y cerró la puerta después de salir. En cuanto volvieron a estar solos, Britta dejó el ordenador y se volvió hacia Torkel.
—Dime.
Torkel empezó por la conversación con Hedvig Hedman, de Östersund, y acabó exponiendo los acontecimientos de las últimas horas, que eran la causa de que buena parte de su equipo se encontrara en Rinkeby en ese momento. Lo único que no mencionó fue los nombres de los policías que habían quebrantado el código de seguridad informático, pero supuso que Britta los descubriría pronto, ya que sabía dónde buscar.
—¿Habéis hablado con Charles Cederkvist? —Fue su primera pregunta, cuando él terminó de hablar.
—No hemos podido localizarlo.
Britta suspiró audiblemente, cogió su taza de capuchino, que para entonces estaba por la mitad, y se volvió hacia la ventana. Torkel permaneció en silencio, para dejar que reflexionara. Para alguien ajeno a la organización quizá fuera evidente que los diferentes departamentos de la policía tenían que colaborar mutuamente. De hecho, lo hacían la mayor parte de las veces. Pero la SÄPO no era un departamento cualquiera. No era fácil obtener acceso a su documentación y menos aún durante una visita improvisada y sin el respaldo de las instancias más altas de la organización. Cuando Britta pareció haber meditado lo suficiente, se volvió hacia Torkel y apoyó la taza sobre la mesa.
—De acuerdo.
Empujó hacia él una carpeta que tenía sobre la mesa. Torkel se inclinó hacia delante y se dispuso a cogerla, pero Britta se lo impidió, apoyando una mano encima. Torkel levantó la vista, con el ceño fruncido, y se encontró con la mirada firme de su colega.
—Esto se queda aquí —le advirtió, al mismo tiempo que levantaba la mano.
Torkel asintió y se recostó en la silla para leer los documentos de la carpeta.
Había previsto varios minutos de lectura intensiva mientras Britta se terminaba el café, pero en cuanto vio el contenido comprendió que sería mucho más rápido de lo que esperaba. Leyó por encima el breve texto, cerró la carpeta, la apoyó sobre las rodillas y miró a Britta con una desconfianza difícil de disimular.
—¿Esto es todo?
—Sí.
—Pero aquí no hay nada.
No era ninguna exageración. Según el informe, Adam Cederkvist había sido informado de que Hamid y Said eran sospechosos de terrorismo, o al menos de mantener contacto con terroristas, y de que por lo tanto era poco probable que hubieran desaparecido a causa de la amenaza de deportación, lo que en el caso de Said era particularmente cierto, ya que disponía de un permiso permanente de residencia. Se sospechaba que habían viajado al extranjero para recibir entrenamiento o para cometer algún tipo de atentado. Era, por lo tanto, un caso para la SÄPO. Pero por lo visto Adam Cederkvist no se había contentado con la teoría y había empezado a investigar. Había visitado a las esposas de los dos hombres y, tras hablar con ellas, se había convencido de que las desapariciones no habían sido voluntarias, sino más bien al contrario. Una última anotación al pie de la página era lo único que podía aportarle algo a Torkel.
Se inclinó hacia delante y apoyó el informe sobre el escritorio de Britta.
—Al final del texto menciona unos agentes norteamericanos…
—Sí, ya lo vi y lo comprobé antes de que vinieras. No hubo ninguna actividad extranjera en territorio nacional durante ese período.
—Ninguna actividad… oficial —completó Torkel.
—No hubo ninguna actividad extranjera en territorio sueco durante ese período —repitió Britta, dando a entender por su tono de voz que la conversación no iba a durar mucho más si Torkel no respetaba las reglas.
Las de Britta, por supuesto. Torkel lo comprendió y cambió de enfoque.
—¿De dónde procedía la información de la supuesta relación de los afganos con redes terroristas? —preguntó.
—No puedo responder a eso.
—No necesito un nombre concreto.
Britta le devolvió la mirada en silencio y Torkel suspiró para sus adentros. Sabía que estaba en juego la seguridad nacional y todo eso, pero a veces el secretismo entre diferentes secciones de la policía resultaba un poco absurdo.
—Bueno, veamos cómo lo expreso —prosiguió Torkel—. ¿Puede suceder a veces que la inteligencia militar y la policía de seguridad compartan la información que reciben?
—Puede suceder.
—¿Sucedió en este caso?
—No lo sé.
Torkel miró a la mujer sentada al otro lado de la mesa. Parecía sincera, pero eso no significaba nada. En cualquier caso, él no podía saberlo. Se recostó en la silla, sumido en sus pensamientos. Si partía del supuesto de que en efecto había sido así, entonces era posible que el MUST —la inteligencia militar— hubiera descubierto que se estaba preparando un ataque terrorista contra objetivos estadounidenses, quizá un ataque inminente. Hamid y Said aparecieron como implicados. Los capturaron y permitieron que los norteamericanos… ¿les hicieran qué? Si hubieran sacado a los afganos del país, seguramente se habría sabido. Cuando en 2004 se había descubierto que en 2001 la CIA se había llevado a unos egipcios de Suecia, el escándalo había sido mayúsculo. Si hubiera pasado lo mismo otra vez, dos años más tarde, con toda seguridad habría salido a la luz. ¿O tal vez habían aprendido la lección? Quizá habían sabido ocultarlo mejor. ¿Habrían venido a Suecia agentes norteamericanos para llevarse a Hamid y a Said del país?
Torkel miró a Britta. No habría sido sensato exponerle su teoría. Jamás contestaría a sus preguntas, aunque conociera las respuestas. Probó otra vía, como último intento.
—Si Adam pensaba que había agentes norteamericanos actuando en territorio sueco, ¿por qué no lo siguieron investigando?
—Yo también me lo pregunté cuando leí el informe.
A Torkel lo impresionó la repentina carga de sinceridad que distinguía en su voz.
—¿Tú tampoco lo sabes?
—No.
—¿Y qué piensas?
—Que alguien se ocupó de que esto no llegara más lejos.
Dijo esas últimas palabras señalando ostensiblemente con el dedo índice hacia el techo. Como se encontraban en la última planta, no podía referirse a ninguna persona en concreto, ni tampoco a la intervención divina, ya que no parecía probable que Dios hubiera querido mezclarse en un asunto policial. Por lo tanto, su gesto sólo podía referirse a «las altas esferas».
Pero también significaba otra cosa.
Significaba que tenían un problema muy grande.
Torkel iba de regreso a las oficinas de la Unidad de Homicidios cuando se le ocurrió salir a dar una vuelta para despejarse un poco. Las vistas desde el despacho de Britta le habían parecido agradablemente otoñales, con todas las hojas formando remolinos. Parecía uno de esos anuncios de la televisión, donde se veían personas felices vestidas con jerséis tricotados a mano, que corrían alegremente detrás de unos niños o unos perros, y después se reunían delante de la chimenea, para disfrutar juntos del producto que el anuncio pretendía vender. Durante un segundo, llegó a visualizar a esas personas felices con la cara de Ursula y la suya, pero no tardó en descartar la idea. Pensó que le sentaría bien un paseo para oxigenarse. Sin embargo, en cuanto salió por la puerta principal y sintió el embate del viento, comprendió que el tiempo que estaba haciendo era mucho más agradable de contemplar por la ventana que de experimentar en carne propia. Aun así, agachó la cabeza, giró a la izquierda y se metió en la cafetería de la esquina, donde pidió un café para llevar. Después salió con el viento a la espalda, y se sentó en un banco del parque. Como estaba a la sombra y no había nada que lo protegiera del viento, empezó a helarse, sin que el café caliente que tenía entre las manos le sirviera de nada. Pero había decidido sentarse un momento al aire libre y no iba a darse por vencido tan fácilmente.
Se concentró en el caso.
Había muchos interrogantes y los datos no acababan de encajar.
En el supuesto de que la inteligencia militar hubiera capturado a Hamid y a Said, ¿por qué tenía que informar a la SÄPO? ¿Por qué no lo habían archivado como una desaparición tras una denegación de asilo y se habían contentado con eso?
Él mismo se contestó a la pregunta: porque una desaparición de ese tipo no cerraba el caso. Los familiares siempre podrían convencer a alguien de que la desaparición no había sido voluntaria, y, si hacían suficiente ruido, la policía se vería obligada a reabrir la investigación. Se pondría a buscar, a interrogar… Alguien quería evitar a toda costa que eso pasara.
Pero tal como habían quedado las cosas, el caso estaba cerrado para la policía de Solna. Ningún periodista iba a sacarlo a relucir en El crimen de la semana, ni en Se busca, ni en ningún tabloide. La policía secreta le había impuesto un sello indestructible, que indirectamente apuntaba a la culpabilidad de los dos musulmanes. Para la mayoría de la gente, el hecho de que la SÄPO estuviera interesada en ellos indicaba que no eran trigo limpio.
Lennart Stridh, Anitha Lund y Morgan Hansson habían roto ese sello y ahora uno de ellos estaba muerto.
Torkel se levantó, consideró una vez más la posibilidad de dar un paseo, pero al final decidió que ya había tenido suficiente actividad al aire libre y emprendió el camino de regreso a la oficina mientras seguía dándole vueltas al caso.
Se puso a considerar una vez más la hipótesis de la alerta terrorista.
Charles Cederkvist recibe el aviso. Captura a Hamid y a Said. Contacta con la CIA y los dos afganos desaparecen. Entonces le pide a su hermano que se ocupe de cerrar el caso.
Todo bien hasta ahí. Por primera vez, Torkel creyó ver la salida del laberinto por el que se movían sus pensamientos.
Muy bien, ¿y después?
Adam no hizo únicamente lo que le había pedido su hermano. Empezó a investigar. Fue más allá. Relacionó las desapariciones con la presencia extraoficial de agentes norteamericanos en territorio sueco.
¿Fue por eso que murió?
Y de ser así, ¿quién podía estar detrás de su muerte?
¿Había matado Charles a su propio hermano porque estaba a punto de descubrir una verdad incómoda?
La salida del laberinto volvió a alejarse una vez más y, cuando Torkel con un suspiro empujó la puerta del edificio, se dio cuenta de que por mucho que hubiera avanzado, aún le faltaba un buen trecho.