Muertos prescindibles
Alexander Söderling abrió la puerta
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Alexander Söderling abrió la puerta de la oficina y saludó a Hanna, que estaba sentada detrás del mostrador de la recepción.
—Tienes visita. —Fue la respuesta a su saludo.
Enseguida, Alexander hizo un rápido repaso mental de su agenda. Creía recordar que la reunión de la que acababa de salir en Vasastan era la última del día.
—¿Quién es?
Hanna le señaló con la cabeza la elegante sala de espera, en cuya mesa baja Charles Cederkvist acababa de apoyar el último número de la revista Dagens Industri. Este se levantó con cierto esfuerzo del sofá de piel, de color rosa oscuro, con cojines irregulares blancos y amarillos, y con una sonrisa fue al encuentro de Alexander.
—Gracias —dijo Alexander mientras se dirigía hacia Charles.
Le estrechó la mano y se aseguró de exclamar delante de Hanna que había pasado mucho tiempo y que se alegraba de recibir su visita. Después, lo hizo pasar a su despacho.
—Tengo que marcharme por mucho tiempo, muy lejos de aquí —dijo Charles, en cuanto Alexander cerró la puerta.
—No sé cómo puedo ayudarte en eso.
Charles le lanzó una mirada que expresaba claramente su convicción de que no era necesario explicárselo. Entonces Alexander extendió los brazos, como para indicarle que el lugar físico donde se encontraban debía ser suficiente para que comprendiera la inutilidad de su demanda.
—Ahora me dedico a esto —dijo—. No tengo ninguna posibilidad de ayudarte.
Pero había comprensión en los ojos de Charles.
—Habría sido difícil aunque siguiera en los servicios de inteligencia. Ahora es imposible.
—Nada es imposible —respondió Charles, acercándose a la ventana para contemplar el exterior.
Los transeúntes se inclinaban para avanzar contra el viento que azotaba Drottninggatan.
—Tienes contactos y dinero —prosiguió—. O, en cualquier caso, contactos con dinero. Úsalos.
Alexander fue a sentarse en su confortable silla de oficina. Era una visita indeseable que le recordaba acontecimientos pasados que habría preferido olvidar, pero no había ninguna razón para que fuera algo más que eso.
—No hay por qué precipitarse —dijo con calma—. Han hallado los cadáveres y están investigando el coche incendiado, pero…
Charles lo interrumpió con una breve carcajada desprovista de toda alegría. Se volvió hacia el hombre sentado detrás del escritorio. Diez años mayor y quince kilos más gordo. Alexander realmente estaba desmejorado. Los buenos años al frente de una empresa de relaciones públicas le habían limado las aristas y habían convertido una pantera siempre al acecho en un perezoso gato doméstico. Antes, cuando aún no habían pasado tantos años, Alexander Söderling consideraba imposible tener demasiada información. Ahora ni siquiera estaba al corriente de lo más elemental. Era preciso ponerlo al día.
—Me ha llamado Joseph. El hijo de Hamid se ha puesto en contacto con él —comunicó Charles, en voz baja pero llena de intensidad—. La policía me busca. Han identificado a Adam. Los periodistas de «Investigación criminal» han empezado a husmear. Y, como ya sabes, es sólo cuestión de tiempo que la CIA averigüe que Patricia Wellton fue asesinada, si es que no lo saben ya.
Charles se apartó de la ventana y fue hacia su interlocutor, para asegurarse de que había asimilado el mensaje. Alexander casi pudo sentir que estaba palideciendo. La situación era mala. Malísima. En todos los aspectos. Pero lo peor de todo era «Investigación criminal». Lennart Stridh había sido hallado muerto en el interior de un vehículo que se había precipitado al mar en Bråviken. ¡Dios santo! ¿Adónde pretendía arrastrarlo Charles?
—Veré qué puedo hacer —dijo, notando para su satisfacción que aún no le temblaba la voz.
—No, no vas a ver qué puedes hacer. Vas a hacerlo —replicó Charles, dando los últimos pasos que lo separaban de la mesa—. He sacrificado demasiado y no pienso acabar entre rejas solamente porque tú tengas pereza o miedo de ayudar a los amigos. —Se inclinó hacia delante y cogió un bolígrafo del escritorio de Alexander—. He cambiado de teléfono —añadió mientras escribía las nueve cifras en la primera hoja de un bloc, junto al brazo izquierdo de Alexander—. Tienes de plazo hasta esta noche.
Se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó Alexander, aunque en el fondo estaba convencido de que lo mejor era saber lo menos posible.
—Voy a ocuparme de Joseph y del chico.
—¿También te ocupaste de Lennart Stridh? —interpeló Alexander casi a su pesar, ya que estaba seguro de no querer saber la respuesta.
—Cuida de tus asuntos y yo cuidaré de los míos.
Después de decir eso, se marchó. La puerta se cerró tras él con un chasquido amortiguado. Alexander se quedó inmóvil, exhalando lentamente el aire. Una legión de pensamientos se le arremolinaba en la cabeza. Lo más importante de todo era decidir cómo manejar la situación. Era evidente que Charles estaba desesperado y, por lo tanto, resultaba imprevisible y peligroso. Alexander lo conocía. Si había decidido huir significaba que se sentía presionado por tantos flancos que todas las otras salidas le parecían imposibles. Y si Charles se había dado por vencido, ¿cómo iba a salvarse Alexander? No tenía ninguna posibilidad, a menos que pidiera ayuda.
Cogió el móvil y recorrió los nombres de la agenda hasta encontrar el número que buscaba. Llamó y le respondió una voz femenina.
—Me dijiste que llamara solamente cuando tuviéramos problemas —precisó Alexander, omitiendo la presentación y los saludos. Supuso que ella lo reconocería. Hizo una breve pausa—. Tenemos problemas —añadió.
Veronica Ström colgó el teléfono e hizo una profunda inspiración para mantener la calma.
Sí, en efecto, tenían problemas.
En el peor momento posible.
Se volvió hacia la mujer sentada al otro extremo de la mesa de reuniones de madera clara. El hombre a su lado acababa de bajar la cámara. Le había tomado varias fotografías mientras hablaba por teléfono. Por un momento, Veronica pensó que quizá habían oído parte de la conversación, pero se tranquilizó diciéndose que no había hecho más que contestar con monosílabos y que al final simplemente había prometido ocuparse del asunto.
La mujer se llamaba Maria Stensson y era periodista. El nombre del fotógrafo se le había olvidado. Se había presentado al llegar, pero Veronica había olvidado su nombre en el instante mismo en que se lo había dicho.
—Les ruego que me perdonen, pero tengo que hacer una llamada —les dijo sonriendo, con su mejor expresión de disculpas.
—Por nosotros no se preocupe —aseguró la periodista, sonriéndole a su vez.
Veronica notó que el fotógrafo estaba a punto de protestar. Quería hacerle más fotos en el despacho y quizá también alguna fuera, en los muelles, detrás del Parlamento, antes de que oscureciera.
—Será solamente un momento —indicó Veronica, anticipándose a sus quejas.
Abrió la puerta, salió de la pequeña sala de reuniones y se internó en el pasillo a lo largo del cual se alineaba la mayor parte de las oficinas de los diputados del grupo parlamentario socialdemócrata.
Tal como le había prometido a Alexander Söderling, iba a ocuparse del asunto. Marcó el prefijo de Estados Unidos y, a continuación, un número que se sabía de memoria. Al segundo tono de llamada, le respondió un hombre con un «Yes» en tono interrogativo.
Veronica se presentó y explicó brevemente el motivo de su llamada. Sentía mucho molestar, pero habían surgido problemas.
Con un fuerte acento de los estados del sur, su interlocutor le preguntó en qué podía ayudarla.
Veronica le explicó los últimos acontecimientos.