Muertos prescindibles
—Charles Mikael Cederkvist
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—Charles Mikael Cederkvist, nacido en 1966 en Hedemora. Vive en Oksarshamn con su novia, Marianne Fransson, desde 2006. No tienen hijos. Su hermano Adam es dos años menor que él.
Billy estaba de pie en la sala, donde se habían reunido todos menos Vanja, que seguía sin aparecer. Sebastian la había llamado varias veces, pero no había obtenido respuesta. Empezaba a preocuparse de verdad. Se había marchado a la hora de comer y desde entonces no habían vuelto a saber nada de ella. Decidió que pasaría por su casa esa misma noche. Mientras tanto, intentaba concentrarse en el hombre cuyo rostro tapizaba una pared completa de la sala, gracias al proyector de Billy. Era el hombre que quizá había matado a su hermano.
—Cuando tenía trece años, su padre consiguió trabajo en Scania y toda la familia se mudó a Södertälje —prosiguió Billy—. Charles hizo allí el servicio militar, ingresó en la academia de oficiales, siguió cursos de formación especializada y en 1998 fue reclutado por el MUST. No sabemos nada más.
Los demás se miraron los unos a los otros.
—Ya sabéis que los de la inteligencia militar nunca revelan nada. Ni siquiera han querido reconocer que Charles sea uno de los suyos. Si queremos más información, tendremos que pedirla por los canales oficiales, es decir, una solicitud formal, de una organización a otra.
Miró a Torkel, que asintió para demostrar que lo había comprendido. Lamentablemente, seguir los canales oficiales significaba también recorrer el camino más largo y burocrático. Billy pasó a la siguiente imagen de su ordenador portátil y Jennifer tomó la palabra.
—El jefe del MUST en 2003 era el general de división Alexander Söderling —dijo Jennifer—. En 2008 se retiró de las Fuerzas Armadas y pasó a trabajar en el sector privado. Ahora es director ejecutivo de una agencia de relaciones públicas con sede en Drottninggatan. Todavía no hemos hablado con él.
—No hace falta —suspiró Torkel—. Si el MUST ni siquiera ha reconocido que Charles trabaja en sus filas, ese Söderling tampoco querrá decirnos nada.
En ese momento, sonó el móvil de Sebastian. Lo miró, con la esperanza de que fuera Vanja. Pero era un número desconocido. Sin hacer caso de las miradas de irritación de los demás, se levantó y contestó. Diez segundos después, estaba fuera de la sala.
—Me puse en contacto con «Investigación criminal» —prosiguió Jennifer después de la interrupción—. El jefe de Lennart… —Miró un momento en sus anotaciones—, Sture Liljedahl…, me dijo que, hasta donde él sabía, Lennart había renunciado a investigar la historia de Shibeka. No tenía la menor idea de lo que había ido a hacer a Bråviken, pero se ha ofrecido para mirar en su ordenador y llamarnos si encuentra algo.
Antes de que Jennifer pudiera continuar, Sebastian abrió la puerta y entró.
—Era Shibeka. Su hijo va a encontrarse con un tal Joseph.
—¿Quién es ese Joseph? —quiso saber Ursula, con justificada curiosidad.
—Shibeka no lo sabe —replicó Sebastian—, pero me ha dicho que solía frecuentar a Hamid y a Said. Piensa que puede haber tenido algo que ver con la desaparición de su marido. En cualquier caso, su hijo lo cree firmemente.
—¿Dónde van a encontrarse? —preguntó Torkel, que empezaba a prestar más atención y estaba dispuesto a salir de inmediato de la sala.
—No lo ha dicho.
—¿Podría ser Charles? —preguntó Jennifer.
Torkel asintió. Era posible e incluso verosímil.
—En ese caso, tenemos que encontrarlo cuanto antes. ¿Billy?
Billy ya se había puesto manos a la obra con su ordenador.
—Si ha llamado desde un móvil, puedo tratar de localizarlo. —Levantó la vista hacia Sebastian—. ¿Cuál es su número?
—¿Cómo demonios quieres que lo sepa?
—¿Puedes averiguarlo?
Sebastian volvió a llamar a Shibeka, le explicó la situación y le pasó el número de teléfono a Billy.
—Hola. Me llamo Billy y necesito el teléfono de…
Miró a Sebastian, no recordaba el nombre del chico.
—Mehran —dijo Sebastian.
—… el teléfono de Mehran, para tratar de localizarlo.
Cuando Shibeka le dijo el número, cogió uno de los blocs de notas que encontró sobre la mesa y lo apuntó. También le preguntó por la compañía operadora (Tre), el modelo de teléfono («uno de esos con pantalla que se toca con el dedo») y el nombre del abonado (la propia Shibeka). Le pidió además que buscara un recibo, y ella le dijo que así lo haría. Billy le agradeció la ayuda, le devolvió el móvil a Sebastian y sacó el suyo. Llamó a la compañía e indicó un número de tres cifras, así como la contraseña que demostraba que estaba llamando desde la policía. Medio minuto después, ya disponía del número IMEI. En el instante en que colgó, Shibeka estaba llamando a Sebastian para decirle que había encontrado un recibo. Para asegurarse, Billy comprobó que el número IMEI coincidía y tecleó las quince cifras en el ordenador.
—¿Qué son esos números? —preguntó Jennifer, que había rodeado la mesa y estaba mirando la pantalla del portátil por encima del hombro de Billy.
—El IMEI. Es un número de identificación único para cada teléfono. Si lo tiene encendido…
No terminó la frase, estaba concentrado en la pantalla del ordenador.
—Voy al garaje a sacar un coche —anunció Torkel, disponiéndose a salir de la sala.
—¡Aquí está! —exclamó Billy, echándose hacia atrás en la silla, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, aparentemente satisfecho con su esfuerzo.
Sebastian se inclinó un poco hacia delante y en la pantalla vio aparecer un punto azul sobre fondo gris.
—¿Dónde? —preguntó con impaciencia.
—Espera —dijo Billy, haciendo un gesto con la mano.
Alrededor del punto azul, comenzaba a formarse rápidamente un mapa, sector a sector. Lo último que apareció fueron los nombres de los lugares y otras referencias. Billy se inclinó otra vez hacia delante y estudió la pantalla. Después, señaló con el dedo la gruesa línea negra que el punto azul parecía estar siguiendo.
—Es el ferrocarril. Está viajando en tren y pronto llegará a Södertälje.
—La ciudad donde Charles Cederkvist hizo el servicio militar —añadió Jennifer.
Billy cerró el ordenador. Un segundo después, Jennifer y él salían precipitadamente de la sala.