Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Shibeka lo había llamado tantas veces

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Shibeka lo había llamado tantas veces que al final había tenido que poner el móvil en silencio. Ahora vibraba todo el tiempo en lugar de sonar, pero Mehran no le hacía caso. Mientras el tren entraba en la estación de Östertälje, llamó rápidamente a Joseph entre dos llamadas de su madre, tal como habían acordado.

La desagradable voz nasal le contestó enseguida.

Le dijo que se bajara en la siguiente estación y esperara en el aparcamiento.

No añadió nada más.

Mehran tampoco dijo nada.

No fue necesario.

Se situó frente a las puertas del vagón, con una mano en el bolsillo. El metal ya no le parecía tan caliente como antes. Él tampoco tenía calor. La sensación febril de unos minutos antes había dejado paso a un sudor frío que casi lo hacía tiritar.

Era normal sentir miedo. Eso no era malo.

Lo malo habría sido no atreverse a intentarlo. Los guerreros tenían miedo. Ahora lo comprendía. Lo que llamaban coraje era el impulso de actuar a pesar del miedo.

El tren se detuvo al cabo de unos minutos. Södertälje Hamn. Bajó al andén. Vio el edificio rojo de la estación un poco más adelante y se dirigió hacia allí, donde seguramente debía de estar la salida. Le resultaba más fácil caminar que quedarse quieto. La sudorosa inquietud persistía, pero con el movimiento se volvía más soportable. Entró en el espacioso edificio de ladrillos y vio las grandes puertas que conducían al aparcamiento. No tenía pensado qué hacer si se encontraba con Joseph al salir, esperándolo. En cualquier caso, se alegraba de que lo hubiera citado en un lugar concurrido. Le parecía más seguro que verlo en un domicilio privado. A sus espaldas venían caminando otros pasajeros que se habían bajado del tren y Mehran se apartó para dejarlos pasar. No tenía prisa y se sentía más protegido si caminaba detrás de otras personas. Mientras seguía a los demás, observó que había unos diez o doce vehículos en el pequeño aparcamiento. Dos de los pasajeros del tren se dirigieron hacia un Ford rojo, que los estaba esperando al lado de la puerta. Varios fueron a la parada del autobús, un poco más apartada, mientras los demás se dispersaban en diferentes direcciones. Muy pronto se quedó solo. Parado al lado de la salida, se puso a mirar a su alrededor.

Un hombre bajó de un reluciente BMW. Se situó junto al coche y se puso a observar a Mehran, que sin embargo no lo reconoció. De unos cincuenta años, con aspecto de árabe. Era fuerte y musculoso, tenía el pelo corto y encanecido, y barba de pocos días que aún conservaba algunos pelos negros. Vestía cazadora de cuero negro, vaqueros y mocasines. Por el vehículo que conducía y la cazadora que lucía, parecía rico y poderoso, o quizá sólo fuera la imaginación de Mehran. Al cabo de un momento, el hombre le hizo una señal y Mehran le contestó con una inclinación de la cabeza. Entonces el hombre empezó a caminar lentamente hacia él. Le pareció bien que Joseph viniera a su encuentro y no a la inversa, pero no sabía dónde poner las manos. Ya no se atrevía a sentir el tacto metálico de la pistola, porque temía que el hombre se fijara en el movimiento y notara que iba armado. Dejó que las manos le colgaran a los lados del cuerpo. No era cómodo, pero no encontraba otra postura que le resultara natural. No quería parecer nervioso. No le convenía conceder ningún tipo de ventaja al hombre que supuestamente era Joseph y que se dirigía hacia él con aparente despreocupación, como si se dispusiera a saludar a un viejo amigo. No parecía ni remotamente inquieto y eso a Mehran lo irritaba. Quería que Joseph le tuviera miedo.

Que se pusiera nervioso al verlo.

Y no al revés, como estaba pasando.

—¿Querías hablar conmigo? —preguntó el hombre, cuando estuvo a cinco metros de distancia.

Era él. Era extraño oír su voz, pero no por teléfono, ni en el recuerdo, sino en persona y tan cerca. Mehran sintió una vez más que no sabía qué hacer con las manos.

—Tengo algunas preguntas sobre mi padre —dijo, con tanta contundencia como pudo. Al menos no le tembló la voz y eso ya era algo.

—Hamid, ¿verdad? ¿Era tu padre? —inquirió Joseph, deteniéndose.

Mehran asintió en silencio.

—Lo conocí muy poco. Era amigo de un amigo mío.

—Said no era amigo tuyo. Sé que le prestaste dinero a su primo Rafi.

Joseph se encogió de hombros.

—Ayudo a mucha gente, ¿sabes? A muchísima gente. —Joseph le sonrió—. Así soy yo.

—Mi padre desapareció. Estoy intentando averiguar qué sucedió.

—Si pensabas preguntármelo a mí, te has equivocado de persona.

Mehran miró a Joseph a los ojos. Su mirada era profunda como una tumba. En sus ojos no había esperanza, ni futuro. En ese momento habría deseado tener la pistola en la mano, pero no podía sacarla allí en el aparcamiento. Había demasiada gente alrededor. Retrocedió un paso, sin poder evitarlo.

—¿Así que me equivoco? —dijo, esforzándose por mantener firme la voz—. Sin embargo, yo creo que tú sabes cómo desapareció.

—No sé por qué lo dices —replicó Joseph con suavidad—. Tiene que ser un malentendido.

—Yo creo que no.

—En cambio, yo estoy seguro de que sí. ¿Quieres que vayamos a algún sitio a aclararlo?

—Podemos aclararlo aquí mismo.

Joseph soltó una carcajada.

—No, nada de eso. O vienes conmigo, o lo olvidamos. —Se volvió y echó a andar hacia su coche—. Y no tendrás ninguna otra oportunidad —añadió.

Mehran no sabía qué hacer. No había planeado nada, más allá del encuentro con Joseph. Ahora se daba cuenta de que necesitaba actuar. Sorprender de alguna manera al tipo corpulento que tenía delante. Hacer algo inesperado. Quizá sacar la pistola del bolsillo y encañonarle la sien.

Pero no podía hacerlo allí donde estaba. Había gente a su alrededor. Necesitaba estar a solas con él, pero por nada del mundo quería subir a ese coche. Era demasiado peligroso. Mientras tanto, Joseph había llegado al BMW y se había vuelto otra vez hacia él.

—¿Vienes? —le dijo, con cierta irritación en la voz.

Quizá había llegado el momento de abandonar —pensó Mehran—, de reconocer que no iba a llegar más lejos. No había hecho el ridículo, ni se había comportado como un cobarde. Podría marcharse con la cabeza bien alta y aún le quedaría mucho por hacer. Ahora ya sabía que Joseph existía. Tendría que planificar mejor el siguiente encuentro.

Pero no era eso lo que se había prometido.

Se había prometido descubrir la verdad.

Por Shibeka.

Metió la mano en el bolsillo. El metal volvía a estar caliente. El arma estaba lista y él también. Echó a andar hacia Joseph, sintiendo en la mano la culata de la pistola.

—¡Espera! —gritó.

Miró a su alrededor. No había nadie en el aparcamiento. Podía salir bien. Tenía que salirle bien. Si conseguía meter al hombre dentro del coche con el arma apoyada en la frente, podía conseguirlo. El tacto metálico en la mano lo hacía sentirse más fuerte.

Apretó el paso, intentando parecer al mismo tiempo tan distendido como pudo. Quería aparentar que había cambiado de idea, pero aún no se había decidido del todo. La amenaza no podía resultar visible: tenía que quedarse en su bolsillo y no evidenciarse en sus movimientos.

Joseph fue a abrirle la puerta del lado del acompañante. Mehran apretó con más fuerza la pistola y se preparó para sacarla. Casi compuso una sonrisa para sus adentros. El tipo que tenía delante iba a llevarse una buena sorpresa.

Cuando solamente le faltaban unos metros para llegar, oyó las voces. Eran dos chicas de unos veinte años. Venían desde la parada del autobús y reían ruidosamente mientras se dirigían hacia la estación. Movido por un reflejo, Mehran soltó el arma y se detuvo un momento, para dejar que pasaran. Pero se dio cuenta de que se delataría si se quedaba mucho tiempo parado. Joseph se preguntaría por qué no quería acercarse al coche mientras las chicas no se alejaran. No tuvo más remedio que seguir caminando hacia Joseph, que se volvió a mirarlo con una sonrisa en los labios.

—Vienes aquí y me acusas —le dijo suavemente, al mismo tiempo que lo derribaba con un golpe rápido y contundente.

Mehran se desplomó detrás del coche y cayó en la grava del aparcamiento. Sin apartar la vista de las chicas, Joseph le propinó un puntapié en la cabeza. Y otro más. Los débiles gemidos del muchacho se acallaron después del segundo golpe. No pareció que las chicas lo hubieran notado, porque siguieron caminando y conversando como si nada hubiera sucedido. Joseph esperó a que se alejaran y arrastró al muchacho detrás del coche vecino. Entonces se montó en el suyo y retrocedió rápidamente hacia el chico, que seguía inconsciente. Mehran pesaba menos de lo que parecía, como pudo comprobar mientras lo depositaba en el interior del maletero. Se alegró de que fuera así. Los cuerpos que pesaban demasiado eran un problema. Sacó el teléfono y llamó a Charles.

Le contestó enseguida.

Como siempre.

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