Muertos prescindibles
Llevaban puestas las luces azules
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Llevaban puestas las luces azules y Jennifer iba al volante. Estaban llegando a Essingeleden y circulaban a una velocidad cercana a los ciento cuarenta kilómetros por hora. Siguiendo una vieja costumbre, Torkel se aferró al asidero del techo, ya que por alguna causa lo hacía sentirse más seguro. Habría preferido que condujera Billy, que era el mejor conductor del equipo cuando era preciso desplazarse a gran velocidad. Pero Billy estaba sentado detrás, inclinado sobre su ordenador portátil, siguiendo la ubicación del teléfono de Mehran Khan. Con la mano libre, Torkel sostenía su móvil. Acababa de hablar con Britta Hanning, de la SÄPO, que en esta ocasión se había mostrado un poco más cooperativa que la vez anterior. Se volvió hacia Billy.
—Conocen a un tal Joseph. Britta no ha querido revelarme su verdadero nombre, pero es lo que podríamos llamar un «amigo» de su organización.
—¿Un amigo? —preguntó Jennifer, sin comprender.
—Un informante. Alguien que pasa datos sobre extremistas y otros grupos sospechosos —le explicó Torkel.
Billy lo miró. No daba crédito a sus oídos.
—Entonces ¿estamos persiguiendo a uno de nuestros «amigos»?
—Eso parece.
El coche se sacudió cuando adelantaron a un semirremolque polaco. Torkel se agarró con más fuerza al asidero. Jennifer en cambio no se inmutó.
—Pero si ha colaborado con la SÄPO, quizá también ha ayudado a otros. Al MUST, por ejemplo —dijo mientras cambiaba otra vez de carril.
Torkel asintió. No le parecía imposible. Ya nada le parecía imposible en lo referente al caso que estaban investigando. Los tiempos habían cambiado y la lucha contra el terrorismo y los extremismos marcaba la agenda de los que tenían la responsabilidad de proteger al país. De repente tenían que enfrentarse a un enemigo invisible que luchaba sin uniforme y que había hecho cambiar las reglas del juego. Los secretos eran más grandes y los métodos, menos refinados. La democracia se resentía y los secretos la envenenaban por dentro. Se puso a pensar en el chico de quince años enredado en ese laberinto: apenas un niño que había perdido a su padre. Era una de las consecuencias de los secretos. Tragedias familiares. Se volvió otra vez hacia Billy.
—¿Recibes alguna señal de su móvil?
Concentrado en la pantalla, Billy hizo un gesto negativo.
—No. He perdido la conexión. La última vez que lo vi estaba delante de la estación Södertälje Hamn del tren de cercanías. Voy a pedir a la policía local que envíe una patrulla.
Torkel oyó que Billy se ponía a teclear rápidamente en el ordenador. «Me estoy haciendo viejo», pensó. Recordaba la época en que era preciso llamar a los colegas por teléfono y efectuar las búsquedas con perros. Ahora Billy se ocupaba de todo, cómodamente instalado en el asiento de atrás. Mientras tuviera cobertura.
—Creo que podemos llegar dentro de quince minutos —dijo Jennifer, que aceleraba más todavía. A Torkel, en cambio, se le revolvía un poco más el estómago.
—Ya no está en la estación —precisó Billy, concentrado en la pantalla—. Ahora se mueve en dirección a la E-20.
Torkel se volvió hacia Jennifer.
—Pisa a fondo —le ordenó.