Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Había regresado

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Había regresado.

Cuerpo de Ingenieros n.º 1. Almnäs. Södertälje.

Donde había hecho el servicio militar. Al principio lo había considerado un mal necesario, pero con el tiempo había llegado a sentirse muy a gusto. ¿Por qué? No lo sabía muy bien. Había algo en la rutina, la disciplina y el rigor que le resultaba atractivo, siempre que uno se lo tomara en serio, y no como la mayoría de sus compañeros, que parecía que estuvieran jugando. El aspecto físico del adiestramiento fue lo primero que lo atrajo, pero con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más interesado y fascinado por las estrategias y las tácticas para superar en ingenio al enemigo y derrotarlo. Descubrió dos cosas de sí mismo que no sospechaba: una gran aptitud para la vida militar y un instinto competitivo que no sabía que poseía. Tanto él como su hermano habían participado en diferentes deportes durante la infancia y la adolescencia, pero nunca se había obsesionado con la victoria. Hasta que llegó al Cuerpo de Ingenieros. Era como si la lucha tuviera que ser a muerte para que él se entregara a fondo. Empezó a entrenarse día y noche, a cuidar su cuerpo, a mimarlo como un deportista de alta competición que dependiera de su físico para rendir al máximo. Las armas eran los instrumentos de su oficio; aprendió a utilizarlas, con perseverancia y respeto. Cuando todavía no había hecho la mitad del servicio militar, solicitó el ingreso en la academia de oficiales y fue admitido, por supuesto. Sí, tenía muy buenos recuerdos de ese lugar.

Pero no todos eran buenos.

Había estado allí por segunda vez en agosto de 2003. El regimiento se había trasladado seis años antes. El Swedint, el centro internacional de las Fuerzas Armadas suecas, mantenía todavía alguna actividad, pero la mayor parte de los impersonales edificios poligonales de los años setenta estaban vacíos y parecían bastante deteriorados.

Alexander le había ordenado que fuera a Almnäs a encontrarse con dos norteamericanos, que vendrían a interrogar a los dos afganos que les había entregado Joseph. Una acción en territorio sueco requería presencia sueca, y para eso estaba él.

Cuando llegó, encontró un Volvo anónimo aparcado delante de la nave desierta. Un hombre que estaba fumando al lado del coche arrojó al suelo el cigarrillo en cuanto lo vio. Fue a su encuentro y se saludaron. Charles le dijo su nombre, pero el hombre del Volvo no se presentó. A Charles le sorprendió la juventud del norteamericano. Era corpulento y musculoso, como su imagen mental de un jugador universitario de fútbol americano. Pelirrojo. Tal vez de ascendencia irlandesa.

Entraron en la nave. Dentro encontraron al otro estadounidense, que tampoco dijo su nombre. Era un poco mayor, más delgado y correoso. Tenía la cara alargada, con la nariz excesivamente grande. Iba peinado con raya al costado y lucía un flequillo que le tapaba uno de los cristales de las gafas oscuras de aviador, que no se quitó en ningún momento.

En el suelo yacían dos hombres tumbados boca arriba. Estaban atados de pies y manos, con cadenas atornilladas al suelo, que les mantenían los brazos estirados en toda su extensión por encima de la cabeza. Se sacudían, intentaban soltarse y suplicaban sin cesar que los dejaran en libertad, asegurando que tenía que tratarse de un error. Gritaban y exigían una respuesta.

Pero nadie les dio ninguna.

Solamente llevaban puestos los calzoncillos. Charles no les vio la cara, porque los dos la tenían cubierta por una toalla. Sin decir ni una palabra, el hombre delgado de las gafas cogió un cubo y empezó a verter agua sobre el grueso paño que cubría la cara de uno de los hombres atados. El cuerpo se sacudió para quitarse de encima la tela sofocante y de inmediato el hombre guardó silencio. El otro pareció adivinar que le había pasado algo a su compañero y gritó su nombre.

—¡Hamid!

El enjuto norteamericano siguió echando agua sobre la toalla mientras el hombre que evidentemente se llamaba Hamid se agitaba para liberarse de las cadenas. Charles notó que la piel del retenido se le desgarraba en las proximidades del metal y empezaba a sangrar. Entonces dejó de caer el agua. El pelirrojo se agachó y le retiró la toalla. Hamid abrió la boca para respirar, ávido de oxígeno, casi hiperventilando. El miedo le brillaba en los ojos. Cuando vio a Charles, intentó pedirle ayuda, pero el pelirrojo le propinó un golpe en la boca que lo hizo callar abruptamente. Después, empezó a interrogarlo.

¿Qué estaban preparando?

¿Cuándo pensaban hacerlo?

¿Quién más estaba implicado?

El hombre encadenado no parecía entender las preguntas. Se limitaba a negar con la cabeza. Intentó decir algo que sonó como «un error» y después añadió un «por favor», antes de que la toalla volviera a taparle la cara. Soltó un alarido desesperado y su compañero se unió a sus gritos.

Esta vez, los dos norteamericanos cogieron un cubo cada uno, impasibles e inclementes, y se situaron al lado de los dos hombres.

Le pidieron a Charles que rellenara más cubos mientras ellos echaban el agua, y él obedeció. Cuando los cubos se vaciaron, les pasó los otros llenos. Y volvió a llenar los anteriores.

Los hombres se agacharon y retiraron las toallas.

¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quiénes son los otros?

Pero no obtuvieron respuesta.

En un momento dado, Hamid hizo un intento desesperado de liberarse, movido por el pánico, y Charles oyó el chasquido de los huesos al romperse dentro de las cadenas, cuando el prisionero se tendió todo lo que pudo hacia la derecha para eludir el implacable chorro de agua.

¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quiénes son los otros?

Charles no habría sabido decir cuánto tiempo llevaban haciendo lo mismo, cuando él mismo decidió ponerse a prueba. Se situó con las piernas abiertas sobre uno de los hombres e inclinó el cubo. El agua comenzó a caer sobre la toalla, en un torrente lento pero inexorable, impidiendo eficazmente el paso del aire.

—Cuando creas que no lo resistirán más —le dijo el hombre de las gafas—, sigue otros veinte segundos, y después otros diez.

Una y otra vez.

Los dos hombres sangraban profusamente en torno a las muñecas y los tobillos, y la mano izquierda de Hamid colgaba de uno de los grilletes. Los dos habían dejado de gritar. Ya no hablaban ni suplicaban. No tenían fuerzas ni para gemir. Miraban con unos ojos que ya parecían muertos cada vez que les retiraban las toallas y volvían a hacerles las mismas preguntas. La respiración se les fue haciendo cada vez más trabajosa y pronto no fue más que un jadeo.

¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quiénes son los otros?

Otra vez y otra vez más.

Hicieron una pausa. Salieron a fumar. Nadie habló mucho. Después volvieron a entrar y siguieron igual que antes.

Said fue el primero en morir. Simplemente, dejó de respirar.

—Se ha ahogado —constató el pelirrojo.

Después intentó reanimarlo practicándole el boca a boca, sin éxito.

El hombre flaco se situó a su lado y comenzó a aplicarle un masaje cardíaco, mientras que el pelirrojo seguía tratando de insuflarle oxígeno en los dañados pulmones. Sin ningún resultado. Charles sentía un creciente malestar. Era muy malo lo que estaba sucediendo. Ninguno de los dos afganos era ciudadano sueco, pero uno de ellos, el que acababa de morir, tenía permiso de residencia permanente. Los métodos «reforzados» de interrogatorio ya eran suficientemente malos, pero en todo caso podían justificarse. El mundo libre estaba siendo amenazado y era preciso defender la democracia. Los tiempos lo exigían. Pero lo que acababa de pasar era excesivo. ¿Cómo demonios iban a explicarlo?

Los norteamericanos abandonaron el intento de reanimación y se volvieron hacia Hamid. Charles supuso que lo soltarían y pondrían fin al interrogatorio. Era evidente que no sabía nada. Pero lo sorprendieron. Le retiraron la toalla de la cara a Hamid y le volvieron la cabeza hacia la izquierda, para que viera a su amigo. Un débil gemido fue lo único que salió de sus labios, antes de que la toalla volviera a cubrirle la boca y la nariz, y de que todo comenzara de nuevo.

Hamid vivió media hora más.

El pelirrojo y el hombre de las gafas oscuras abandonaron el país. Charles informó a Alexander de que Hamid y Said no volverían a aparecer. Bastaba con cerrar la investigación por desaparición que estaba realizando la policía de Solna, para que todo quedara definitivamente atrás.

Charles recomendó a la persona más adecuada para el trabajo, o al menos a quien consideraba la persona más idónea.

Pero Adam lo traicionó. No comprendió lo que estaba en juego. No lo quiso entender.

En lugar de aceptar el caso y limitarse a enterrarlo, empezó a investigar. Visitó a las familias y prestó oídos a los rumores que circulaban por el Ministerio de Exteriores. Naturalmente, Alexander podía conseguir que se cancelara la investigación, pero Adam seguía siendo un problema.

Charles estaba desconcertado. Sabía que Adam tenía un profundo sentido de la justicia y de la ética —por eso había ingresado en las filas de la policía—, pero confiaba en que relajara un poco sus convicciones, tratándose de la seguridad nacional. La libertad y la democracia estaban amenazadas. ¡La propia ministra de Exteriores había sido asesinada en unos grandes almacenes ese mismo otoño!

Tuvieron una larga conversación. Adam quiso saber más. Quiso saberlo todo. Charles le reveló algunos detalles, pero Adam no se dio por satisfecho. Le dijo que pensaba llegar hasta el fondo, que si realmente había pasado lo que él creía, no podía cerrar los ojos, ni siquiera para proteger a su hermano. Charles le rogó que esperara, que lo dejara todo en suspenso por un tiempo.

Le pidió que reflexionara, que le concediera una semana.

Había reservado la cabaña en Jämtland. Le propuso a Adam que pasara unos días allí y meditara su decisión. Si a su regreso seguía pensando lo mismo, comprendería que hiciera lo que creyera necesario hacer. Una semana. A veces era bueno tomar cierta distancia. Además, siempre le había gustado la montaña.

Adam se fue a Jämtland.

Alguien llamó a Patricia Wellton. Charles no sabía quién era el responsable de ese tipo de contactos —tal vez Alexander o alguien de Exteriores—, pero, en el caos que siguió al asesinato de la ministra Anna Lindh, supuso que no podía ser el ministro en funciones.

Charles había acudido al lugar acordado, para encontrarse con Patricia después de que esta hubiera cumplido su encargo y que le diera su informe. Cuando por fin llegó la mujer, con varias horas de retraso, estaba totalmente fuera de sí. Nadie le había dicho que habría también dos niños y una mujer. ¿Cómo demonios esperaban que hiciera bien su trabajo si le daban datos erróneos?

Adam… Estúpido, estúpido Adam, tan enamorado de su familia… Charles lo comprendió enseguida. Se había llevado a toda su familia a la montaña: Lena, Ella y Simon.

Lena había sido compañera de clase de Charles, en el instituto de secundaria de Södertälje. Eran amigos. O, mejor dicho, ella era amiga suya. Charles estaba enamorado de ella. Pero nunca se lo había dicho, por miedo a perderla del todo si se atrevía a expresarle sus sentimientos. Lena visitaba con frecuencia su casa. Era dos años mayor que Adam. A esa edad, las chicas suelen considerar infantiles a los chicos menores que ellas. Inmaduros y carentes de interés. Pero Lena era diferente de las demás. Cuando Charles y ella estaban cursando el último año del bachillerato, empezó a salir con Adam. Él tenía diecisiete años y ella, diecinueve. Charles tuvo que verlos tumbados juntos en el sofá, haciéndose arrumacos mientras veían la televisión. Se vio obligado a oírlos por la noche en su habitación, a través de la pared. Pero lo resistió todo y se mantuvo firme. Era un amorío de juventud. Nadie pensaba que fuera a durar. Pero duró.

Muchos años.

Se casaron en 1990, cuando Adam tenía veintidós. Cinco años después, nació Ella, y dos años más tarde, Simon. Formaron una pequeña familia feliz. Al poco tiempo, se mudaron a Estocolmo, y Charles, a Oskarshamn. Se veían a menudo. Les gustaba estar juntos. Charles era el padrino de Simon y quería mucho al pequeño y a su hermana Ella, pero nunca había podido superar la sensación de que Adam le había arrebatado algo que era suyo. Sabía que era un error y que el sentimiento era totalmente irracional. Si Adam hubiera sabido que él estaba enamorado de Lena, nunca se le habría acercado. De eso Charles estaba completamente seguro.

El bueno de Adam.

Patricia Wellton.

Había sido terrible comprender que había matado a Lena y a los niños. Ellos no tenían que haber muerto. Tenían que vivir. Él también tenía que vivir. ¿Qué podía haber pasado en un futuro si hubieran vivido? Quizá nada. No era por eso que había enviado a Adam a la cabaña de Jämtland. Esa no era ni remotamente su intención. Lo había hecho porque no le había quedado otra opción. Por la seguridad nacional. Había sido un sacrificio para proteger la democracia, que estaba amenazada.

Pero Lena y los niños no tenían que morir.

Sin embargo, habían muerto.

Patricia los había matado, y por eso Charles había matado a Patricia.

Se sobresaltó.

Oyó que se acercaba un vehículo. Los haces de los faros se deslizaron sobre las fachadas de los edificios abandonados cuando el coche tomó la última curva. ¿Cuánto tiempo llevaba Charles de pie, sumido en sus pensamientos?

Era por culpa del lugar.

Se dijo que tendría que haber elegido otro. Allí había demasiados recuerdos. Consultó el reloj y se asomó con cautela a la ventana de la planta baja. Joseph había llegado. Era el momento de cerrar un capítulo más.

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