Muertos prescindibles
La vieja caseta de los guardias
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La vieja caseta de los guardias seguía abandonada. Los cristales de las ventanas estaban rotos y alguien, no sin acierto, había garabateado «Lucha armada» sobre las sucias paredes. Parecía como si hiciera años que nadie se acercaba al lugar. Joseph pasó con cuidado por debajo de la barrera levantada, que en otra época cerraba o permitía el paso de los vehículos, y prosiguió lentamente cuesta arriba. Hasta el asfalto parecía descuidado, con baches y grietas invadidos por las malas hierbas. Tras coronar la pendiente, vio los grandes barracones del cuartel alineados delante de él. Tomó la última curva y aparcó tan lejos como pudo de las construcciones. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Era evidente que los edificios habían conocido épocas mejores, pero su deterioro no era nada en comparación con el lugar donde se encontraba. El suelo estaba tapizado de basura y vidrios rotos; las pintadas cubrían todas las superficies, y en el aparcamiento había varios coches quemados. Por lo visto, era un lugar adecuado para enterrar viejos pecados. En otra época, hombres jóvenes se habían entrenado en esas instalaciones para la defensa de Suecia. Ahora todo aquello parecía un pueblo fantasma. Apagó el motor y el silencio fue total.
No se oía ningún ruido en el maletero. Mejor así. Habría sido más trabajoso si el mocoso que tenía detrás se hubiera puesto a gritar y a patalear. Le había pasado una vez en Jordania, cuando era joven, y había sido muy irritante conducir con esa molestia en el maletero. Ya tenía suficientes dolores de cabeza, sin necesidad de añadir un problema más. Lo peor de todo era que el chico lo había buscado después de tantos años. Habría sido más comprensible que alguien lo abordara en los primeros tiempos, cuando acababa de suceder todo. Al principio incluso había temido que vinieran a hacerle preguntas, pero con el paso de los años se había ido sintiendo cada vez más seguro y al final prácticamente lo había olvidado. La vida continuó. Su inquietud fue disminuyendo día tras día, hasta que dejó de preocuparse.
Pero los hijos abandonados no olvidan nunca, como había podido comprobar. Al contrario, sus deseos de saber la verdad se vuelven cada vez más intensos a medida que crecen, hasta que un día lo abordan a uno con sus preguntas. Pero eso sólo sucede si conocen el nombre de la persona que buscan.
Y el chico de alguna manera lo había averiguado.
Por lo tanto, alguien se había ido de la lengua.
El año 2003 había sido una época muy agitada para él. Todos iban como locos en busca de información: los norteamericanos, los ingleses, los suecos, los egipcios… Querían más y más. Parecía como si todos estuvieran convencidos de que la pequeña Suecia estaba atestada de potenciales terroristas, y ese convencimiento los llevaba a repartir dinero y recursos en todas las direcciones posibles. Él había aterrizado en medio de esa locura y enseguida había encontrado su papel. Algunas personas importantes lo escuchaban. Sus soplos empezaron a procurarle dinero y poder. Había sido como una larga borrachera. Tenía en sus manos la vida de los demás. Bastaba con señalarlos.
Pero con el dinero habían llegado las exigencias. Querían nombres. Todo el tiempo y cada vez más. Eran unos paranoicos insaciables. ¿Por qué había viajado esta persona? ¿Por qué se habían reunido estos otros? ¿Qué hacía aquel imán en Suecia? ¿Quién lo había invitado? ¿Podía tratar de acercarse un poco más a este grupo o aquel?
Había respondido a todos los requerimientos y gracias a eso se había llenado los bolsillos.
Después, las cosas habían cambiado. En los últimos tiempos, ya nadie confiaba en informantes aislados, no como antes. Los métodos eran diferentes. Los servicios secretos querían información procedente a la vez de varias fuentes. La contrastaban y comparaban los datos. Sus reglas habían cambiado y ya no tenían tanto dinero. Utilizaban sus propios agentes para acercarse a los grupos e infiltrarse. Los dos bandos habían encontrado nuevas maneras de enfrentarse. Los norteamericanos bombardeaban con drones y misiles mientras dormían tumbados en sus literas, y los fundamentalistas encontraban nuevos países donde trabajar. Eran como un circo que se iba desplazando de un país pobre a otro.
Joseph sabía desde hacía tiempo que su mejor época había quedado atrás. La edad de oro había terminado. Pronto tendría que encontrar otra cosa. Para colmo, varios de sus otros clientes habían ido desapareciendo en los últimos años. Gaddafi ya no estaba, ni tampoco Mubarak. Los libios habían sido los mejores, más generosos que todos los países occidentales juntos. Su paranoia no tenía límites y estaban dispuestos a pagar por información que en realidad era fácil de encontrar.
Alí había acudido a una reunión con libios en el exilio.
Tarek había mostrado cierto interés por varias asociaciones.
Mahmed había criticado a los hijos de Gaddafi.
Con información así de trivial, Joseph había ganado un montón de dinero. Había sido como tener todo un mar a su disposición, donde pescaba personas e información que después vendía, como si estuviera en la lonja de pescado.
La mayoría de los que había vendido eran culpables.
Hamid y Said no.
Los había vendido porque necesitaba dinero y porque lo habían humillado. Estaba sometido a grandes presiones y no le resultaba fácil encontrar nombres nuevos. Cada vez que mencionaba a alguien, Charles ya lo conocía. Se le empezó a acabar el dinero. Necesitaba vender. Y mejor si era algo realmente importante.
Cuando se le ocurrió, le pareció la solución perfecta.
Entonces pasó la información de que Hamid y Said estaban participando en la preparación de un nuevo atentado en territorio estadounidense. Charles nunca había oído sus nombres, por supuesto. Gracias a su ocurrencia, Charles tuvo nombres nuevos con los que trabajar y Joseph, su revancha.
Hamid y Said lo habían visitado en su casa y lo habían insultado. Y, por si fuera poco, se habían llevado su dinero. Le habían robado. No parecían comprender quién era Joseph, ni qué contactos tenía. Pero él se encargó de que lo supieran.
Después comprendió que había sido una estupidez. Sus clientes empezaron a dudar de él. No habían conseguido sacarles nada a Hamid y a Said. Por supuesto que no. Pero él había aprendido de su error y nunca más lo repitió. Después pasó el tiempo y, cuando pensaba que todo estaba olvidado, apareció el muchacho.
Era un error más que era preciso corregir. Salió del coche y se dirigió hacia el maletero. Se dijo que lo mejor sería dejar al chico donde estaba, hasta que llegara Charles. Entonces se lo entregaría y se marcharía. Así solía hacer las cosas. Nunca se manchaba de sangre las manos. Solamente entregaba la mercancía.
Encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. A lo lejos se veía lo que en otro tiempo debía de haber sido un campo de tiro. Se había convertido en un descampado lleno de maleza, pero todavía se distinguían los soportes oxidados donde antes estarían las dianas.
Pensó que para entonces el chico debería haber vuelto en sí. Se agachó junto al maletero y aguzó el oído. Silencio. Empezó a preocuparse un poco. No quería entregar al muchacho muerto, de modo que abrió la puerta del maletero para ver cómo estaba.
La bala lo alcanzó en el hombro derecho, justo debajo de la clavícula. Cayó de espaldas, sorprendido. No le hizo tanto daño como pensó que le haría, pero enseguida sintió que la camisa se le empapaba de sangre. El chico salió del maletero y se irguió sobre Joseph. Agitó un objeto, que parecía una pistola de juguete, y volvió a disparar. Joseph rodó hacia un lado y esta vez el disparo no lo alcanzó. Aprovechó el impulso para sentarse, aferrar la mano del muchacho con su izquierda, ya que la derecha no parecía responderle del todo, y arrebatarle el arma, que salió volando y cayó al suelo. El chico, mientras tanto, consiguió propinarle una patada en la herida del hombro. El dolor fue tan intenso que cayó otra vez, entre alaridos. Con sus últimas fuerzas, Joseph se hizo con la pistola, que encontró tirada delante de su cara, y la ocultó bajo su pecho, para que el muchacho no pudiera cogerla de nuevo. Entonces oyó que Mehran echaba a correr y, cuando se volvió y se puso de rodillas, lo vio alejarse corriendo en dirección al campo de tiro.
—¡Te voy a atrapar, hijo de puta! —le gritó Joseph—. ¡Te voy a hacer lo mismo que le hice a tu padre!
Logró ponerse de pie. El dolor en el hombro había aumentado considerablemente y ya casi no podía mover la mano derecha. Con la izquierda, recogió la pequeña pistola del suelo. No parecía gran cosa, pero tendría que servir. Entonces oyó pasos sobre la grava que hicieron crujir los cristales rotos, a sus espaldas. Se volvió rápidamente con la pistola en la mano. Era Charles. Joseph bajó el arma y le señaló el campo de tiro.
—Ha huido por ahí.
—Ya lo he visto —respondió Charles.
No se movió y Joseph empezó a ponerse nervioso.
—Se va a escapar. —Se señaló el hombro ensangrentado—. Tienes que ayudarme.
Charles hizo un gesto afirmativo y del cinturón sacó una pistola automática negra de grandes dimensiones. Parecía mucho más eficaz que la que Joseph tenía en la mano.
—Por supuesto que voy a ayudarte —dijo mientras le quitaba el seguro al arma y empezaba a dirigirse hacia el campo de tiro por donde había desaparecido el muchacho.
Joseph suspiró agradecido. Cuando pasó a su lado, Charles se volvió hacia él y le susurró:
—Pero que sepas que es la última vez.
Encañó con la pistola la cabeza de Mohammed al Baasim y apretó rápidamente el gatillo. Dos veces.
El cuerpo aún no se había desplomado en el suelo, cuando Charles ya le había dado la espalda para ir en busca de Mehran.
El muchacho no podía haber llegado muy lejos.