Muertos prescindibles
Mehran oyó los dos disparos
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Mehran oyó los dos disparos y saltó al interior de una zanja llena de barro, para refugiarse. Primero pensó que le estaba disparando a él, pero, cuando asomó la cabeza con mucha cautela para mirar si lo seguía, vio a través de la maleza y de las altas hierbas otro hombre que se dirigía hacia él con paso decidido, iluminado por las últimas luces del crepúsculo. Iba vestido de oscuro, tenía el pelo rubio muy corto y parecía estar bastante en forma. Mehran supuso que sería sueco. No era nadie que él conociera. Se fijó que llevaba algo en la mano y se dijo que probablemente sería una pistola. Enseguida comprobó que no podía ser otra cosa, cuando divisó el cuerpo exánime de Joseph tirado en el suelo, al lado del coche negro.
El muchacho volvió a esconderse dentro de la zanja, muerto de miedo. Sintió frío cuando la humedad del suelo le caló la ropa, pero no le importó. Tenía otras preocupaciones más importantes. Necesitaba salir de ahí cuanto antes. Un poco más adelante había un pequeño grupo de árboles y, a partir de ahí, faltaban unos cincuenta metros para llegar al límite del bosque. Se dijo que tenía que huir en esa dirección. Era preciso salir del descampado donde se encontraba y adentrarse en el bosque, donde habría muchos más escondites. Era su única oportunidad. Sin atreverse siquiera a asomar la cabeza para ver al hombre que se estaba aproximando, empezó a arrastrarse en dirección a los árboles. Esperaba poder acercarse lo suficiente antes de abandonar la zanja. El agua que corría por el fondo era fangosa y maloliente, y las partes del terreno que estaban secas presentaban una densa cubierta de arbustos espinosos que le dificultaba el avance. El suelo no ofrecía nada donde poder agarrarse, y su cuerpo no dejaba de resbalar en el barro. Cada centímetro que avanzaba le suponía un esfuerzo enorme. De repente comprendió que en ningún caso podría moverse con la rapidez necesaria, porque al hacerlo habría agitado las hierbas altas y de ese modo se habría delatado. Estaba atrapado. Con toda probabilidad, el hombre llegaría a la zanja antes que él lograra alcanzar el pequeño bosquecillo. Lo encontraría allí, tumbado en el fango maloliente. Si quería salvarse, tenía que arriesgarse un poco más. Necesitaba ponerse de pie y correr tan rápido como le permitieran los pies. Esperaba que el hombre tardara un momento en distinguirlo en la penumbra del anochecer. Se incorporó un poco y se preparó para salir corriendo. Entonces oyó que el hombre le gritaba. Estaba mucho más cerca de lo que el chico había creído. Y lo peor de todo era que sabía su nombre.
—¡Mehran, sal! —estaba gritando, con tanta fuerza que su voz resonaba en todo el campo—. ¡Soy policía!
Mehran volvió a agacharse dentro de la zanja y se hizo tan pequeño como pudo.
—¡Ven, Mehran! Quiero ayudarte —insistió el hombre.
El cerebro de Mehran era un torbellino de interrogantes. No entendía nada. ¿Cómo sabía ese hombre quién era él? ¿Era eso lo que había querido decirle Shibeka cuando había mencionado a la policía? ¿Pretendía decirle que vendrían a ayudarlo? Pero ¿cómo habían podido encontrarlo, en medio de un campo que ni siquiera él sabía que existía?
No podía ser cierto.
Era imposible.
Además, ¿por qué razón un policía iba a dispararle dos tiros a Joseph?
Empezó a arrastrarse otra vez, intentando utilizar las piernas, para avanzar con más fuerza. Era tremendamente trabajoso. El barro cedía bajo su peso y no le servía de apoyo. Le dolía todo el cuerpo y sentía fuertes palpitaciones dentro de la cabeza. El hombre seguía gritando su nombre y estaba cada vez más cerca. Mehran intentó no pensar en la voz, dejarla fuera de su conciencia y utilizarla únicamente como una manera para medir la distancia que lo separaba del hombre, como un instrumento para saber dónde estaba su perseguidor. Siguió avanzando, pero cada vez se sentía más pesado. Todavía no se había recuperado de los golpes que le había propinado Joseph y se sentía débil, mareado y dolorido. Pero no podía darse por vencido. Tenía que encontrar la fuerza, la adrenalina, el instinto de lucha por la supervivencia.
De repente notó que la voz del hombre se alejaba, y eso le dio nuevas energías para seguir adelante. Se arrastró, reptó, usó los dedos y las uñas para avanzar un poco más, y empujó con las piernas mientras todo su cuerpo gritaba de dolor. Pero siguió adelante, metro a metro. Hacía rato que no oía al hombre. Esperaba que se siguiera alejando, pero ya no tenía fuerzas para aguzar el oído y tratar de distinguir aquella voz.
Al final, vio los árboles. El lugar que antes le había parecido tan lejano estaba de pronto a su alcance. Solamente un poco más allá.
Se decidió. Iba a cubrir el último trecho corriendo. Primero llegaría hasta el grupo de árboles y después seguiría huyendo en dirección al bosque, que para él representaba la seguridad definitiva. Pensaba correr, correr y correr, sin detenerse en ningún caso. Se alejaría lo más rápido posible de la zanja fétida donde se encontraba y de los arbustos espinosos que le habían desgarrado la piel. Se dijo que faltaba muy poco. Solamente un poco más.
Vas a conseguirlo, Mehran. Vas a conseguirlo.
Se incorporó para salir de la zanja y comprobó que aún podía tenerse en pie. Casi se sorprendió de que las piernas le sostuvieran su peso. Pero la cabeza le daba vueltas y al cabo de unos metros perdió el equilibrio. Se cayó, pero volvió a levantarse y siguió corriendo. Consiguió recuperar el control de su cuerpo. Por lo menos ya no tenía que emplear los brazos, que le dolían terriblemente. Cuando aumentó la velocidad, comprobó con satisfacción que aún conservaba más fuerza en las piernas de lo que había creído. De pronto, oyó al hombre, que le gritaba que se detuviera. Debía haberlo visto en ese mismo instante. Mehran no se volvió. Siguió corriendo, tal como se había prometido que haría. Dejó atrás el grupo de árboles y llegó al otro tramo del descampado. El bosque estaba cada vez más cerca, tal vez a unos treinta metros de distancia.
Aún no se oía ningún disparo.
Podía conseguirlo.
Podía lograrlo.
Cuando vio el pozo, ya era demasiado tarde. Debía de ser algún tipo de excavación militar: una trinchera o un foso. Intentó saltarlo, pero perdió el equilibrio al llegar al otro lado y cayó hacia atrás. Aterrizó sobre un solo pie y gritó de dolor cuando el tobillo se le torció y la pierna se le quebró con un chasquido espeluznante. Se desplomó en el interior de la trinchera, intentando no gritar. No quería hacer ningún ruido, pero no lo consiguió. A su pesar, estaba llorando. Aunque no quería gritar, estaba gritando.
Charles vio caer al muchacho en la trinchera. Había hecho maniobras muchas veces en ese campo y sabía que no era fácil ver la excavación cuando uno llegaba corriendo. En la penumbra era casi imposible distinguirla. De hecho, esa era precisamente la idea de las defensas: sorprender al enemigo. Tiempo atrás, cuando estaba al mando de un pelotón, uno de sus hombres había cometido el mismo error. Sentía como si todo aquello perteneciera a otra vida, cuando lo peor que podía pasarle era que alguien se lesionara durante unas maniobras.
Empezó a andar con más rapidez. Oía los gritos del muchacho. Parecía haberse hecho daño. Probablemente seguiría allí cuando Charles llegara, aunque no podía estar seguro. El chico tenía madera de luchador. Lo mismo que su padre.
Era como estar en una tumba. Las ásperas paredes de hormigón de la trinchera, cubiertas de musgo, trazaban un rectángulo que enmarcaba el cielo oscuro, donde unas pocas estrellas solitarias se atrevían a brillar ahora que el sol había desaparecido del cielo. Mehran sintió casi físicamente la sombra de su perseguidor, cuando el hombre se acercó sin hacer ruido al borde del pozo. No era más que una silueta, un trozo de oscuridad más negra que el resto, que se erguía en lo alto y lo contemplaba. En la mano empuñaba la pistola. Mehran notó que la levantaba lentamente.
En cualquier caso, necesitaba saber la verdad. Quizá no fuera preciso conocer todos los detalles, pero sí los aspectos más importantes. La muerte de su padre estaba relacionada con otros hechos que él no comprendía, pero sabía que esas conexiones existían. Lo que hasta ese momento les había parecido inexplicable en realidad era lógico y racional, sólo que ellos no disponían de todas las piezas del puzle para entenderlo. Ahora por lo menos había averiguado lo más importante. Sabía que su padre había muerto. Por alguna razón, había sido asesinado. No había abandonado a su familia por su propia voluntad. No se había marchado porque hubiera dejado de quererlos.
Mehran se sentía casi en paz. Pensó que la muerte era diferente. Había creído que tendría miedo cuando llegara y sin embargo le había traído el conocimiento de las cosas como realmente eran.
Se daba cuenta de que sería mucho más difícil para su madre, porque ella se culparía de todo. Para él era más sencillo. Esa era otra verdad. El que lo pasaba peor era el que se quedaba. Mehran lo sabía muy bien.
Iba a seguir los pasos de su padre mucho antes de lo que había esperado. Se verían pronto, Hamid y él. Lo deseaba y a la vez lo quería evitar. Pero ya no estaba en su mano decidirlo.
Aun así, no pensaba morir llorando. No quería darle esa satisfacción a su perseguidor, pero, por mucho que intentaba contener las lágrimas, no lo lograba. Estaba sollozando de miedo. Pero no se avergonzaba. Ser valiente significaba atreverse a actuar a pesar del miedo.
—¡¿Qué pasó con mi padre?! —gritó a la oscuridad.
El hombre no le contestó.
No podía, ni tampoco quería.
Charles veía al chico tendido en la trinchera, entre ramas y piedras. Parecía haberse roto una pierna, pero aun así no se daba por vencido. Todavía no. Lloraba, pero lo miraba desafiante a través de las lágrimas. El chico era fuerte, y Charles siempre había respetado la fuerza. Era muy joven, prácticamente un niño, pero ya era un luchador.
Levantó la pistola y de pronto lo asaltaron las dudas.
¿Era necesario que matara también a un niño? ¿Verdaderamente se había convertido en eso?
El chico del pozo tenía seis años cuando su padre había desaparecido, la misma edad que Simon cuando había ocurrido todo.
¿Habría dudado Patricia Wellton antes de matarlo? Probablemente no. Los profesionales como ella nunca dudan.
Él también era un profesional, pero aun así tenía dudas.
No era un simple asesino. Solamente intentaba cerrar las puertas que habían quedado abiertas. Proteger los secretos. El muchacho volvió a preguntarle por su padre. Quizá merecía saber la verdad.
—Murió, pero supongo que tú ya lo sabías.
El chico asintió con un gesto y lo miró con expresión aún más desafiante.
Simon habría podido ser el chico del pozo. De haber vivido, tendría la misma edad. Quince años, a punto de cumplir los dieciséis. Simon los habría cumplido el 18 de noviembre. Se preguntó cuándo los cumpliría el muchacho de la trinchera.
Entonces pensó que quizá no fuera casual que tuvieran la misma edad. Quizá el chico estaba ahí por algo.
Para que comprendiera las consecuencias de sus actos.
Para que viera con claridad que ya no era posible cerrar más puertas.
Que el precio era demasiado alto.
De pronto oyó un helicóptero, que se aproximaba con rapidez. Lo reconoció por el ruido del motor. Era un Eurocopter EC135, de los que usaba la policía. Menos de dos minutos después, lo tendría encima.
Era el fin. Venían a capturarlo. En ese caso, ya no importaba que el chico viviera o no. Pero para él sí importaba. No era lo mismo dejarlo vivir que matar a un niño cuando todo estaba perdido.
Porque entonces ya no sería un protector.
No sería un soldado.
Sino un monstruo.
Bajó la pistola, saltó la trinchera y echó a correr hacia el bosque. Pensaba dar un amplio rodeo por la zona boscosa, hasta regresar al coche. Con suerte, se mantendría fuera del área de acción de la policía. Tenía ciertas probabilidades de huir. Pero si lo atrapaban, si después hablaban de él, dirían que había sido una persona ruin y despreciable. Lo llamarían psicópata. Nada de eso le importaba. Siempre había actuado con el único propósito de defender aquello en lo que creía. Estaban en guerra y la guerra exigía sacrificios. Todos querían una sociedad libre y democrática, pero nadie estaba dispuesto a pagar el precio.
¿Le tendrían en cuenta que había dejado al chico con vida? ¿Verían bondad en ese gesto? Probablemente no.
Pero tampoco le importaba.
Porque al menos él sabría con seguridad una cosa.
Sabría que no era un monstruo.
Torkel, Billy y Jennifer salieron del coche y desenfundaron las armas. Para Jennifer, era la primera vez. La cogía con las dos manos y apuntaba al suelo. Entre los edificios, en una de las esquinas de la vasta explanada del cuartel, unos policías uniformados estudiaban el cuerpo de un hombre, que por su aspecto físico no podía ser Charles Cederkvist. No había rastro de él, ni tampoco del muchacho. Empezaron por registrar la zona más próxima a las construcciones, pero pronto se dieron cuenta de que necesitarían refuerzos. El helicóptero volaba en círculos sobre sus cabezas, explorando constantemente el suelo con sus potentes focos.
—Separaos —les ordenó Torkel a Billy y a Jennifer.
Así lo hicieron. Volvieron a explorar los espacios entre los edificios y empezaron a alejarse por el descampado que se extendía entre las deterioradas fachadas y el bosque. Jennifer aún veía a Billy a cierta distancia, pero al cabo de un momento su compañero giró por un recodo y desapareció. Ella continuó sola por un camino estrecho, donde la oscuridad se iba volviendo más densa a medida que avanzaba. Las construcciones que veía un poco más adelante eran antiguos depósitos de municiones, si no recordaba mal las indicaciones del plano. Con la linterna apuntaba el camino, mientras avanzaba como podía por el sendero pedregoso, aguzando el oído. A sus espaldas oía las voces de los policías uniformados, cada vez más débiles, a medida que se acercaba a los depósitos. Entonces oyó algo diferente. Procedía del bosque, a su derecha. Se detuvo al instante y se volvió rápidamente en dirección al ruido mientras buscaba con la linterna entre los árboles. Oyó una vez más el mismo ruido, pero esta vez un poco más lejos. Algo o alguien se estaba moviendo por el bosque. Con el haz de la linterna, se puso a recorrer la masa de árboles, hasta que unos metros más lejos distinguió una figura vestida de negro.
—¡Alto ahí! ¡No se mueva! —gritó Jennifer, pero con su exhortación consiguió exactamente lo contrario.
El hombre echó a correr. Jennifer lo perdió de vista, pero salió enseguida tras él, sin dejar de iluminar con el haz de la linterna los espacios entre los árboles. Al cabo de un momento, volvió a verlo. Había conseguido poner más distancia entre ellos. Jennifer redobló la velocidad, intentando no perderlo de vista.
Unos diez metros por delante de ella, salió de un salto al sendero y se puso a correr, todavía más rápido que antes. Jennifer lo perseguía tan velozmente como podía, mientras pedía refuerzos a través de la radio que llevaba atada al hombro. Cuando logró iluminar a la figura que huía, comprendió hacia dónde se dirigía. Junto al depósito de municiones había un coche. La luz de la linterna se reflejaba sobre el cristal de los faros del vehículo.
—¡Deténgase! —gritó una vez más, sin mayores esperanzas de que en esta ocasión el hombre la obedeciera.
Tenía razón, porque ni siquiera redujo la velocidad. Jennifer sentía que la adrenalina la ayudaba a mantener el ritmo de la persecución. Era lo que siempre había deseado: acción, decisiones rápidas, la emoción de la caza… Se había hecho policía precisamente para vivir esos momentos.
Cuando el hombre, que seguramente era Charles Cederkvist, estuvo a diez o doce pasos del coche, los faros parpadearon y el cierre de seguridad de las puertas se abrió, con un chasquido que Jennifer pudo escuchar, a pesar del estruendo de su agitada respiración en sus oídos. El hombre era rápido y ella no conseguía recortarle la distancia. El fugitivo llegó al coche y abrió la puerta del conductor. Entonces sucedió algo muy extraño. Se detuvo. Se quedó quieto, con la puerta abierta delante, como si estuviera posando para una foto. Jennifer se le acercó más despacio y alzó el arma.
—Levante las manos y apártese del coche —le ordenó mientras avanzaba con paso cauteloso.
Charles no se movió. Jennifer ni siquiera podía verle las manos, detrás de la puerta abierta del vehículo. Repitió la orden. ¿Dónde se habían metido los demás? Charles siguió sin moverse.
—Levante las manos y apártese del coche —repitió de nuevo.
¿Por qué no se entregaba? Estaba sucediendo lo mismo que en su sueño. La persecución había terminado y ella empuñaba un arma. El hombre tenía que sentirse superado, abatido y derrotado. Charles tenía que entregarse. Bajó la vista. De ser preciso, quizá pudiera dispararle a los pies, por debajo de la puerta, o tal vez al hombro izquierdo. Quizá. Prefería no tener que disparar. Lo ideal era conseguir que se entregara.
Pero el hombre no pensaba hacerlo. Jennifer lo comprendió cuando lo vio levantar una mano, apoyarla sobre la puerta y disparar dos balazos. Reaccionó instantáneamente y consiguió lanzarse hacia un costado para esquivarlos mientras Cederkvist entraba precipitadamente en el coche y se alejaba con un chirrido de los neumáticos. Jennifer tuvo que apartarse otra vez para que no la atropellara.
Tumbada en el suelo, vio alejarse las luces rojas de la cola del vehículo y enseguida distinguió a Billy, que los faros delanteros iluminaron brevemente y que enseguida se echó a un lado, para correr después detrás del fugitivo.
Billy se dirigió a toda prisa hacia su coche y de un salto se puso al volante. Arrancó, salió en marcha atrás del aparcamiento y emprendió la persecución, al mismo tiempo que avisaba por radio a la patrulla y pisaba a fondo el acelerador. A lo lejos, por el pequeño camino serpenteante, veía de vez en cuando las luces rojas del coche de Charles. Tomaba las curvas a la mayor velocidad posible. Quizá en otras cosas no era tan bueno, pero pocos podían decir que condujeran mejor que él. Corría con todos los sentidos puestos en la carretera, en medio de la noche. Los faros del vehículo iluminaban árboles, arbustos y carteles, que la oscuridad a sus espaldas no tardaba en devorar. Notaba que se le acercaba y el éxito multiplicaba su entusiasmo. De pronto, vio que los focos del helicóptero habían localizado el coche de Charles. Forzó todavía más el motor. Quería acabar la persecución en ese camino prácticamente desierto, antes de llegar a las vías más transitadas.
Cada vez se acercaba más.
Estaba a punto de alcanzarlo. Era imposible adelantarlo, porque el camino era demasiado estrecho. Estaba solamente unos metros detrás del coche de Cederkvist y lo único que le preocupaba era que el fugitivo frenara bruscamente, porque en ese caso iba a empotrarse contra su coche. Pero no parecía que Charles fuera a reducir la velocidad.
De pronto, Billy vio que los faros del coche de delante iluminaban una señal de curva peligrosa y supo que había llegado su oportunidad. Se acercó un poco más todavía y, cuando Charles frenó para tomar la curva, Billy dio un volantazo a la izquierda y aceleró. Topó con el coche de Charles a la altura de una de las ruedas traseras. El vehículo empezó a girar sobre sí mismo mientras Charles intentaba en vano recuperar el control. Billy pisó el freno y se quedó mirando cómo el otro coche se salía de la carretera y bajaba dando vueltas por el terreno adyacente. Billy se quitó el cinturón de seguridad y se apeó rápidamente del vehículo.
Enseguida Charles notó dos cosas.
En primer lugar, no estaba inconsciente.
En segundo lugar, estaba dentro del vehículo, pero lo que tenía debajo era el techo.
Cuando empezó a moverse, tuvo una tercera revelación.
Le dolía todo el cuerpo y estaba sangrando.
Rápidamente, intentó orientarse. El helicóptero seguía dando vueltas y no dejaba de iluminar con sus focos el vehículo que yacía con las ruedas hacia arriba. La luz le facilitó las cosas, porque enseguida encontró la pistola, que había quedado a su lado, junto a la ventana. Tendió la mano para cogerla.
Todo había terminado.
El asunto de los dos afganos se había convertido en una hidra: por cada cabeza que cortaba, aparecían otras dos. Ya no podía seguir. Había llegado el final. Agarró con más fuerza la pistola y empezó a reptar con gran esfuerzo para salir del coche por la ventanilla.
Billy venía bajando la cuesta cuando notó un movimiento dentro del coche que había caído a unos diez metros del camino. Desenfundó el arma, le quitó el seguro y la mantuvo apuntando al suelo.
Charles consiguió salir del vehículo. Estaba sangrando por todas partes y tenía la ropa destrozada.
Billy se le acercó.
Cuando Charles se apoyó en el coche para ponerse de pie, Billy notó que empuñaba una pistola y entonces levantó la suya.
—¡Deje caer el arma! —gritó Billy a pleno pulmón, para que se oyera su voz por encima del estruendo del helicóptero, pero Charles siguió esforzándose por ponerse de pie, sin la menor señal de haberlo oído.
—¡Tire el arma! —soltó Billy a voz en cuello.
Charles ya estaba de pie. Con piernas temblorosas y movimientos vacilantes, se volvió lentamente hacia Billy. De pronto, la escena se iluminó todavía más con la llegada del coche patrulla, que iluminó con sus faros el momento preciso en que Charles con gesto decidido levantaba la pistola y la apuntaba hacia Billy.
Billy le disparó dos veces.
Las dos balas le alcanzaron el corazón.
Charles se desplomó sin vida junto al vehículo.