Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Noche. Oscuridad

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Noche. Oscuridad.

La lámpara del escritorio flexionada hacia la pared era la única fuente de luz. En la penumbra, las figuras de Sebastian y de Torkel proyectaban sombras alargadas sobre los muros. Fuera, el viento agitaba los vierteaguas de las ventanas.

Si Sebastian hubiera tenido la costumbre de beber, se habría sentado con un whisky en la mano, para completar en cierto modo la escena. Torkel, por su parte, bebía cerveza directamente de la botella. Era la tercera.

—Hacía mucho tiempo que no nos sentábamos así, tú y yo —dijo Torkel, quebrando el silencio.

—Nunca lo habíamos hecho —replicó Sebastian—. Y si de repente vas a sufrir un repugnante ataque de nostalgia, dímelo, para que me vaya a casa.

Torkel sonrió y bebió un trago de cerveza. Pensaba que últimamente Sebastian tenía otra actitud hacia el trabajo y el resto del equipo, pero a veces volvía a ser el de siempre.

—¿Por qué no te has ido ya? —le preguntó, con sincera curiosidad.

—¿Por qué no te has ido tú?

—Estoy solo —respondió Torkel con franqueza—. Ya no me gusta estar en casa.

Guardó silencio. Sebastian notó que esperaba alguna reacción por su parte. Como no tenía ningún interés en oír confidencias sobre la vida sentimental de Torkel, decidió contestar a la pregunta original, para alejar así la atención de los asuntos personales.

—Estoy contrariado. Charles Cederkvist no era el culpable de la desaparición de los dos afganos, ni de la muerte de su hermano y toda su familia.

Torkel asintió, dándole la razón.

—Pero estaba implicado.

Sebastian se limitó a gruñir, disgustado.

—¿Qué crees que pasó? —preguntó al cabo de un momento.

Torkel se recostó en el sofá, bebió otro sorbo de cerveza y meditó la respuesta durante unos segundos de silencio.

—Lo que yo creo —dijo por fin, hablando lentamente— es que la CIA estuvo aquí y se llevó o mató a los dos afganos. Creo que la inteligencia militar lo sabía y que Charles le pidió a su hermano que cerrara el caso. Pero Adam descubrió demasiadas cosas y por eso lo mataron en las montañas.

—¿Crees que lo mató Patricia Wellton?

—Sí —respondió Torkel—. Lo que no sé es por qué la mataron a ella después.

—Charles está muerto. ¿No conseguiremos relacionar a nadie más con todo lo ocurrido?

Había cierto disgusto en la voz de Sebastian.

Torkel se echó hacia delante, apoyó los codos sobre las rodillas y se puso a estudiar al hombre que tenía delante y que a pesar de todo seguía considerando su amigo.

—Creía que no te importaba eso de juzgar y castigar a los criminales. «La meta no existe. El camino lo es todo». ¿No era eso lo que decías?

—Sí, pero eso no significa que me dé igual que se escapen —respondió Sebastian con amargura.

—Pero a veces se nos escapan —replicó Torkel sin el menor dramatismo mientras se volvía a apoyar en el respaldo del sofá.

—Además, esta vez el camino fue un puto aburrimiento —prosiguió Sebastian, para explicar un poco mejor su irritación—. Y Billy mató a la única persona que podía ser medio interesante.

—Quizá habría sido más divertido si te hubieras quedado con nosotros todo el tiempo —respondió Torkel, con una sonrisita desafiante.

—Tenía otras cosas que hacer.

Torkel volvió a inclinarse hacia delante, con verdadero interés.

—¿Qué sabes de Vanja? ¿Has tenido alguna noticia de ella?

Sebastian negó con la cabeza.

—Lleva todo el día sin coger el teléfono.

—Lo del FBI ha sido un golpe muy duro para ella —aseguró Torkel pensativo.

—Vanja es fuerte.

—Por lo menos consigue transmitir esa impresión, sí. Pero no sé si será capaz de soportar este revés, sumado al problema de su padre.

Sebastian sintió que la irritación se mezclaba con una creciente sensación de malestar y con algo que no recordaba haber experimentado desde hacía mucho tiempo. Remordimiento. Necesitaba cambiar urgentemente de tema.

—Sabemos muchas cosas —dijo, volviendo a la conversación inicial, con la esperanza de que Torkel lo siguiera—. Lennart Stridh debía de tener muchos colegas. Podría filtrarles algunos datos…

Torkel negó con la cabeza y volvió a inclinarse hacia delante, como para hacerle una confidencia. A Sebastian no le gustaba nada esa postura suya.

—¿Sabes por qué estoy donde estoy y por qué me mantengo a través de los años?

—No, pero tampoco me lo he preguntado nunca —respondió Sebastian sinceramente.

—Porque sé cuándo hay que parar —indicó Torkel, antes de beber otro sorbo de la botella—. Tienes que elegir tu guerra, Sebastian. Planta batalla solamente cuando creas posible ganarla.

—Ese no es mi estilo.

—Pero así la vida es más fácil.

—También es más aburrida. Y hablando de aburrimiento…

Echó un elocuente vistazo a su reloj y se puso de pie. Torkel simplemente le sonrió y se levantó a su vez.

—Yo también me voy. Tengo algo que hacer.

A pesar de todo lo sucedido, parecía imposible irritar ese día a Torkel. Quizá fuera su manera de manejar la frustración: sonreír ante todo lo malo. Sebastian cogió su chaqueta y se dirigió a la puerta. Torkel apagó la lámpara del escritorio.

—¿Hasta dónde crees que habrá gente implicada? ¿Hasta muy arriba?

—Esa pregunta no me interesa, porque nunca sabremos la respuesta.

—¿Y puedes aceptar que sea así?

—Yo sí, y tú también.

Salieron del despacho de Torkel y subieron en silencio al ascensor. Torkel tenía razón, por supuesto. Sebastian podía aceptarlo, del mismo modo que había aprendido a aceptar todo lo demás.

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