Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


El policía acababa de marcharse

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El policía acababa de marcharse. Shibeka no lo conocía. Se llamaba Torkel Höglund y por lo visto era jefe de algo llamado Unidad de Homicidios. Los había tratado con amabilidad y de una manera cercana y personal. Había preguntado varias veces cómo se encontraba Mehran y qué habían dicho los médicos, y parecía realmente interesado. Sin embargo, cuando llegaron al tema de lo que había ocurrido y de lo que realmente sabían, a Shibeka todo le resultó mucho más familiar y conocido.

Tenían muy pocos datos. No se atrevían a especular.

Eran muy buenos con las palabras, pero no con la verdad.

O tal vez se daban cuenta de que el precio era demasiado alto. Puede que fuera tan sencillo como eso. Eran más sensatos que ella y sabían que, a pesar de todo lo que se hablaba sobre libertad y transparencia, había cosas que era mejor no tocar. Shibeka había estado a punto de perder a su hijo porque no lo había entendido. ¿Habría merecido la pena?

No, en ningún caso.

Pero ¿realmente podría permanecer callada? En ese momento, junto a su hijo enyesado y postrado en una cama de hospital, la decisión le parecía sencilla. Pero ¿qué haría cuando pasaran tres meses? ¿O seis? ¿Qué haría cuando las preguntas volvieran a resonar en su cabeza?

No sabía si podría soportarlo.

Le cogió la mano a Mehran. Los potentes analgésicos que le habían administrado debían de haberle empezado a hacer efecto, porque ya volvía a tener algo de color en la cara. Los ojos le brillaban, más hermosos que nunca. Eran los ojos de Hamid.

—¿Mamá? —dijo en voz baja.

—¿Sí?

—La policía sabe algo más. Estoy seguro.

—Ahora no pienses en eso. Por un momento creí que no iba a volver a verte.

Se inclinó hacia él. Habría querido abrazarlo con fuerza y no soltarlo nunca, pero sabía que cualquier contacto podía hacerle daño. Tenía el cuerpo cubierto de heridas y hematomas. En lugar de abrazarlo, le apretó la mano con más fuerza. Mehran la miró con tristeza.

—Perdóname por no habértelo dicho, mamá. Perdóname por haberte ocultado lo que pensaba hacer.

—Tú no tienes que disculparte —susurró ella—. Si hay alguien que debe pedir perdón, soy yo.

—¿Por qué?

—Por haberte arrastrado a esto.

—Tú tampoco tienes que disculparte, mamá. No tienes que pedirme perdón a mí, ni a nadie. Nunca más.

Shibeka vio que los preciosos ojos de su hijo se llenaban de lágrimas.

—Está muerto, mamá. Lo mataron.

—Ya lo sé. En el fondo, siempre lo he sabido.

—Pero no sabemos cómo. Ni por qué.

—Hablaremos de eso más adelante. Ya veremos si es tan importante conocer el cómo y el porqué.

Guardaron silencio durante un momento. Mehran la miró y un pensamiento le vino a la mente. Era simple y evidente, pero no recordaba haberlo expresado nunca con palabras. Siempre había supuesto que no era necesario, porque ella ya lo sabía.

—Te quiero, mamá —le dijo.

Shibeka ya no pudo contenerse más. Se levantó y le dio un abrazo, y a él le gustó que le demostrara así su cariño, aunque le dolieran las heridas.

—¿Puedes hablarme un poco de él? —murmuró Mehran, cuando su madre volvió a sentarse a su lado.

—¿De Hamid?

—Hay tantas cosas que no sé… Antes prefería no saber nada. Pensaba que me dolería demasiado.

—Ya lo sé, Mehran.

El chico la miró un momento, antes de continuar.

—Pero no era cierto. Ahora sé que no era cierto. Él vive en nuestros recuerdos y nos da fuerza para seguir adelante a los que nos hemos quedado.

Shibeka lo miró. Los recuerdos…

¡Había tantos!

Y por fin tenía alguien con quien compartirlos.

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