Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Alexander Soderling había tenido

Página 101 de 110

Alexander Söderling había tenido una buena mañana. Se había quedado durmiendo hasta tarde y había desayunado con su familia. Cuando su mujer se había ido al trabajo y los niños a la escuela, él había encendido el iPad y se había puesto a mirar las webs de los periódicos. La prensa no parecía haber establecido ninguna conexión entre los sucesos de Almnäs y los cadáveres hallados en la montaña, ni con los afganos desaparecidos. Tampoco habían relacionado a Charles con el accidente de tráfico que le había costado la vida a Lennart Stridh. Se enteró de que el chico había sobrevivido, aunque tenía una pierna fracturada. Pero supuso que alguien habría tenido la precaución de advertirle que en determinadas circunstancias lo mejor y lo más sencillo era mantener la boca cerrada. Todo parecía indicar que habían superado la crisis. Una vez más. Veronica Ström había mantenido su promesa cuando le había dicho que se ocuparía de todo.

A las nueve y cuarto, Alexander salió de su casa y se dirigió al coche. Habitualmente se adelantaba a los atascos, pero esta vez iba a tardar por lo menos una hora en llegar al trabajo. Podía permitírselo. Accionó la llave del Audi mientras bajaba por el sendero y echaba una mirada rápida al césped, que estaba lleno de hojas. ¡Malditos vecinos! ¿No podían talar de una vez los putos arces? Les robaban muchas horas de sol durante el verano y, por si fuera poco, el noventa por ciento de las hojas iban a parar a su jardín todos los otoños. Más de una vez se había recreado con la idea de colarse en la parcela de los vecinos por la noche y meter unos cuantos clavos de cobre en los troncos. Pero, si lo hacía, ¿cuánto tiempo tardarían en morirse los árboles del demonio? Probablemente años, si es que el método funcionaba, porque también era posible que no fuera más que un mito. Una motosierra sí que funcionaría, de eso podía estar seguro. La idea era atractiva. ¿Qué podía pasar? ¿Una indemnización por daños y perjuicios? ¿Una carta al periódico local? Quizá mereciera la pena. En cualquier caso, los putos árboles no volverían a levantarse.

Abrió la puerta del lado del conductor, arrojó el maletín al interior del coche y se sentó. Entonces sintió un pinchazo en la espalda. Como una picadura de avispa o… Se llevó la mano al lugar de la punzada y se pinchó otra vez. Una aguja. ¿Cómo demonios había ido a parar una aguja al tapizado del asiento del coche? ¿De dónde había salido? Cuando se disponía a abrir la puerta para salir del vehículo y tratar de desenganchar la aguja del respaldo, se dio cuenta de que algo iba mal.

Tenía el corazón desbocado.

No un poco más acelerado, ni con una ligera taquicardia, sino totalmente desbocado. Volvió a apoyarse en el respaldo y trató de controlar la respiración. Tenía que relajarse. Intentó hacer inspiraciones profundas, pero no le sirvió de nada. El cuerpo le funcionaba en piloto automático. Sentía en los oídos el latido estruendoso del pulso. Empezó a dolerle el pecho y comprendió que iba a sufrir un ataque cardíaco. No había ninguna posibilidad de que el corazón aguantara mucho tiempo más la tensión a la que estaba siendo sometido. Intentó hacer sonar el claxon, para llamar la atención de alguien que pudiera ayudarlo, pero no lo consiguió. Solamente logró apoyar las manos sobre el volante, sin producir ningún ruido. El dolor oprimente en el pecho se volvió más intenso, y la respiración, más trabajosa. Sentía palpitar las venas del cuello. Necesitaba ayuda urgentemente. Pero ¿a quién recurrir? Las calles de su suburbio residencial solían estar desiertas a esa hora del día.

Justo enfrente, a unos veinte metros, notó que había dos hombres sentados en el interior de un coche, un Volkswagen rojo oscuro que le pareció familiar. Intentó llamarlos. Agitó las manos y golpeó débilmente la ventanilla. Fue todo lo que consiguió hacer. No habría podido salir del coche, aunque hubiera sido capaz de abrir la puerta.

¿Eran imaginaciones suyas o los dos hombres lo estaban mirando? Por lo menos uno de ellos, el pelirrojo, estaba mirando en su dirección. No tenía ninguna duda. Del otro no podía saberlo con seguridad, porque llevaba puestas unas gafas de sol. ¿Por qué no hacían nada? Mientras el corazón amenazaba con salírsele del pecho, vislumbró la respuesta a su pregunta.

Curiosamente, su último pensamiento, justo antes de que el corazón le dejara de latir, no fue para Annika ni para los niños, sino para Veronica. Ahora comprendía lo que había querido decirle cuando le había asegurado que ella se ocuparía de todo.

Ir a la siguiente página

Report Page