Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Sintió una ligera sacudida

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Sintió una ligera sacudida en los hombros y en la cabeza. Era curioso, porque el movimiento no se correspondía con el sueño. ¿De verdad estaba soñando? En esta ocasión no era el sueño habitual. No sentía ninguna manita en su mano. Ni un fragor ensordecedor que se acercara implacablemente. Ni un catastrófico torbellino. Pero debía estar soñando, porque alguien había dicho su nombre.

Sebastian.

Pero si estaba soñando —algo que sin embargo no podía asegurar—, entonces estaba solo en el sueño. Solo en la oscuridad.

Abrió los ojos y encontró otra mirada. Unos ojos azules. Encima de ellos, una cabellera negra, corta y despeinada. Debajo, una nariz pequeña y una boca sonriente.

—Buenos días. Perdona, pero quería despertarte antes de irme.

Sebastian se incorporó sobre los codos con cierta fatiga. La mujer que lo había despertado pareció satisfecha con el resultado de sus esfuerzos y enseguida se situó delante de un espejo de cuerpo entero, a los pies de la cama, donde procedió a ponerse unos pendientes que encontró en un estante, junto al espejo.

La somnolencia abandonó de inmediato a Sebastian, reemplazada por el recuerdo del día anterior.

Gunilla, cuarenta y siete años, enfermera. Se habían visto varias veces en el hospital Karolinska. La víspera, Sebastian había acudido a su última cita ambulatoria y, después, los dos habían salido juntos del hospital para ir al centro y más tarde a la casa de ella. El sexo había sido asombrosamente bueno.

—Te has levantado.

Sebastian se daba cuenta de que estaba diciendo una obviedad, pero se encontraba en una situación que le resultaba ligeramente incómoda. Seguía acostado y desnudo en una cama extraña, mientras que la mujer que había pasado parte de la noche con él ya se había levantado y vestido, y estaba lista para comenzar un nuevo día. Le gustaba ser el primero en levantarse y, si podía, prefería no despertar a su ocasional acompañante. Cuanto menos se viera obligado a hablar antes de marcharse, mejor.

—Tengo que ir a trabajar —informó ella mientras le echaba una breve mirada a través del espejo.

—¿Qué? ¿Ahora?

—Ahora, sí. Y ya voy con un poco de retraso.

Sebastian se inclinó a la derecha, para llegar hasta la mesilla de noche, donde había dejado el reloj. Faltaban unos minutos para las ocho y media. Gunilla ya se había puesto los pendientes y se estaba abrochando una cadenita de plata detrás del cuello. Sebastian la miró, incrédulo. Era imposible que una mujer de cuarenta y siete años, residente en el centro de Estocolmo, fuera tan ingenua y confiada.

—¿Estás loca? —le preguntó, sentado en la cama—. Me conociste ayer. ¡Podría robarte medio apartamento!

Gunilla encontró la mirada de Sebastian en el espejo y esbozó una leve sonrisa.

—¿Piensas robarme medio apartamento?

—No. Pero si lo pensara, tampoco te lo diría.

Gunilla terminó de abrocharse el collar y, tras una última mirada al espejo, volvió a sentarse en la cama junto a Sebastian y le apoyó una mano sobre el pecho.

—No te conocí ayer. Ayer salí contigo por primera vez. Además, en el hospital tenemos todos tus datos. Si te llevaras el televisor, sabría dónde encontrarte.

De repente, a Sebastian le pasó por la mente la imagen de Ellinor, pero enseguida la rechazó. Muy pronto se vería obligado a dedicarle a ese asunto una buena cantidad de tiempo y energía, pero todavía no. Gunilla le sonrió. Estaba bromeando. Sebastian recordó la noche anterior.

Recordó que sonreía mucho.

Tenía la risa fácil.

Había pasado una velada muy agradable con ella.

Gunilla se inclinó rápidamente hacia delante y le dio un beso en los labios, antes de que él pudiera reaccionar. Después se puso de pie y, mientras se dirigía hacia la puerta cerrada del dormitorio, le dijo:

—En cualquier caso, Jocke te estará vigilando.

—¿Jocke?

Sebastian rebuscó en la memoria, tratando de recordar quién podía llamarse así y tener además alguna relación con Gunilla, pero no lo consiguió.

—Joakim. Mi hijo. Puedes desayunar con él si quieres. Ya se ha levantado.

Sebastian se la quedó mirando, sin poder articular una respuesta. ¿Lo decía en serio? ¿Un hijo? ¿Allí mismo? ¿Cuántos años tenía? ¿Cuánto tiempo llevaba en la casa? ¿Toda la noche? Si no recordaba mal, no habían sido precisamente discretos la noche anterior.

—Pero ahora sí que me tengo que ir. Gracias por una velada estupenda.

—Gracias a ti —logró decir Sebastian antes de que Gunilla saliera del dormitorio y cerrara la puerta.

Después, se deslizó otra vez entre las sábanas y volvió a apoyar la cabeza en la almohada. La oyó despedirse de alguien, probablemente de su hijo. Al cabo de un momento, se cerró otra puerta y el apartamento quedó en silencio.

Se desperezó.

Ya no le dolía.

Hacía varias semanas que no sentía ningún dolor, pero todavía disfrutaba de la experiencia de mover el cuerpo sin sufrir.

Habían transcurrido algo más de dos meses desde que Edward Hinde, psicópata y asesino en serie, lo había apuñalado en la pantorrilla y en el abdomen. Lo operaron de inmediato y las intervenciones habían sido todo un éxito, pero al cabo de un tiempo habían aparecido algunas complicaciones, como un neumotórax que requirió drenaje pleural durante más de una semana. Cuando le retiraron el drenaje, le dijeron que su recuperación sería sólo cuestión de tiempo. Pero entonces se le declaró una neumonía y, poco después, se le encharcaron los pulmones, por lo que tuvieron que volver a drenarlo y coserlo. Lo habían dado de alta con una serie de recomendaciones y normas de conducta, pero eran demasiado trabajosas y aburridas, y quizá por eso sufrió una recaída. Era posible que aún padeciera cierta inflamación en los pulmones, pero se encontraba mejor. La víspera le habían dicho que estaba oficialmente recuperado.

Físicamente estaba curado, pero nunca pasaba mucho tiempo sin que el caso Hinde volviera a atormentarlo, en parte porque el homicida había obrado su venganza asesinando a varias mujeres con las que Sebastian había mantenido relaciones sexuales. No había perpetrado personalmente los asesinatos, porque desde 1996 cumplía condena en el pabellón de máxima seguridad de la cárcel de Lövhaga, donde Sebastian se había encargado de que lo encerraran. Pero con la ayuda de un limpiador de la institución penitenciaria había podido llevar a cabo parte de sus designios.

Cuatro mujeres asesinadas.

Con un único elemento en común: Sebastian Bergman.

La sensación de ser el culpable de la muerte de las cuatro mujeres era irracional, pero imposible de eludir. Cuando la Unidad de Homicidios capturó al limpiador, Hinde huyó de la prisión y tomó a Vanja Lithner como rehén.

No lo había hecho por azar, ni porque la joven trabajara con Sebastian en la Unidad de Homicidios, sino porque, de alguna manera, había averiguado que Vanja era hija de Sebastian.

Edward Hinde estaba muerto, pero a veces Sebastian pensaba que si Hinde había sido capaz de descubrir la verdad, otros también podrían hacerlo. Y él no quería que se supiera. Todo iba bien entre Vanja y él. Mejor que nunca.

Le había salvado la vida en la casa abandonada donde Hinde la tenía prisionera, y eso explicaba en parte sus buenas relaciones. A Sebastian le daba igual que Vanja lo soportara únicamente porque estaba agradecida. Lo soportaba y eso era lo importante. Incluso hacía algo más que aguantarlo. A lo largo de los últimos meses, había buscado estar con él en dos ocasiones. Primero había ido a visitarlo al hospital, y después, cuando Sebastian ya estaba en casa y todavía no había sufrido esa neumonía que lo obligó a permanecer varias semanas en cama, le había propuesto salir a tomar un café juntos.

Sebastian aún podía recordar la sensación que le produjo escuchar esa invitación en boca de su hija.

Lo había llamado porque quería verlo.

Apenas recordaba de qué habían hablado. Le habría gustado conservar en la memoria todos los detalles y hasta el último de los matices, pero la carga emocional del momento había sido abrumadora. La situación fue muy emocionante: una hora y media, sentados los dos en un café, solos, por iniciativa de ella. Sin palabras duras, ni discusiones. Hacía mucho tiempo, desde la Navidad de 2004, que Sebastian no se sentía tan vivo, ni tan presente. Desde entonces, no dejaba de repasar mentalmente los noventa minutos que habían pasado juntos.

Podían ser más. Seguramente lo serían. Podía volver a trabajar. Le apetecía regresar a la actividad y a veces incluso se sorprendía anhelando volver al trabajo, aunque lo más importante era estar cerca de Vanja. Había acabado por aceptar que nunca sería su padre. Si intentaba sustituir a Valdemar, solamente conseguiría destruirlo todo. No había hecho muchos progresos hasta ese momento: una visita al hospital y noventa minutos en un café. Pero ya era algo.

Aceptación.

Cierta consideración hacia él.

Quizá incluso el comienzo de una amistad.

Sebastian apartó la manta y se levantó. Encontró los calzoncillos en el suelo y el resto de la ropa en la silla donde la había arrojado nueve horas antes. Tras echar un último vistazo al espejo y pasarse la mano por el pelo, abrió la puerta del dormitorio y salió sigilosamente hacia el cuarto de estar. Se detuvo un momento al final del pasillo y prestó atención. Oyó ruidos en la cocina, en la otra punta del apartamento: música y el entrechocar de una cuchara contra un plato. Era evidente que Jocke había empezado a desayunar sin esperarlo. Sebastian entró en el cuarto de baño y cerró la puerta con pestillo. Necesitaba urgentemente una ducha, pero la perspectiva de desnudarse otra vez, con el hijo de Gunilla al otro lado de un delgado tabique, le hizo cambiar de idea. Tiró de la cadena después de usar el váter, se lavó las manos y la cara, y salió del baño.

De camino hacia la puerta, se dio cuenta de que forzosamente tendría que pasar por delante de la cocina. Pero eso sería todo: pasaría de largo. El hijo de Gunilla, que estaba dentro desayunando, le vería solamente la espalda si levantaba la cabeza. Sebastian pasó y salió al vestíbulo. Encontró los zapatos, se los puso, y empezó a buscar la chaqueta entre las prendas colgadas del perchero. No la encontró.

—Tu cazadora está aquí —oyó que le decía una voz de barítono desde la cocina.

Sebastian cerró los ojos y soltó una maldición entre dientes. Ahora lo recordaba. Se había quitado los zapatos al entrar, pero no la chaqueta. Quiso aparentar tener cierta prisa, como si no estuviera seguro de que fuera a quedarse, aunque los dos sabían que se quedaría. Se había quitado la chaqueta después mientras Gunilla descorchaba una botella de vino.

Lanzó un suspiro y entró en la cocina, donde encontró a un chico, de unos veinte años, con un plato con yogur y leyendo un libro electrónico. Sin levantar la vista de la lectura, el joven le indicó con la cabeza la silla al otro lado de la mesa.

—Ahí.

Sebastian se dirigió hacia el lugar señalado y recogió la chaqueta del respaldo de la silla.

—Gracias.

—No hay de qué. ¿Quieres tomar algo?

—No.

—¿Ya has conseguido lo que has venido a buscar?

El muchacho seguía con la vista fija en el libro electrónico, sobre la mesa. Sebastian lo miró. Probablemente lo más sencillo para ambos habría sido pasar por alto el último comentario y que Sebastian se marchara, pero ¿para qué elegir el camino más fácil?

—¿Hay café? —preguntó Sebastian mientras se ponía la chaqueta.

Si el hijo de Gunilla quería que se marchara, entonces se quedaría un rato más. No le costaba nada. Asombrado, el joven levantó la vista de la pantalla.

—Ahí, en la encimera —dijo, señalando al propio Sebastian, por lo que este supuso que el café estaría a sus espaldas y se volvió.

A primera vista, no encontró ninguna cafetera, ni un termo, ni un cazo, ni nada parecido. Pero, tras mirar detenidamente, distinguió un objeto negro y abovedado, semejante a un futurista casco de motociclista, con una especie de rejilla debajo de un grifo. Tenía botones a los lados, remate metálico y tres tazas pequeñas de cristal a un costado, por lo que Sebastian dedujo que debía de dispensar algún tipo de bebida.

—¿Sabes cómo funciona? —le preguntó el hijo de Gunilla, al ver que Sebastian no hacía ningún ademán de acercarse a la máquina.

—No.

Jocke se levantó de la silla y se acercó a la encimera.

—¿Qué quieres?

—Algo fuerte. Casi no he dormido.

Jocke lo miró con expresión cansada, sacó una cápsula de un soporte junto al aparato, que Sebastian ni siquiera había visto, abrió la tapa, insertó la cápsula, la cerró, colocó una de las tazas sobre la rejilla y pulsó un botón.

—Por cierto, ¿tú quién eres? —preguntó mientras contemplaba con cara de aburrimiento a Sebastian.

—Tu nuevo papá.

—Muy gracioso. Tienes mucho sentido del humor. Espero que le dures.

Se dio media vuelta y volvió a la mesa. Sebastian tuvo de repente la sensación de que Joakim había pasado demasiadas mañanas sentado en esa cocina con demasiados hombres desconocidos. En silencio, retiró la taza de cristal de la rejilla. El café estaba realmente muy cargado. Y también caliente. Se quemó la lengua, pero se lo terminó sin decir nada.

Dos minutos después salió a la mañana gris de septiembre.

Le llevó unos segundos orientarse para encontrar el camino más directo a su casa, el apartamento de Grev Magnigatan donde lo esperaba Ellinor Bergkvist, su inquilina, o como fuera que pudiera llamarla.

Todavía no se explicaba cómo había hecho esa mujer para meterse en su casa.

Se habían conocido por la época en que Hinde empezó a matar a las amantes de Sebastian. Entonces él fue a verla para advertirla del peligro y, de alguna manera, la mujer acabó instalándose en casa de Sebastian. Tendría que haberla puesto de patitas en la calle desde el primer momento, pero ella aún seguía allí.

Sebastian había dedicado mucho tiempo a analizar su relación con Ellinor y podía afirmar varias cosas con toda seguridad.

Sabía que no estaba enamorado de ella, ni mucho menos.

Ni siquiera le gustaba su forma de ser. Pero en cierto modo agradecía el cambio que había aportado a su vida desde que se había mudado sin ser invitada. Le había conferido cierta normalidad a su día a día. Contra todo pronóstico, había conseguido que disfrutara de su compañía. Cocinaban juntos, veían la tele tumbados en la cama y follaban con frecuencia. Iba por la casa silbando y se reía por tonterías. Le decía que lo había echado de menos cada vez que regresaba. Aunque Sebastian se negaba a reconocerlo, porque no quería que fuera cierto, la presencia de Ellinor lo había llevado a sentir, por primera vez en muchos años, que su casa era un hogar.

Disfuncional quizá, pero un hogar al fin y al cabo.

¿La estaba utilizando? Totalmente. Le importaba una mierda lo que Ellinor pudiera pensar o sentir. Todo lo que decía le entraba por una oreja y le salía por la otra; era como un fondo musical. Pero había sido fantástico tenerla en casa durante la convalecencia. De hecho, le costaba imaginar cómo habría podido superar sin su ayuda las semanas que pasó postrado en cama por culpa de la neumonía. Ellinor había gastado sus vacaciones en los grandes almacenes Åhléns para no separarse ni un momento de su lado. Pero, por mucho que Sebastian reconociera y apreciara su dedicación, el agradecimiento no era suficiente.

Tener a Ellinor en casa era como tener a una asistenta medio majara, rebosante de admiración por él y dispuesta a cualquier sacrificio, que además se acostaba con él. Gracias a ella, su vida se había vuelto mucho más sencilla y cómoda en todos los sentidos, pero la situación era insostenible a largo plazo. La normalidad de la vida cotidiana que Ellinor le aportaba era un artificio. Una quimera. Al principio Sebastian había apreciado esa cotidianidad e incluso había llegado a fomentarla, pero ahora estaba seguro de que no quería prolongar más el engaño.

Se había recuperado, estaba más cerca de Vanja que nunca y probablemente tenía un trabajo. Estaba a punto de comenzar lo que quizá fuera una nueva vida.

Ya no la necesitaba.

Tenía que echarla de su casa.

Y sabía que no sería fácil.

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