Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Shibeka Khan estaba esperando

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Shibeka Khan estaba esperando, como siempre, sentada junto a la ventana de la cocina, en el tercer piso de uno de los deteriorados bloques de viviendas sociales de Rinkeby. Fuera, las hojas de los árboles empezaban a teñirse de rojo y de gris. En la explanada entre los bloques, los niños del jardín de infancia estaban jugando. Shibeka no recordaba cuántos años hacía que los veía jugar. El apartamento y la ventana eran los mismos, pero los niños cambiaban. El tiempo pasaba con rapidez en el exterior. En la cocina, en cambio, parecía haberse detenido.

Le gustaban esos momentos, cuando sus hijos ya se habían ido y aún no había comenzado la jornada. Era muy activa, tenía muchas amigas, trabajaba de auxiliar en un hospital, seguía un curso avanzado de sueco y el año anterior había conseguido plaza para estudiar enfermería. Pero en sus mañanas libres se sentaba un par de horas para contemplar el mundo por la ventana. Era algo así como su otra vida, un momento para expresarle silenciosamente a Hamid su respeto y su amor.

No le habría sido difícil determinar la cantidad exacta de años que llevaba sentada junto a la ventana. Pero no se sentía con fuerzas para calcular, ni tampoco para recordar. Sus hijos eran la señal más evidente del paso del tiempo. Mehran estaba cursando el último año de secundaria, y Eyer estaba en segundo, dos cursos por detrás de su hermano y con menos facilidad que él para el estudio. Cuando Hamid desapareció, Eyer tenía cuatro años y Mehran acababa de cumplir los seis. Shibeka recordaba la sonrisa de su hijo cuando su padre le había dado la mochila nueva, negra con dos franjas azules, para que la estrenara al otoño siguiente, cuando empezara la escuela; la alegría en sus ojos oscuros, que brillaban de orgullo porque ya empezaba a hacerse mayor; y el abrazo entre padre e hijo. Una semana después, Hamid había desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra. Fue un jueves. Mucho tiempo atrás.

Curiosamente, cuanto más tiempo pasaba, más lo echaba de menos, pero no con la intensidad del principio, sino con más dolor y más pena.

Shibeka se enfadó de repente consigo misma. Ya estaba otra vez con los recuerdos. Precisamente era eso lo que la agobiaba y no la dejaba vivir, pero a su mente le importaba muy poco lo que ella quisiera. Sus pensamientos eludían los controles con sorprendente facilidad y volvían siempre al pasado: a los amigos que acudieron para acompañarla y ayudarla en la búsqueda; a las preguntas y los llantos de los niños; al mejor traje de Hamid, que había ido a buscar al tinte y que desde entonces lo seguía esperando en vano… Un carrusel de imágenes y momentos, impulsado por la esperanza de descubrir un detalle que se le hubiera escapado y que de repente lo explicara todo. Pero siempre se llevaba una decepción. Ya había repasado miles de veces todos los pormenores y se había representado mentalmente todas las caras. No tenía sentido insistir.

Para eludir el torbellino de pensamientos, Shibeka se levantó de la silla y se acercó a la ventana. Era viernes y sabía que no tardaría en llegar. Después, tendría que esperar otros dos días para que volviera. Ya no esperaba que le trajera nada. Hacía tiempo que habían dejado de contestarle, pero ella no se daba por vencida y seguía escribiendo. Había mejorado su expresión en sueco y su caligrafía, e incluso había aprendido las fórmulas del lenguaje oficial. Había llegado a ser tan buena en sus misivas a las autoridades que ahora muchas de sus amigas le pedían ayuda en ese aspecto.

Se asomó a la ventana y enseguida vio al cartero. Venía pedaleando por el sendero, como siempre, y empezó la ronda por el portal número 2. A continuación pasaría por el 4 y el 6, y finalmente llegaría al 8, su portal.

Esperó a verlo salir del número 6, después se apartó de la ventana y se dirigió al vestíbulo. Intentó moverse con el mayor sigilo posible, no porque creyera que fuera necesario, sino porque esperaba que de alguna manera el silencio aumentara sus probabilidades.

Era una precaución que hasta ese momento no le había servido de nada.

Se acercó a la puerta del apartamento y aguzó el oído. Al cabo de un momento, oyó el chasquido metálico de la puerta principal al abrirse. Vio mentalmente al cartero que se dirigía al ascensor y que pulsaba el botón de llamada. Tenía por costumbre subir al piso más alto, para después recorrer todas las plantas, una a una, bajando por la escalera. Era su rutina. La de Shibeka era quedarse en silencio en el vestíbulo, esperando.

Se apoyó contra la puerta y escuchó: dos tipos de ruido, uno lejano, fuera del apartamento, y otro cercano, consistente en su propia respiración y en el zumbido del frigorífico en la cocina. Dos mundos diferentes, separados por una puerta de madera con un buzón de metal para la correspondencia. Para ella, había algo religioso en esos momentos.

Si Alá lo quería, sucedería, y si no, no pasaría nada.

Así de sencillo.

Con un estruendo que le resultó casi ensordecedor, se abrió la tapa del buzón y varios folletos comerciales multicolores entraron por la abertura de la puerta y cayeron en el suelo del vestíbulo, a sus pies. Los ruidos y el mundo exterior desaparecieron cuando Shibeka se agachó para examinar los papeles que yacían sobre el felpudo. Bajo las ofertas de la semana del supermercado, distinguió un sobre blanco.

De la SVT, la televisión pública sueca.

Alá lo había querido.

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