Muertos prescindibles
No había sido culpa suya
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No había sido culpa suya.
O quizá sí, pero había sido un error. Habría podido pasarle a cualquiera. No era razonable que Maria se enfadara. Podía entender que estuviera cansada, pero ¿acaso ella no lo estaba? No se había desviado adrede.
Había sido un error.
Todo iba bien, a pesar de la lluvia, hasta que sucedió eso.
Maria había cumplido cincuenta años en el mes de julio, y Karin le había regalado una ruta por las montañas, por lo que se llama el triángulo de Jämtland: Storulvån, Blåhammaren y Sylarna.
Al escuchar esos nombres, tuvo la sensación de que el viaje parecía mucho más lujoso y exótico de lo que era en realidad. El circuito estaba formado por varios recorridos de senderismo por la montaña, sin excesivas dificultades. Por el día, excursiones asequibles y relativamente breves, y por la noche, una ducha, un rato en la sauna, una cena con un buen vino y una cama confortable en uno de los albergues. Karin había hecho esa misma ruta con Fredrik muchos años atrás y le había parecido perfecta: una experiencia natural vigorizante, combinada con un poco de lujo y confort.
Con mucho tiempo para hablar y compartir experiencias.
Era un regalo estupendo. Y caro. Sumando el viaje para llegar hasta allí, las cuatro noches de albergue y las cenas para las dos, el precio superaba las diez mil coronas, pero Maria lo merecía. Era la mejor amiga de Karin desde hacía muchos años. La había apoyado cuando otros le habían dado la espalda. El cáncer de mama, el divorcio, la muerte de su madre… Habían pasado juntas por todo eso. También se habían divertido mucho, desde luego, pero nunca habían practicado el senderismo juntas. Maria ni siquiera había estado al norte de Karlstad. Ahora había llegado el momento.
Karin eligió el último fin de semana de apertura de los albergues, a finales de septiembre. Por un lado, para ahorrarse la aglomeración del verano, para que Maria tuviera tiempo de planificar el viaje y para que pudiera pedir unos días libres en el trabajo, y, por otro, porque esperaba que el otoño ya hubiera empezado y pudieran disfrutar así del aire límpido y de la maravillosa sinfonía de colores de la naturaleza. Deseaba que su querida amiga conociera las montañas del norte en todo su esplendor.
Ni siquiera se le había ocurrido que pudiera llover sin cesar desde el momento en que se bajaran del tren en Enafors.
Sin embargo, eso fue lo que pasó.
—Pronostican que mejorará a comienzos de la semana que viene —respondió el conductor del microbús que las esperaba para llevarlas al albergue de Storulvån cuando le preguntaron si tenía información sobre las previsiones del tiempo.
—Entonces ¿seguirá lloviendo todo el fin de semana?
Había cierta resignación en la voz de Maria.
—Eso parece, sí —les confirmó el chófer.
—El tiempo es muy cambiante aquí en la montaña —comentó Karin en tono entusiasta cuando subieron al autobús—. Ya verás cómo mejora.
Todo había empezado muy bien. Llegaron al albergue; les enseñaron su habitación, que resultó ser sencilla pero agradable; salieron a dar un paseo por los alrededores, echaron una siesta, bajaron a la sauna y, por la noche, cenaron estupendamente en el restaurante. Pidieron vino para acompañar la comida y tomaron el café con una copa de licor.
Por la mañana, se levantaron a las siete y, después de desayunar, se prepararon el almuerzo y un termo con café para llevar en la mochila. Poco antes de las ocho y media, se pusieron en marcha. El cielo estaba cubierto. Caía una llovizna ligera, pero las dos llevaban impermeable, botas de goma y una muda de ropa por si se mojaban.
Atravesaron el río Storulvån y emprendieron la marcha a lo largo del valle boscoso que, según el mapa del hotel, recibía el nombre de Parken. Se lo tomaron con calma. Iban charlando y de vez en cuando paraban para hacer fotos o simplemente para disfrutar de la naturaleza. No tenían prisa. Había tan sólo doce kilómetros entre Storulvån y Blåhammaren, la siguiente parada. Al cabo de tres kilómetros, dejaron atrás el bosque de abedules y prosiguieron por una meseta abierta hacia el refugio de Ulvåtjärn. Cuando llegaron, casi se habían olvidado de la llovizna. Vieron que después del refugio comenzaba una cuesta larga y empinada, por lo que se tomaron su tiempo para almorzar con tranquilidad y beber el café. Las dos estuvieron de acuerdo en que las inclemencias del tiempo acabarían siendo un buen recuerdo, del que se reirían más adelante. Quizá tendrían que esperar un tiempo, pero tarde o temprano acabarían bromeando sobre toda esa lluvia. Después de comer, se pusieron en camino. A ratos iban en silencio y otras veces charlaban animadamente.
Un par de horas más tarde, divisaron el albergue de Blåhammaren en lo alto de la montaña. Animadas con la idea de probar la ducha y una sauna, que ambas consideraban prioritarias, prosiguieron con energías renovadas por el terreno yermo y cenagoso.
Cuando todavía les faltaban un par de kilómetros, hicieron un alto, sacaron las tazas de plástico y bebieron de un torrente cristalino que bajaba por la ladera. Más adelante, Karin no sabría decir por qué se le ocurrió mirar en ese momento la funda transparente donde guardaba las reservas de los albergues. Había abierto la mochila para sacar una bolsa con pasas y frutos secos, y, por alguna razón que no recordaba, le echó una mirada a los papeles.
Lo que vio la sumió en la más absoluta perplejidad. No lograba comprenderlo. Le echó otro vistazo, asimiló lo que estaba viendo y entonces deslizó la funda de plástico otra vez hacia el interior de la mochila mientras trataba de encontrar la mejor manera de comunicarle a Maria lo que había descubierto. Al cabo de un momento, llegó a la conclusión de que no había una manera «mejor» o «menos mala» de decirlo. Lo único que podía hacer era contarle la verdad.
—¡Mierda! —exclamó, para dejar bien claro que ella también estaba profundamente afectada por lo que acababa de averiguar.
—¿Qué pasa? —le preguntó Maria con la boca llena de anacardos—. Si se te ha olvidado algo, tendrás que volver tú sola. Yo ya estoy mentalmente en la sauna, con una cerveza en la mano.
—No, acabo de mirar las reservas y…
—¿Y…?
Maria volvió a sumergir la taza de plástico amarillo en el torrente, bebió un sorbo de agua y tiró el resto.
—Nos hemos… desviado un poco del camino.
—¿Qué dices? ¡Si el albergue está allí arriba! ¿Había un camino más corto?
Maria colgó la taza de la mochila y se dispuso a seguir andando mientras Karin se mordía los labios.
—Eso de ahí arriba es Blåhammaren. Pero hoy nos tocaba ir a Sylarna.
Maria se detuvo y la miró sin comprender.
—Todo el tiempo has dicho Blåhammaren. De Storulvån a Blåhammaren, y de allí a Sylarna. Es lo que has dicho todo el rato.
—Sí, ya lo sé. Es lo que creía. Pero esta noche tenemos la reserva en Sylarna y mañana en Blåhammaren. Está en los papeles.
Maria la seguía mirando, desconcertada. No podía ser. ¿Justo cuando estaban tan cerca? Tenía que ser una broma. Seguro que Karin le estaba tomando el pelo.
—¿Perdón?
Karin la miró a los ojos, y entonces Maria comprendió que no se trataba de ninguna broma. Pero quizá no fuera tan mala la situación, después de todo. Se habían desviado un poco del recorrido. Con suerte, sólo tendrían que caminar unos pocos kilómetros más.
—¿A qué distancia estamos de Sylarna?
Durante un momento, Karin titubeó. Por el tono de voz, se daba cuenta de que su amiga se estaba enfadando. Pero no podía responderle que no estaban muy lejos, o que faltaba poco para llegar. Una vez más, solamente podía decirle la verdad.
—A diecinueve kilómetros.
—¡Diecinueve! ¿Estás de broma?
—Entre Blåhammaren y Sylarna hay diecinueve kilómetros. Como todavía no hemos llegado a Blåhammaren, deben de ser menos. Unos dieciocho, o quizá diecisiete.
—¡Como mínimo cuatro horas más!
—Perdóname, por favor.
—¿Cuánto tiempo de luz crees que nos queda?
—No lo sé.
—¡No, claro que no! ¡Mierda! ¡No vamos a llegar! ¿No podríamos alojarnos ahí arriba esta noche y mañana en Sylarna? ¿Por qué no intentamos cambiar las reservas? Seguro que se puede hacer.
Por un instante, Karin sintió un alivio enorme. ¡Claro! Esa era la solución. ¡Qué lista era su amiga! Convencida de haber superado el problema, sacó de la mochila los papeles de la reserva y el teléfono móvil.
Pero resultó imposible cambiar las reservas. Todos los albergues estaban completos. El último fin de semana de la temporada tenía mucha demanda. Aun así, había un barracón en el albergue, donde podían pasar la noche si llevaban sacos de dormir o colchones inflables. Además, si así lo deseaban, era posible reservar dos plazas para la cena después de las nueve y media. Lamentablemente, eso era todo lo que podía ofrecerles el albergue. Las dos amigas sopesaron por un momento esa posibilidad, pero enseguida Maria dijo que no estaba dispuesta a dormir en ningún barracón de mierda, y se echó la mochila a la espalda.
Al principio, Maria no hablaba porque no quería, pero después perdió la capacidad de hablar, o al menos eso le pareció a Karin. La lluvia y el viento le fustigaban la cara, tenía una palidez grisácea y la piel le colgaba de las mejillas como si no tuviera músculos en el rostro.
Parecía completamente agotada. No respondía a las preguntas. Karin intentaba mantener la moral alta, pero se daba cuenta de que cada vez le resultaba más difícil.
No había sido culpa suya.
O quizá sí, pero había sido sólo una equivocación.
—Espera, hagamos una pausa —propuso tras hora y media de marcha.
—Ni lo sueñes. Si paramos ahora, no llegaremos nunca al puñetero albergue.
—Sí, sentémonos a comer unas nueces, para tener más energía. De todos modos, yo tengo que rellenar la cantimplora.
Señaló con la cabeza el riachuelo que discurría varios metros por debajo de la meseta que estaban recorriendo.
—No creo que puedas bajar hasta ahí.
—Claro que puedo —replicó Karin.
Lo dijo con más convencimiento del que en realidad sentía, para mantener la actitud positiva y deshacerse del malhumor de Maria. Esperaba que la cena y una noche de sueño reparador le levantaran el ánimo a su amiga, porque de lo contrario les iba a arruinar toda la excursión. Cuando llegó al borde del desnivel, comprobó que Maria estaba en lo cierto. No iba a ser fácil bajar. La cuesta era realmente empinada. Pero tampoco parecía imposible.
Dio un paso más y el suelo desapareció bajo sus pies. Gritó al notar que caía y se puso a agitar desesperadamente los brazos, tratando de agarrarse a cualquier cosa. Consiguió aferrarse a algo con la mano izquierda, pero el punto de agarre cedió y ya nada pudo impedir que se precipitara cuesta abajo, rodando sobre sí misma, en medio de una nube de polvo y piedras. Se dio un golpe en la rodilla derecha, pensó que nada de eso iba a impedirles llegar a Sylarna, y finalmente cayó a pocos metros del torrente. Una cascada de piedrecitas sueltas rodó tras ella.
—¡Dios mío! ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Maria parecía preocupada.
Karin se sentó trabajosamente y empezó a palparse el cuerpo. Tenía el impermeable como si acabara de participar en varios asaltos de lucha sobre el fango, pero no parecía que se hubiera roto nada. Le dolía un poco la rodilla, eso era todo.
—Estoy bien. No me ha pasado nada.
—¿Qué son esos palos que tienes en la mano?
¿Tenía algo en la mano? Karin se miró y enseguida, con un alarido de pánico, arrojó lejos de ella lo que todavía estaba agarrando.
Era una mano.
El esqueleto de una mano.
Los palos eran los huesos del antebrazo, hasta el codo. Karin levantó la vista hacia la cuesta por donde había caído. Unos metros por debajo de Maria, sobresalía el resto del brazo y, a un costado, un cráneo incrustado en la arcilla.
De repente, Karin tuvo la clara sensación de que toda la excursión se les había arruinado por completo.