Muertos prescindibles
Ellinor Bergkvist
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Ellinor Bergkvist.
Valdemar Lithner lanzó un ruidoso suspiro. La mujer se había presentado por primera vez en su oficina hacía poco más de dos meses. Había llamado a la empresa para pedir una cita y había insistido en que la recibiera él y nadie más. El motivo no había quedado claro, ni tampoco se había esclarecido en los siguientes encuentros: algo referente a una sociedad que pensaba constituir y a sus necesidades de asesoramiento fiscal. Aunque Valdemar la había atendido lo mejor que había podido, no habían llegado a ninguna parte. Ellinor no estaba más cerca de tener una empresa en funcionamiento que el primer día de su aparición en la oficina. ¿Por qué había pedido que la atendiera Valdemar? Por recomendación de un conocido, le había dicho ella. ¿De quién, concretamente? Pero Ellinor le había respondido una vez más con evasivas. Había una serie de preguntas que nunca acababa de contestar, como el tipo de empresa que quería constituir o la actividad a la que pensaba dedicarse.
Por fortuna, esa cita sería la última y, a partir de entonces, Valdemar podría olvidarse para siempre de Ellinor Bergkvist. Mientras se dirigía hacia la puerta, se llevó la mano a la zona lumbar, que tenía dolorida, y enderezó la espalda tanto como pudo. Después abrió y se asomó a la pequeña recepción. La mujer se levantó del sofá negro en cuanto lo vio.
—Hola, Ellinor. Bienvenida.
—Gracias.
Valdemar le estrechó la mano con una sonrisa y la hizo pasar al despacho. Ella se quitó el abrigo rojo y se sentó delante del escritorio, con el voluminoso bolso sobre las rodillas.
—He traído los papeles que me pidió —empezó a decir mientras los buscaba.
—Ellinor —la interrumpió Valdemar, y quizá por la manera de decir su nombre, ella dejó inmediatamente de revolver el contenido del bolso para levantar la vista y mirarlo—. No creo que deba seguir siendo clienta nuestra.
Ellinor quedó paralizada. ¿Sospecharía algo? ¿Habría cometido algún error? ¿Habría adivinado Valdemar que no había acudido a él en busca de asesoramiento fiscal, sino para…? ¿Para qué? ¿Qué estaba haciendo ahí, después de todo? Al principio solamente quería ver cómo era Valdemar. Saber qué hacía. Había sido emocionante sentarse en esa oficina, cara a cara con un criminal que había cometido delitos económicos, que además tenía amenazado a Sebastian y que probablemente estaba involucrado en un caso de asesinato.
Cuando Ellinor se había mudado a casa de su adorado Sebastian, había encontrado una bolsa del supermercado Ica llena de papeles. Sebastian se había puesto muy nervioso y le había pedido que la tirara a la basura. Que la hiciera desaparecer.
Pero ella no había hecho nada de eso.
Se había sentado y había leído todos los papeles. En ellos, había reconocido el nombre de una empresa —Daktea Invest— y había llegado a la conclusión de que Valdemar Lithner era un delincuente. Nadie que tuviera alguna relación con el escándalo de Daktea, del que tanto habían hablado los periódicos varios años atrás, podía ser inocente. A Ellinor no le cabía ninguna duda.
Una vez, mientras Sebastian estaba en cama con neumonía, ella le había mencionado a Valdemar. No hizo más que preguntarle quién era, pero él se puso como una fiera. Le preguntó de dónde había sacado el nombre y le exigió que le contara todo lo que sabía. Ella le dijo la verdad. Le confesó que había mirado dentro de aquella bolsa que le había pedido que tirara. Pero a la siguiente pregunta tuvo que mentir.
Le dijo que la había tirado.
En el fondo se alegró. La enérgica reacción de Sebastian le había confirmado que estaba haciendo lo correcto. Sebastian parecía tenerle miedo a Valdemar, y, para ayudarlo, ella quería investigar personalmente a ese hombre para tratar de meterlo en la cárcel. Pero los emocionantes encuentros habían terminado.
—¿Por qué no? ¿Por qué ya no me quiere como clienta? —preguntó Ellinor, deslizándose ligeramente hacia el borde de la silla, lista para darse a la fuga en caso de que Valdemar intentara recurrir a la violencia.
—No creo que pueda ayudarla. Es la cuarta vez que nos vemos y todavía no ha constituido su empresa.
—Han surgido algunos…
—Le diré lo que haremos. Cuando constituya su empresa y la tenga en marcha, con todos los documentos en regla, vuelva por aquí y veremos lo que podemos hacer por usted.
Para su enorme sorpresa, Ellinor hizo un breve gesto afirmativo y se puso de pie.
—Sí, quizá sea lo mejor.
Valdemar se quedó sentado, sin saber qué hacer. Por alguna razón, había esperado más resistencia. Después de todo, Ellinor había pasado más de seis horas en su despacho, por las que había pagado religiosamente, sin obtener nada a cambio. Esperaba que se opusiera y discutiera. Aunque no sabía muy bien por qué, no le parecía el tipo de persona que se dejaba expulsar fácilmente de ningún sitio.
Sin embargo, la vio recoger el abrigo del respaldo de la silla y dirigirse hacia la puerta.
—Gracias, de todos modos. He aprendido mucho —dijo ella mientras abría la puerta.
—Me alegro de que así sea. Gracias a usted.
Ellinor le sonrió, salió y cerró la puerta. En la recepción, se puso el abrigo, sintiendo que se le desbocaban los pensamientos. ¿Habría adivinado sus intenciones?
Hizo una inspiración profunda e intentó tranquilizarse y analizar con calma la situación. Seguía empadronada en su domicilio anterior, por lo que no había ninguna manera de relacionarla con Sebastian, a menos que el hombre la hubiera seguido, y le parecía muy poco probable que lo hubiera hecho. Debía de ser verdad lo que decía: no veía ninguna manera de ayudarla. Ellinor no podía insistir más. Había llegado el momento de acudir a los profesionales. No era necesario que Sebastian se enterara nunca de que ella era la responsable de la desaparición de Valdemar Lithner. Sería su secreto, su prueba de amor.
Después de eso, nada más volvería a amenazar su felicidad.