Muertos prescindibles

Muertos prescindibles


Shibeka iba y venía

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Shibeka iba y venía por el apartamento. Estaba eufórica, pero hacía tanto tiempo que lo esperaba que casi sintió miedo cuando finalmente sucedió. Se sentó y volvió a mirar la carta, que había dejado con mucho cuidado sobre la mesa. El texto ocupaba solamente la mitad de la hoja. Resultaba sorprendente que algo tan importante pudiera ser tan breve.

Estimada Shibeka:

Ante todo, gracias por su carta y disculpe por haber tardado tanto en responderle. Aquí en la redacción hemos analizado la información que nos envió y nos gustaría hablar con usted. Lo mejor sería reunirnos, sin ningún compromiso, para evaluar mejor su historia y decidir cómo proceder respecto a la desaparición de su marido.

Espero su respuesta.

Cordialmente,

LENNART STRIDH

Redactor

Investigación criminal

Un poco más abajo había una dirección y un par de números de teléfono, que debían de corresponder a la redacción del programa. Con mucho cuidado, Shibeka volvió a depositar la carta sobre la mesa. ¿Debía contárselo a sus hijos? No, probablemente no. Ella estaba acostumbrada a que la esperanza se encendiera y volviera a apagarse. Le había pasado varias veces a lo largo de los años. Pero a los niños había que protegerlos. Ya era bastante doloroso para ellos tener que crecer sin un padre. Sin embargo, no estaba segura. ¿Sería capaz de hacerlo sola, sin que nadie la acompañara? Volvió a leer la carta, para ver si encontraba alguna respuesta, pero no hizo más que plantearse nuevas preguntas. ¿Qué significaba «sin ningún compromiso»? ¿Sería una manera de eludir toda responsabilidad? ¿De qué modo evaluarían ellos su historia? Era verídica, pero ¿sería suficiente? ¿Realmente se atrevería a reunirse sola con esos hombres? Sus amigos y familiares desaprobarían su conducta, y en principio tendrían razón, pero ella no quería que nadie la acompañara. Si no iba sola, la dejarían en un segundo plano. Sus acompañantes hablarían por ella y la obligarían a guardar silencio. Entonces todo habría sido en vano, y ella no quería que fuera así. Necesitaba hacerse oír y llevar todo el peso de la conversación. Sus amigos la habían visto luchar y sabían que nunca se había dado por vencida, pero ¿comprenderían que eso era Suecia y que allí una mujer podía reunirse con un hombre sin necesidad de ir acompañada? Lo dudaba.

Por eso nadie debía saberlo. Salió al vestíbulo y se sentó junto al teléfono inalámbrico, apoyado sobre una mesa auxiliar. Shibeka recordaba el día en que Hamid y ella lo habían llevado a casa. Un teléfono. Lo habían comprado en la tienda de electrodomésticos del centro comercial que ahora se llamaba Bromma Blocks, donde habían visto tantos televisores que al principio les había resultado difícil de creer. Toda una pared de imágenes en movimiento. Estanterías enteras cargadas de cajas con auriculares y reproductores de DVD. La opulencia… Shibeka había mirado a Hamid y los dos se habían reído, por haberse creído que tenían mucho dinero cuando en realidad tenían tan poco.

Compraron un teléfono y el televisor más barato que encontraron. Said los llevó a casa en su coche. Shibeka recordaba que había ido sentada en el asiento trasero y que durante el viaje había acariciado la caja blanca con la imagen de un teléfono. No veía el momento de abrir el paquete y tenerlo en la mano.

Habían pasado muchas noches tratando de comunicarse con sus parientes y amigos en Kandahar. Siempre era difícil. Los teléfonos móviles de sus familiares no siempre funcionaban y, si por fin conseguían una conexión, la conversación podía interrumpirse en cualquier momento. Sin embargo, Shibeka recordaba aquellos momentos con nostalgia.

La comunicación con los suyos.

La algarabía al fondo.

Casi siempre lo intentaban los dos juntos, Hamid y ella. Mientras él marcaba los números, ella preparaba el té. Ambos compartían la misma esperanza. Casi nunca obtenían respuesta, pero cuando lo conseguían gritaban de felicidad, y ella se estrechaba contra él, con el oído pegado al teléfono, para escuchar las voces de su tierra. Él se lo permitía. La dejaba escuchar. Le sonreía. Le acariciaba la mano mientras ella permanecía en silencio a su lado.

Hamid. Su marido.

Levantó el auricular y lo miró. Ya no usaba el teléfono con tanta frecuencia. Cuando se comunicaba con su país solía estar en casa de parientes o amigos, y entonces tenía que quedarse en la cocina con las otras mujeres mientras los hombres hablaban en el salón. No era lo mismo. Pero ella no podía llamar por teléfono, porque la gente quería hablar con un hombre y no con ella. Así eran las cosas.

Marcó uno de los números que figuraban en la carta. Un número de móvil. Los suecos solían prestar más atención al móvil. Ella lo sabía y por eso lo marcó primero. Después de dos tonos de llamada, le contestó una voz masculina.

—Aquí Lennart. Diga…

Al principio, no se atrevió a decir nada. Había llamado con la esperanza de que no le contestara nadie, para poder seguir pensando en la conversación. No esperaba tener que hablar. Pero el hombre al otro lado de la línea esperaba una respuesta.

—¿Hola? Aquí Lennart.

Shibeka se sentía obligada a hablar, pero no tenía fuerzas.

—Hola —dijo por fin—. Soy Shibeka Khan. Recibí una carta.

—Perdón… No la oigo bien.

Shibeka hizo un esfuerzo, porque temía que el hombre se desentendiera de la conversación.

—Una carta. Usted me envió una carta. Me llamo Shibeka Khan.

Entonces notó que el interés de su interlocutor aumentaba.

—Sí, claro. Me alegro de que haya llamado —respondió el periodista, más concentrado—. Como le decía en la carta, estamos interesados en la desaparición de su marido —prosiguió—. No puedo prometerle nada, pero pensamos que quizá merezca la pena investigar.

El hombre hablaba con rapidez y ella no conseguía entenderle todo lo que decía, pero reconoció la palabra «interesados». Decidió seguir fingiendo que entendía todo lo que él le explicaba. Le parecía muy importante hacerle pensar que dominaba mucho mejor el idioma, para que la tomara en serio.

—Muy bien.

—¿Podemos vernos?

—¿Ahora?

—No, ahora no. Pero… —Se hizo un silencio, y Shibeka creyó distinguir el rumor del pasar las hojas de una agenda—. ¿El lunes a las once le parece bien?

Le estaba preguntando si podía ir a verlo el lunes. Eso lo entendía. Pero de repente se inquietó.

—No sé.

El hombre al otro lado de la línea guardó silencio un momento y después continuó:

—¿No sabe o no puede?

—No sé, creo… —Shibeka no sabía cómo explicarse. Quería ir, pero no le parecía correcto—. ¿Usted y yo solos? ¿Sin nadie más?

—Sí, a menos que necesite un intérprete. Pero me parece que no hará falta. Habla muy bien el sueco.

—Gracias. Lo intento.

Dudaba. En el mundo de Lennart Stridh no era raro que una mujer sola se reuniera con un hombre desconocido. En Suecia no era extraño que pasara algo así y Suecia era el país donde ella vivía. Shibeka hizo una inspiración profunda y reunió coraje.

—¿Dónde?

—Hay una cafetería en la puerta de los grandes almacenes Åhléns, al lado del metro T-Centralen. Café Bolero se llama.

Una cafetería, claro. Los suecos se citaban en ese tipo de lugares. Shibeka pensó que habría sido bueno tener papel y bolígrafo a mano para apuntar, pero se dijo que seguramente sería capaz de recordar «café» y una palabra que empezaba con B.

—¿Cómo ha dicho que se llama?

—Café Bolero. En Åhléns City.

—Gracias.

—¿A las once?

—A las once. Muy bien.

Se sintió ridícula repitiendo lo que él decía, pero al hombre no pareció importarle.

—Nos vemos —dijo el periodista.

Shibeka se quedó un momento en silencio antes de colgar el teléfono. Le había salido mucho mejor de lo que esperaba.

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