Muertos prescindibles
Era el mismo apartamento
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Era el mismo apartamento, pero en el fondo era distinto. Todo estaba como antes. Los muebles seguían en el mismo sitio. El suelo de madera de la cocina seguía crujiendo en el mismo punto cuando salía a tomar el desayuno al balcón. Incluso las plantas seguían creciendo en las ventanas como si nada hubiera sucedido. Pero Ursula ya no se sentía en su casa. Era como vivir en un lugar extraño, aunque se sabía de memoria cada recoveco y cada centímetro cuadrado del apartamento. Quizá echaba de menos los ruidos, o la chaqueta que ya nadie arrojaba en el sillón marrón, o la cafetera que ya no estaba encendida cuando volvía a casa. No lo sabía. Le resultaba irritante sentirse una extraña en su propia casa, y su mentalidad lógica se rebelaba e intentaba restarle importancia a los sentimientos, para comprender mejor la situación.
Después de todo, no era tan grande la diferencia.
Se decía que la mayor parte de los ruidos habían desaparecido cuando Bella se había marchado a estudiar a Uppsala, y entonces no le había molestado el silencio. Se repetía que su relación con Mikael llevaba muchos años sin funcionar del todo. Tenía que reconocer que se habían ido distanciando. Los matrimonios discuten, se separan y encuentran nuevas parejas. Pasaba todos los días. Era completamente natural.
Pero toda la lógica del mundo no podía evitarle la dolorosa constatación que la carcomía por dentro. No era la soledad lo que la atormentaba —eso podía sobrellevarlo—, sino el modo en que se había producido la separación. Le resultaba imposible asimilar que Mikael la hubiera dejado. Lo normal habría sido que luchara por su matrimonio.
Que no se marchara.
Mikael no podía haberle hecho algo así.
Si uno de los dos debía romper, tendría que haber sido ella.
Sin embargo, se había marchado él. Sin intentar siquiera una solución. Aparentemente, sin rencor. Con una rapidez y una determinación de las que Ursula nunca lo habría creído capaz.
Le contó que había interrumpido su relación con la otra. «Interrumpido», había dicho, y no «terminado». Le dijo que quería hacer una pausa para resolver su situación con Ursula antes de seguir adelante. Pero no era cierto. No quería resolver nada, sino únicamente informarla, tal vez disculparse un poco y después marcharse.
Para irse con la otra.
Con Amanda.
Había sido razonable y benévolo, pero firme. No le había dado a Ursula la menor oportunidad de llegarle otra vez al corazón. Era una puerta cerrada. Cuando se disponía a anunciarle lo inevitable, la cogió de la mano para consolarla. Era como si quisiera eludir los detalles que pudieran hacerle daño, pero al mismo tiempo no tuviera miedo de decir la verdad.
En ese momento, Ursula sintió que lo quería.
O al menos eso le pareció. Era un sentimiento que nunca había experimentado. Intenso y contradictorio. Como si el alfabeto hubiera adquirido una nueva letra desconocida para ella.
Habría querido gritar, arrojarle cosas. Besarlo. Suplicarle. Pero no hizo nada. El amor, la ira y el desconcierto, combinados de manera absurda, la paralizaron. Se limitó a hacer un gesto afirmativo, le soltó la mano y dijo que lo comprendía, aunque en realidad no entendía nada.
Después de eso, Mikael se había quedado a vivir en la casa unos días más, pero sus cosas fueron desapareciendo y sus visitas se distanciaron y se volvieron más breves, hasta que un día ya no regresó. Se había mudado.
La había dejado.
Habían pasado por muchas dificultades a lo largo de los años. Los problemas de alcoholismo de Mikael y la incapacidad emocional de Ursula para relacionarse con otras personas habían sido sus principales obstáculos. Pero hasta ese momento siempre lo habían solucionado. Habían hallado el punto que les permitía coincidir y lograr que sus diferencias no fueran más que las piezas de un puzle que era posible hacer encajar.
Pero esta vez no.
Mikael le dijo que se había enamorado.
Por segunda vez en su vida. Y en esta ocasión amaba a una persona capaz de dar y recibir en igual medida.
Ursula no podía competir con eso y lo sabía.
De modo que lo dejó marchar.
Los días que siguieron a la conversación con Micke, Ursula no se movió de su casa. No tenía fuerzas. Después de la conmoción inicial, tenía muchas preguntas y asuntos que abordar. Lo que más le preocupaba era cómo y sobre todo quién de los dos debía contarle a Bella lo sucedido. Cuanto más meditaba al respecto, más se convencía de que debía ser ella quien se lo anunciara. De lo contrario, era posible que además de perder a su marido se quedara también sin su hija. Bella siempre había estado más cerca de su padre. Los dos tenían una relación fuerte, que habían cultivado con facilidad a lo largo de los años. Ursula también había estado con ellos, desde luego. Pero un poco al margen. Sólo de vez en cuando.
Cuando no tenía que trabajar.
Cuando ella y su hija no se enzarzaban en una de esas discusiones que con tanta frecuencia las enfrentaban.
Cuando a ella le apetecía y tomaba la iniciativa. Solamente cuando ella quería.
En sus propios términos.
Había tratado de esquivar esos últimos pensamientos tanto como había podido, pero ahora finalmente se habían apoderado de su mente, en la casa desierta que de pronto le resultaba tan extraña.
Comprendió que necesitaba construir una nueva relación con Bella, una de verdad. Una relación independiente, que no fuera subsidiaria de la que tuviera su hija con Mikael. Ya no podía seguir apoyándose en él.
Estaba sola.
Darle la noticia a su hija podía ser un buen comienzo, o al menos así se lo pareció. Llamó a Mikael y le pidió que le permitiera ser la primera en contárselo a Bella. Él aceptó enseguida y le dijo incluso que le parecía una buena idea.
Por eso ahora, a los cincuenta años, tenía ante sí una tarea en la que nunca había destacado.
Hablar con su hija.
Como una madre.
De verdad.
Dejó pasar casi todo el día antes de atreverse a llamar.
Se habían encontrado en una cafetería de Uppsala, a poca distancia de la universidad. Bella había elegido el lugar. Era uno de esos sitios modernos de inspiración norteamericana, donde los pasteles son gigantes y el café se sirve en vasos desechables. Ursula llegó antes de la hora acordada, pidió un café con leche, se sentó y se puso a mirar los coches y la gente que pasaba apresuradamente por la calle. Todavía no era la hora de comer y la cafetería estaba medio vacía. Bebió un sorbo de café caliente e intentó concentrarse, para que sus pensamientos no siguieran volando en todas las direcciones. Pero cuando lo consiguió, sólo pudo pensar en una cosa. ¿Perdería a Bella? ¿Era culpa suya? ¿Por qué no podía ser como las demás madres? ¿Por qué era incapaz de…?
De repente, Bella apareció delante de ella. Ni siquiera la había visto llegar.
—Hola, mamá.
Ursula intentó sonreír, sin éxito. A Bella le cambió la expresión y se sentó.
—¿Ha pasado algo? Estás pálida.
Ursula se lo contó. Intentó ser ecuánime y no culpar a Mikael. Había sido una decisión compartida —afirmó—, algo que habían resuelto los dos como personas adultas. La versión no resultaba del todo creíble. Pero a Ursula le pareció la manera más correcta de presentarla. Hacía falta equidad. No quería que Bella se sintiera obligada a escoger un bando. Porque entonces sabía a quién elegiría.
Volvieron a la estación de trenes dando un paseo. Madre e hija. Ursula no recordaba la última vez que habían paseado juntas. Su pequeña había crecido mucho. Se había convertido en una persona mayor, sensata y dotada de una intensidad emocional que a veces la abrumaba. Olvidó la inquietud que había sentido y se dedicó a disfrutar del momento. Estaba más cercana que nunca a su hija.
La sensación aún perduraba cuando se detuvieron en el andén para esperar el tren que la llevaría de regreso a Estocolmo. Al llegar a la estación, Bella le propuso que se quedara a pasar la noche con ella. Podía poner una cama extra en su habitación. Durante un segundo, Ursula consideró la posibilidad de sorprender a su hija y aceptar. Pero se echó atrás. El encuentro había salido mucho mejor de lo esperado y no quería arriesgarse a parecer demasiado invasiva. Le echó la culpa al trabajo, pero prometió volver a verla. Muy pronto.
—¿Estarás bien? —le preguntó a su hija, reprimiendo el impulso de acariciarle la mejilla.
—Sí, claro.
Bella se adelantó y la abrazó. Ursula tampoco podía recordar cuándo se habían abrazado por última vez. Solamente sabía que había pasado mucho tiempo.
—En realidad, no me ha sorprendido la noticia, aunque tú lo creas —dijo Bella, apartándose.
Ursula se quedó paralizada. Una vocecita en su interior le pedía a gritos que no dijera nada y se limitara a sonreír. Que sonriera y se subiera al tren, para conservar en el recuerdo solamente ese buen momento. Pero no la escuchó.
—¿Por qué lo dices? ¿Por qué dices que no te ha sorprendido?
—Bueno… Yo siempre hablo mucho con papá y…
Bella desvió la vista, evidentemente incómoda con la situación.
Ursula trató de interpretar lo que quería decirle su hija en ese contexto y sólo se le ocurrió una cosa.
—¿Sabías que estaba saliendo con otra?
—No, no sabía nada. De verdad que no.
—Entonces ¿sabías que pensaba dejarme?
—No, no, te prometo que no. No tenía ni idea.
—Sin embargo, has dicho que no te ha sorprendido la noticia. Eso sólo puede significar que lo esperabas, ¿no?
—Mamá…
—Entiendes que tu padre quiera dejarme, porque soy…, no sé, ¿una persona con la que no se puede vivir?
—No, mamá. Yo no he dicho nada de eso…
Ursula notó que su hija tenía los ojos llenos de lágrimas. Bella le tendió una mano, pero ella, para su propia sorpresa, se apartó, y después, tras una última mirada, se dio media vuelta y echó a andar hacia el tren.
—¡No te vayas! —le gritó Bella—. ¡Quédate a hablar un momento y vete en el siguiente tren!
Pero Ursula no se quedó, ni esperó al siguiente tren. No se atrevió. En algún lugar, oculta en su interior, la misma vocecita de antes le decía que Bella no se equivocaba, que tenía toda la razón.
Siguió yendo a trabajar como siempre, pero no se lo contó a nadie. ¿Qué podía decir? ¿Que su marido la había dejado? ¡Ni pensarlo! Nunca había sido el tipo de persona que comparte con los demás sus problemas y sus pensamientos mientras se toma un café. De todos sus compañeros de trabajo, el más cercano a ella era Torkel, su jefe y amante, pero no podía contárselo. Lo habría interpretado mal. Habría albergado esperanzas de que su relación de sexo ocasional pudiera convertirse en algo más serio. Mientras Mikael estuviera presente en sus vidas, el propio Torkel se ocuparía de cerrar la puerta a una relación más profunda con ella. Si Mikael desaparecía, ya no vería ningún obstáculo. Por eso no le dijo nada. Fingir que todo seguía como siempre fue más sencillo de lo que pensaba.
Intentó concentrarse en el trabajo, pero la rutina diaria le resultó más difícil de sobrellevar que de costumbre. El grupo se encontraba en situación de espera entre misiones y, aunque no había mucho que hacer, ella llegaba temprano todos los días. Ordenaba los papeles, repasaba el material de las investigaciones ya realizadas y clasificaba los documentos. La primera semana lo pudo soportar, pero después empezó a sentirse inquieta y vacía.
Normalmente Vanja compartía la frustración de Ursula en ese tipo de situaciones, ya que no estaba hecha para la vida tranquila y rutinaria de una oficina. Pero acababa de presentar una solicitud para asistir a una formación de tres años sobre perfiles criminales que organizaba el FBI, en Estados Unidos, y pasaba todo el tiempo preparándose para el durísimo proceso de selección. Ursula prácticamente no la veía en todo el día, y las pocas veces que coincidían la encontraba hincando los codos con un libro o absorta delante de la pantalla del ordenador.
Billy había sido readmitido en el servicio activo, después de la investigación por haber disparado y matado a Edward Hinde, pero casi no se dejaba ver por la oficina. Se rumoreaba que tenía novia.
La salvación de Ursula fue Sven Dahlén, uno de sus antiguos colegas del laboratorio de Linköping, reclutado para formar parte de la nueva sección de casos sin resolver que acababa de constituirse y que había causado un gran revuelo mediático. Hasta entonces solamente había funcionado una sección similar en la región de Skåne: un grupo compuesto por seis investigadores, entre los cuales figuraba Sven. Pero la dirección de la policía se había propuesto trasladar el éxito de aquella unidad al plano nacional, y Sven había sido el elegido para hacerse cargo de los aspectos técnicos y científicos.
Tenía su despacho un piso por debajo de la Unidad de Homicidios, con la que además compartía parte del laboratorio.
Desde su llegada, Ursula había empezado a encontrar motivos para ir al piso inferior.
Pasaba casualmente delante del despacho de Sven.
Le preguntaba si le apetecía un café.
Se paraba un momento a charlar.
Se interesaba por los detalles de sus investigaciones y le daba consejos.
Intentaba dejarse ver con cierta regularidad.
Muy pronto, consiguió que le hiciera la primera pregunta.
Se trataba de un asesinato en Haninge. De ocho años atrás. ¿Podía echarle una mano?
Claro que sí.
Torkel comprendió enseguida lo que se proponía, pero no dijo nada. Una Ursula ocupada era mil veces preferible a una Ursula inquieta como un tigre encerrado en una jaula demasiado pequeña, a la espera de hincarle el diente a cualquier cosa. Por eso no dijo nada cuando su colega, sin pedirle permiso, prácticamente se puso a trabajar en la sección de Sven.
Se quedaba hasta tarde. Llegaba antes que nadie. Todos los días.
Sven le decía que se fuera a casa, a ocuparse de su familia. Pero su familia no era ningún problema para ella, le mentía Ursula.
Vivía solamente con su marido, y Micke la comprendía.
Siempre la había comprendido, añadía con una sonrisa.
Entonces seguía trabajando, perfectamente consciente de que utilizaba el trabajo como una excusa para dejar de pensar en todo lo demás.