Muerte en abril
21 de abril de 1974 » Sesenta y siete
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Sesenta y siete
McCoy dejó a Faulds y a Wattie en la casa para que se encargasen de la escena del barco y para que continuasen con la búsqueda. No podía seguir allí sentado durante más tiempo, admirando las vistas, esperando a que sonase el teléfono para decirles que había explotado la bomba. Suponía que si Andy Stewart no estaba en su hotel, en Glasgow, se encontraría en Dunoon entregando fotografías a la gente. Se montó en el coche y descendió por el sendero de acceso alejándose de la casa. Podía ir a darle la noticia.
Aparcó junto a la feria. Daba la impresión de que iban a trasladarse. Los hombres estaban desmontando las atracciones con herramientas enormes, también desmantelaban las casetas. McCoy salió del coche y echó a andar en dirección al pueblo. Le contaría a Stewart que su hijo iba camino del hospital de Greenock, y después se marcharía a Glasgow. Aunque no pudiese hacer nada con relación a la bomba, sentía que debía estar junto a Murray cuando se produjese la llamada.
Acababa de quitarse la americana, la tenía doblada sobre el brazo, y se disponía a desabrocharse el botón del cuello de la camisa cuando oyó un grito.
—¡Señor McCoy!
Al volverse vio a Patsy Hearne corriendo hacia él desde la feria. Era la última persona a la que pensaba encontrar. Patsy se detuvo y le tendió la mano.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó McCoy.
—Estoy ayudando a desmontar. Son pocos, me he visto obligado. ¿Y tú qué estás haciendo aquí?
—Cosas de polis —respondió McCoy—. He venido a Dunoon para ver a un tipo, después me largo a Glasgow. ¿Quieres que te lleve?
Patsy negó con la cabeza.
—Ojalá. Estaré aquí hasta que anochezca. ¿Llegaste a saber qué le pasó a Jamsie Dixon?
McCoy negó con la cabeza.
—No creo que llegue a saberlo nunca. Es posible que tenga que dar el caso por perdido.
—Mierda —repuso Patsy—. Pensaba que si pillabas al culpable, a lo mejor podríamos recuperar nuestro dinero. ¿Conoces a un tipo llamado Ronnie Naismith?
McCoy asintió.
—Al parecer, Jamsie recogía el dinero para él. Ahora nos dice que no es cosa suya si el dinero se ha perdido, que igualmente tenemos que pagar.
—Eso no está bien —dijo McCoy.
—Me lo dices o me lo cuentas —replicó Patsy—. Doscientas setenta libras tiradas al río Swanee. No sé cuándo volveremos a ganar ese dinero.
McCoy le miró a los ojos.
—¿Cuánto dinero has dicho? —preguntó.
—Doscientas setenta putas libras —respondió Patsy.
Patsy siguió contándole que ese año habían descendido los ingresos y que no resultaba sencillo ganar una cantidad así, pero McCoy ya no le estaba escuchando. Se despidió de Patsy, le dijo que vería lo que podía hacer con el tema de Ronnie Naismith y echó a andar hacia el pueblo. De repente, todo lo relacionado con la muerte de Jamsie Dixon empezaba a cobrar sentido.
Acababa de dejar atrás el gran hotel cuando vio a Andy Stewart. Estaba en la puerta del Paul Jones, con fotografías impresas de Donny en la mano, intentando que los jóvenes que entraban y salían le prestasen atención. Por una vez, McCoy iba a darle buenas noticias. Se detuvo, encendió un cigarrillo y le observó durante un minuto. Estaba convencido de que la mayoría de los marinos que entraban y salían del pub ya le habían visto a él y sus fotografías. Lo saludaban, le deseaban suerte y aceleraban el paso.
Stewart lo vio antes de que se acercase a él. Le hizo un gesto con la mano. Metió los papeles en una bolsa de plástico y cruzó la calle al trote.
—¡Harry! —gritó—. Me alegro de verte.
Le tendió la mano y McCoy correspondió a su saludo.
—Estoy harto de pasarme el día repartiendo estas fotografías, te lo digo porque…
—Hemos encontrado a Donny —dijo McCoy.
Stewart se detuvo. Dejó caer la bolsa de plástico. Le miró con intensidad.
—Está vivo —se anticipó McCoy—. Pero se halla en muy mal estado.
—Dios mío —dijo Stewart. Temblaba, parecía como si fuese a desmayarse en cualquier momento. McCoy señaló hacia un banco junto al muelle.
—Sentémonos un momento —indicó.
Se sentaron en el banco y McCoy le contó toda la historia. Stewart escuchaba, enjugándose las lágrimas de vez en cuando con la manga de la camisa.
—¿Dónde está? —preguntó Stewart.
—A estas alturas, debe de estar en el hospital de Greenock —dijo McCoy—. Al otro lado de la bahía.
Stewart se abalanzó sobre él y le abrazó con fuerza.
—Gracias —dijo—. Gracias.
McCoy se sintió un tanto conmovido, le palmeó la espalda a Stewart y le dijo que todo iba a ir bien. Finalmente, Stewart le soltó. Se sentó de nuevo.
—El próximo ferri sale en media hora —dijo McCoy.
Stewart sonrió.
—En ese caso, tengo tiempo suficiente para invitarte a una copa. —Se puso en pie—. ¿Te importa si vamos al Paul Jones? Me gustaría decirles a los chicos que Donny está bien.
—Claro —respondió McCoy. No se le podría haber ocurrido un lugar al que le apeteciese menos entrar, pero no quería fastidiarle el momento a Stewart.