Muerte en abril
21 de abril de 1974 » Sesenta y ocho
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Sesenta y ocho
El Paul Jones estaba hasta los topes, debido, al parecer, al cambio de turno en la base. Una marabunta de muchachos de poco más de veinte años gritando y sudando debido al calor. McCoy agarró la cerveza que Stewart le había pedido, esforzándose para evitar verterla en mitad de aquel jaleo. A pesar de estar pasando un mal momento, Stewart parecía contento. La gramola sonaba con fuerza. Por fortuna se trataba de algo medio decente: «Purple Haze» dio paso a «Brown Sugar».
Las últimas notas de «Brown Sugar» se fueron apagando y un tipo corpulento de cabellera rubia gritó: «Preparados», y empezó a sonar la batería de «Fortunate Son». McCoy rugió, sabía qué significaba eso. Los allí presentes enloquecieron, saltando sin parar, haciendo volar las bebidas. Locura total. Tres chicos intentaron levantar a hombros a Stewart. Uno de ellos había subido a una camarera encima de la barra y bailaba a su alrededor mientras ella reía. McCoy suponía que, en caso de ser joven, también lo disfrutaría. Pero se sentía demasiado mayor para eso. Dejó la cerveza en la barra, el estómago le dolía demasiado para seguir bebiendo. Era el momento de fumarse un cigarrillo y respirar algo de aire fresco.
McCoy abrió la puerta justo cuando uno de los chicos salía. Llevaba la cabeza gacha, gorra de béisbol, le dio las gracias, se escabulló y echó a andar calle abajo. McCoy sacó el paquete de tabaco. Qué hacía un muchacho escocés en aquel bar, se preguntó; la camarera le había dicho que nunca iban por allí. Y entonces lo supo.
Maldijo entre dientes. Otro muchacho salió del pub y vomitó en la acera. «Some folks inherit star spangled eyes», sonaba a todo trapo cuando McCoy abrió de nuevo la puerta. Invasores extranjeros y alcohol. Tendría que haberlo pensado antes. El Paul Jones era el objetivo perfecto.
Intentó abrirse paso hasta la barra para apagar la música y evacuar el lugar. Ni siquiera pudo superar la primera barrera de muchachos. Saltaban, gritaban. Uno de ellos lo agarró y le dio la vuelta. Quiso gritar, pero nadie lo habría oído con aquel ruido. Empujó a un tipo y este cayó al suelo. Gritos de «¡Eh, tío!», y un tipo grande le agarró de los brazos y se los sujetó a la espalda. McCoy gritaba «Salid del bar», pero nadie podía oírle debido a la música y los gritos.
Vio a Stewart, gritó su nombre lo más fuerte que pudo, al tiempo que intentaba librarse del joven que lo sujetaba sin lograrlo; el tipo era el doble de grande que él. Stewart se acercó, con la cara roja y una gran sonrisa en la cara.
McCoy gritó con todas sus fuerzas:
—¡Busca una bolsa! ¡Han dejado una bomba!
La cara de Stewart cambió de inmediato. Se dio la vuelta, se adentró en la multitud. McCoy ya había tenido suficiente, le golpeó al tipo en la espinilla con el talón. El tipo gruñó, pero no lo soltó. Lo arrastró hacia la puerta gritándole al oído: «¡Tienes que calmarte, colega!».
McCoy se revolvió, pero no sirvió de nada, no pudo liberarse. El tipo le empujó hasta la puerta, la abrió y lo lanzó a la calle. Al caer se golpeó la cabeza con el pavimento, miró hacia arriba y vio salir a Stewart corriendo del pub con una bolsa de deporte Adidas en la mano. Se puso en pie y echó a correr tras él. Stewart apartaba violentamente a la gente a su paso, gritándoles. Giró al llegar al hotel, en dirección al muelle. McCoy le seguía, con el corazón en la boca, intentando alcanzarlo. Atravesó el jardín del hotel justo en el momento en que Stewart llegaba al muelle, pasando junto a la gente y los coches que hacían cola para montar en el ferri y se detuvo en el límite. Stewart echó el brazo hacia atrás, para lanzar la bolsa al agua, y justo cuando la dejó ir, la bomba explotó. Fue un estallido terrorífico, un destello de luz blanca, ruido de cristales al romperse y el grito de Stewart.
McCoy corrió hasta el muelle, esquivando a los niños que gritaban, pisando los restos de cristales de las ventanillas de los coches, el muelle cubierto de gaviotas muertas, amasijos de plumas y sangre. Llegó hasta Stewart y le dio la vuelta. Tenía los ojos muy abiertos; evidenciaban terror. La sangre salía a borbotones por lo que le quedaba del brazo derecho. McCoy se sacó la corbata y le hizo un torniquete en el brazo apretando el nudo con fuerza. Stewart gritó. No podía morir. Apretó incluso con más fuerza el torniquete. Stewart gritó de nuevo.
—Está bien —dijo McCoy—. Saldrás de esta.
Stewart asintió. La cara retorcida de dolor.
—Por favor, dile a Donny que le quiero.
—Se lo dirás tú mismo —dijo McCoy—. No te vas a ninguna parte.
Stewart asintió y cerró los ojos. McCoy apretó de nuevo el torniquete y atrajo la cabeza de Stewart hacia su regazo. Gritó para que alguien llamase a una puñetera ambulancia.