Muerte en abril
12 de abril de 1974 » Uno
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Uno
—¿Quién demonios querría poner una bomba en el barrio de Woodlands? —preguntó McCoy—. Es el culo de Glasgow.
—¿El IRA? —preguntó Wattie.
—Tal vez —dijo McCoy—. Supongo que tendrá algo que ver con el Viernes Santo. Pero no estoy seguro de que hacer volar por los aires un asqueroso apartamento de alquiler en Glasgow sea la mejor manera de atacar a la clase dirigente británica. No estamos hablando precisamente del Parlamento, ¿no te parece?
Se encontraban en mitad de la calle West Princes, observando las ventanas destrozadas y los ladrillos chamuscados de lo que había sido un apartamento en el número 43. Los pisos cercanos también habían sufrido las consecuencias: cristales rotos, cortinas hechas jirones colgando de cualquier manera, una jardinera con narcisos caída en mitad de la calzada. McCoy sacó el paquete de cigarrillos y encendió uno, apagó la cerilla y la lanzó sobre la calle húmeda.
—¿Cómo sabe que es un apartamento alquilado? —preguntó Wattie.
—Todos los de por aquí lo son, alquilados o realquilados, sin registro ninguno, sin contratos. La mitad de los parias de Glasgow viven en estos apartamentos.
—¿Cree que esto es el principio? Quiero decir, ¿aquí? —preguntó Wattie—. Me refiero a las bombas.
McCoy se encogió de hombros.
—Espero que no, pero ya sabes lo que dicen: Glasgow es como Belfast pero sin bombas.
—Al menos hasta ahora —dijo Wattie.
Oyeron el grito de uno de los bomberos y dieron un paso atrás para permitir que un camión de bomberos cambiase de sentido en tres maniobras debido a la estrechez de la calzada. Toda la calle era una baraúnda de camiones de bomberos, mangueras, ambulancias, coches patrulla y agentes uniformados intentando acordonar la zona. Los apartamentos cercanos al del número 43 habían sido evacuados, los residentes estaban en la calle observándolo todo, conmocionados, vestidos con una variedad de atuendos que iba desde gente en pijama a otros en ropa interior y cubiertos con mantas, e incluso un hombre en traje de raya diplomática, sin zapatos, con un gato en brazos.
Un corpulento bombero salió por la puerta del edificio y se quitó el casco; tenía el cabello castaño húmedo por el sudor. Pateó con fuerza contra el suelo un par de veces y se acercó sin prisa.
—Es seguro —dijo—. Pueden subir.
McCoy asintió.
—¿Algún cadáver?
—Uno —dijo—. Una mitad ha quedado esparcida por las paredes, la otra está carbonizada.
Al oír esas palabras, a McCoy le dio un vuelco el estómago.
—Todo suyo —dijo el bombero, camino ya del camión que había dado la vuelta.
—Mierda —comentó McCoy—. Vamos a tener que subir, ¿verdad?
—Sí —respondió Wattie—. ¿Prefiere vomitar ya para soportar mejor el mal trago?
—Capullo —dijo McCoy, a pesar de que era justamente eso lo que le apetecía—. A lo mejor tendríamos que esperar a Faulds. Está en camino.
—¿Se le ocurre alguna otra excusa? —preguntó Wattie—. ¿O podemos dejarlo aquí?
McCoy suspiró.
—Venga, vamos.
Se agacharon para pasar por debajo de la manguera que un bombero estaba recogiendo en la rueda y se acercaron a la puerta del inmueble. Por las escaleras bajaba una corriente de agua. Olía a humo y a madera quemada. Comenzaron a subir con desgana, camino del último piso y de la inevitable escena horripilante.
—¿Se acuerda de lo de esta noche? —preguntó Wattie.
—Cómo olvidarlo —respondió McCoy—. Me lo recuerdas cada cinco minutos. Estaré en casa de tu padre a las seis, como quedamos.
—Ha reservado mesa en un restaurante chino —dijo Wattie—. En el pueblo. Es barato.
—Genial —dijo McCoy, pensando que tendría que comer algo antes de la cita. Un restaurante chino en Greenock cuyo mayor atractivo era ser económico parecía una invitación a, como mínimo, sufrir un corte de digestión; en el peor de los casos, intoxicación alimentaria.
Llegaron a la última planta. Los bomberos habían destrozado la puerta del apartamento para poder entrar, la mitad colgaba de las bisagras. McCoy echó mano del último recurso.
—¿No crees que deberíamos esperar a Phyllis Gilroy? —preguntó—. ¿Qué sabemos nosotros de muertes por bomba? Después de todo, ella es la forense, debe de estar mucho más acostumbrada que nosotros.
Wattie suspiró mirándole a los ojos.
—Si no quiere entrar, me parece bien. Entraré yo.
—¿En serio? —preguntó McCoy—. Eso estaría muy…
—Sí, claro, y me aseguraré de contarle a Murray, cuando volvamos a la comisaría, que mi superior tenía demasiado miedo para ocuparse de la escena del asesinato.
—Te voy a advertir una cosa, Watson: no te pases de listo —dijo McCoy.
—He aprendido del mejor. ¿Preparado? —preguntó Wattie, al tiempo que empujaba lo que quedaba de puerta.
Una mitad del apartamento parecía normal y la otra estaba empapada, aunque en realidad era más bien un revoltijo ennegrecido. El olor a humo era más intenso allí, lo notaron en la garganta en cuanto entraron. Había otro olor más, al fondo, algo que recordaba ligeramente a una barbacoa dominical. McCoy sacó un pañuelo del bolsillo y se tapó la nariz y la boca, aunque no le sirvió de gran cosa. Atravesaron el recibidor y llegaron al salón, chapoteando en el pegajoso lodo, formado por ceniza y agua, que ahora cubría la moqueta.
La bomba debía de haber explotado en el salón. Las andrajosas cortinas ondeaban con la brisa que se colaba por el agujero que habían dejado las ahora inexistentes ventanas. El lodo era también más espeso: cubría buena parte del calzado. McCoy seguía a Wattie, manteniéndose detrás de él para que le tapase lo que tenían ante sus ojos; era unos cuantos centímetros más alto que McCoy y también de hombros más anchos. Su plan funcionó hasta que Wattie se acuclilló para sacar del lodo un LP medio fundido. De repente, McCoy vio la panorámica al completo.
Parecía como si alguien hubiese salpicado de pintura roja el papel pintado de efecto bambú que cubría la pared de la chimenea. Tomó aire apretando los dientes antes de observar con mayor precisión. En el suelo, en lo que quedaba del sofá, había algo parecido a una pila de ropa chamuscada. McCoy se acercó un poco y vio el hueso que sobresalía de la tela. Dio un paso atrás. Notó los familiares síntomas del mareo.
—Es el disco Ram, de Paul McCartney —dijo Wattie leyendo la etiqueta del retorcido LP—. Una mierda como un piano. —Volvió a dejarlo en el lodo—. Como ese álbum que usted me obligó a comprar. ¿Cuál era? ¿Dentro y fuera? Virgen santa, ¿se encuentra bien? —preguntó.
McCoy había apoyado la espalda en la pared, contaba a medida que inspiraba y espiraba intentando evitar desmayarse. Logró asentir, se llevó de nuevo el pañuelo a la nariz para dejar de oler a carne asada. Echó un vistazo a su alrededor, apañándoselas para no volver a posar la vista en los restos del difunto inquilino. Se parecía a otros muchos apartamentos de Woodlands. Papel descolorido, un pequeño fogón de gas para cocinar, un sillón con el asiento hundido, manchas de humedad en el techo y las paredes. ¿Por qué querría alguien poner una bomba en una pocilga como esa?
—Voy a acercarme a la ventana, necesito un poco de aire fresco —dijo desplazándose sin apartarse de la pared. Llegó al gran agujero donde antes había estado la ventana y asomó la cabeza.
—Menudo desastre —dijo Wattie—. Hay un trozo de su cráneo clavado en el yeso, sobre la chimenea.
—¿En serio? —dijo McCoy sin apartar la vista del gentío que había en la calle, intentando no imaginar a qué podía parecerse un pedazo de cráneo incrustado en una pared.
—Creía que había superado usted estas mierdas —dijo Wattie.
—Yo también lo creía —replicó McCoy—. Voy a echar un vistazo por aquí para ver si encuentro algo con su nombre, ¿te parece?
Vio cómo Wattie negaba con la cabeza al pasar a su lado camino del pasillo, antes de entrar en el dormitorio. Todavía estaba intacto, no le había afectado que una bomba estallase en la habitación de al lado. Daba la impresión de que la puerta hubiese retenido el paso del fuego. Una cama individual sin hacer, un saco de dormir desplegado sobre ella. Una pequeña cajonera con un cenicero y un ejemplar de la revista Melody Maker encima. De la pared colgaba un póster de Black Sabbath y sobre la cama había un par de fotografías de Ferraris. Era la habitación de un muchacho joven.
Abrió los cajones y se topó con el habitual surtido de calzoncillos y calcetines. Bajo una pila de camisetas había una revista porno. No encontró ni una sola pista, no había nada que llevara escrito o grabado ningún nombre. Abrió otro cajón. Un jersey, unos vaqueros 747. Un par de camisas dobladas. Lo cerró y se acercó a la ventana. El cristal había desaparecido, respiró aire fresco. Allí abajo, un coche patrulla avanzó entre la multitud hasta aparcar junto a los camiones de bomberos; se detuvo lo más cerca posible del edificio. De la parte trasera del coche descendió Hughie Faulds. Se alisó la ropa. McCoy entendía sus cuitas, porque no resultaba sencillo acomodar un cuerpo de metro noventa y cinco en los asientos traseros de un Vauxhall Viva. Faulds alzó la vista hacia el apartamento, vio a McCoy y lo saludó con la mano.
McCoy lanzó un grito hacia el interior:
—¡Ha llegado Faulds!
Se sentó durante un minuto en la cama. Olía a rancio, la funda de la almohada brillaba debido a la gomina del pelo. No estaba seguro de qué andaba buscando. Daba la impresión de ser un apartamento de alquiler como tantos otros. Se fijó en que había una maleta junto a la cajonera. La colocó sobre la cama y la abrió. Más ropa: camisas, una corbata, unas botas para jugar al béisbol. Cerró la maleta y la devolvió a su sitio. Atravesó el salón y se puso de nuevo junto a lo que había sido la ventana.
—¿Crees que serán capaces de recuperar su cartera? —preguntó McCoy.
Wattie fijó la mirada en el cuerpo carbonizado. Respiró por la boca sin separar los dientes.
—Lo dudo. Si el calor fue tan intenso como para hacerle esto al cuerpo, sin duda también lo fue para desintegrar su cartera.
—Muy posiblemente —dijo McCoy—. Creo que le daremos a Gilroy la oportunidad de que intente encontrarla.
Oyeron el estallido de un vozarrón con un marcado acento de Belfast:
—¿Cómo has conseguido que entre aquí?
Al darse la vuelta vieron a Hughie Faulds, su masa corporal ocupando toda la anchura del pasillo.
—No ha sido fácil —dijo Wattie—. Se lo aseguro.
Faulds esbozó una media sonrisa.
—No es más que un poco de sangre y vísceras, Harry. A estas alturas, ¿no tendrías que estar acostumbrado?
—En eso estamos —repuso McCoy sin apartar la vista de los apartamentos al otro lado de la calle. Un viejo con una americana le sostuvo la mirada—. ¿Te resulta familiar? —preguntó.
—Por eso estoy aquí, ¿no es cierto? —preguntó Faulds—. El puñetero experto en bombas. Ese soy yo.
—Sí, señor —dijo McCoy—. No creo que haya nadie más en el cuerpo que haya visto nunca un lugar donde haya explotado una bomba. No digamos ya que tenga la más remota idea al respecto.
Faulds apenas echó un vistazo a los daños causados y asintió.
—Me topé con situaciones parecidas a esta cuando estaba en Belfast. Aquí no han puesto ninguna bomba.
—¿Cómo? —preguntó McCoy.
Faulds señaló la pila de ropa sobre el sofá.
—A ese estúpido cabrón le estalló la bomba que estaba intentando fabricar. —Se acercó a los restos calcinados y olisqueó—. Almendras. ¿No notáis el olor?
McCoy negó con la cabeza. No iba a apartar el pañuelo de su nariz por nada del mundo.
—Un poco —dijo Wattie—. ¿Qué significa?
—Significa que estaba usando una mezcla Co-op —respondió Faulds.
—¿A qué te refieres? —preguntó McCoy totalmente desorientado.
—La llamamos mezcla Co-op porque todos los ingredientes puedes comprarlos en el supermercado Co-op que tengas más cerca de casa. Fácil de hacer y muy efectiva. Material típico tanto de la UDA como del IRA.
—¿Estás seguro? —preguntó McCoy—. Si alguno de ellos está implicado en esto, nos quedaremos fuera. El caso pasará directamente a los chicos de la Brigada Especial. Ellos se harán cargo.
Faulds asintió en dirección a lo que quedaba del cuerpo.
—Pasa con más frecuencia de lo que podría pensarse —prosiguió—. Como resulta sencillo comprar los ingredientes, creen que es fácil de elaborar, que cualquiera puede hacerlo. Pero te diré una cosa, hacer una bomba no es tan fácil como creen esos payasos.
—¿Está seguro de que ha sido eso? —preguntó Wattie.
Faulds asintió.
—Es de manual. —Echó otro vistazo alrededor—. Además, ¿por qué querría alguien poner una bomba en un apartamento como este? No parece un objetivo evidente, ¿no creéis?
McCoy permaneció junto a la pared y observó cómo Faulds caminaba de un lado a otro examinando la escena atentamente. Es decir, estaba haciendo lo que McCoy debería haber hecho. Faulds tiró de las perneras de su pantalón hasta subirlas por encima de las pantorrillas y se acuclilló frente al cuerpo para observarlo mejor.
—Horrible —dijo—. El tipo debía de estar inclinado encima cuando estalló, probablemente intentando conectar el detonador. —Señaló hacia la pared con el mentón—. Creo que tampoco vais a poder conseguir una identificación dental, todo está demasiado fragmentado. La mitad de la mandíbula y los dientes están clavados en esa pared.
Se puso en pie y agarró un libro que se encontraba en medio del lodo junto a la chimenea. Lo sacudió un poco para retirar el lodo húmedo y leyó el título de la cubierta:
—The Life and Death of St Kilda. ¿Lo has leído?
McCoy negó con la cabeza.
Faulds abrió el libro y leyó una dedicatoria medio borrada escrita con bolígrafo:
—«Para Paul. Feliz cumpleaños de parte de Henry».
—Mierda —dijo McCoy—. Paul. Podría ser ambas cosas: protestante o católico.
—¿Qué esperabas? —preguntó Faulds—. ¿Que se llamase Finbar?
—Eso habría estado bien —dijo McCoy—. Eso o Gary. No encontrarás muchos católicos que se llamen Gary.
Wattie apareció por el pasillo, llevaba en las manos un puñado de facturas y de publicidad postal.
—Todas están a nombres diferentes —dijo. Empezó a leer—: Señora E. Fletcher, Thomas Wright, Al inquilino, señor S. A. Bowen, C. Smith. Y sigue.
—¿Algún Paul? —preguntó McCoy.
Wattie escudriñó de nuevo en el montón.
—Un Peter, pero ningún Paul.
—¿Has acabado, Faulds? —le preguntó McCoy.
Faulds asintió.
—No veo nada fuera de lo corriente. Es justo lo que cabría esperar de un niñato estúpido que no supiese lo que estaba haciendo.
—Entonces, si se trata de mezcla Co-op, hay posibilidades de que sea un paramilitar. ¿Te suena que haya alguno en Glasgow? —preguntó McCoy.
Faulds negó con la cabeza.
—Nada destacado. Unos pocos muchachos que fingían estar metidos en la UDA, alardeando en los pubs. Básicamente, lo que hacen es recaudar fondos aquí, tal vez esconder a alguien que haya tenido que salir de Irlanda. Podría preguntar a la gente de allá. Ver si saben algo de esta historia. ¿Puedo regresar ya a la calle Tobago? ¿Dedicarme a hacer mi trabajo?
McCoy asintió.
—Vamos contigo —dijo—. Lo último que me apetece es estar aquí cuando lleguen los de la Brigada Especial.
—O pasar un rato más mirando las manchas de sangre —dijo Wattie.
—Watson —replicó McCoy—, a ver si te callas de una vez.
Faulds sonrió de medio lado.
—Pero no se equivoca, ¿verdad? Un pequeño inconveniente para un detective, eso de que le dé reparo ver sangre.
—No es tan malo como ser un estúpido irlandés. Vámonos.