Muerte en abril
12 de abril de 1974 » Dos
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Dos
—Ya tenemos los resultados.
McCoy miró al doctor. No había dedicado mucho tiempo a pensar en ese asunto, pero, de repente, se sintió un poco intranquilo. Había acudido al médico hacía unas semanas, el dolor de estómago estaba dándole por saco. Le costaba comer, le dolía casi todo el rato. El médico le había enviado al hospital, donde tuvo que beberse más de medio litro de un menjunje blancuzco y después le hicieron una radiografía.
—Bien —dijo.
El médico, oriundo de Dundee, con cara de perro apaleado y bigotito francés, mordisqueó la patilla de las gafas, bajó la radiografía y le miró a los ojos. Sonrió.
—Por lo que parece, señor McCoy, tiene usted una úlcera péptica.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Una úlcera en la pared del estómago. Esa es la causa del dolor.
—Cristo bendito —dijo McCoy.
—Preferiría que no blasfemase —replicó el médico.
—Lo siento —dijo McCoy, aunque no era cierto—. ¿Y qué hago ahora?
—Tiene que dejar de beber alcohol y de fumar. Tiene que comer cosas sencillas, blancas principalmente. Pescado hervido, gachas de avena, leche, arroz, pan sin tostar. Esa clase de cosas. Si el dolor persiste, tome un poco de Pepto-Bismol.
McCoy estuvo a punto de soltar otro improperio, pero fue capaz de controlarse.
—Si se ciñe a este régimen, el dolor debería disminuir —dijo el médico—. Como policía, supongo que tiene que ocuparse de cosas estresantes, que tiene horarios irregulares. Nada de eso ayuda. Procure cuidarse. Ese es el mejor consejo que puedo darle. Me temo que no disponemos de un tratamiento que cure o que ayude en exceso. Me temo que todo depende de usted.
Una vez fuera del consultorio, McCoy encendió un cigarrillo. Todavía podía notar el olor del humo del apartamento en su ropa. Tan solo tenía treinta y dos años, ¿cómo era posible que le hubiese salido una úlcera? Esa clase de cosas les pasaba a tipos mayores, gordos. Vio cómo salía un hombre de una licorería al otro lado de la calle, con una tintineante bolsa de plástico entre los brazos, y echaba a correr para pillar el autobús. De algo estaba completamente seguro: no había modo de que dejase de fumar o de beber, no valía la pena ni planteárselo. Si eso le obligaba a seguir una dieta de alimentos blancos y Pepto-Bismol, tendría que conformarse. Miró qué hora era en su reloj. Mejor ponerse en marcha si quería llegar a tiempo a Greenock. Recorrió la calle hasta donde había aparcado el coche. Como mínimo, el diagnóstico tenía un lado bueno: era la excusa perfecta para no tener que cenar repugnante comida china esa noche.
McCoy llegó a la casa del padre de Wattie justo después de las seis. Una vez allí, el padre —Llámame Ken— le condujo hasta un diminuto salón. Papel pintado Anaglypta de color beis en las paredes, tupida moqueta verde y una mesita de café sobre la que había una bandeja con sándwiches de pasta de salmón. Una estufa eléctrica con tres barras encendidas calentaba la estancia. Hogar dulce hogar.
Mary, la novia de Wattie, estaba sentada en un sofá de polipiel junto a la ventana, todavía un poco desconcertada por su situación actual. A McCoy también le había sorprendido un poco verla allí, estaba más acostumbrado a encontrársela en la redacción o en el escenario de un crimen que sentada en un sofá sosteniendo un biberón en una mano y un koala de peluche en la otra.
—¿Cómo estás? —le preguntó McCoy al sentarse a su lado.
—Agotada —dijo Mary, un tanto abatida—. Y pensar que solía quejarme por tener que hacer turnos dobles. Lo único que hacía era sentarme a mi mesa, beber té y fumar. No sabía la suerte que tenía. He oído que ha explotado una bomba.
Al parecer, la reportera que había sido Mary en su vida anterior no había quedado enterrada del todo por el pequeño Duggie y la omnipresencia de los pañales. Su sentido de la vestimenta tampoco había cambiado gran cosa. Llevaba algo parecido a una minifalda vaquera con botas rojas de plataforma y una camiseta púrpura en la que podía leerse «Sigue adelante con tu camión» junto a la imagen de un hombre haciendo autostop.
McCoy asintió.
—Un gilipollas saltó por los aires mientras construía una bomba.
—¿Se ha hecho cargo la Brigada Especial? —preguntó Mary.
McCoy asintió de nuevo y aceptó la copa que le ofreció Llámame Ken.
—Douglas se ha llevado al niño para que lo vean los vecinos de al lado —dijo Llámame Ken—. Ha dicho que volvía en un minuto.
—No se preocupe, lo tengo ya muy visto —dijo McCoy.
—Supongo que era una cuestión de tiempo —prosiguió Mary—. Bombas en Londres, Birmingham, Manchester. Tenía que pasar aquí.
—Eso parece —respondió McCoy.
—Genial —dijo Mary—. Una gran historia y yo aquí, colocándome pañuelos de papel debajo del sujetador para no mancharme con la leche y cantando canciones infantiles cada dos por tres.
McCoy esbozó una sonrisa.
—Así son las cosas.
—Oh, no, no son así. Contrataría a una canguro a tiempo completo. Pero no podemos permitírnoslo, a menos que nos toque la quiniela. —Suspiró—. ¿Y qué más está pasando en ese horrendo mundo de ahí fuera?
—No gran cosa —respondió McCoy—. Ayer Murray me echó una buena bronca. Por tu culpa.
—¿Por mi culpa? —preguntó Mary.
—Pasó por la calle Pitt y la bola de mierda empezó a crecer. Ellos le gritaron, él me gritó a mí. El Daily Record ha iniciado una cruzada. «Nuestras violentas calles», dicen en primera plana y en medio justo del periódico.
—Lo hacen cada dos años —dijo Mary—. Eso significa que no tienen nada que contar.
—Ya sé que sabes de qué va el asunto —replicó McCoy—. Pero los de la calle Pitt también tendrían que saberlo.
Alzaron la vista cuando se abrió la puerta del salón y apareció Wattie con el bebé en brazos y una enorme sonrisa en la cara.
—Te dije que estaría encantado —dijo McCoy—. Ha nacido para ser padre.
—¡Papá! Trae la cámara —dijo Wattie—. Quiero una foto del bebé con su padrino.
McCoy se puso en pie y Wattie le soltó el bebé en los brazos. En cuanto lo agarró, a McCoy le asaltaron los recuerdos. Fue por el olor: los polvos de talco, la lana y la leche. No había vuelto a sostener a un bebé en brazos desde Bobby.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Mary.
Asintió. Era una monada. El pequeñajo tenía un revoltijo de pelo rubio en lo alto de la cabeza y ojitos azules dormilones. Un clic, el fogonazo del flash y ahí acabó todo. Wattie tomó de nuevo al bebé y lo acercó a la mejilla de McCoy diciéndole:
—Dale un beso al tío Harry. —El bebé obedeció sin rechistar.
A Wattie le cambió la expresión, empezó a olisquear, parecía alarmado.
—Otra vez, no.
Se acercó el trasero del bebé a la nariz y olfateó.
—Creo que ha vuelto a ensuciar el pañal —dijo Wattie al tiempo que le pasaba el niño a Mary, todavía sentada en el sofá.
—¿Y a ti te ha pasado algo? —preguntó Mary—. ¿De repente no puedes utilizar las manos?
—Mujer, ese no es trabajo para un hombre —dijo Llámame Ken.
Ese fue el punto de inflexión.
—El cambiador está en la habitación de al lado —dijo Mary—. Es tan tuyo como mío. Así que ocúpate tú.
Wattie masculló algo entre dientes y se dirigió a la puerta mientras Llámame Ken sacudía la cabeza.
—Así son las cosas —comentó McCoy—. Angela también me obligaba a hacerlo.
—¿Sabes algo de ella? —preguntó Mary.
—No. Desde hace tiempo que no sé nada. Sigue en Estados Unidos, supongo —respondió McCoy.
Llegó un grito desde el dormitorio.
—¡Mary! ¿Dónde están los polvos de talco?
Mary puso los ojos en blanco y se levantó.
—Tiene suerte.
Tomaron un par de copas en el apartamento e hicieron algunas cuantas fotos más de Harry con el niño en brazos, ahora perfumado y embutido en un atuendo que la madre de Mary había tejido. Finalmente, Llámame Ken anunció que era la hora de irse al temido restaurante chino.
—¿Has comido ahí alguna vez? —preguntó sin alzar la voz.
Mary se dio la vuelta para que Llámame Ken no pudiese verla y susurró:
—Una puta mierda. Por nada del mundo pidas cerdo.
McCoy asintió. Mary era capaz de comer cualquier cosa. Pero si ella creía que era un mal sitio, no había modo alguno de que él fuese a probar bocado.
McCoy, Wattie y Llámame Ken salieron del edificio. McCoy se sintió un poco mareado al notar el aire fresco; posiblemente había bebido más de lo que creía. El apartamento del padre de Wattie se encontraba en lo alto de un montículo, pasado el pueblo. Desde allí se tenían vistas del astillero y de unos cerros distantes cubiertos de nieve al otro lado del estuario del Clyde, de una tonalidad rosácea debido al crepúsculo.
—La Tierra de Dios —dijo Llámame Ken cuando empezaron a descender—. Las mejores vistas del mundo.
Tal vez fuese la Tierra de Dios con relación al río y a los cerros y los lagos de Argyll, pero Greenock no tenía nada que ver con eso. El pueblo al completo parecía una masa gris, los rostros abatidos de la gente que se cruzaba con ellos, todos bien abrigados debido al viento frío que soplaba del norte. Pasaron junto a varias tiendas cerradas, con tablones de madera cubiertos de grafitis tapiando los escaparates. Había un grupo de niños sentados en un coche abandonado sin parabrisas. El fuego que salía de un cubo de basura metálico iluminaba la escena. Y, al igual que ocurría en Glasgow, también estaban los inevitables jóvenes en las esquinas, congelándose con sus chaquetas bomber y sus pantalones anchos. Todos con caras chupadas, pasándose cigarrillos y latas de cerveza, con ganas de meterse en líos.
Tal como había supuesto, el restaurante chino era un tugurio. Eso no impidió que todo el mundo pareciese encantado. Los dos hermanos de Wattie llegaron casi al mismo tiempo que ellos. Ambos se parecían a Llámame Ken: cabello oscuro, metro setenta y cinco. A saber de dónde habría salido Wattie. ¿Del lechero? James era carpintero, Robby fontanero. Eran bastante majos y el niño los tuvo entretenidos. Más cerveza, rollitos de primavera, costillas, curry, tallarines y, para finalizar, copas de coñac y plátano frito. McCoy picó un poco de todo y fingió que estaba delicioso.
Después de cenar fueron al Imperial, uno de los bares supuestamente bonitos de Greenock, donde coincidieron con unos cuantos antiguos compañeros del instituto de Wattie. Se acomodaron al fondo del local, juntaron un par de mesas. Wattie no dejó de preguntarle, cada cinco minutos, si se sentía a gusto, si lo estaba pasando bien, mientras le traía una pinta tras otra, afirmando que eran para «que el padrino bautice al bebé». McCoy le dijo que lo estaba pasando de maravilla, al tiempo que se aseguraba de que no se diese cuenta de que no dejaba de controlar la hora para poder marcharse sin que a nadie le resultase incómodo.
Estaba pidiendo otra ronda en la barra, agarrando un vaso de cristal con el dibujo de un gatito lleno de dinero, cuando James se le acercó y le pasó una papelina de speed. Eso lo cambió todo. Las mejores intenciones pueden irse a la porra tras unas pocas rayas esnifadas sobre la tapa de la cisterna de un lavabo de caballeros.
Tres horas más tarde, McCoy todavía seguía allí, todavía no se había metido en la cama; una noche que podía irse temprano a dormir. En lugar de eso, seguía despierto, en la barra de un garito llamado Rotunda, apretando los dientes. Tal vez no fuese el peor local en el que había estado en su vida, pero poco le faltaba. Era un garito de mala muerte en lo que parecía ser el sótano de la estación de autobuses. El local, sin duda, había sido decorado por alguien obsesionado con el color naranja. Paredes naranja, moqueta naranja, lámparas con pantalla naranja por todo el bar. Eso era lo máximo que Greenock podía ofrecer, glamur del bueno.
Se inclinó en la barra para ver cómo el barman intentaba explicarle a un tipo borracho que se tambaleaba, vestido con un traje de cuadros con las solapas más anchas que McCoy había visto en su vida, que ya había bebido suficiente. Como cabía suponer, el borracho no era de la misma opinión y por eso iba a seguir discutiendo. Al verlos, McCoy se preguntó si lo ocurrido en la calle West Princes realmente era el inicio de algo malo. Cabía la posibilidad de que explotasen más bombas en Glasgow. No dejaba de pensar en aquel joven, el tal Paul, montando el artefacto. Con toda probabilidad había muerto al instante, sin darse cuenta siquiera de lo que había ocurrido. Poco importaba la causa que le hubiese motivado a ello, volar en pedazos no merecía la pena por nada ni por nadie. Aunque la auténtica pregunta sobre la bomba era otra: ¿para quién estaba pensada? ¿Quién era el que tendría que haber quedado hecho papilla?
En la barra, seguían discutiendo; ahora se señalaban con el dedo índice. Comprobó la hora en su reloj, la una y media de la madrugada. Se estaban acercando al momento peligroso de la noche. El momento en el que los fanfarrones y las parejas y los que buscan rollo de una noche se encuentran unos a otros y, al mismo tiempo, muchos otros tipos empiezan a ser plenamente conscientes de que no forman parte de ninguno de esos colectivos. Por eso siguen bebiendo y se ponen a buscar una excusa para sentirse ofendidos. Un poco de cerveza derramada, un comentario oído a medias, un elogio al equipo de fútbol equivocado.
Podía ver a Wattie reflejado en el espejo que había tras la barra. Con la corbata aflojada, despeinado, repantigado entre sus dos hermanos sobre el banco de plástico naranja pegado a la pared. Para ser un tipo tan grande, no toleraba muy bien la bebida. Pensó que si se marchaba, Wattie ni siquiera se daría cuenta. Ya hablaría con él el lunes, en el trabajo, si es que Mary no le daba una buena tunda cuando llegase a casa en ese estado. McCoy estaba a punto de dar buena cuenta del whisky Bells doble que había pedido para el camino, con la intención de que bajase el efecto del speed, cuando notó que alguien le palmeaba el hombro.
Suspiró. Casi había logrado salir indemne. Por eso ignoró ese toque con la esperanza de que tan solo hubiese sido fruto de su imaginación. Pero no funcionó, le palmearon otra vez, con algo más de fuerza. Desde su punto de vista, tan solo tenía dos opciones. Sacar su placa de policía y decirle al tipo que no se pusiese tonto o bien hacerle frente y encaminarse hacia la puerta del local. En cuanto abriese la boca, tendría que optar por una de las dos. El acento de Glasgow lo delataría y eso sería excusa más que suficiente para que un chicarrón de Greenock quisiese buscarle las cosquillas. Se acabó el whisky, sonrió de medio lado y se dio la vuelta.
—¿Puedo ayudarte en algo, colega? —preguntó con escasa amabilidad.
Lo primero en lo que se fijó fue que el tipo estaba sonriendo; lo segundo, que sus manos parecían dos puñeteras mazas. Lucía dos grandes anillos en los dedos de la mano izquierda.
—Alguien ha dicho que eres policía —dijo.
Hablaba con un obvio acento norteamericano, como el de las películas. Y ahora que podía verle bien la cara tenía sentido. Dientes blancos, pelo rubio cortado al estilo militar, americana azul con botones plateados sobre una camisa de cuadros de color claro. Se parecía un poco al golfista Jack Nicklaus. McCoy asintió.
—¿Puedo invitarte a una copa? —dijo el hombre—. ¿Whisky?
McCoy volvió a asentir, sin estar muy seguro todavía de qué estaba ocurriendo.
El tipo señaló hacia un rincón tranquilo al fondo del local.
—Sentémonos ahí —dijo—. Yo llevo las copas. —Acto seguido se perdió entre el gentío del bar.
McCoy encontró una pequeña mesa redonda vacía y acercó un par de taburetes. En esa esquina, lejos de la pista de baile, «Do The Bump», gracias a Dios, era poco más que un rumor. Sacó sus cigarrillos, encendió uno y se preguntó qué querría de él aquel tipo. Lo cierto es que no le importaba mucho, y estaba a punto de zafarse cuando lo vio abriéndose paso entre la multitud que bailaba, portando una bandeja de latón con dos whiskies y dos pintas de cerveza encima. A saber qué comían los estadounidenses, pero fuera lo que fuese tenía que ser algo bueno, porque aquel tipo era tan ancho como alto era el propio McCoy. Dejó la bandeja sobre la mesa y, señalándola, sonrió.
—También te he traído una cerveza —dijo—. Al parecer, es como se hacen las cosas por aquí. —Le tendió la mano—. Andrew Stewart.
McCoy le tendió su pálida mano, que desapareció dentro de aquella gigantesca garra.
—Harry McCoy —dijo alzando la pinta—. Salud.
Stewart se sentó, le dio un trago a la cerveza e hizo una mueca de desagrado.
—Lo siento —dijo—. Todavía no he logrado acostumbrarme a esta cerveza. —Señaló hacia Wattie y sus colegas—. He oído que uno de esos tipos de ahí decía que eras policía. —McCoy asintió—. Genial, a lo mejor puedes ayudarme. Mi hijo ha desaparecido.
De eso se trataba. Quería un consejo fuera de horas de trabajo. McCoy se iba a tomar con gusto las copas, pero ni por asomo se iba a meter en ese asunto, no a esas horas. Además, tenía la excusa perfecta. Alzó la mano.
—Lamento interrumpirte, Andy, pero soy policía en Glasgow. Aquí no pinto nada. Tendrás que hablar con la gente de Greenock.
—Ya lo he hecho —respondió Stewart—. Ha sido una pérdida de tiempo, no les interesa.
—Señoras, ¡escojan pareja! —gritó el pinchadiscos cuando sonaron los primeros acordes de «Seasons In The Sun»—. ¡A por ellos!
McCoy esperó a que dejase de gritar y le preguntó:
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Veintidós —respondió Stewart—. Cumplió veintidós hace un par de…
—¿Cuánto tiempo lleva desaparecido? —preguntó McCoy.
—Tres días —dijo Stewart—. Yo llegué ayer, fui a verlo directamente desde el aeropuerto…
McCoy volvió a alzar la mano, dispuesto a cortarle en seco y poner punto final al asunto.
—Ese es tu problema —dijo—. Es un adulto y no hace tanto tiempo que ha desaparecido. Voy a serte sincero, no se trata de una prioridad. —Hasta que encuentran un cadáver, pensó, pero no tenía sentido llevar el asunto por esos derroteros—. A lo mejor tendrías más suerte con un detective privado.
—Es lo que me dijeron. —Rebuscó en el bolsillo y sacó una tarjeta—. Me recomendaron a un tipo llamado… —Leyó la tarjeta—. Bernard Raeburn…
—¡Virgen santa! —exclamó McCoy—. Esa es la última persona a la que tendrías que recurrir, es un inútil. Déjame pensar. Tiene que haber alguien mejor que…
Alzó la vista y vio que Wattie estaba junto a la mesa, bamboleándose adelante y atrás, con la cara gris y los ojos medio cerrados.
—Tengo que irme a casa —dijo—. No me encuentro bien y Mary va a matarme. Estoy jodido, Harry, tienes que ayudarme.
Acto seguido, apartó la cabeza y cubrió de vómito la pista de baile.
—¡Por amor de Dios! —exclamó McCoy apartando las piernas para evitar que le salpicase. Stewart parecía horrorizado. Wattie se limpió la boca con la manga del traje. Tenía un aspecto horrible.
—No me encuentro bien —dijo—. Tienen que haber sido los tallarines.
Al personal del bar no le hizo ninguna gracia. Un tipo corpulento, con las mangas arremangadas dejando a la vista varios tatuajes de temática escocesa, 1690 y esas cosas, salió de detrás de la barra y se dirigió hacia donde estaban.
—¡Me cago en la puta, Dougie! —dijo James surgiendo de entre la nube de hielo seco que cubría la pista de baile—. ¡Cabrón asqueroso!
McCoy se acabó el whisky de un trago, se puso en pie y le pasó un brazo a Wattie por la espalda para ayudarle a conservar el equilibrio, al tiempo que mantenía su cara alejada, pues no tenía ningunas ganas de notar el aliento a vómito.
—James, tranquiliza al barman —dijo—. Yo voy a llevar a este capullo a casa.
Stewart todavía estaba sentado, con la pinta de cerveza a medio camino de su boca y una expresión de perplejidad.
—Lo siento, amigo, tengo que irme —le dijo McCoy—. Buena suerte. —Empezó a conducir a Wattie hacia la puerta. Gritó por encima del hombro—: ¡Recuerda! No malgastes tu dinero con Raeburn.
Stewart asintió y se puso de pie. El barman se acercó a él y se colocó a su espalda. Le obligó a darse la vuelta.
—¡Eh! ¡Colega! ¿Has montado tú este puto jaleo?
McCoy dejó a Stewart negando con la cabeza y explicándole al barman que aquello no tenía nada que ver con él, empujó a Wattie hasta las escaleras y salieron de allí antes de que vomitase otra vez. Los tallarines… Y una mierda. Más bien las diez pintas de cerveza que se había tomado.