Muerte en abril
13 de abril de 1974 » Tres
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Tres
El despertador no dejaba de sonar. McCoy estiró el brazo, lo apagó y soltó un gruñido. Las siete de la mañana. Le costó varios segundos recordar dónde estaba, pero toda la información le llegó de golpe. Pensión Sea-View, en Greenock. Se sentó en la cama. No se encontraba tan mal, teniendo en cuenta que se había acostado pasadas las dos de la madrugada, tras acompañar a Wattie a su casa. Se imaginaba lo mal que debía de sentirse Wattie; había vomitado un par de veces más camino de casa. El muy estúpido había seguido insistiendo en que su estado no se debía a haber bebido, sino a los tallarines.
McCoy se las apañó para, a trompicones, subir con Wattie la cuesta y después las escaleras hasta la entrada. Llamó a la puerta. Tenía la esperanza de que abriese Llámame Ken, pero no hubo suerte. Cuando se abrió la puerta, la que apareció fue Mary, en camisón y con el pequeño Duggie berreando en sus brazos. Su mirada habría hecho flaquear a un hombre menos bregado en esos menesteres. Wattie pasó a su lado, chocó contra el perchero y cayó de morros sobre la moqueta. Se quedó allí, roncando tranquilamente, mientras McCoy intentaba hacer callar al bebé y le explicaba a Mary que no había sido culpa suya. En serio.
Mary no creyó una sola palabra. Le dijo que era un idiota integral y que tendría que habérselo pensado dos veces antes de permitir que Wattie se emborrachase de ese modo. McCoy se esforzó por convencerla de que no había sido cosa suya, que habían sido sus hermanos, pero ella ya no le escuchaba, estaba demasiado ocupada intentando calmar al bebé. Dejó a McCoy en la puerta, le propinó una patada en el costado a Wattie antes de entrar en el dormitorio y cerró la puerta a su espalda. Wattie roncaba, felizmente inconsciente de lo que le esperaba a la mañana siguiente, cuando se despertarse y Mary se lanzase sobre él.
A las siete y media, McCoy ya se había duchado y vestido y, con una bolsa de deporte en la mano, bajó las escaleras hasta el comedor. Pudo oler el beicon y las tostadas. Su estómago rugió. La noche anterior apenas había comido nada, pero ahora no tenía tiempo para las gachas de avena que le había recetado el médico. Su plan era parar en la carretera al cabo de un par de horas, cuando tuviese hambre. Con una taza de café y un cigarrillo, de momento estaría bien.
Las paredes del comedor eran de un alegre color amarillo, se trataba de una luminosa estancia en la parte delantera de la casa. Con grandes ventanales y hermosas vistas del Clyde y los nevados cerros al otro lado del río. Las mesas estaban preparadas para el desayuno, con servilletas dobladas y una diminuta carta sobre cada una de ellas. Había ya una pareja sentada a una de las mesas, de mediana edad, vestidos para dar un paseo por la montaña, ambos inclinados sobre un mapa de la agencia cartográfica del Reino Unido. McCoy se sentó a una mesa junto a la ventana y le pidió un café a una de las jóvenes camareras, que, por su aspecto y por cómo gruñó la palabra «hola», seguro que también había trasnochado. Sobre un estante en la pared, los periódicos de la mañana. Todos los titulares eran variaciones sobre los temas BOMBA y EL CONFLICTO LLEGA A ESCOCIA. No se sintió con ánimo para leer ninguno de ellos.
Al acabar de tomarse el café, justo cuando estaba tirando la ceniza del cigarrillo en un cenicero en el que podía leerse RECUERDO DE DUNOON, un Ford Cortina con el distintivo TAXIS CLYDE en la puerta se detuvo frente a la pensión. Al abrirse la puerta de atrás apareció el estadounidense de la noche anterior y se asomó por las ventanas. Debe de alojarse aquí, pensó McCoy, e inmediatamente se puso a idear cómo podría salir de allí sin hablar con él. No lo conseguiría. Stewart lo vio a través de los cristales, hizo un gesto con la mano y esbozó una enorme sonrisa. Le pasó varios billetes al taxista, sacó su bolsa del maletero y se encaminó a la puerta de la pensión.
McCoy maldijo entre dientes y, sentado a la mesa, se resignó a afrontar su destino. Pocos segundos después se abrió la puerta del comedor y apareció Stewart. Una de las camareras y la encargada del hotel echaron a andar tras él.
—Muchacho, no es fácil dar contigo —dijo—. Creo que esta es la sexta pensión en la que he estado. Los chicos de anoche no eran capaces de recordar en cuál te alojabas.
Señaló la silla que estaba en el lado opuesto de McCoy. Este asintió y Stewart tomó asiento. La americana de la noche anterior había sido sustituida por una cazadora con cremallera, pantalones de cuadros y náuticos. A decir verdad, se parecía bastante a Jack Nicklaus.
—¿Qué tal se encuentra tu amigo esta mañana? —preguntó Stewart—. Me costó lo suyo convencer al barman de que no había sido yo el que había vomitado en el suelo. Tenía muy malas pulgas, te lo aseguro.
—¿Te refieres a Wattie? —preguntó McCoy—. Estará bien. Nada que un refresco y un bocadillo de beicon no puedan curar. Creo que el problema será la conversación con su esposa.
Stewart hizo un gesto de perplejidad y luego volvió a asentir.
McCoy se puso en pie y le tendió la mano.
—Bueno, ha sido un placer volver a verte. Que tengas suerte con la búsqueda de tu hijo. Yo tengo que irme, voy con retraso.
Stewart se mostró contrariado.
—¡No! Tengo que hablar contigo. Llevo toda la mañana buscándote. ¿Adónde vas? —Alzó las manos—. Lo siento, no es asunto mío…
—A Aberdeen —dijo McCoy agarrando su bolsa—. Me marcho.
—¿Aberdeen? —preguntó Stewart—. ¿Está muy lejos de aquí?
—Hacia el norte —respondió McCoy—. A unos doscientos cuarenta kilómetros.
El gesto de decepción en la cara de Stewart provocó que McCoy se sintiese un tanto culpable. El pobre tipo daba la impresión de haber perdido todo su dinero en la última apuesta.
—Verás —dijo McCoy—. Si pasas por Glasgow en los próximos días, búscame. En la comisaría de la calle Stewart, que no está muy lejos del centro. Cualquiera podrá indicarte…
—¿Puedo ir contigo? —preguntó de repente Stewart—. ¡Por favor! Lo siento, pero anoche me dijiste más cosas con sentido en cinco minutos de lo que me habían dicho los policías de Greenock en tres horas. Pareces saber de lo que…
—Mira, colega, no creo que sea buena idea…
—Por favor —repitió Stewart—. Es mi único hijo. Es todo lo que me queda. He venido hasta aquí y me he topado con un muro. No puedo… —De repente empezó a llorar. Agarró una servilleta de la mesa y se enjugó las lágrimas—. Lo siento. No sé qué otra cosa hacer. Creí que podrías ayudarme. Contaba con ello. —Stewart intentó recomponerse, volvió a frotarse los ojos. Era un tipo grande y fuerte, transmitía la típica confianza en sí mismo de los yanquis, pero McCoy sintió cierta pena por él. Fuera quien fuese, estaba perdido en un país que no conocía, buscando a su hijo desaparecido sin que a nadie le importase lo más mínimo. No le perjudicaría escuchar su historia, darle algunos consejos.
—Venga —dijo McCoy—. Me harás compañía.
Una gran sonrisa brotó en la cara de Stewart, agarró la mano de McCoy y la sacudió con fuerza.
—Gracias, amigo. Eres buena persona. Te lo agradezco. No te causaré problemas. Te lo prometo.
McCoy observó a través del mojado parabrisas, vio el cartel de la salida para Dunblane, faltaban siete kilómetros. Dunblane solo significaba una cosa: el café Fourways, la tradicional parada camino del norte. Llevaban un par de horas en ruta, tiempo más que suficiente, y el estómago de McCoy volvía a rugir. Había llegado el momento de detenerse a repostar. Echó un vistazo al asiento del copiloto. Stewart no le había mentido, no había causado problema alguno, más que nada porque había estado fuera de combate durante las dos últimas horas. Roncaba ligeramente, repantigado en el asiento delantero del Vauxhall Viva. Había empezado a bostezar en cuanto se montó en el coche, le dijo a McCoy que no había pegado ojo en toda la noche, debido al jet lag, y para cuando llegaron al puente Kingston ya se había dormido. Desde entonces no se había despertado.
McCoy salió en la rotonda y detuvo el coche en el aparcamiento de la cafetería. Pretendía dejar a Stewart en el coche, durmiendo, para poder desayunar tranquilo, pero en cuanto salió del automóvil, Stewart abrió los ojos y miró a su alrededor.
—Te quedaste dormido —dijo McCoy.
—Lo siento —se disculpó Stewart incorporándose—. ¿Hemos llegado? ¿Estamos en Aberdeen?
—Ni por asomo —dijo McCoy—. Vamos, es hora de desayunar.
El Fourways estaba lleno, como siempre. Tuvieron que esperar un rato hasta que un joven que jugaba a ser un camarero eficiente limpió la mesa para que pudieran sentarse. McCoy pidió gachas de avena. Stewart quiso un zumo de naranja natural, unos panqueques con jarabe de arce y también un poco de beicon crujiente. Para acabar pidió un panecillo y una salchicha, un bocadillo de beicon y una lata de Fanta. Le gustó la idea de la «salchicha plana» tras dar varios bocados.
—Es como una especie de hamburguesa pero a la pimienta. —Dijo a modo de veredicto.
Transcurridos diez minutos, después de charlar un poco sobre el clima y relatarle su vuelo desde Estados Unidos, McCoy apartó el cuenco vacío y encendió un cigarrillo.
—De acuerdo. Cuéntame la historia —dijo—. Empieza por el principio.
Stewart asintió, se bebió lo que le quedaba del café, hizo una mueca de desagrado y empezó a hablar.
—Recibí una llamada hace tres días en mi casa de Beacon Hill.
—¿Beacon Hill? —preguntó McCoy.
—Boston —respondió Stewart. Prosiguió—: Me dijeron que mi hijo Donald se había ausentado sin permiso. No había vuelto al barco cuando se acabó el permiso para bajar a tierra.
—¿Qué barco? —preguntó McCoy. Entonces se dio cuenta de algo que debería haber entendido antes—. ¿Está destinado en Holy Loch?
Stewart asintió.
—Así es.
Holy Loch, la enorme base naval construida para albergar los submarinos nucleares estadounidenses, se encontraba al otro lado de Greenock. Veías a los soldados en el pueblo de vez en cuando, conduciendo los llamativos coches que se traían consigo. Varios cientos de ellos estaban destinados allí, incluso disponían de sus propios colegios, boleras y restaurantes. Era como un pequeño pueblo estadounidenses a orillas del Clyde; como si hubiese caído del cielo.
—Forma parte de la tripulación del USS Canopus —continuó Stewart—. Oficial de división. Lleva ahí unos seis meses.
Un detalle llamó la atención de McCoy.
—Un segundo. ¿Te llamaron a Estados Unidos tan solo un día después de que no regresara? —preguntó—. ¿No es un poco precipitado? ¿Los soldados no suelen beber mucho y regresar tarde en más de una ocasión? ¿O es que he visto demasiadas películas?
Stewart sacudió la cabeza.
—No, tienes razón. No es un procedimiento habitual. La llamada respondió a un favor, más bien, una especie de aviso.
—Muy amable por parte de ellos —dijo McCoy—. No tenía noticia de que en la Armada de Estados Unidos fuesen tan cordiales.
Stewart se recostó en el respaldo de la silla.
—Para ser sincero, no creo que sean tan amables con todo el mundo. Digamos que me mantenían informado.
—Y eso, ¿por qué? —preguntó McCoy.
Stewart parecía un poco avergonzado.
—Bueno, yo fui uno de ellos hasta que me retiré. Era capitán.
—Eso quiere decir que serviste durante bastante tiempo —dijo McCoy.
—El actual comandante del Canopus fue uno de mis antiguos tenientes. Creyó que me gustaría saberlo. Pensó que Donny regresaría al día siguiente y que podría llamarle y echarle un rapapolvo. Transmitirle que le tenían controlado y que era mejor que no hiciese ninguna tontería.
—Pero no regresó al día siguiente… —dijo McCoy.
—No —dijo Stewart—. No regresó. Ni al otro. Así que me subí a un avión y volé hasta Prestwick. Suponía que habría vuelto para cuando llegase aquí.
—¿Y su madre? ¿Qué opina ella?
—Grace falleció hace diez años —dijo Stewart—. Cáncer.
—Lo lamento —dijo McCoy.
Stewart asintió.
—Ella jamás me perdonaría que no hiciese todo lo posible para encontrarlo.
McCoy recapacitó durante unos segundos.
—No sé muy bien cómo preguntarte esto, pero ¿es el tipo de muchacho que suele desaparecer? ¿Suele meterse en problemas?
Stewart negó con la cabeza.
—Donny, no. Ha habido ocasiones en que he deseado que lo hiciese, que se desahogase un poco, que se emborrachase o que se enrollase con alguna chica. Pero no es de esos. Es un chico tímido, callado, sobre todo desde que Grace murió. Ni siquiera estaba seguro de que fuese capaz de superar el entrenamiento básico, pero lo logró. Lo destinaron aquí y estaba absolutamente feliz.
McCoy alzó la vista al cielo gris y se quedó mirando el aparcamiento mojado por la lluvia y plagado de charcos lodosos.
—¿Aquí? —preguntó—. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que esto es mejor que Pearl Harbor?
—Para Donny, sí. Se quedaba con su abuelo cuando yo estaba fuera del país y este se pasaba el día diciéndole que era escocés, que era su legado, que Escocia era su hogar.
McCoy le miró con suspicacia.
Stewart alzó las manos.
—Lo sé, no tienes que decir nada. Es estadounidense de la cabeza a los pies, tanto como la tarta de manzana, pero no para su abuelo. No, señor. Nuestra familia es originaria de Escocia, de ahí fuimos a Terranova y después a Boston. Primero balleneros, después la Armada. El tema de los orígenes se perdió en una generación, conmigo. Tal vez el hecho de que no lograse convertirme en escocés le llevó a intentarlo con más fuerza con Donny. Por lo que a mí respecta, prefiero estar en Carolina del Sur, en la parte de atrás de un bote, pescando peces espada, en bermudas, con el sol pegándome en la espalda y una cerveza en la mano. Ahí era adonde íbamos Grace y yo todos los veranos. Pero Donald se tomó en serio el asunto escocés. Roberto I de Escocia. Colgó de la pared un mapa de clanes, incluso tenía una camiseta de un equipo de fútbol escocés cuando era un niño. No fui capaz de aficionarlo a los Patriots, ni con amor ni con dinero, y te aseguro que lo intenté. Con ahínco.
—¿Y qué te dijeron los de la Armada cuando llegaste aquí? —preguntó McCoy.
Stewart se encogió de hombros.
—No gran cosa. Como tú has dicho antes, cuando están en puertos extranjeros, los soldados salen por ahí sin permiso en infinidad de ocasiones. Me dijeron lo que ya sabía. Por lo general, suelen regresar cuando se les acaba el dinero o cuando la mujer con la que se han acostado se cansa de ellos.
—¿Y no podría ser eso lo que le ha pasado a Donald? —preguntó McCoy—. Parece la explicación más sencilla.
—Te diré una cosa. Si fuese así, me alegraría —respondió Stewart—. Aceptaría la preocupación si supiese que se lo está pasando bien. Pero Donny no es de esos. Como te he dicho, no es de los que corren aventuras. —Miró a McCoy—. Por eso estoy preocupado.
McCoy se puso en pie.
—Mañana tengo el día libre. Si hoy no aparece, haremos algunas preguntas. Pero tengo que volver al trabajo el lunes. ¿Entendido?
Stewart asintió. Parecía aliviado. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un rollo de billetes de veinte.
—Puedo pagarte, no será un problema.
—Deja tu dinero —dijo McCoy—. No seas estúpido. —Pero entonces se lo pensó mejor—. Pero si te sientes lo bastante generoso, puedes pagar el carburante. Se nos está acabando.
Stewart se sorprendió.
—La gasolina —aclaró McCoy.
Stewart asintió.
—¡Ah! Lo haré encantado.
Se levantaron y se dirigieron hacia la puerta.
—No me has dicho por qué tienes que ir a Aberdeen —dijo Stewart.
—Tengo que recoger a alguien —respondió McCoy—. Es un favor.
Stewart asintió y salieron de la cafetería. La lluvia los acompañó hasta el coche. McCoy no mentía, iba a recoger a alguien. El problema era que ese alguien no tenía ni idea de que iba a buscarlo.