Muerte en abril

Muerte en abril


13 de abril de 1974 » Cuatro

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Cuatro

La cárcel de Peterhead estaba situada en un risco justo a las afueras de Aberdeen, por encima de la bahía, con un enorme espigón extendiéndose por debajo para intentar contener las envestidas del bravío mar del Norte. Se trataba de una triste reunión de edificios bajos y rectangulares, cubiertos por una gruesa capa de yeso, con ventanas diminutas y patios de ejercicio sobre los que pendían alambres retorcidos. La mayoría de los días, la lluvia y el viento aullaban provenientes del mar, sacudiendo las ventanas, inclinando los árboles, provocando que los guardias cruzasen los patios a toda prisa para volver al interior lo antes posible. Peterhead era la cárcel a la que enviaban a los chicos malos de otras prisiones. Aquellos que habían agredido a funcionarios o a otros presos, tipos tan rabiosos, perturbados y frustrados que habrían atacado a un globo enganchado a un palo si hubiesen tenido ocasión. Los amontonaban en camionetas, en dirección al norte, y los encerraban en un lugar en el que incluso ellos iban a pasar miedo.

—¿Vamos a una cárcel? —preguntó Stewart al leer el cartel justo al abandonar la carretera principal.

—Sí —respondió McCoy—. Un amigo mío se metió en un pequeño lío, nada serio, y hoy queda en libertad.

De haber sido Pinocho, pensó McCoy, su nariz ya habría roto el parabrisas. Aun así, a Stewart no iba a hacerle ningún daño desconocer los detalles. Entraron en el aparcamiento de grava, detuvo el motor, miró por la ventanilla hacia la enorme puerta y las instalaciones de la prisión que se extendían tras ella.

—Menudo sitio —dijo Stewart—. Hace que la mazmorra de Miramar parezca un lugar acogedor.

McCoy comprobó la hora. La una menos cinco. Justo a tiempo. Le dijo a Stewart que tardaría unos diez minutos y salió del coche. Sintió de inmediato el amargo viento que soplaba desde el mar. En Glasgow ya era el mes de abril, se notaba que la primavera estaba llegando. Pero ahí arriba no, todavía estaban en pleno invierno. Se levantó las solapas de la americana, hundió las manos en los bolsillos y se dirigió a la puerta. El mar del Norte, gris y furioso, se estampaba contra las rocas y contra el espigón levantando una cortina de espuma. Podía notar el salitre en el aire, el frío y cortante viento, lo que le llevó a preguntarse por qué alguien querría vivir allí.

Había unas cuantas personas fuera, esperando, con aspecto triste bajo la lluvia y el viento. Una pareja de viejos, una mujer joven con un niño pequeño embutido en un anorak y con pasamontañas de lana azul. McCoy asintió a modo de saludo y se colocó a su lado. Logró encenderse un cigarrillo tras varios intentos. Comprobó que, para variar, no le dolía el estómago. A lo mejor, las gachas de avena eran una buena idea, después de todo.

—Ya falta poco, hijo —dijo el señor mayor al ver la hora en su reloj—. Si estos bastardos tienen una cosa buena es que siempre son puntuales. Eso hay que reconocérselo.

En cuanto cerró la boca, la puerta de varios niveles de la entrada principal se abrió y la cruzó un hombre joven con la cabeza rapada, chaqueta y pantalones vaqueros y una bolsa bajo el brazo, con evidente gesto de frío. El niño pequeño gritó «¡Papá!» y echó a correr hasta saltar a sus brazos. Tras él apareció un hombre mayor que le hizo un gesto con la mano a la pareja de viejos y caminó hacia ellos. No salió nadie más. McCoy maldijo entre dientes. Si se había equivocado de fecha y tenía que arrastrarse hasta allí otra vez le iba a sentar como una patada en el culo. Esperó un minuto más, se secó las gotas de agua de la cara y se dio la vuelta para volver al coche. En ese preciso momento oyó una voz conocida.

—¿Qué cojones estás haciendo aquí?

Al mirar hacia la puerta vio que por ella estaba saliendo Stevie Cooper, con un paquete de papel marrón en la mano y una enorme sonrisa en la cara.

—Su carruaje le espera —dijo McCoy con una reverencia y señalando después hacia el maltrecho Vauxhall Viva.

Cooper se le acercó y lo estudió de arriba abajo. No parecía muy impresionado.

—Necesitas un traje nuevo —dijo—. Aunque no tienes mala pinta.

—Gracias —dijo McCoy—. Me alegro de verte.

—Ven aquí —dijo Cooper sonriendo.

McCoy negó con la cabeza.

—Ni hablar.

—Venga ya —insistió Cooper—. Solo quiero darte un abrazo. Te he echado de menos.

—Sí, claro —dijo McCoy dándose la vuelta para alejarse, pero Cooper no se movió, se quedó quieto, sonriendo, con los brazos abiertos. McCoy suspiró y se dijo que lo mejor sería pasar lo más rápido posible por ese trance. Cooper lo agarró, le colocó la cabeza bajo su brazo y empezó a frotar los nudillos contra la coronilla de McCoy.

—¿Te rindes? —le preguntó.

McCoy intentó decir que sí, pero no pudo articular palabra con la cara enterrada en la chaqueta de Cooper.

—¿Qué dices? —preguntó Cooper—. ¡No te oigo!

McCoy logró decir, con un hilo de voz, que sí y Cooper lo soltó.

—¿Hasta cuándo vas a seguir haciendo esto? —dijo—. ¿Qué edad tienes, Cooper? ¿Nueve años? Ya no somos dos críos.

Cooper le tendió la mano y tiró de él.

—Venga ya —dijo—. Deja de lloriquear. ¿Dónde está el pub más cercano?

McCoy se alisó la ropa y echaron a andar por el aparcamiento hacia el coche. Cooper se detuvo.

—¿Quién es ese? —preguntó—. El del coche.

—Ese… —dijo McCoy, sin estar muy seguro de lo que iba a decir—. Ese es Andrew Stewart, capitán retirado de la Armada de los Estados Unidos.

Cooper le miró a los ojos.

—¿Te estás quedando conmigo?

—Ya te lo explicaré —dijo McCoy abriendo la puerta del coche—. Entra de una vez, que se me están congelando las pelotas.

Veinte minutos más tarde, Cooper tenía una pinta de cerveza en la mano y estaba sentado en un rincón de un sórdido pub con el absurdo nombre de Peep Peeps Bar, El Mirón de Mirones. Se hallaba cerca de los muelles, fue el primero con el que se toparon; qué se le iba a hacer. Eran los únicos parroquianos, lo cual no resultaba sorprendente habida cuenta del deprimente recibimiento que les había dispensado el dueño, así como del estado del local. El televisor, sobre un estante en la pared, mostraba las carreras de caballos sin sonido y los diminutos radiadores no hacían gran cosa para paliar el frío. Cooper engulló media pinta de un trago y dejó el vaso sobre la mesa. Stewart se había ofrecido a ir a dar una vuelta para que pudieran «charlar un rato» y había salido a mojarse en la gris Aberdeen tras decir algo relacionado con los barcos del puerto.

—Dios santo —dijo Cooper secándose la boca—. Estaba deseando tomarme una. ¿Tienes tabaco?

McCoy le tendió un paquete de Number 10. Cooper tenía más o menos el mismo aspecto que siempre, tal vez un poco más pálido. Tupé rubio, cazadora roja con la cremallera subida y vaqueros. Daba la impresión de que había ganado algo de músculo en la cárcel, tenía los hombros más anchos. Debía de haber hecho ejercicio.

—Bueno, cuéntame cómo te ha ido —preguntó McCoy—. No se te cayó el jabón en la ducha, ¿verdad?

Cooper se encogió de hombros. No le rio la gracia.

—¿Eso es todo? —dijo McCoy—. Has estado ahí dentro casi seis meses. Algo te habrá pasado.

—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó Cooper.

McCoy asintió, aunque, de repente, dudó de si estaba haciendo lo correcto.

—Vale. Pídeme otra pinta y te lo cuento —respondió Cooper.

McCoy se acercó a la barra pensando en qué era lo que había cambiado en Cooper. Se dijo que todo seguía igual, que era el mismo de siempre, como cuando quería ascender, antes de convertirse en el Gran Jefe, protegido ahora por sus hombres y su dinero. El Cooper que no tenía nada que perder ni nada que temer. El Cooper peligroso. Lo cual hacía que el viaje a Aberdeen de McCoy tuviese menos posibilidades de éxito. Pero, a pesar de todo, debía intentarlo. Había un pequeño calentador de comida con tapa de cristal sobre la barra, con un par de pedazos de tarta reseca dentro. Daba la impresión de que llevaban semanas allí.

—¿Quiere uno? —preguntó el dueño al tiempo que dejaba las dos pintas de cerveza frente a McCoy.

Negó con la cabeza.

—Peor para usted —dijo el dueño, y retomó la lectura del periódico.

McCoy se llevó las pintas y las dejó sobre la mesa. Cooper tenía una moneda en la mano, se la pasaba entre los dedos, repiqueteaba con el pie en el suelo. Estaba nervioso. Le dio un trago a la cerveza y empezó a hablar.

—Los cabrones ya empezaron en la camioneta que nos traía aquí. En la cárcel te están esperando, lo saben todo de ti, saben cómo van a joderte, para asegurarse de que no puedas andar durante una semana. Jodiste a uno de los nuestros, pues ahora te vamos a joder nosotros.

—¿Te refieres a los guardias?

Cooper asintió.

—Le di una buena tunda a uno de esos bastardos en Barlinnie, por eso me enviaron aquí. Así que cuando te traen aquí te llevan a una de sus celdas, justo al fondo del pasillo para que nadie pueda oír nada, y te encuentras con que te están esperando cinco de ellos. Se hacen llamar la Brigada de los Golpes. Todos metidos en la celda, sacan las porras y los garrotes, se les pone bien dura, te retienen allí y cierran la puerta. —Sonrió—. Y te muelen a palos.

—Virgen santa —dijo McCoy.

—Empezaron a darme una y otra vez con las porras, me tiraron al suelo, y entonces uno me pateó los riñones con sus botas. Me defendí durante un rato, pero eran cinco contra uno. No tenía ninguna oportunidad, ¿no crees? Me desperté dos días después, desnudo sobre el suelo de cemento de la celda, que estaba cubierto de agua de mar. El viento soplaba por entre los barrotes. Estuve meando sangre durante una semana. Varias costillas rotas, los ojos morados, el lote completo.

Cooper le dio otro trago a su cerveza. Todavía repiqueteaba con el pie. Miró a McCoy. Sonrió.

—¡Joder, McCoy! ¡Alegra esa cara! Tú me has preguntado. Fue a mí al que le dieron la paliza, no a ti. A la mierda, ya pasó. No me fue tan mal cuando me pusieron en la celda adecuada.

—Tenía que hacer un frío del copón ahí dentro —comentó McCoy—. Justo frente a la costa.

—Qué va —dijo Cooper, negando con la cabeza—. Hacía un calor de la hostia.

—¿Qué? —preguntó McCoy.

—Tres hombres en una celda minúscula y una sucia tubería de agua caliente que la atravesaba. La mayor parte del tiempo parecía una puta sauna. Y, además, apestaba. Sudor y pedos y pis de tres hombres usando una única cubeta. —Cooper se recostó en la silla y exhaló varios anillos de humo hacia el techo, que con el paso de los años había adquirido el color de la nicotina. Estuvo mirando las carreras de caballos durante un minuto—. Entonces, ¿me vas a contar por qué has venido? —le preguntó—. No me creo que hayas conducido hasta aquí simplemente para ser mi puñetero chófer.

McCoy lo miró a los ojos. Cooper era bueno en algunas cosas, pero ser delicado no era lo suyo. Sabía perfectamente por qué se encontraba allí McCoy.

—Aberdeen está a doscientos cuarenta kilómetros de Glasgow —dijo McCoy—. No está en la otra punta del mundo. ¿Vas a decirme que aquí no llegan las noticias?

Cooper se mantuvo inexpresivo, con la vista clavada en el televisor. McCoy maldijo entre dientes. Iba a tener que soltarlo.

—De todas las personas con las que podrías haberte peleado un sábado por la noche de borrachera, tuviste que meterte con Pat Dixon.

—Se lo merecía —masculló Cooper.

—Es posible, pero no merecía que se te fuera la olla de ese modo. Le pegaste con tanta fuerza que le rompiste el hueso ocular y ha perdido la vista de un ojo. Eso serían tres años de condena como mínimo para alguien normal y corriente, pero, debido a su experiencia legal y a la cantidad de dinero que le pagas, nuestro querido Archie Lomax lo redujo a seis meses en el relativo confort de Barlinnie. Eso fue hasta que le diste, y cito, «una buena tunda» a uno de los guardias y acabaste en la Prisión de Su Majestad de Peterhead. ¿Quieres que siga?

Cooper se encogió de hombros. Siguió lanzando anillos de humo, sin dejar de repiquetear con el pie.

A McCoy se le escapó un suspiro. ¿Por qué las cosas nunca resultaban sencillas con Cooper? Prosiguió.

—Y como bien sabes, Pat Dixon, aunque tiene cierta reputación de tarado, no es nadie comparado con su hermano Jamsie. Sí, el mismo Jamsie Dixon que lleva entrando y saliendo de Barlinnie desde los dieciséis años. Me sorprende que nunca lo hayan mandado a Carstairs con el resto de los zumbados, pero para eso estás tú. Jamsie Dixon, psicópata a sueldo, ha decidido que tú, y vuelvo a citar, «estás jodidamente muerto» por lo que le hiciste a su hermano.

—Puedo manejar a Jamsie Dixon —dijo Cooper—. No es más que otro marrullero que quiere…

—No, no puedes —replicó McCoy—. Nadie puede. Es un puto animal. Tan animal que el miércoles tiene que ir a juicio por haber apuñalado diecisiete veces a un pobre cabrón que tropezó con él en un pub. También le arrancó la oreja de un mordisco, para quedársela de recuerdo. Lo bueno del asunto es que Jamsie no puede permitirse un abogado de campanillas como tú y se va a pasar unos cuantos años a la sombra. Así que lo único que tienes que hacer es apartarte de su camino y permanecer lejos de Glasgow hasta entonces.

Cooper reaccionó airado.

—¿Y eso por qué?

—¡Porque ya tengo suficiente mierda con la que lidiar como para que te metas en más problemas con los hermanos Dixon! —exclamó McCoy—. Desy vive en Gateshead. En cuanto aprecie una señal que le llame la atención, se presentará aquí como una exhalación y, si no te pilla, irá a por Billy o Jumbo y la cosa no parará nunca.

—Sí, claro. A Desy le pueden dar por culo —dijo Cooper.

McCoy intentó mantener la calma y habló despacio.

—Lo único que te pido es que no te metas en líos durante cinco días. Solo cinco días. Quédate en un hotel de por aquí, come en la habitación, ve la tele, hazte pajas, lo que quieras, pero mantente alejado de Glasgow hasta que Jamsie entre en prisión. ¿Te parece bien?

—Llevo seis meses haciéndome pajas —protestó Cooper con un gruñido.

—¡Vale, pues le pides al conserje que te consiga compañía! —gritó McCoy exasperado—. ¡En Aberdeen hay mucho de eso! —Se inclinó hacia delante—. Lo digo en serio, Cooper. He visto lo que Jamsie Dixon es capaz de hacerle a la gente. No es nada agradable.

—¿Por qué de repente te preocupas tanto por mí? —preguntó Cooper—. ¿Has conducido todos estos kilómetros solo para advertirme?

—Te equivocas —replicó McCoy—. No eres tú el que me preocupa. Soy yo. Murray ha vuelto y no está nada contento. Cree que hemos estado haciendo un trabajo de mierda y no se equivoca. Solo hay que leer los periódicos. Los titulares. Violencia en las calles de nuestra ciudad. La policía tiene que actuar. Esa clase de mierdas. Lo último que necesito es una pelea de bandas en las primeras páginas de los periódicos para aumentar el efecto.

En cuanto dijo esas palabras, deseó no haberlo hecho. Murray siempre ejercía de trapo rojo para Cooper.

—Así que ha vuelto, ¿eh? El Gran Jefe Murray —dijo.

McCoy asintió.

—Y por eso tienes que volver a besarle el culo, a correr detrás de él como si fueses su perrito faldero.

Si Cooper pretendía incomodarlo, lo estaba logrando. McCoy se esforzó por no reaccionar, por mantenerse impasible. Cooper se inclinó hacia delante, acercándose a su cara. Tenía aquella mirada que McCoy conocía tan bien. Esa mirada que significaba que estaba enfadado. Muy enfadado.

—Haré lo que me salga de la punta de la polla, McCoy —dijo sin separar los dientes—. Y ni tú ni Murray me vais a detener. ¿Lo pillas? Si crees que me voy a quedar aquí, escondiéndome como un perro asustado del puto Jamsie Dixon, estás muy equivocado. El gilipollas de su hermano empezó el asunto y yo lo acabé. Fin de la historia. Si Jamsie Dixon quiere seguir con el asunto es cosa suya, pero yo no me voy a echar atrás. Puede venir a por mí las veces que quiera. Y ahora ve a pedir otra pinta para mí.

Así era Cooper, siempre igual. McCoy no entendía cómo podía sorprenderle. Te ponía a prueba. Le había pedido a McCoy que le trajese una pinta no porque tuviese sed. Quería que lo hiciese porque se lo había pedido. Tenía que demostrar quién era el jefe, siempre había actuado de ese modo, desde que eran niños. Lo único que Cooper necesitaba era lealtad: o estabas con él o contra él, y si McCoy no le llevaba la pinta, estaría contra él. No tenía sentido que McCoy se encarase con él cuando estaba de ese humor.

—Stevie, por favor, apártate de Jamsie durante unos días, compórtate cuando estés en Glasgow, si eso es lo que quieres, pero no te metas en líos. Hazlo por mí, ¿de acuerdo?

Cooper agitó su vaso vacío frente a él.

—Una cerveza y un whisky y me lo pensaré.

McCoy asintió, agarró el vaso y se fue a la barra. Ignoró el nudo que sentía en el estómago y la sensación de que había vuelto al colegio, haciendo lo que Stevie le decía para que le protegiese cuando se presentaban los abusones y los Hermanos Cristianos. Le daba la impresión de no haber salido nunca de allí.

Para cuando Stewart regresó, Cooper ya se había bebido la mitad de la tercera pinta y estaba de mucho mejor humor. McCoy había hecho lo que le había pedido que hiciese, así que por lo que a él respectaba el mundo volvía a estar en orden. Incluso había dejado de repiquetear con el pie en el suelo.

Stewart se sacudió el agua de su chaqueta y se sentó.

—Menudo tiempecito —dijo—. ¿Queréis tomar algo?

—Una Coca-Cola —dijo McCoy—. Tengo que conducir.

—Una pinta —añadió Cooper—. Y un whisky doble. De malta.

Stewart se acercó a la barra y McCoy miró a Cooper.

—¿Qué pasa? —dijo Cooper—. Es yanqui, seguro que tiene pasta. Además, le estás haciendo un favor, ¿no es cierto?

—Sí —contestó McCoy—. Pero se lo estoy haciendo yo, no tú. Así que tómatelo con calma.

Stewart regresó con las bebidas en una bandeja y la dejó sobre la mesa.

—Harry me ha contado que te metiste en una pelea en un bar —dijo al sentarse.

Cooper asintió, esforzándose por no sonreír.

—Algo parecido.

—De joven, yo también me metí en unas cuantas —dijo Stewart—. Cuando pasas muchos días en alta mar, llegas a una ciudad extranjera y bebes demasiado, suele pasar. Los hombres somos así. Cuéntame, ¿qué pasó?

McCoy se activó de golpe, ansioso por escuchar la respuesta.

—Sí, Steve —dijo—. Cuéntale a Stewart qué te pasó.

Cooper no entró al trapo.

—Bueno, ya sabes, Andrew —dijo—. Soy un hombre de negocios y me veo obligado a tocar muchas teclas.

Stewart asintió. McCoy negó con la cabeza.

—¿En serio? Pues acaba tu copa, Nelson Rockefeller. Tenemos que montarnos en el famoso Viva y regresar a Glasgow.

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