Muerte en abril
13 de abril de 1974 » Cinco
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Cinco
McCoy tamborileaba con los dedos sobre el volante. Había tenido que detenerse a un lado de la carretera por enésima vez para que Cooper hiciese pipí. Demasiada cerveza. Lo único que podía ver a través de la cortina de lluvia era un campo salpicado de vacas de expresión triste que se apiñaban en busca de calor. No sabía dónde estaban, pero parecía un lugar deprimente. Se abrió la puerta del copiloto y Cooper se montó en el coche.
—Me estaba congelando —dijo soplándose los dedos—. No estoy acostumbrado.
—Esta es la última puñetera vez que paro el coche —le advirtió McCoy—. A partir de aquí, vas a tener que aguantarte.
Cooper no le hizo caso, se encendió un cigarrillo y se chupó el pulgar. McCoy suspiró, puso en marcha el motor, salieron de la zona de descanso y se adentraron de nuevo en la carretera. Como ruido de fondo se oían los comentarios sobre fútbol en la radio, y también el ir y venir de los limpiaparabrisas. McCoy estaba cansado y temía dormirse. Bajó la ventanilla, tomó aire un par de veces y volvió a subirla.
—¿Qué crees que puede haberle pasado a tu chico? —preguntó Cooper sin previo aviso. Apenas le había dirigido la palabra a Stewart.
—No tengo ni idea —respondió Stewart—. Espero que tu amigo me ayude a descubrirlo.
—Sí, bueno, has acudido a la persona ideal. McCoy es un gilipollas, eso por descontado, pero es un buen policía. Se le da bien lo de perseguir a la gente. Cantarles a los demás las cuarenta.
McCoy se esforzó por no replicar. Subió el volumen de la radio. Noticias de deporte.
«… y se ha confirmado hoy que George Foreman peleará contra Muhammad Ali el 24 de septiembre en el Zaire, en lo que se ha dado en llamar “La pelea en la selva”…»
Stewart soltó un silbido.
—Amigos, ese va a ser un combate de verdad.
—¿Te gusta el boxeo? —preguntó McCoy bajando el volumen.
—Supongo que sí —dijo Stewart—. Representé a mi país en las Olimpiadas del 48.
Cooper se dio la vuelta para mirarlo.
—¡Y una mierda!
Stewart asintió con una sonrisa.
—Lo hice. Me zurraron de lo lindo, pero allí estuve.
—Alucinante —dijo McCoy.
—Bueno, lo del boxeo estaba muy en boga en la Armada en aquellos tiempos —dijo Stewart—. Eran unos fanáticos. Lo único que querían era que ganásemos a los del Ejército en los combates anuales. Nos pasábamos el año entrenando. Yo logré noquear en el cuarto asalto al tipo que me tocó. Después llegaron las Olimpiadas. Mentiría si dijese que era lo bastante bueno para estar allí, pero recién finalizada la guerra no había demasiados jóvenes, así que me escogieron. Acababa de cumplir dieciocho, me enviaron a Londres con el equipo de Estados Unidos y, amigos, fue la leche. Todavía funcionaba el racionamiento, la mitad de la ciudad estaba destruida y deseaba con todas mis fuerzas volver a casa. En particular, después de que aquel tipo de Sudáfrica me noquease.
—¿Y quién va a ganar? —preguntó McCoy—. ¿Ali o Foreman? Danos tu experta opinión para que pueda apostar todo mi dinero y retirarme a Barbados.
Stewart recapacitó durante unos segundos.
—Si por mi fuera, apostaría por Ali. No es el favorito, pero tiene posibilidades. Sabe pelear. Y odia perder.
—¿Qué haces esta noche, Stewart? —preguntó Cooper.
—¿Yo? —respondió Stewart—. No gran cosa. Supongo que pillaré una habitación en un hotel en Glasgow. McCoy me ha dicho que me ayudará a buscar a Donny mañana. No tiene mucho sentido ir a Dunoon para regresar después.
Cooper asintió. Estaba sonriendo. McCoy lo miró. No se le ocurría en qué estaría pensando Cooper, pero, por el gesto de su cara, sin duda estaba tramando algo.
Stewart se inclinó y miró hacia el asiento de delante.
—Lo de mañana sigue en pie, ¿verdad que sí, Harry? ¿Todo en orden?
McCoy asintió. Después de todo, se lo había prometido.
—¡Genial! Bueno, supongo que si eso está arreglado —dijo Stewart—, pillaré una habitación y me encontraré con Harry por la mañana.
Acababan de dejar atrás Stirling, a treinta kilómetros de Glasgow, cuando Cooper finalmente enseñó sus cartas.
—Te he dicho que tengo que tocar muchas teclas —dijo—. Una de esas teclas tiene que ver con el boxeo. Me interesan los nuevos boxeadores. A lo mejor podrías venir conmigo y echarles un vistazo a algunos de ellos, ver qué te parecen.
A Stewart le desconcertó un poco la proposición.
—Sí, claro —dijo—. Estoy un poco fuera de onda, pero de acuerdo.
—¡Estupendo! —exclamó Cooper—. Entonces iremos a ver unos combates. Esta noche, en Govan Town Hall, pelea un tipo, no estaba seguro de si llegaría a tiempo.
McCoy no podía creer lo que estaba oyendo. Se volvió hacia Cooper.
—¿Desde cuándo te interesan los boxeadores? —le preguntó—. ¿Cuándo te dio por ahí?
—Hace un tiempo —respondió Cooper—. No tengo por qué contártelo todo.
—¿Vendrás con nosotros, Harry? —preguntó Stewart—. Permitidme que os invite a cenar. Decid que sí.
McCoy iba a responder que no, porque odiaba el boxeo y no tenía ninguna intención de ver cómo alguien llenaba de sangre todo el ring. Pero entonces habló Cooper.
—Por supuesto —dijo—. Quiere tenerme controlado, asegurarse de que no hago ninguna tontería. ¿A que sí, McCoy?