Muerte en abril
13 de abril de 1974 » Seis
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Seis
Los boxeadores de Cooper estaban vinculados al Gimnasio Morrison, en la calle Sydney. McCoy aparcó el coche en la puerta y bostezó. Estaba cansado, tenía el cuerpo agarrotado y le dolía el cuello. Normal, había estado conduciendo durante unas nueve horas. Sacudió la cabeza con la intención de despejarse un poco.
—Es ahí —dijo Cooper mirando por la ventanilla—. Los chicos ya tendrían que estar dentro.
—Pues veamos qué tienes —dijo Stewart—. ¿Vienes, Harry?
McCoy negó con la cabeza.
—Llevo todo el día metido en el coche. Necesito un poco de aire fresco. Nos encontramos ahí dentro de unos veinte minutos.
Stewart asintió y salieron del coche. McCoy se encendió un cigarrillo. Cooper y Stewart se alejaron. Cooper le hablaba de un peso medio en Motherwell al que le había echado el ojo. Ahora eran buenos amigos.
McCoy los dejó allí y enfiló la calle. En realidad, no necesitaba aire fresco, simplemente no quería pasar más tiempo del imprescindible en un gimnasio de boxeo. Giró por la calle Duke cuando empezó a llover, aunque no demasiado, tan solo lloviznaba. Apreció el olor a malta proveniente de la cervecera Tennent’s que se encontraba un poco más arriba en esa misma calle.
Era esa curiosa hora de la tarde de los sábados en la que todo el mundo ya ha vuelto a casa del fútbol o de comprar y todavía nadie ha salido para pasar la noche fuera. La calle Duke estaba muy tranquila, ni siquiera había mucho tráfico, tan solo el habitual ruido de los autobuses de la Corporación. Le costaba creer que ahora a Cooper le hubiese dado por invertir en boxeo. Pero si le mantenía ocupado y lejos de Jamsie Dixon, a McCoy le parecía bien. Se detuvo ante una cabina de teléfono, abrió la puerta y vio el rizado cable negro colgando, sin receptor en el extremo. Habían escrito con espray en el cristal REAL CALTON TONGS. Maldijo, soltó la puerta y echó un vistazo alrededor. El pub Shuna estaba un poco más arriba, en la esquina con la calle John Knox. Parecía la mejor opción. Entró en el local, la mayoría de los clientes observaban los resultados del fútbol en la televisión, y se pidió una pinta. Se la llevó hasta donde estaba el teléfono, metió las monedas y marcó el número de la comisaría. Pidió que le pusieran con Wattie.
—¿Sigues con vida? —preguntó McCoy.
—Por poco —respondió Wattie—. No sé qué es peor, la resaca o la bronca que me ha echado Mary.
—Te lo mereces. ¡Tuve que arrastrarte por toda la puta calle! —dijo McCoy.
—¿Así llegué a casa? —preguntó Wattie—. No lo tenía claro. Nunca más. Es decir, hasta la próxima vez.
—¿Qué tal por ahí? —preguntó McCoy.
—Nada importante —respondió Wattie—. Llevo toda la tarde sentado a mi mesa intentando volver a sentirme persona. Thomson se ha pasado el día yendo y viniendo a las apuestas y ahora está comprobando los resultados. Ah, sí, sabía que algo había pasado. Al parecer, los chicos de la Brigada Especial ya se han hecho cargo del tema de la bomba. Han estado todo el día en el apartamento, según Murray. Fue allí y los vio.
—¿Ha comentado algo más? —preguntó McCoy.
—No gran cosa. Que los de la Brigada Especial no creen que esté conectado con los paramilitares irlandeses. De ninguno de los dos bandos.
—¿Cómo? —exclamó McCoy—. No lo pillo. ¿Quién cojones más puede estar haciendo bombas en Glasgow?
—No lo sé, pero al parecer a los de la Brigada Especial no les preocupó mucho. Le dijeron a Murray que seguramente había sido un pirado resentido con alguien y que se dio cuenta demasiado tarde de que montar una bomba no era tan sencillo.
—¿Resentido? —preguntó McCoy—. ¿Están de broma?
—¿Quién cojones puede saberlo? —dijo Wattie—. A lo mejor era alguien al que habían despedido o algo parecido y se le fue la olla. En cualquier caso, nos han dejado a nosotros el marrón de limpiar todo aquello, de ponernos en contacto con su familiar más cercano y de descubrir qué ha pasado. No les habrá dado la gana de esforzarse. ¿Dónde está usted?
McCoy echó un vistazo al pub. Bajo un chisporroteante tubo de neón que iluminaba una pared cubierta de terciopelo rasgado, un viejo se había sacado la dentadura postiza y la limpiaba tranquilamente con un pañuelo sucio mientras leía el periódico. Dos hombres de mediana edad estaban apuntalados en la barra, tan borrachos los dos que apenas podían mantenerse verticales. Y para rematar la panorámica, un perro que había logrado colarse olisqueaba el suelo del local.
—En el infierno, me temo. Nos vemos el lunes.
McCoy colgó el teléfono y observó su pinta de cerveza. Daba la impresión de tener una película de aceite encima, sobre la que se había formado un arcoíris al reflejar los colores de la televisión. Se le revolvieron las tripas, no tenía claro si podría soportarlo. Acababa de pedir un whisky cuando oyó una sirena, que sonó con más fuerza al pasar frente al pub. Se dijo que la noche de los sábados empezaba temprano. Pero cuando le estaba dando un trago al whisky, oyó pasar otra sirena. Y después otra. Eso era algo más que la noche del sábado. Se acabó el whisky de un trago.
No le resultó complicado seguir el centelleo de las luces colina arriba hacia la catedral. Para cuando llegó allí, había dos camiones de bomberos y tres coches patrulla aparcados fuera, con las luces centelleando. Varios agentes uniformados estaban tendiendo una cinta de seguridad. La catedral de Glasgow era enorme, un gran edificio oscuro justo al lado del Royal, el hospital docente de la ciudad. Allí mismo, como una gigantesca sombra en la oscuridad, estaba la Necrópolis, en la colina. Fuera lo que fuese, había ocurrido en el interior; dos agentes estaban apostados en la puerta principal, los bomberos entraban y salían.
Detuvo a un agente y le enseñó su tarjeta.
—¿Qué ha pasado?
—Una explosión, señor, dentro de la catedral.
—¿Una explosión? —preguntó McCoy—. ¿Qué clase de explosión?
El joven uniformado miró a un lado y a otro, como para comprobar si alguien podía oírlos.
—Creen que ha sido una bomba, señor, en el altar.
McCoy maldijo entre dientes. Al parecer, el tipo que había estado construyendo bombas en la calle West Princes había montado más de una.