Muerte en abril
13 de abril de 1974 » Siete
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Siete
McCoy no había entrado nunca en la catedral, nunca había tenido un motivo para hacerlo, así que ignoraba por completo lo grande que era. Parecía no acabar nunca, los altos techos, los pequeños nichos en los costados, las vidrieras policromadas y los suelos de baldosas que amplificaban el sonido de sus tacones al caminar hacia el grupo de personas que se encontraba en un extremo.
—¿Otra vez usted?
Se dio la vuelta y el corpulento bombero con el que se había cruzado en la calle West Princes surgió de entre las sombras de una columna.
McCoy asintió.
—Es otra…
—¿Otra bomba? —preguntó—. Sí. Venga ya.
Caminaron hacia la pared más alejada. Ahora que estaba más cerca pudo apreciar la gran cruz ornamentada que colgaba de uno de los costados; presentaba quemaduras, como la pared que tenía detrás.
—La pusieron en el altar —dijo el bombero—. No ha causado muchos daños. La explosión se disipó debido al espacio. Un par de telas bordadas prendieron, pero pudimos apagarlas rápido. Aunque el altar está destrozado. No quedan más que añicos.
Al acercarse, McCoy se fijó en un cura sentado en uno de los bancos de la primera fila, vestido de negro, con alzacuellos y evidente gesto de consternación. No esperaba encontrarse con la persona que estaba sentada tras él. El detective McCormack le tendió la mano y se saludaron.
—Un poco lejos de tu zona, ¿no? —preguntó McCoy.
McCormack asintió.
—Estaba en el hospital, visitando a una persona, cuando oí las sirenas. El señor Morris fue quien llamó.
El cura alzó la vista hacia McCoy.
—Me encontraba en la rectoría cuando oí la explosión. Vine corriendo. El altar estaba destrozado, creí que la cruz caería también. Llamé a emergencias y…
Dio la impresión de quedarse sin palabras. Parecía totalmente superado.
McCormack le palmeó el hombro y se puso en pie.
—¿Quieres verlo? —le preguntó.
McCoy no tenía ni idea de cómo era antes el altar, pero ahora no mostraba muy buen aspecto. Apenas quedaba una pila de madera humeante y restos de mármol, húmedos debido al agua que los bomberos habían usado para apagar el fuego. Los bomberos empezaron a recoger su material. Retiraron los restos de una pancarta de tela quemada y húmeda del techo.
—¿Estaba cerrada la catedral? —preguntó McCoy.
McCormack negó con la cabeza.
—El señor Morris, el cura, no está seguro. Me ha dicho que a veces se olvida de cerrar, aunque me ha pedido que no se lo dijese a nadie.
McCoy vio cómo caía la pancarta del techo encima de uno de los bomberos. Sus compañeros se echaron a reír mientras él intentaba zafarse de ella.
—Hoy es Sábado Santo —dijo McCoy—. Una bomba en la catedral. ¿Qué sentido tiene? ¿Algo religioso?
McCormack sonrió.
—Tú sabes más de eso que yo. No hay mucho sectarismo en Ballachulish.
—Mucha oveja asustada —comentó McCoy.
—Algo así —dijo McCormack—. Sea cual sea la motivación, me parece más una protesta que cualquier otra cosa. Ha sido una bomba pequeña, nadie ha resultado herido.
—Pero ¿por qué aquí? —preguntó McCoy.
—Eso —aclaró McCormack— es lo que te toca descubrir a ti. Yo me voy a casa. No quiero malgastar ninguno de mis días libres en asuntos de la policía.
McCoy lo vio alejarse. Lo entendía perfectamente, no era su caso y estaba fuera de servicio. Él habría hecho lo mismo. Nunca se había cruzado con McCormack en un bar de polis, siempre parecía estar en su mundo, pero a McCoy le gustaba. Sabía lo que se hacía.
Se sentó en un banco y se puso a pensar. ¿Por qué esta iglesia? ¿Y por qué en el altar? Suponía una falta de respeto mayúscula, porque el altar era el lugar más sagrado de una iglesia. Los que habían puesto la bomba o bien eran católicos furibundos con un odio tremendo al protestantismo, o bien algún tipo de chalados anticlericales. Pero ninguna de las dos opciones parecía tener mucho sentido. Alzó la vista y la fijó en la cruz torcida en la pared. La verdadera pregunta era: ¿se trataba de eso? ¿Una única bomba a modo de protesta o habría más bombas en otras iglesias? Si el tipo de la calle West Princes había construido la suya, fácilmente podía haber otros que hubiesen hecho lo propio.
Se puso en pie, se detuvo un segundo para persignarse y se dio la vuelta. Vio que Murray estaba recorriendo el pasillo hacia él, con las manos embutidas en su abrigo de piel de oveja. Su cara era un poema.
—¿Qué te parece? —preguntó—. ¡Una bomba en un lugar como este! Yo me casé aquí. Es una vergüenza.
McCoy asintió. Le daba la impresión de que su jefe se lo iba a tomar como algo personal. Lo último que necesitaban.
—El daño ha sido menor —dijo.
—Ya veo —confirmó Murray observando lo que quedaba del altar—. Malditos vándalos.
—¿Cree que ha sido eso? —preguntó McCoy.
—Podría ser.
—Los vándalos suelen pintar con espray, romper unas cuantas cosas. Para ser sincero, no los veo construyendo una bomba.
—Entonces, ¿quién ha sido? —preguntó Murray al tiempo que sacaba su pipa y se la colocaba en la comisura de la boca.
—El tipo de la calle West Princes, supongo.
—¿Con qué motivo? ¿Por qué aquí?
McCoy alzó las manos para indicar que se rendía.
—Usted sabe tanto como yo. Faulds está haciendo algunas pesquisas, para ver si se trata de una cuestión religiosa. Con un poco de suerte, llegaremos a tener más información de quien ha montado las bombas y eso nos dirá algo. Se trata de una bomba pequeña, nadie ha resultado herido, podría haber sido mucho peor.
—Estupendo —dijo Murray—. Pues entonces no hay nada de que preocuparse. Solo una puta explosión en la catedral de Glasgow, nada más.
—No es eso lo que quería decir —replicó McCoy midiendo sus palabras.
Murray soltó un gruñido. Volvió a meterse la pipa en el bolsillo.
—Tenemos que llegar al fondo de este asunto, y rápido. Aunque no se trate más que de la idea de algún idiota o de un jodido chiste o de la protesta de un estudiante. No quiero más bombas en Glasgow. ¿Me has oído?
McCoy asintió con el corazón en un puño. Estaba en lo cierto. Murray se lo estaba tomando como algo personal.