Muerte en abril

Muerte en abril


13 de abril de 1974 » Ocho

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Ocho

McCoy se había hecho una idea de lo que era un gimnasio de boxeo viendo películas. Marcado por el odio, Fat City, ciudad dorada, cosas de ese estilo. Echó un vistazo a su alrededor. Por lo que podía apreciar, sus previsiones eran bastante acertadas. El gimnasio Morrison era una gran sala con fluorescentes, sacos de boxeo colgando del techo, colchonetas de espuma en el suelo, mancuernas en ganchos metálicos en la pared y un ring elevado justo en el centro. Las paredes estaban cubiertas de fotografías enmarcadas de boxeadores, carteles de combates, hombres de aspecto maltrecho sosteniendo grandes cinturones. Había un par de jóvenes calentando en el fondo del gimnasio, saltando a la cuerda, esquivando y dando golpes al aire. El local olía a sudor y a esos ungüentos para frotar extremidades doloridas. Lo único que faltaba para completar la instantánea era un viejo con chaleco mascando un puro y a Paul Newman con un ojo morado.

McCoy tomó una silla de una pila, se sentó junto a un enorme bidón de latón que hacía las veces de cenicero al lado de la puerta y encendió un cigarrillo. Pudo ver a Stewart y a Cooper al otro lado de las cuerdas. Estaban observando a dos tipos muy delgados peleando, con cascos y almohadillas puestas. Stewart señalaba cosas, hablaba con Cooper, ejemplificaba golpes y movimientos. Cooper daba la impresión de estar fingiendo que entendía de lo que le estaba hablando, asintiendo de vez en cuando.

Los tipos que estaban en el ring eran menudos, se les marcaban las costillas a través de la pálida piel, parecían muy jóvenes. Tenían que ser peso mosca o como quiera que se llamase, supuso. Daba la impresión de que necesitaban comer en condiciones y pasar unos cuantos días tomando el sol. Durante el entrenamiento, dedicaban la mayor parte del tiempo a intentar evitarse más que a golpearse el uno al otro, pero tal vez ese era el objetivo del ejercicio. Siendo sincero, lo que McCoy sabía de boxeo podía escribirse en la parte de atrás de un sello postal muy pequeño.

Su mente empezó a vagar acompasada por el sonido de los golpes y de los saltos sobre la lona. Lo que le había dicho Wattie por teléfono no parecía tener mucho sentido, probablemente todavía estaba medio borracho, pero algo sí le había quedado claro: las bombas habían entrado a formar parte de la función. Buscar a Donny Stewart quedaría relegado, con toda probabilidad, a un segundo plano durante un tiempo. Aun así, había prometido ayudar a su padre al día siguiente y ahora no podía echarse atrás. McCoy ni siquiera estaba seguro de qué había ocurrido en la calle West Princes. ¿Qué se suponía que era exactamente volar por los aires cuando estabas preparando una bomba? ¿Muerte por infortunio? ¿Muerte accidental? A decir verdad, poco importaba. No iban a acusar formalmente de nada a aquel tipo, se limitarían a arrancar sus dientes de la pared y enviárselos a su madre.

La verdadera pregunta era: ¿cuántas bombas más habría construido aquel tipo? La que había explotado en la catedral ¿era la primera o la última? Y si había fabricado más, ¿dónde estaban? ¿Estarían en algún sitio esperando para explotar? A lo mejor tendría que volver a hablar con Faulds. Aunque no tuviese nada que ver con Irlanda del Norte, seguían siendo bombas y él era la única persona en el cuerpo de policía que parecía saberlo todo sobre ese asunto.

Sonó una campana y McCoy alzó la vista. Los dos tipos delgados salieron por entre las cuerdas y dos tipos mucho más pesados subieron al ring, se tocaron los guantes y empezaron a bailar uno alrededor del otro. McCoy se acabó el cigarrillo, lo lanzó al bidón de latón y se acercó a donde estaban Stewart y Cooper. Quería saber cuánto rato iban a permanecer allí, tenía hambre. Stewart estaba plenamente concentrado, señalando hacia el ring.

—Ese tipo tiene buenos pies, buena rotación, buenas caderas, pero se acerca demasiado al otro. Debe dar medio paso atrás, porque si no va a arruinar su juego.

—Creo que también debería inclinar un poco la cabeza —dijo Cooper, y Stewart asintió.

—Sí, yo también me había fijado —reconoció.

McCoy estaba sorprendido. Tal vez Cooper sabía algo más de boxeo de lo que él creía. Se preguntó en qué otras cosas estaría invirtiendo Cooper. Tenía demasiado dinero en efectivo proveniente de las drogas y estaba obligado a librarse de él. Su contable siempre le decía lo mismo. Por lo que McCoy recordaba, tenía un par de pubs, varias tiendas y una discoteca cutre llamada Sparkles, nada menos que en Airdrie. Los boxeadores debían de ser su nuevo pasatiempo.

—¿Tienes hambre, Harry? —preguntó Stewart apartándose del ring.

McCoy asintió.

—Yo también —dijo Stewart—. ¿Steve?

Cooper no apartó la vista de los boxeadores.

—Solo quiero ver a uno más de estos y habremos acabado.

McCoy suspiró, regresó a su silla y encendió otro cigarrillo. Esperó. El dolor de estómago le estaba matando.

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