Muerte en abril

Muerte en abril


13 de abril de 1974 » Nueve

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Nueve

McCoy estudió la carta. No solo había unos cien platos diferentes, sino que además todo estaba escrito en francés. Alzó la vista, Stewart había sacado sus gafas del bolsillo superior y examinaba la lista de vinos sin darse cuenta de que Cooper parecía tan perdido como McCoy. Estaban en el restaurante Malmaison del hotel Central. McCoy solo había comido allí en una ocasión. Murray cumplía cincuenta años y el menú ya estaba pactado, no tuvo que escoger nada. El local era impresionante. Había candelabros que colgaban del techo, los manteles eran blancos, las alfombras lujosas y apenas se oía el discreto tintineo de las copas y la cubertería. El Central era el hotel donde Stewart se había registrado para pasar la noche, había pedido una suite en la recepción. McCoy no tenía ni idea de cuánto podía cobrar un capitán, pero debía de ser un buen pico.

—¿Sabéis lo que queréis? —preguntó Stewart, mirándolos por encima de las gafas.

—Más o menos —dijo McCoy, a punto de dejarse llevar por el pánico—. ¿Qué vas a tomar tú?

—Creo que voy a optar por el salmón ahumado y el bistec —respondió Stewart.

—Me parece bien —dijo McCoy cerrando la carta.

—Yo también voy a pedir lo mismo —dijo Cooper, tras dejar la carta sobre la mesa.

Stewart hizo una seña al camarero para que se acercara.

—Tres saumon fumé, tres filet de bœef, al punto, unas patatas fritas y una botella de Bordeaux del 52.

El camarero asintió y no tardó en desaparecer.

—He llamado a la base de Holy Loch desde la habitación —dijo Stewart—. No hay señales de Donny. —Intentó sonreír, pero fue incapaz de hacerlo.

—Volverá —dijo McCoy—. Es un hombre adulto, no le habrá pasado nada.

Stewart asintió. No parecía muy convencido.

—Nos pondremos con eso mañana. Alguien tiene que saber algo —dijo McCoy con una convicción mayor de la que realmente sentía—. Lo encontraremos.

Stewart volvió a asentir, parecía algo más animado.

—Gracias, Harry. Lo valoro mucho.

Llegó el camarero con tres platos de salmón ahumado y los dejó con una floritura. Cooper observó el pescado, de un pálido color naranja, con algo parecido al horror. Arrancó un pedazo con el tenedor, se lo acercó a la nariz y olisqueó. Lo volvió a dejar en el plato y se puso en pie.

—Vuelvo en un minuto —dijo.

McCoy dio por supuesto que tenía intención de ir al lavabo, pero caminó en dirección contraria. No tardó en entender por qué. Billy Weir estaba en la puerta de entrada del restaurante, mirando a su alrededor anonadado. El número dos de Cooper se encontraba fuera de lugar entre todos aquellos trajes y vestidos elegantes. Él iba vestido con una chaqueta bomber, vaqueros con parches y el pelo revuelto. Cooper le dio un abrazo y se dirigieron hacia la barra. En teoría, McCoy no tenía nada de lo que preocuparse, Billy había estado al mando mientras Cooper se hallaba en prisión, así que tan solo le estaría poniendo al día, pero sí que se inquietó. Le dio la impresión de que pasaba algo y que muy probablemente tendría que ver con Jamsie Dixon.

Llegó el vino y Stewart lo cató, asintió y el camarero llenó las copas.

—Supongo que sabes que este restaurante es muy caro —dijo McCoy y dio un trago de vino. Las características de aquella cosecha le resultaron ajenas: le supo como cualquier otro vino de los que había probado—. Y vas a pasar la noche en una suite. No sabía que el sueldo en la Armada era tan bueno. A lo mejor debería alistarme.

Stewart sonrió.

—No lo es. El dinero me viene de mi bisabuelo. Fábricas de algodón.

—¿Mucho dinero? —preguntó McCoy.

A Stewart parecía darle un poco de reparo el tema.

—Bueno, supongo que podría decirse que sí.

—Lo siento —dijo McCoy—. No pretendía ser entrometido. Lo que quiero decir es si la familia tiene tanto dinero como para que alguien decidiera pedir un rescate por tu hijo.

Stewart se recostó en la silla.

—Mierda. No había pensado en eso.

—¿Sería posible?

Stewart asintió.

—Dinero hay, pero Donny no es de esas personas que alardean. Más bien le avergüenza. A él le gusta decir que ese dinero se consiguió gracias al esfuerzo de los trabajadores. No creo que nadie esté al corriente de ese detalle.

—Doy por supuesto que todo el mundo sabe que Donny es tu hijo —dijo McCoy.

Stewart asintió.

—Supongo que no resultará muy complicado sumar dos más dos —dijo McCoy—. ¿Cómo se llaman las fábricas?

—Algodones Stewart —contestó Stewart.

—Ahí lo tienes —insistió McCoy.

—Pero no ha habido contacto alguno, nadie ha solicitado un rescate —dijo Stewart.

—Todavía no —dijo McCoy—. En el caso del heredero de la familia Getty, un caso que salió en los periódicos, tardaron muchísimo tiempo en pedir dinero. A lo mejor se han inspirado en él.

—Dios mío… —Stewart rebuscó en un bolsillo de la americana y sacó un sobre—. Me he traído de casa algunas fotos de Donny, para enseñárselas a la gente.

—Buena idea —dijo McCoy.

Stewart le tendió una de las instantáneas.

—El día de su graduación.

Era una fotografía de medio cuerpo de un joven vestido con el uniforme y la gorra de la Armada. McCoy quiso encontrar algún parecido con su padre, pero no tuvo gran cosa de la que echar mano: el mismo color de pelo, rubio oscuro, pero Donny Stewart no tenía la corpulencia de su padre, era más bien alto y delgado; daba la impresión de que un golpe de aire podría llevárselo volando. Le devolvió la fotografía. Alzó la vista cuando Cooper atravesó de nuevo la puerta del restaurante, se abrió camino entre las mesas, acompañado de algunas miradas de desaprobación a sus vaqueros y a su camisa de manga corta, y se sentó.

—¿Qué pasa con vosotros dos? —preguntó.

—Nada —dijo McCoy—. Estábamos hablando del hijo desaparecido de Stewart.

Cooper adelantó su silla y miró a Stewart.

—Mira, colega, lo vamos a encontrar. McCoy es un buen poli y yo tengo contactos por toda la ciudad. Contactos al otro lado de la ley, no sé si me entiendes. Lo encontraremos.

Stewart asintió y alzó su copa.

—Por vosotros dos. Bien sabe Dios lo perdido que estaba sin vosotros.

Brindaron y Cooper se bebió de un trago el vino de su copa.

—Entonces —dijo—, ¿mis muchachos saben pelear? ¿O estoy tirando el dinero?

—No lo estás tirando en absoluto —contestó Stewart—. Uno de ellos puede ser realmente bueno, el peso medio de pelo negro. Aunque tendría que verlo en un combate de verdad. Entrenar es una cosa, pero lo que importa es observar cómo se comporta en el ring. Veremos si tienes a un campeón o no.

—Será mejor que sí —dijo Cooper—. He metido bastante dinero.

—Los chicos que hemos examinado esta noche, ¿son todos los que llevas? —preguntó Stewart—. Ahí hay mucho talento…

Stewart y Cooper siguieron hablando, pero McCoy dejó de escucharlos. Algo había cambiado. El tintineo de la cubertería y de las copas había cesado, nadie hablaba, el salón había quedado repentinamente en silencio. Al alzar la vista entendió el porqué.

Jamsie Dixon, con el pelo largo y rubio, ataviado con un largo abrigo de cuero, estaba atravesando con rapidez el restaurante, en dirección a Cooper.

—¡Stevie! ¡Cuidado! —gritó McCoy.

Fue lo único que pudo decir antes de que Jamsie Dixon se colocase detrás de Cooper con una navaja abierta en la mano. Golpeó con ella hacia abajo, pero Cooper se apartó justo a tiempo; la navaja le cortó en el brazo, no en la cara. Cooper se puso en pie de inmediato y apartó la silla. Agarró el cuchillo de la carne que estaba en la mesa y se volvió para enfrentarse a Dixon. Se abalanzó sobre él y arremetió con el cuchillo. Dixon dio un salto, se revolvió y atacó de nuevo con su navaja.

Daba la impresión de que la escena se desarrollaba a cámara lenta. McCoy pudo fijarse en los rostros de espanto en el comedor, la expresión de odio en la cara de Dixon, la boca abierta de Stewart y la navaja cortando de nuevo el brazo de Cooper.

Cooper gritó:

—¡Hijoputa!

Agarró a Dixon por la muñeca y logró hacerle perder el equilibrio. Dixon intentó zafarse, pero tropezó con la pata de una silla y cayó sobre la alfombra. Cooper pisó con rapidez la mano con la que Dixon sostenía la navaja y este lanzó un grito; acabó soltándola. Cooper se acuclilló sobre él, alzó el cuchillo, dispuesto a clavárselo a Dixon en la cara, pero McCoy se lanzó desde la mesa y empujó a Cooper.

Cooper cayó de lado y, debido a la inercia, McCoy cayó encima de él. Eso era todo lo que Dixon necesitaba. Se puso en pie y echó a correr hacia la puerta, tropezando en el camino con el carrito de los postres y el camarero que lo empujaba. Abrió la puerta y salió a toda prisa.

Pasaron varios segundos de silencio antes de que empezasen los gritos y los chillidos y de que Cooper le insultase y Stewart les preguntase si estaban bien. McCoy le tendió la mano a Cooper para ayudarle a levantarse. Tenía la camisa y los vaqueros cubiertos de sangre; intentó no fijar la vista. El maître apareció como salido de la nada. Preguntó si alguien había resultado herido y les dijo que iba a telefonear a la policía. McCoy sacó su cartera y mostró su tarjeta. Le dijo que todo estaba bien. El maître asintió, llamó al personal de sala y los camareros se afanaron por arreglar aquel desaguisado. Lograron que todo estuviese otra vez en su sitio mucho antes de lo que cabía esperar. El maître golpeó varias veces con un cuchillo el costado de una copa de cristal para llamar la atención de todos los presentes.

—Damas y caballeros, les ruego disculpen el alboroto. Para ayudarles a que todo regrese a la normalidad, permítanme invitarles a una copa de whisky. ¡Gracias!

Le dedicaron unos pocos aplausos, la gente empezó a reír y a hablar de nuevo. Como si nada, una situación aterradora se había convertido en una anécdota que podrían contarles a sus amigos. Fuera quien fuese aquel maître, sabía cómo llevar un restaurante. McCoy miró a Cooper, que estaba de pie, a un lado, respirando sonoramente, su expresión transmitía ira mientras uno de los camareros se esforzaba por vendarle el brazo con una servilleta blanca de lino. Stewart le pidió al maître que sirviesen los bistecs en su suite, acompañados de otra botella de vino. Le metió un billete de veinte libras en la mano.

—Vamos arriba, chicos —propuso—. Dejemos que limpien todo esto.

Veinte minutos más tarde, estaban sentados alrededor de una mesa en la suite de Stewart. Se hallaba en la planta superior del hotel, así que a través de las ventanas podía verse la ciudad al completo a sus pies. Parecía que eran tres o cuatro habitaciones interconectadas; en cualquier caso, tenía dos veces el tamaño del apartamento de McCoy. Cooper estaba sentado a la mesa en camiseta y calzoncillos, los brazos envueltos con servilletas manchadas de sangre, bebiéndose el vino a grandes tragos, como si no hubiese un mañana. McCoy alzó la vista de su bistec a medio terminar, tenía la intención de disculparse con Stewart por lo que acababa de ocurrir. Lo último que esperaba en esa situación era que Stewart lo mirase con una gran sonrisa.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

Stewart asintió.

—Ya tengo algo que contarles a los chicos cuando vuelva a casa. —Alzó la copa—. ¡Salud! —Se volvió hacia Cooper—. Hay varios trajes y camisas míos en el armario del dormitorio. Debemos de tener la misma talla, más o menos. ¿Quieres probarte alguno para ver si te queda bien?

Cooper asintió. Se puso en pie y caminó descalzo hasta la otra habitación. Stewart le observó alejarse, esperó hasta que no pudiese oírlos y se volvió hacia McCoy.

—¿Te importaría contarme qué ha pasado ahí abajo? —preguntó.

McCoy se encogió de hombros.

—Digamos que Cooper estaba en la cárcel por algo más que una pelea en un bar.

—¿Quieres decir que es un chico malo? —preguntó Stewart—. No lo entiendo. ¿Cómo es posible que, siendo policía, seas amigo de un tipo como ese?

—Es una larga historia —respondió McCoy—. Nos conocemos desde hace muchos años.

—Está bien —dijo Stewart—. Bueno, si es amigo tuyo es amigo mío. Si algo me enseñó la Armada es a aceptar a la gente como es. ¿Y ahora qué?

—Ahora iremos al combate de boxeo como si no hubiese pasado nada —dijo McCoy.

—¿Estás seguro? —preguntó Stewart—. ¿Crees que seguirá teniendo ganas de ir? ¿Con todos esos cortes?

McCoy asintió.

—No lo dudes. No muestres temor alguno. No permitas que nadie sepa que te han herido. Así funcionan los tipos como Cooper.

—Suena como lo que nos decían en la Citadel —dijo Stewart.

—¿Qué es la…?

—Pues no me queda nada mal —le interrumpió Cooper entrando en la habitación. Llevaba puesto un traje de color gris, con una camisa azul celeste. Parecía que se lo hubiesen hecho todo a medida.

—Tienes buena pinta —dijo Stewart.

—¿De dónde es esto? —preguntó Cooper abriendo la americana del traje y echándole un vistazo a la etiqueta—. ¿Brooks Brothers? No me importaría comprarme uno de estos. ¿Los venden aquí?

—No lo creo —dijo Stewart.

—Una lástima —dijo Cooper. Tomó la copa y acabó con la última gota de vino—. ¿Por qué estamos todavía aquí? Nos espera un combate de boxeo.

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