Muerte en abril

Muerte en abril


13 de abril de 1974 » Diez

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Diez

El Govan Hall lo construyeron cuando el barrio de Govan todavía tenía encanto. En los tiempos en que allí construían barcos y enviaban grandes transatlánticos a América todas las semanas. Cuando era la zona con más ajetreo de todo Glasgow. Se trataba de un edificio de ladrillo rojo muy ornamentado que ocupaba la esquina de Govan Road, construido para impresionar, para demostrarle al mundo la importancia de Govan. Pero los buenos tiempos de ese barrio habían quedado atrás y el edificio era prueba de ello. Necesitaba un lavado de cara, los hierbajos crecían en las grietas de los bajantes y los cristales de un par de ventanas estaban sujetos con cinta adhesiva y cartón.

El interior no tenía mucho mejor aspecto, el amplio vestíbulo había vivido épocas más boyantes. Parte del papel pintado del vestíbulo había desaparecido y en el techo se apreciaban manchas marrones de humedad. El ring se encontraba en medio de la sala principal, la mesa para los árbitros en un costado, con libretas y botellas de agua ya preparadas. La multitud se desplegaba en hileras, sentada en sillas plegables, unas cuantas de ellas acolchadas en rojo en el palco. Daba la impresión de que ya se habían celebrado un par de combates, pues el ring estaba manchado de sangre y de pisadas. A McCoy, Stewart y Cooper los condujo hasta sus asientos una mujer con una linterna, cuya expresión dejaba bien claro qué pensaba del boxeo y de la gente que iba a verlo. Acababan de sentarse, McCoy todavía estaba intentando descifrar en qué momento podría marcharse, cuando apareció Billy Weir junto al hombro de Cooper.

—¿Todo bien, jefe? —preguntó fijándose en el traje—. Parece un hombre de negocios.

—Soy un hombre de negocios —dijo Cooper—. Ya va siendo hora de que metas esa idea en tu puta cabeza.

Billy asintió, hizo una pequeña reverencia, se acercó un poco más a Cooper y le dijo algo al oído. Cooper le escuchó, asintió y se volvió para mostrarle el programa de la noche a Stewart. Billy iba a marcharse y McCoy le miró a los ojos, asintió en dirección al vestíbulo. Billy asintió y echó a andar.

McCoy esperó un minuto. Después se puso en pie.

—Voy a comprar tabaco. ¿Queréis algo? —preguntó.

No hubo respuesta. Los dos estaban absortos en el programa. Se encogió de hombros y se dirigió a la salida.

Billy le esperaba en el hall de entrada, leyendo los números que alguien había apuntado con bolígrafo en la pared junto a la cabina de teléfono.

—¿Te has enterado de lo que ha pasado? —preguntó McCoy.

Billy asintió.

—Vaya puta mierda. Ese Jamsie Dixon está al día de todo.

—Quiero que mantengas a Cooper alejado de él, que piense en otra cosa. No quiero que vaya a buscarlo. Dentro de cuatro días, Dixon entrará en la cárcel. Tenemos que mantener a Cooper lejos de él hasta entonces.

Billy asintió. Aunque no parecía muy convencido.

—Va a ser difícil. No está muy calmado, precisamente.

—Dímelo a mí —dijo McCoy—. ¿Qué le pasa?

—¿Entre tú y yo? —preguntó Billy. Parecía preocupado, no le gustaba contar chismes—. No le digas que te lo he chivado yo, ¿de acuerdo?

McCoy asintió.

—Palabrita del Niño Jesús.

—No estoy seguro, pero creo que fue algo que pasó en la cárcel. Tuve que ir allí el mes pasado. Estuve sentado en la sala de visitas mientras maldecía a todo el mundo por todo tipo de cosas, echando espuma por la boca. A los guardias, a los Dixon, a todo el mundo. No sé, parece que está cabreado con todos por todo. ¿Recuerdas, en los viejos tiempos, cuando se pasaba despierto un par de noches tomando black bombers, desesperado por pelearse con alguien para poder machacarlo? Pues igual.

—Dios mío —dijo McCoy—. Lo que nos faltaba. En serio, Billy, mantenlo apartado de Dixon. Solo serán unos cuantos días, después desaparecerá. A lo mejor necesita estar unos días fuera de la cárcel para volver a la normalidad.

—A lo mejor —dijo Billy. Pero no parecía tenerlo claro.

—Por cierto, ¿qué le has dicho al oído?

—Nada —respondió Billy, y lo hizo tan rápido y con tanta convicción que McCoy no le creyó. Mentía. Nada bueno.

—Billy, lo digo en serio —insistió McCoy señalándole el pecho con el dedo—. Haz que esto pare. Estando como está, seguro que cometerá alguna estupidez, algo de lo que se arrepentirá.

Billy volvió a hacer aquella reverencia.

—Entonces, ¿ahora eres tú el jefe? —le preguntó.

—Hasta que Jamsie Dixon esté fuera de circulación, sí, lo soy. Recuérdalo.

McCoy regresó a la sala principal justo cuando bajaba la intensidad de las luces y un tipo sudoroso con pajarita y traje con el culo brillante subía al ring.

—Damas y caballeros, bienvenidos otra vez al Govan Hall para una noche de cinco combates. El tercer combate de la noche es de la categoría de los pesos pesados entre…

Se sentó junto a Stewart, preguntándose cuánto tiempo iba a tener que sufrir. El estómago le dolía debido al vino tinto. Sabía que no tendría que haber bebido y ahora pagaba las consecuencias. En el primer combate, por fortuna, no hubo sangre, aquellos dos hombretones bailaron uno alrededor del otro durante cuatro asaltos, lanzando algún que otro golpe. Al contrario que McCoy, a la gente no le gustaba lo que estaba viendo y los abuchearon al bajar del ring. Otro discursito del tipo del culo brillante y subieron dos púgiles nuevos. Eran más delgados, más rápidos y parecían mucho más serios. Dio comienzo el combate y, tras un par de minutos, uno de los tipos impactó con un puñetazo en la nariz del otro. Se oyó un crujido y después brotó la sangre, manchando la lona del ring. Estaban sentados tan cerca que McCoy pudo oírlo todo con precisión, como si la lluvia impactase contra el asfalto. Esa fue su excusa para marcharse.

Se puso en pie.

—Tengo que irme, Stewart. Nos vemos por la mañana, ¿de acuerdo?

Stewart asintió con la mirada clavada en los boxeadores.

—¿Te parece bien que me vaya, Stevie? —preguntó McCoy.

Cooper asintió, sin apartar la vista del ring, como Stewart.

—No necesito una jodida niñera. Y antes de que lo digas, me mantendré lejos de Dixon.

McCoy asintió y se dirigió a la puerta. Eso era lo máximo que iba a poder conseguir de Cooper. Se fijó en que alguien se marchaba justo delante de él. Johnny Bone, siempre alerta, como una rata. Se largaba para contarle a todo el que quisiera escucharle que Cooper, incluso después de que Dixon fuese a por él, había ido a ver los combates de boxeo, vestido con traje, más feliz que una perdiz. Tal como se suponía que tenían que ser las cosas.

McCoy salió a Govan Road. Era una noche agradable, la primavera había llegado definitivamente a la ciudad, podía notarse el incipiente calor en el aire. Había algo en el hecho de que Cooper se hubiese puesto el traje de Stewart que le resultaba inquietante, aunque no sabía de qué se trataba exactamente. Era un pensamiento marginal, fuera de su alcance. Decidió no darle más vueltas, que era cuando, por lo general, las cosas le venían a la memoria.

Encendió un cigarrillo, echó a andar y pasó junto al Brechin’s Bar. Se detuvo en el cruce para dejar pasar a un coche. El interior del vehículo se iluminó cuando alguien encendió una cerilla. No le resultó difícil ver de quién se trataba. Billy Weir. Al volante iba un tipo al que no fue capaz de reconocer. Se preguntó qué estaría haciendo exactamente Billy. Normalmente, permanecía siempre al lado de Cooper, o esperando en el vestíbulo a marcharse juntos. Pero esa noche no. A lo mejor se estaba dejando llevar por la paranoia. A lo mejor Cooper le había enviado a casa porque no se hallaba en condiciones para hablar con nadie, y menos aún con Billy.

McCoy detuvo un taxi y se montó. No estaba de humor para preocuparse por Billy, por Cooper o por los Dixon. Estaba cansado, había conducido todo el día, le dolía el estómago. Lo único que deseaba era tomarse un par de pintas en el Victoria, irse a casa a fumarse un porro, escuchar algo de música y meterse en la cama. Le daba la impresión de que tener que dedicarse a buscar al hijo de Stewart iba a provocar que el día siguiente fuese muy largo. Ojalá no explotase ninguna otra bomba.

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