Muerte en abril

Muerte en abril


14 de abril de 1974 » Once

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Once

—No.

—¿No? Venga ya, Harry, compórtese como un verdadero colega. Haga el favor.

McCoy estaba en la puerta de su apartamento, en pantalones de pijama y camiseta, observando el gesto de súplica en el rostro de Wattie.

—Wattie, la gracia del hecho de estar al mando de un caso es precisamente que eres tú el que estás al mando. No yo. Además, ¿qué podría hacer yo? ¿Quedarme a tu lado agarrándote de la manita?

Parecía que Wattie fuera a ponerse a llorar.

—Por favor, Harry. Tengo la cabeza como un bombo. No he dormido una sola noche en condiciones desde que nació el niño y ahora Murray está de un humor de perros y sigue diciéndome que no estoy a la altura. Si la cago con esto, me voy a la mierda. Venga una hora, asegúrese de que no me olvido de nada. ¿De acuerdo?

McCoy suspiró, afrontó lo inevitable y acabó asintiendo.

—¡Es usted un buen hombre! Vístase rápido, le esperaré en el coche —dijo Wattie justo antes de desaparecer por las escaleras para evitar que McCoy pudiese cambiar de opinión.

Diez minutos más tarde, McCoy encendía su primer cigarrillo del día mientras veía pasar al otro lado de la ventanilla las calles vacías de Glasgow. Le gustaban las mañanas de los domingos: la ciudad siempre parecía abandonada, tan solo se veían pasar los pocos autobuses que llevaban a algunos desafortunados al trabajo.

—A ver, ¿de qué va el asunto? —preguntó, volviéndose hacia Wattie—. ¿El robo de un banco? ¿Un ladrón de joyas enmascarado?

—Muy gracioso. Han descubierto un cadáver esta mañana en el patio trasero de un edificio. Un golpe en la cabeza.

—Encantador —dijo McCoy. Ya temía tener que verlo—. ¿Dónde?

—Shettleston. Un poco más allá de Parkhead Forge.

—Anoche era sábado —dijo McCoy—. El tipo muerto posiblemente estaba borracho, el que lo mató probablemente también lo estaba. Seguro que discutieron y no se dio cuenta de la fuerza con la que le golpeó. Siempre pasa lo mismo.

—Es posible —dijo Wattie girando hacia Gallowgate.

—¿Has llamado a Gilroy? —preguntó McCoy.

Wattie asintió.

—Lo hice.

—¿Los agentes han acordonado la escena del crimen?

Wattie asintió de nuevo.

—Entonces, ¿para qué me necesitas? —preguntó McCoy.

—Porque todo eso es la parte fácil. Son otras cosas las que me preocupan. Además, ¿qué más iba a hacer usted hoy?

—¡Un montón de cosas! ¡Soy un hombre ocupado! ¿Recuerdas al tipo estadounidense del club de Greenock?

—No —dijo Wattie—. Podría haber entrado un elefante en el club y yo no lo recordaría. Para cuando me marché del Golden Palace estaba hecho una mierda. ¿Por qué?

—Su hijo ha desaparecido. Le dije que hoy le echaría una mano.

—Muy bien. Y yo que pensaba que se pasaría el día en la cama. Solo lo entretendré una hora, como máximo. Lo prometo.

—Será menos —dijo McCoy—. Te lo aseguro.

Tomaron por Old Shettleston Road, dejando la fundición a la izquierda, y Shettleston se les presentó en toda su gloria. McCoy no sabía si se debía a la fundición, pero esa zona de Glasgow siempre parecía sucia, los bloques de apartamentos estaban cubiertos de hollín. Incluso la calzada parecía mugrienta. Se habían adentrado en el East End; no era precisamente el territorio habitual de McCoy. Sabía algo del barrio debido a sus años de agente uniformado. Recorrer arriba y abajo Shettleston Road un viernes por la noche no era una experiencia que estuviese deseando repetir. Las cosas podían ponerse feas. Bandas, pubs en cada esquina, matones defendiendo su territorio. Ese era el Glasgow donde él empezó su carrera, había que ser capaz de sacarle partido a lo que les echaban.

—Creo que es aquí —dijo Wattie mirando por la ventanilla para intentar fijarse en el número más cercano—. Número 779.

McCoy señaló hacia delante.

—Tiene que ser ahí, donde está el coche patrulla.

—Ah —dijo Wattie un tanto avergonzado. Recorrió unos doscientos metros más y detuvo el coche.

—Recuerda —dijo McCoy—, estás al mando, así que tiene que parecerlo. No pierdas el tiempo, mantente alerta, intenta ser profesional. Estaré contigo, pero no voy a decir nada. Porque en cuanto diga algo, todos querrán dirigirse a mí. Sería lo normal. Soy el oficial veterano. ¿De acuerdo?

Wattie asintió. Parecía un niño en su primer día de colegio.

McCoy le dio una palmada en el hombro.

—Todo irá bien —dijo con mayor convicción de la que sentía—. Vamos.

Salieron del coche y se acercaron al coche patrulla. La luz de la sirena daba vueltas. Había varios agentes uniformados a un lado, desenredando una larga soga. Cuando se acercaron un poco más, McCoy se fijó en que estaba Williams, un tipo alto de la Central.

—¡Señor McCoy! —exclamó Williams—. Me dijeron que hoy libraba. ¿Le han llamado?

—No —dijo McCoy—. Este caso es de Watson, no mío.

—¿Al otro lado de la cerca? —preguntó Wattie.

—Sí, por la parte de atrás, junto a los contenedores de basura —respondió Williams algo desconcertado.

Atravesaron la cerca, dejaron atrás las escaleras. Se notaba, como siempre, un leve olor a orina. Salieron al patio trasero. Los patios traseros, que en zonas pijas son jardines, en lugares como Shettleston parecen zonas bombardeadas. Escombros por todas partes, grandes charcos de agua turbia, hileras de latas de metal abolladas y sucias. Son lugares donde juegan los niños de los apartamentos, ahí no hay jardines, son como una tierra de nadie en la que reinan las ratas, donde se apila la basura, se abandonan somieres y cochecitos de bebé escacharrados.

—Joder —dijo McCoy al alzar la vista y comprobar que había al menos unas veinte personas asomadas a las ventanas de la parte trasera de sus apartamentos mirando hacia el patio. Viejas con tazas de té, hombres en camiseta y fumando, incluso niños pequeños. Era como el público del anfiteatro romano viendo cómo los leones devoraban a los cristianos.

Wattie retrocedió hasta volver a entrar en el inmueble y gritó:

—Williams, ¡pon un maldito toldo ahí fuera, ahora!

Recibió una respuesta desde la distancia:

—Está en camino, señor.

No podían hacer mucho más. Iban a tener que trabajar bajo la afilada mirada de la buena gente de Shettleston. McCoy podía entenderlo. Después de todo, era domingo por la mañana, no daban nada en la tele.

—Eh, señor —gritó un niño desde una de las ventanas—. ¡Han llegado tarde! ¡Está muerto!

Una oleada de risas hizo eco en el patio junto a alguna que otra expresión de desagrado.

—Ignóralos —dijo McCoy—. Concéntrate en lo que estás haciendo.

Wattie asintió y se dirigió hacia el cuerpo tendido en el suelo. McCoy no se movió, su idea era mantenerse lo más lejos posible. Vio a Big Duncan Muir en un costado. Menos mal. Muir había visto más escenas de crimen que McCoy y Wattie juntos. Debía de tener cincuenta y pico, a punto de la jubilación. Wattie había tenido suerte, Muir le llevaría por el buen camino.

—Buenos días, señor —le dijo a Wattie—. No es una visión muy agradable, me temo.

Muir se mantuvo al margen y, de repente, McCoy pudo ver lo único que no deseaba ver. El hombre que estaba en el suelo llevaba un traje gris oscurecido por la sangre. McCoy se esforzó por verle la cara y, acto seguido, se arrepintió. No quedaba gran cosa de sus rasgos faciales, apenas una pulpa rojiza. Uno de sus ojos había desaparecido, el otro lo tenía hinchado y cerrado. Su larga cabellera estaba empapada de sangre; resultaba difícil determinar su color natural. La nariz aplanada contra la cara, como si alguien la hubiese empujado hacia el cráneo. Lo único de su rostro que había permanecido intacto era la boca: labios finos y pequeños dientes amarillentos. McCoy apartó la vista.

—¿Quién es? —preguntó Wattie—. ¿Lo sabemos?

—Todavía no, señor. Estábamos esperándolo a usted —contestó Muir.

Wattie se acuclilló junto al cadáver, metió la mano dentro de la chaqueta del hombre y sacó la cartera del bolsillo interior. La abrió y se puso a rebuscar.

—Un par de billetes de apuestas. Una estampita religiosa, la foto de un niño pequeño junto al mar y el carnet de conducir. —Lo extrajo intentando no mancharse de sangre—. Pertenece a James Dixon del… —Entrecerró los ojos—… 779 de Old Shettleston Road, Glasgow.

A McCoy le dio un vuelco el estómago. No podía creer lo que acababa de oír.

—¿Qué has dicho?

Wattie se volvió para mirarlo.

—Se ha puesto blanco como una sábana. ¿Lo conocía?

McCoy negó con la cabeza. Necesitaba unos segundos para pensar.

—No, es por la sangre. Ya sabes. Aunque creo que había oído hablar de él. Un matón a sueldo. Trabajaba para quien le pagase.

—Un trabajo repugnante —dijo Muir.

—Bueno, quienquiera que sea —dijo Wattie—, lo han dejado hecho una mierda. ¿Un ladrillo?

McCoy asintió esforzándose por pensar en lo que tenía frente a sus ojos.

—O tal vez un martillo. Algo así.

—¿Quién lo encontró? —preguntó Wattie, mirando a Muir.

—Una mujer, del último piso, bajó esta mañana a tirar la basura y lo vio ahí tirado —respondió Muir.

—¿A qué hora? —preguntó Wattie.

Muir sacó su libreta.

—Poco después de las seis. Se preparó un té, escuchó las noticias de las seis y después bajó.

—Así que ocurrió en algún momento de la noche —dijo Wattie—. Habrá que esperar a la señora Gilroy para saber la hora exacta. Está en camino.

—Tiene sentido que fuese anoche —dijo McCoy—. No me lo imagino levantándose antes de las seis de la mañana.

—¿Tenía enemigos? —preguntó Wattie.

McCoy notó de nuevo cómo se le revolvían las tripas. Recordó a Cooper en el restaurante, con el cuchillo en alto para clavárselo a Jamsie Dixon en la cara.

—Como ya he dicho, era un mal tipo —dijo Muir—. Hacía daño a otras personas por dinero. Seguramente tenía unos cuantos enemigos.

Wattie se puso en pie. Volvió a fijarse en el carnet. Después observó los apartamentos.

—El apartamento uno/dos. Será mejor subir y darle la mala noticia a quien sea que viva allí.

—Creo que tiene hermanos —dijo McCoy, y, al decirlo, entendió qué era lo que le había inquietado de ver a Cooper con el traje de Stewart. Lo que había estado intentando recordar.

—Perdone, señor. —Al volverse vio a Williams a su lado, con un rollo de lona verde bajo un brazo y varios postes de madera en el otro. McCoy se hizo a un lado y Williams lo dejó atrás para dirigirse al cuerpo tumbado en el suelo.

McCoy miró a Wattie.

—¿Te encuentras bien?

Wattie asintió.

—Informaré a sus familiares. La forense está en camino. Vamos a montar el toldo y enviaré a los agentes de puerta en puerta para comprobar si alguien vio algo.

—¿Y Andy?

—¡Mierda! —dijo Wattie—. Me había olvidado de él. —Se volvió hacia Muir—. ¿Puede llamar a la comisaría y pedir que Andy, el fotógrafo, se presente aquí?

Muir asintió y habló por su walkie talkie mientras caminaba.

—Un error, no está mal —dijo McCoy—. Tengo que irme. Te veré más tarde en la comisaría.

Wattie asintió y McCoy se alejó de él para entrar de nuevo en el edificio. No dejaba de pensar en Cooper. No había ninguna posibilidad de que alguien más pudiese estar tras la muerte de Jamsie Dixon. Tenía que ser él y daba la impresión de que el muy cabrón se las había apañado para involucrar a McCoy como su coartada. Por eso se había preocupado tanto Cooper de que le acompañase al combate de boxeo y no le quitase el ojo de encima.

Ni siquiera a alguien tan verde como Wattie le costaría mucho descubrir lo que había ocurrido en el restaurante la noche anterior y sumar dos más dos. No quería imaginar lo que pensaría Murray cuando se enterase de que era la coartada de su principal sospechoso. Iba a matar a Cooper. Lo único que le había pedido era que no se dejase ver durante unos días y, en lugar de eso, había matado a Jamsie Dixon y había metido en el embrollo a McCoy.

—¿Harry?

Alzó la vista y vio a Phyllis Gilroy atravesando la calle hacia él. Traje de tweed, blusa blanca y su habitual bolso de cuero.

—Creía que se trataba del gran estreno del joven Watson —dijo con una sonrisa.

—Y así es —dijo McCoy—. Tan solo le he agarrado de la manita durante un rato. Lo hará bien.

Phyllis le miró con algo de suspicacia.

—Muir también está ahí —añadió McCoy—. No hay de qué preocuparse.

Pareció algo más aliviada.

—Ah, en ese caso tienes razón. ¿Cómo estás, Harry? ¿Llevas el caso de la bomba de la calle West Princes?

—Eso parece. Y el de la catedral también —dijo McCoy—. Los de la Brigada Especial nos lo han devuelto. Por lo visto, no tiene nada que ver con ningún grupo paramilitar.

Ella volvió a sonreír.

—Bien, entonces eres justo el hombre con el que necesitaba hablar. Me has ahorrado un viaje. Hice la autopsia de Paul Watts anoche.

—¿Ese es su nombre? —preguntó McCoy—. ¿El del tipo del apartamento?

Ella asintió.

—Los de la Brigada Especial me pasaron su informe. También tengo una copia para el señor Murray. Me dijeron con gran dramatismo que es confidencial.

—¿Algo interesante? —preguntó McCoy.

—¿En el informe? —dijo Phyllis—. No creo que me salte ninguna norma si te comento algo. Lo menos que se puede decir de esa organización en particular es que son taciturnos, pero encontré algo interesante.

—¿De qué se trata?

—Había la sangre de alguien más en la escena. Paul Watt es, o era, O positivo, un tipo de sangre muy común. Sin embargo, también había cierta cantidad de A negativo, lo cual es bastante más infrecuente. La suficiente como para indicar que hubo una herida.

—Espera un segundo —dijo McCoy—. ¿Había dos personas cuando estalló la bomba?

—Eso parece. Una murió allí, la otra resultó herida.

—¿Algo grave? ¿Fue capaz de salir de allí?

—Supongo que sí —respondió Gilroy—. No había muchísima sangre. Si fue una herida superficial, que no revistiera gravedad, no necesitó ir al hospital.

—Mierda —dijo McCoy.

—De hecho, hace que todo sea un poco más complicado, imagino. —Esperó unos segundos—. ¿Harry?

—Lo siento, me he puesto a pensar en otra cosa. ¿Podrías hacerme un favor, Phyllis? ¿Serás buena con Wattie? Es posible que necesite un poco de ayuda y Murray está encima de él como un ave de presa.

Ella asintió.

—Primer cadáver del día, allá voy.

McCoy la vio desaparecer en la oscuridad del inmueble, encendió un cigarrillo y se quedó allí plantado intentando poner sus pensamientos en orden. Si estaba en lo cierto, Donny Stewart no era para nada el tímido muchacho que su padre creía que era. Ni mucho menos.

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