Muerte en abril
14 de abril de 1974 » Doce
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Doce
Stewart ya lo estaba esperando en la entrada del hotel Central cuando McCoy giró por la calle Gordon. Se detuvo frente al pub Corn Exchange y tocó la bocina. Stewart lo vio, hizo un gesto con la mano, se apresuró hacia el coche y se montó.
—Buenos días, Harry —dijo—. ¿Todo bien?
McCoy asintió. Se preguntó por qué los estadounidenses siempre parecían tan jodidamente sanos. Incluso un domingo por la mañana.
—¿Cómo fue anoche? —preguntó al poner el coche en marcha.
—Una noche bastante tranquila —dijo Stewart—. El chico de Steve ganó, noqueó a su rival en el segundo asalto, así que quiso que lo celebrásemos. Fuimos a un par de pubs en el centro y luego, de todos los lugares posibles, acabamos en un casino. No quedaba muy lejos de aquí, si no recuerdo mal; estaba un poco bebido cuando llegué a mi habitación. Un local bonito. Seguramente lo conozcas. Se llamaba…, espera… —Rebuscó en el bolsillo de su americana y sacó la cartera. Extrajo una tarjeta—. ¿El Chevalier?
McCoy asintió. Lo conocía de sobra. Uno de los únicos lugares en Glasgow donde podías tomar una copa de madrugada legalmente. Siempre y cuando pidieses también algo de comer.
—Un sitio elegante. Al parecer, había algunos lores o sires allí. Creo que Steve habló de un tal Lord Dunlop.
—¿En serio? —dijo McCoy—. Sir Hugh Fraser tenía que estar con él.
—Cierto —confirmó Stewart.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis allí? —preguntó McCoy.
—Dejé a Steve a eso de la una y media. Él todavía tenía energía. Su colega Billy se había unido a nosotros.
Por supuesto, pensó McCoy. Había ido a darle la buena noticia sobre la muerte de Jamsie Dixon. Cooper no era estúpido. Disponía de una sólida coartada hasta altas horas de la noche con un policía de mierda y un capitán de la Armada retirado como testigos.
Stewart bajó la ventanilla.
—Una mañana estupenda para ir al Loch. Telefoneé antes, un tipo llamado Saunders, colega de Donny, va a hablar con nosotros, a ver si puede darnos alguna pista.
—Genial —dijo McCoy cuando enfilaron la calle West Princes—. Pero primero tengo que parar un momento.
—Por supuesto —dijo Stewart—. Estoy en tus manos.
El apartamento todavía olía a humo, el suelo seguía cubierto por una capa de ceniza húmeda sobre la moqueta mojada. McCoy caminó hasta el salón. Stewart iba tras él. Echó un vistazo al lugar donde habían encontrado el cuerpo. Ahora tan solo había una mancha en el suelo rodeada por moqueta quemada y ceniza. No pudo evitar mirar hacia la pared, justo encima de la chimenea. Ya no estaban los dientes.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Stewart un tanto perplejo.
—Explotó una bomba. Mató al hombre que la estaba montando. Paul Watt. ¿Te dice algo ese nombre?
Stewart negó con la cabeza. Miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos, intentando quedarse con todos los detalles.
—Quiero que veas unas prendas de ropa —dijo McCoy—. Ven.
Abrió la puerta del dormitorio y entraron. El sol se colaba por entre las cortinas, una brillante franja de luz teñía el papel pintado de la pared y el saco de dormir sobre la cama. McCoy se inclinó hacia delante y tiró de una pequeña maleta. La colocó sobre la cama. Apretó los botones plateados de los cierres y estos se abrieron.
Stewart miró a McCoy y después a la maleta.
—Creo que podría ser ropa de Donny —dijo McCoy—. ¿Puedes echarle un vistazo?
Stewart asintió, se acercó, abrió la maleta y observó el contenido. Estiró el brazo y tiró de una de las camisas. Se le contrajo el gesto. Asintió.
—Es de Donny. Fuimos a comprarla antes de que viniese a Escocia. Compramos algunas cosas. Me dijo que era una tienda para hombres mayores, pero ahí es donde yo suelo comprar.
—Tu traje —dijo McCoy—. El que le dejaste a Cooper. Brooks Brothers. Me costó recordar dónde había visto el nombre. La etiqueta de las camisas.
Stewart se sentó en la cama, con la camisa en las manos. Parecía completamente perplejo.
—No lo entiendo —dijo—. ¿Por qué está aquí la ropa de Donny? —Entonces, lo entendió de repente. Una expresión de dolor afloró a su rostro. Miró a McCoy—. ¿Está muerto?
—¿Sabes cuál es su grupo sanguíneo? —preguntó McCoy.
Stewart asintió.
—A negativo. El mismo que yo. En la Armada te hacen análisis, está todo en su chapa. Estará en… —Se detuvo, miró a McCoy y dejó escapar un gemido—. Oh, Dios mío, ¿habéis encontrado un cadáver? ¿Dónde está?
—No creo que haya muerto —dijo McCoy—. Pero creo que está herido y que se ha metido en problemas, problemas serios. Venga, salgamos de aquí. Este lugar apesta.
Salieron a la calle, respiraron aire fresco y notaron el sol en sus hombros. Podían oír los gritos y las risas de algunos niños que jugaban en la calle, un poco más arriba. McCoy encendió un cigarrillo y empezó a hablar.
—Un tipo llamado Paul Watt estaba construyendo una bomba ahí dentro, pero le explotó en las manos y murió. Su grupo sanguíneo era O positivo. Su sangre estaba por todas partes, pero también había sangre de otra persona. Sangre A negativo. Había la suficiente como para entender que resultó herido. Como bien sabes, no es un grupo sanguíneo frecuente. Teniendo eso en cuenta, y también la ropa, creo que Donny estaba ahí cuando estalló la bomba. Después huyó.
Stewart parecía sentirse mal.
—Ayer estalló otra bomba. Es probable que hayas oído hablar de eso.
Stewart asintió.
—En una iglesia.
—¿Donny es particularmente religioso? ¿Tiene algo contra la religión? —preguntó McCoy.
—No —contestó Stewart—. Igual que yo. Se crio como anglicano, pero en realidad eso solo importaba en los entierros y los matrimonios. Nunca íbamos a la iglesia. No lo entiendo. ¿Una bomba? ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver Donny con una bomba?
—Eso es lo que hay que descubrir —dijo McCoy—. ¿Os toman las huellas dactilares en la Armada?
—Cuando yo me alisté, no, pero estoy seguro de que ahora sí lo hacen.
—De acuerdo. Tenemos que conseguirlas y ver si encajan con alguna de las del apartamento. De ese modo, sabremos seguro si Donny estuvo ahí.
Stewart se inclinó hacia delante y se agarró la cabeza con las manos. McCoy le palmeó el hombro. Vio cómo uno de los niños le daba un chute a una pelota de fútbol y la alejaba de su amigo.
—Hay posibilidades de que esté vivo —dijo—. Eso es lo que importa y ahora tenemos un hilo del que tirar para poder encontrarlo.
Stewart alzó la vista y se enjugó los ojos con un pañuelo que había sacado del bolsillo.
—De acuerdo. ¿Qué hacemos ahora?
McCoy se puso en pie.
—Vamos a ir al Holy Loch y hablaremos con su colega.