Muerte en abril
14 de abril de 1974 » Trece
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Trece
Stewart apenas dijo nada durante el viaje hasta Dunoon. McCoy lo entendía perfectamente, tenía mucho en lo que pensar. Se sentó y empezó a darle vueltas sin parar al anillo de sello que llevaba en su dedo meñique, parecía abstraído por completo. Seguro que era lo último que se habría imaginado, su hijo involucrado con un tipo que preparaba una bomba. Para McCoy tampoco tenía mucho sentido. Puso en marcha la radio para escuchar las noticias, por si acaso había vuelto a pasar. Lo que necesitaba en realidad era conseguir el informe de la Brigada Especial y saber algo más de la historia de Paul Watt. ¿Cómo se habían conocido él y Donny Stewart? ¿Y qué era lo que compartían para querer hacer una bomba juntos?
McCoy pagó el peaje y cruzaron el puente Erskine, una estructura alargada que se extendía por encima del Clyde. Desde aquella altura, las vistas eran imponentes, podía abarcarse todo el valle del Clyde hasta casi llegar al mar. Palmeó el hombro de Stewart y señaló en esa dirección. Apenas le hizo caso, seguía dándole vueltas al anillo, perdido en sus pensamientos.
—¿Dónde vamos a encontrarnos con ese tipo? —preguntó McCoy de camino a Gourock.
Stuart sacó un pedazo de papel de su bolsillo.
—En el Paul Jones, en el 205 de la calle Argyll. Es un pub, creo.
McCoy aparcó el coche y salieron al muelle. Gourock era el primo pijo de Greenock, a escasos cuatro kilómetros de donde vivía el padre de Wattie, pero totalmente diferente. Grandes casas con vistas a la bahía, paseo marítimo, sin el ruido de los astilleros. El sol brillaba sobre el agua centelleante, con cerros verdes y marrones en la lejanía. Era como una postal o la tapa de una caja de galletas de mantequilla. Era la Escocia que podías ver en la televisión o en las fotos: paisajes, caminos, pequeños barcos de pesca que iban de un lado para otro. No era la Escocia que a McCoy le interesaba. Para él, el campo solo significaba una cosa: hogares de acogida para niños. Siempre estaban fuera de la ciudad, en medio de ninguna parte. Incluso había estado en uno cerca de Dunoon, al final de la carretera de Kirn. No pasó allí mucho tiempo, tan solo un fin de semana cuando volvieron a detener a su padre. Pero a veces un fin de semana es lo bastante largo y malo para durar una vida entera. Poco le importaba lo que le hubiese ocurrido a Donny Stewart o lo que pudiese contarle de él su amigo, no tenía intención de volver a poner un pie en Kirn en su vida. Jamás. Resultaba curioso que siempre se hubiese sentido seguro en las calles de Glasgow, incluso siendo niño, incluso en los peores momentos de su padre, cuando no tenían para comer durante días; aun así era mucho mejor que un hogar de acogida.
Vieron cómo se aproximaba el ferri y llegaron hasta el extremo del muelle, junto a los lugareños y los excursionistas, y esperaron a que desembarcaran los pasajeros.
—¿Es una isla? —preguntó Stewart—. Me refiero a Dunoon.
—No —dijo McCoy—. Se puede ir en coche, pero nadie lo hace. Tienes que dar un gran rodeo para llegar. Se tarda horas. Todo el mundo toma el ferri. Son unos diez minutos.
Finalmente, subieron a bordo y, entre gritos y ruidos metálicos, el ferri se alejó del muelle. Se colocaron en la parte delantera. McCoy logró encender un cigarrillo protegiéndose del viento con la chaqueta. Frente a ellos, al otro lado del río, se extendía la larga franja que era Dunoon.
—Un bonito lugar para una base militar —dijo Stewart.
—El agua es muy profunda en Holy Loch, por eso lo escogieron —comentó McCoy—. El problema es que, en cuanto estalle la tercera guerra mundial, los rusos lo bombardearán y Glasgow desaparecerá bajo un hongo atómico.
Stewart sonrió.
—Mejor desaparecer rápido que envenenarte con la radiación nuclear.
—Eso es verdad —coincidió McCoy—. Cuando lleguemos y nos encontremos con ese tipo, déjame que hable yo con él. Podrías presentarnos e irte a dar una vuelta, tomar un helado… ¿Te parece bien?
—¿Y eso por qué? —preguntó Stewart.
—Ese tipo, ¿qué es? ¿Marinero? ¿Aprendiz? —preguntó McCoy.
—Aprendiz de marinero —respondió Stewart—. El escalón más bajo.
—Y tú eras capitán —dijo McCoy—. ¿No crees que podría sentirse un poco intimidado? ¿Que le dará reparo hablar contigo?
—Supongo que sí —dijo Stewart—. No había pensado en eso.
Diez minutos después, desembarcaron y recorrieron la calle Argyll hasta más allá de un gran hotel que se encontraba a mano derecha. El pueblo estaba abarrotado de gente, debido al buen tiempo y a las vacaciones de Pascua. Había niños por todas partes, familias, abuelos con chaquetas de lana sentados en los bancos comiendo cucuruchos de helado, viendo pasar la vida. La calle Argyll era una sucesión de tiendas de recuerdos, cafeterías, jugueterías con redes llenas de pelotas colgando, molinillos de viento y cazamariposas hechos con largas cañas de bambú. Incluso había una feria instalada justo en las afueras del pueblo. Sonaba música pop y también llegaban hasta allí los gritos de los niños que montaban en las atracciones.
Pasaron al lado de varios marineros uniformados mientras ascendían la cuesta. Aunque no hubiesen llevado uniforme, habrían llamado la atención. Al igual que ocurría con Stewart, parecía que se hubiesen criado comiendo otras cosas. Eran altos, robustos, con los dientes blancos; como recién llegados de una granja del Medio Oeste. Colocados junto a los excursionistas de Glasgow, con su piel pálida y sus malas dentaduras, daban la impresión de pertenecer a otra especie.
Mike Saunders no era diferente a ellos. Estaba fuera del Paul Jones vestido de civil. Vaqueros, zapatillas de deporte y camisa de manga corta. Pelo oscuro muy corto y una gran sonrisa. Dio un paso al frente hacia ellos y tendió la mano.
—Señor.
Stewart le correspondió.
—Este es Harry McCoy —dijo—. Policía escocés.
McCoy también le dio la mano. Saunders se la apretó con tal fuerza que se sintió aliviado al recuperarla de una sola pieza.
—Lo siento —se disculpó Saunders—. No lo pensé. El Paul Jones cierra los domingos.
—No te preocupes —dijo McCoy—. Encontraremos una cafetería. ¿Vas a ir a dar un paseo?
Stewart le miró un tanto desconcertado, pero al instante entendió que era la señal.
—Sí. Nos vemos luego. Buena suerte.
Le vieron alejarse calle abajo y desaparecer dentro de un supermercado Woolworths.
—Ya puedes soltar aire, muchacho —dijo McCoy—. El Gran Jefe se ha marchado. —Miró a su alrededor y vio una cafetería un poco más abajo, en esa misma calle—. Vamos.
El salón de té y café McPherson’s Imperial se parecía al del Titanic. Tenía vidrieras policromadas, macetas con plantas verdes y fotografías enmarcadas de montañas y lagos. Encontraron una mesa libre y se sentaron. Pidieron un par de cafés. Eran los más jóvenes de entre la clientela, con unos treinta años de diferencia.
—¿Cuándo viste por última vez a Donny? —preguntó McCoy.
—Don —le rectificó—. Odia que le llamen Donny. Así es como lo llama su padre. —Saunders sonrió—. Llamarse Donny Osmond, como el cantante, no ayuda.
—Lo entiendo —dijo McCoy.
—El martes por la noche —prosiguió Saunders—. La noche en que desapareció.
—¿Qué ocurrió?
—Tomamos el ferri y después un taxi hasta Dunoon. Acabamos en el Paul Jones, como todas las noches. Nos sentamos a una mesa a beber.
Apareció una camarera mayor, vestida de negro y con un delantal de encaje blanco. Dejó los cafés sobre la mesa. McCoy le dio un sorbo y entendió que, si se lo tomaba, el estómago volvería a dolerle. Lo dejó a un lado.
—¿Estaba diferente de algún modo? ¿Se comportó de un modo extraño? —preguntó.
Saunders negó con la cabeza.
—No. Era el mismo Don de siempre. Hacía tiempo que no salíamos juntos. Yo había pasado unas cuantas noches de guardia, así que él había salido solo.
—¿Adónde iba? —preguntó McCoy.
Saunders se encogió de hombros.
—Me contó que una noche había conocido a unos tipos en otro pub. Escoceses. Me dijo que había estado saliendo con ellos. Cuando le pregunté adónde había ido, se limitó a sonreír. Dijo que por aquí y por allá.
—¿Crees que guardaba algún secreto? —preguntó McCoy.
Saunders se encogió de hombros.
—Podría ser, pero ignoro de qué se trataba.
—¿Qué pasó después?
—Fue la típica noche en el Paul Jones. Llegaron unos cuantos tipos más que conocíamos, se sentaron a la mesa, después llegaron otros. Entonces todo el mundo empezó a tomar chupitos y la cosa se alborotó. Lo perdí entre la gente.
—¿Esa fue la última vez que lo viste? —preguntó McCoy.
Saunders le dio un sorbo al café y negó con la cabeza.
—Al final de la noche, yo estaba fuera, tomando el aire, despejándome un poco, y lo vi. Estaba sentado en el asiento del copiloto de un coche. Se marchaban del pueblo, pero se fueron en dirección contraria, no hacia Holy Loch, sino hacia Innellan o como se llame ese pueblucho.
—¿Qué tipo de coche era? —preguntó McCoy.
—No conozco bien los coches ingleses —respondió Saunders—. Pero parecía caro. Era grande. De color dorado.
—¿Quién conducía? —preguntó McCoy.
—No pude verlo.
McCoy se recostó en la silla.
—A lo mejor tenía una novia de por aquí. A lo mejor quedaba con ella.
—Es posible —dijo Saunders—. Pero no lo creo. Don no es así.
—¿Por qué no? —preguntó McCoy.
Saunders no respondió. Se puso a revolver el azúcar con su cucharilla.
—¿Erais algo más que amigos? —preguntó McCoy.
Se mantuvo en silencio.
—¿Lo sabía su padre?
Saunders dejó la cucharilla.
—Nadie lo sabe porque no hay nada que saber. —Se puso en pie—. ¿Hemos acabado? —preguntó.
McCoy asintió y Saunders se despidió justo antes de salir de la cafetería. McCoy no tenía claro si había tocado un punto sensible o si Saunders había reaccionado de ese modo por lo que había dado a entender. Tal vez se debía a ambas cosas. Dejó varias monedas junto a la taza de café y se levantó. Se preguntó si habría alguna otra cosa que el capitán Stewart no le hubiese contado.
Tres horas más tarde, estaban de vuelta en Glasgow. McCoy detuvo el coche frente al hotel Central y apagó el motor. Stewart le miró.
—¿Y bien? ¿Qué sabemos? —preguntó.
—Lo siento, amigo, pero a partir de este momento voy a ir por mi cuenta —dijo McCoy—. Mañana vuelvo al trabajo y la desaparición de Donny ahora forma parte de una investigación oficial de la Policía de Glasgow. No puedo dejarte participar.
Stewart parecía derrotado.
—Es algo bueno —dijo McCoy—. Significa que podemos utilizar todos los recursos de la policía. Ya hay gente trabajando en ello.
Stewart asintió.
—¿Vas a quedarte aquí? —preguntó McCoy mirando hacia el hotel.
—Supongo que sí —respondió Stewart—. Tengo que estar aquí por si descubres algo.
—De acuerdo —dijo McCoy—. Lo intentaré y te mantendré informado en la medida en que me sea posible.
—Te lo agradecería mucho —dijo Stewart.
—La investigación se iniciará mañana. ¿Quieres contarme alguna cosa más sobre Donny? Quedaría entre nosotros —comentó McCoy.
La pregunta quedó flotando en el aire durante unos segundos.
—Te he contado todo lo que se me ha ocurrido —dijo Stewart con la mirada clavada en la cola de taxis que tenían delante—. Si se me ocurre algo más, te lo diré.
McCoy asintió y Stewart bajó del coche. McCoy lo vio entrar en el hotel. Sacó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. Decidió que regresaría a Dunoon al día siguiente por la noche, para ir al Paul Jones y hacerse una idea del lugar, y también para ver si alguna otra persona había visto el misterioso coche dorado. Encendió el motor. Hasta entonces, tenía que dedicarse a averiguar algo más de Paul Watt y de sus actividades como artificiero.