Muerte en abril

Muerte en abril


14 de abril de 1974 » Catorce

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Catorce

McCoy abrió la puerta de la comisaría y entró. Todo parecía en calma, lo normal en una tarde de domingo. Los borrachos y camorristas de la noche del sábado estaban a buen recaudo en las celdas hasta que los llevaran a los juzgados el lunes por la mañana. Thomson, sentado tras su escritorio, con un cigarrillo en la mano, maldecía a su máquina de escribir.

—¿Está Wattie por aquí? —preguntó McCoy sentándose.

—¡Me cago en la puta! —gritó Thomson al sacar de un tirón el papel de la máquina; hizo una bola con él y la lanzó a la papelera que tenía al lado.

—No, todavía está en Shettleston, en lo de Dixon. No tardará en volver. —Alzó la vista—. ¿Y tú qué haces aquí?

—He venido a dejar una cosa para Murray —dijo McCoy.

Esperó hasta que Thomson empezó a teclear de nuevo, se puso en pie y abrió la puerta del despacho de Murray. La peste a humo rancio de pipa le asaltó nada más entrar. Dejó sobre la mesa el informe en el que le explicaba a Murray que un marinero estadounidense desaparecido era ahora sospechoso en el caso de las bombas; también le especificaba todos los detalles relativos a la sangre que habían encontrado en el apartamento. Alzó la vista, prestando atención por si oía algo. Rodeó el escritorio y empezó a buscar entre las carpetas que había encima. No le costó mucho encontrar el informe de la Brigada Especial. Se lo guardó bajo la americana y salió de la comisaría. Le dijo a Billy, el agente que estaba en el mostrador de entrada, que iba a comprar tabaco.

Recorrió un par de calles, se sentó en un murete frente a los edificios de apartamentos de la calle Dundasvale y abrió la carpeta. Tan solo había un folio. Le echó un vistazo. Paul Watt trabajaba en un almacén, no tenía antecedentes, diecisiete años. Protestante, sin conexión conocida con cualquier clase de organización paramilitar, y tampoco había miembros de su familia conectados con ellas. Conclusión: motivación personal. Caso para la policía local.

McCoy se apoyó en el murete. Phyllis Gilroy no había bromeado. Incluso para los estándares de la Brigada Especial, se trataba de un informe breve. Al parecer, habían llegado a una conclusión con rapidez, por lo que a McCoy respectaba, y les habían devuelto el caso. Se había imaginado que les interesaría saber algo más de alguien capaz de construir una bomba, pero quién era él para suponer algo así. La Brigada Especial seguía sus propias leyes y no tenía por qué explicarle nada a nadie; menos aún a un humilde detective de Glasgow.

Observó a una pareja de viejos recorrer el sendero que llevaba hasta los apartamentos, cargaban con bolsas de Grandfare y un paraguas. Se preguntó cómo le estarían yendo las cosas a Wattie en Shettleston. Esperaba que no la hubiese cagado, porque de hacerlo, Murray se le tiraría encima. Tenía tiempo suficiente para devolver el informe, irse a casa y comer algo antes de que Wattie apareciese por allí.

McCoy acababa de dar cuenta de su bacalao hervido y de su refresco Smash, la comida más blanca y más insípida que había probado en su vida, y estaba a punto de dejar los platos en el fregadero cuando llamaron al timbre. Recorrió el pasillo y abrió la puerta.

—Señor Watson, le estaba esperando… —Se detuvo cuando se fijó en el gesto de Wattie. No parecía muy contento, precisamente—. ¿Qué pasa? —le preguntó.

—¿Cuándo pensaba contármelo? —dijo Wattie.

—¿Contarte qué? —preguntó McCoy.

—Que su colega, Cooper, había matado a Jamsie Dixon.

—Ah —dijo McCoy—. ¿Vas a entrar? ¿O te vas a quedar aquí como un niño al que se le hubiese caído el helado al suelo?

Wattie negó con la cabeza, pasó a su lado para entrar en el apartamento y se quedó junto al fregadero. Lo miró acusadoramente.

—¿A qué hora se cree que murió? —preguntó McCoy.

—¿Provisionalmente? —dijo Wattie.

McCoy puso los ojos en blanco.

—Entre las diez y las once de la noche —respondió Wattie—. La noche del sábado.

—Pues bien, en ese caso, sin duda ninguna, no fue cosa suya —dijo McCoy. Metió la mano en el bolsillo de la americana, colgada en el respaldo de la silla de la cocina, en busca de sus cigarrillos—. Tiene una coartada muy sólida. Estaba en un combate de boxeo y después fue al casino. Lo vieron unas cien personas diferentes, a decir verdad.

—¿Qué? —exclamó Wattie.

—Lo que has oído —dijo McCoy encendiéndose un cigarrillo—. Está limpio.

—Joder —dijo Wattie—. ¿Está seguro? Ahora que me había convencido de que la cosa iba a ser fácil.

—Nunca lo es —repuso McCoy.

Wattie recapacitó durante unos segundos.

—Entonces, ¿envió a otro a que hiciese el trabajo sucio? —dijo—. ¿De eso se trata?

—Es posible —contestó McCoy—. No había modo de que Cooper se olvidase de Jamsie Dixon después de que lo atacase a plena luz del día. —Al instante fue consciente de que se había ido de la lengua.

—¿En serio? —preguntó Wattie—. ¿Cuándo? ¿Y cómo demonios lo sabe usted?

Lo más sencillo sería dejar las cosas claras.

—Porque estaba allí —dijo McCoy—. Restaurante Malmaison. Dixon fue a por él con una navaja y después huyó a toda prisa.

—¿Por qué estaba usted allí? —preguntó Wattie. Acto seguido, cayó en la cuenta—. ¡Estaba cenando con él!

McCoy asintió.

Wattie dejó escapar un silbido.

—Murray se le va a tirar encima como un jodido lobo.

—No, no lo hará —replicó McCoy—. Porque tú no vas a contárselo y yo tampoco.

Wattie sonrió. De repente, parecía encantado de haberse conocido.

—¿De qué te ríes? —preguntó McCoy.

—Entonces, ¿me está pidiendo un favor? —preguntó—. Que no se lo diga a Murray. ¿Esa es la idea?

—Mmm… —dijo McCoy con cautela.

—¡Estupendo! Usted también puede hacerme un favor a mí. Puede ayudarme con este maldito caso. Asegurarse de que no la cago.

No había mucho que negociar. McCoy asintió y se dirigió al armario de la cocina.

—¿Tomamos algo? ¿A la salud del listillo?

Wattie asintió, McCoy sacó dos cervezas y las abrió.

—¿Cómo va la cosa? —preguntó tendiéndole una de las cervezas a Wattie.

—Bien, creo —respondió Wattie. La espuma de la cerveza subió y amenazó con desparramarse, por eso acercó su boca y se la tragó—. La señora Gilroy se llevó el cuerpo y me dijo que le haría la autopsia mañana.

—¿Familiares cercanos? —preguntó McCoy.

—No se lo va a creer, pero vivía con su abuelo, que debe de tener unos cien años. Un viejo desagradable que odia a la policía, como no se abstuvo de comentarnos. Nos dijo que Jamsie era regular como un reloj. Iba al pub todas las noches. Volvía a casa cuando lo cerraban y le llevaba una pinta de Guinness. No mentía. Encontramos una pinta desbravada sobre una pila de ladrillos. Seguramente, fue al patio trasero para mear o fumarse un cigarrillo antes de subir. Cabe suponer que dejó la pinta allí y alguien se le acercó por detrás y le golpeó con… —sacó su cuaderno de notas— «un instrumento pesado y romo, como un ladrillo o una maza o algo así».

—Qué desagradable —dijo McCoy. Se preguntó cuál de los muchachos de Cooper fue el que se hizo cargo del trabajo sucio—. ¿Quieres decir que el tipo lo siguió desde el pub?

—Esa es la teoría. Estaba a punto de ir para allí. ¿Le apetece acompañarme?

—No.

—Mala suerte —replicó Wattie—. Un trato es un trato.

—¿Qué pub es? —preguntó McCoy.

Volvió a consultar el cuaderno.

—El Edrom. Frente a la casa de Jamsie, al otro lado de la calle.

—Joder —dijo McCoy—. Confiemos en que haya sido alguien de allí. ¿Sabes una cosa? Será mejor que vaya contigo de todos modos. Porque si no lo hago, tus oportunidades de salir vivo de esta son de un cincuenta por ciento.

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