Muerte en abril
14 de abril de 1974 » Quince
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Quince
Muchos pubs en Glasgow tenían el sobrenombre de «La puñalada». Normalmente quería decir que era un sitio poco amable, al que no ibas a tomarte una pinta si podías evitarlo. Pero el Edrom iba más allá. En su caso, el apodo le encajaba como anillo al dedo. La gente allí se apuñalaba cada dos por tres. Y cosas peores. Era normal que McCoy pasase por allí, algunas noches dos veces, cuando hacía la ronda.
Wattie aparcó al otro lado de la calle, frente al pub, y bajaron del coche. El apartamento de Jamsie Dixon estaba al lado. Habían escrito con tiza RIP JAMSIE en la fachada de su edificio.
—Alguien tiene que echarle de menos —comentó Wattie.
—A saber quién —dijo McCoy—. Mejor pasarlo por alto.
Wattie cerró el coche con llave y se quedaron junto a él durante un rato. El Edrom estaba en un edificio bajo con una hilera de ventanas en la parte de arriba. Había un viejo con muletas junto a la puerta de entrada, tenía una gorra en la mano con unas pocas monedas dentro.
—No tiene tan mala pinta —dijo Wattie.
—La tiene —replicó McCoy—. Deja que hable yo.
Caminaron hasta allí y McCoy echó una moneda de cincuenta peniques en la gorra del hombre.
—¿Viste a Jamsie anoche? —le preguntó.
El hombre negó con la cabeza.
—Anoche yo no estuve aquí. Pillé una habitación en el Great Eastern. Hoy no tengo suficiente dinero.
McCoy suspiró, rebuscó en el bolsillo y depositó un par de libras en la gorra.
—Pilla una habitación —dijo—. No una botella de Red Biddie.
El hombre asintió.
—Lo haré, hijo.
McCoy abrió la puerta del pub y pudieron apreciar el Edrom en todo su esplendor. Se parecía a cualquier otro pub: una barra larga al fondo, mesas pegadas a las paredes, moqueta oscurecida por manchas de todo tipo. Pero en cuanto entraron, notaron que no eran bien recibidos. Percibieron el aire espeso por el humo de los cigarrillos, sonaba música country. Tanto los radiadores como las bombillas estaban protegidos por armazones metálicos.
Un par de tipos se dieron la vuelta para comprobar quién había entrado, otros cuantos lo hicieron mirándolos a través del espejo que había al otro lado de la barra. Se acercaron al mostrador, y cuando McCoy se volvió hacia Wattie para preguntarle qué quería tomar, un tipo se levantó de una de las mesas y se dirigió hacia ellos.
—A ver qué pasa ahora —murmuró McCoy entre dientes.
El tipo, bajo, enjuto y con una sonrisa en la que podía apreciarse un diente de oro, se colocó frente a ellos.
—¿Lo eres o no lo eres? —preguntó—. ¿Harry McCoy?
A McCoy le costó unos segundos reconocer de quién se trataba. No podía creerlo.
—¿Patsy? ¿Patsy Hearne? ¡No me jodas!
El tipo asintió.
—Virgen santa. No te veía desde, Dios, al menos veinte años. ¿Sabes cómo te he reconocido? Caminas igual, como si cargases con el peso del mundo sobre tus hombros.
McCoy hizo un rápido cálculo mental.
—Veintiún años —dijo—. En el Quarriers Home, en Kilbarchan. Esa fue la última vez que te vi.
Hearne asintió.
—Menuda pocilga era aquello. Me escapé dos veces. ¿Todavía ves a Stevie Cooper? He oído decir que ahora es un tipo importante, que mejor no meterse con él.
McCoy asintió.
—Es mi penitencia.
Hearne señaló con el mentón hacia una mesa donde estaban sentados dos tipos de aspecto parecido.
—Venid y tomaos algo. Todavía estoy alucinado.
—Encantado —dijo McCoy. Sacó un billete de diez libras y se lo entregó a Wattie—. Ve a la barra. Si alguien empieza a hablar contigo, ignóralo.
Wattie asintió, tomó nota de lo que querían tomar y se dirigió al extremo más alejado de la barra, a mucha distancia del grupo de clientes. McCoy se sentó y le presentaron a Johnny y a Mal. Iban vestidos como Patsy. Traje y camisa blanca sin corbata, anillos de oro en la mayoría de los dedos, caras arrugadas y curtidas.
—¿Cómo te han ido las cosas, Patsy? —preguntó McCoy.
—Mucho mejor que la última vez que nos vimos. No podía ni sentarme después de que aquel bastardo de McLean me diese una paliza sin sentido con su cinturón de cuero. Creo que eso fue lo que acabó de decidirme. El Quarriers fue el último hogar de acogida en el que me metieron. Nadie iba a volver a zurrarme nunca más.
—Nos pegaban como si fuésemos putos animales —dijo Johnny—. A eso se dedicaban.
McCoy tuvo que aguzar el oído. Su acento no era fácil de ubicar, tenía algo de irlandés y algo que no le resultó posible identificar.
—Aparecían por el campamento, cargaban a la mitad de los niños en una furgoneta por el simple delito de ser gitanos, o por haber faltado a la escuela o por haber ido a buscar moras. No necesitaban más excusas. A mi hermano pequeño y a mí nos separaron de nuestros padres. Les costó un año recuperarnos. Y todo por nuestro propio bien.
Dejó de hablar y le dio un buen trago a su pinta. Le temblaban las manos. Para él, aquellos recuerdos seguían muy vivos.
—Creo que vosotros, los niños gitanos, fuisteis los únicos que lo pasasteis aún peor que nosotros —dijo McCoy—. Y bien sabe Dios que yo las pasé putas.
—Pagarán por ello —dijo Johnny—. Un día, pagarán. Lo juro por la tumba de mi hermano. Este verano hará seis años que murió. Se colgó de un árbol. Todo ese asunto le trastornó. Se despertaba en mitad de la noche, gritando. Juro que…
Patsy se inclinó hacia delante y colocó la mano sobre la de Johnny.
—Vamos, Johnny, no te alteres.
Johnny le miró con los ojos húmedos. Asintió. Tomó otro trago de cerveza.
—Aquí estamos —dijo Wattie al aparecer con una bandeja cargada de pintas. Se las fue pasando a cada uno y se sentó. Sonreía—. He logrado pedir una ronda sin que nadie me patease la cabeza —dijo.
—No tienes que preocuparte por eso —dijo Patsy—. Eres un cabrón muy grande. ¡Pareces un maldito policía! —Se echó a reír. Entonces se dio cuenta de que ni McCoy ni Wattie se estaban riendo.
—¡La puta de oros! Os estáis quedando conmigo —exclamó—. ¿Eres un poli, McCoy?
—Sí —respondió McCoy dando un trago a su cerveza—. De hecho, soy detective.
—¿Cómo es posible? —preguntó Patsy—. La vida no para de dar sorpresas.
—¿Tendría que preocuparme? —dijo Mal.
—No —dijo McCoy—. Estamos aquí tomando una cerveza, como tú. Lo cual me lleva a mi siguiente pregunta. ¿Por qué demonios estáis tomando algo en esta mierda de antro?
Había querido sonar chistoso, pero no lo logró. Johnny y Mal bajaron la vista. Patsy parecía un tanto avergonzado.
—No tenemos más remedio. Este y el Bowlers, en Glasgow Green, son los únicos pubs donde somos bienvenidos. —Sonrió—. Es un antro, pero estamos cerca de la calle Westmuir, que se encuentra a cinco minutos de aquí, así que es nuestra zona y no queremos tener ningún problema.
—Siempre ha sido un buen pub para nosotros —añadió Johnny—. El dueño es un buen hombre. Siempre nos ha tratado bien. Aquí nuestro dinero es tan bueno como el de cualquier otro.
—Dios —dijo McCoy—. Lo siento. No sabía que estaba tan mal la cosa.
—Bueno, vamos tirando —dijo Patsy—. Hoy hemos pillado un buen pellizco con las atracciones en el Green, así que lo estamos celebrando.
Wattie lo miró como si le estuviese hablando en chino.
—Nos dedicamos a las atracciones —aclaró Johnny—. Feriantes. Eso es lo que somos. Trabajamos en las ferias y las atracciones de Glasgow Green. Estamos ahí por las vacaciones de Pascua. Y un pellizco es el dinero que ganas en un buen día.
—Ah —dijo Wattie—. Lo entiendo.
—Ahora yo te voy a hacer a ti la misma pregunta, McCoy —intervino Patsy—. ¿Qué estás haciendo en este antro? —Pensó un segundo y señaló hacia la calle—. Deja que lo adivine. ¿Jamsie Dixon?
McCoy asintió.
—¿Lo conocías?
Patsy asintió.
—Joder, claro. Es imposible no conocerlo si pasas por aquí. Viene todas las noches. La dueña incluso le prepara un té algunas noches. Por lo que he oído decir, está como una cabra, pero con nosotros siempre ha sido correcto.
—¿Estaba aquí el sábado por la noche? —preguntó McCoy.
Patsy asintió.
—Daba la impresión de que algo le inquietaba, vete a saber qué. Quiso buscar pelea con uno de los tipos de la fundición, le gritó y le insultó. Pero el tipo le evitó. Hizo bien, porque es mejor no meterse en líos con Jamsie, especialmente cuando está irritado.
—¿Crees que ese tipo podría estar lo bastante enfadado para ir a por él después? —preguntó Wattie—. ¿Seguirlo o algo así?
Patsy miró a McCoy.
—No te preocupes. No se trata de chismorrear. Está al corriente —dijo McCoy.
—No, hijo, no fue él. Madre mía, si hasta los perros callejeros saben quién le hizo eso a Jamsie. Fue Stevie Cooper.
—Pues no lo hizo en persona —replicó McCoy—. Se lo encargó a otro. ¿Había alguien extraño por aquí esa noche? ¿Alguien a quien no reconocieseis?
—Es difícil de decir —respondió Patsy—. Sábado noche. Esto estaba abarrotado. Habitualmente, solo me fijo en otros gitanos, no le presto mucha atención al resto. Jamsie se marchó como siempre, justo antes de que cerraran. Se llevó una pinta de Guinness para su abuelo. No vi que nadie le siguiese o algo por el estilo. Pero te diré algo, fuera quien fuese el tipo que envió Cooper, tenía que ser un hombre grande, porque había que serlo para tumbar a Jamsie Dixon.
—A menos que le golpeases por la espalda con un ladrillo —dijo McCoy.
—¿Fue así como pasó? —preguntó Patsy.
—Es posible —dijo McCoy—. No se me ocurre otro modo.
McCoy y Wattie se fueron al acabar la siguiente ronda, que Patsy había insistido en pagar. McCoy le prometió a Patsy volver otra noche para tomar unas copas como Dios manda; afirmó que acudiría con Cooper. Que hablarían del pasado. Fuera soplaba el viento de la noche. El viejo con la gorra estaba ahora sentado junto a la pared, con una botella en la mano. Borracho.
—Nunca había conocido a un gitano —dijo Wattie.
—Bueno, pues ahora ya no puedes decirlo —dijo McCoy.
—Siempre me habían dicho que eran unos malditos ladrones, que no se podía confiar en ellos. Pero me han parecido bastante agradables.
McCoy negó con la cabeza y entró en el coche.
Atravesaron la ciudad en dirección oeste. Se detuvieron en un semáforo frente al Royal. Había empezado a llover. Wattie puso en marcha el limpiaparabrisas.
—Voy a tener que interrogar a Cooper, ya lo sabe.
—Sí —dijo McCoy—. Si Lomax permite que te acerques a él. Pero lo dudo mucho. Cooper le paga mucho dinero para este tipo de cosas. Como bien sabemos, Cooper tiene una coartada de hormigón armado. Lomax alegará que le estamos acosando. Y con las pruebas de las que disponemos, seguramente será así. Vas a tener que encontrar un buen motivo si quieres pillarlo.
—Mierda —dijo Wattie—. ¿Qué hago ahora? Aunque atrape al tipo que realmente lo hizo, no dirá nada. Tendrá demasiado miedo de Cooper.
—Bienvenido al maravilloso mundo de la policía de Glasgow —dijo McCoy, señalando hacia el parabrisas—. Semáforo.
Wattie puso el coche en marcha.
—A Murray no le va a hacer gracia.
—No, eso seguro —dijo McCoy—. Pero lleva en esto más tiempo que tú y que yo juntos. Sabe cómo funcionan las cosas. Tú asegúrate de hacer lo que te corresponde, cumple con tu trabajo y eso a él le valdrá.
Wattie asintió. No parecía muy convencido.
—Tengo mucha hambre. El té que me he tomado era una mierda —dijo McCoy—. Déjame en Great Western Road. Compraré una bolsa de patatas fritas y seguiré a pie.
Wattie asintió. Parecía estar a miles de kilómetros de distancia.