Muerte en abril
14 de abril de 1974 » Dieciséis
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Dieciséis
McCoy vio cómo se alejaba Wattie, encendió un cigarrillo y echó a andar hacia la avenida Hamilton Park. No era una noche fría, la llovizna había despertado el aroma de las flores. Oyó los gritos y las risas de los borrachos que salían de los pubs. Había en el aire una promesa de verano, de tiempos mejores. Pero él se disponía a tener una conversación que no le apetecía lo más mínimo.
Cooper había hecho lo que había hecho y, a menos que McCoy tuviese muchísima suerte, podía escudarse en su coartada. No estaba seguro de si se sentía más decepcionado que furioso. Se dijo que poco importaba lo que hubiese ocurrido, Cooper era su amigo y no esperaba que le jodiese de esa manera. Aun así, por cómo se había estado comportando y por lo que Billy le había contado, no debería haberle sorprendido demasiado lo ocurrido. Las cosas cambian. Daba la impresión de que Cooper también había cambiado.
Abrió la verja, recorrió el sendero que llevaba hasta la puerta de la gran casa y llamó al timbre. Todavía le costaba creer que Cooper fuese el dueño de una enorme casa en el West End, pero, tal como le había explicado, el dinero fluía y había que hacer algo con él. Tenía que invertirlo o pedirle a su contable que lo ocultase para que Hacienda no diese con él. Pero de todas las casas que había en el West End, Cooper había comprado la más fea.
Cuando se abrió la puerta, Iris apareció al otro lado con un cigarrillo entre los dedos. No dio la impresión de que se alegrase de verlo; nunca se alegraba. El hecho de haber dejado de gestionar los garitos clandestinos de Cooper para convertirse en su ama de llaves no parecía haber endulzado su carácter. Lo miró de arriba abajo.
—No está aquí —dijo—. Se te ha escapado.
—¿Dónde está? —preguntó McCoy.
—En Memen Road —respondió Iris.
McCoy no quiso creerlo. En Memen Road estaba el viejo apartamento de Cooper, un cuchitril de dos dormitorios en un edificio ubicado en una de las peores calles de Glasgow.
—¿Qué está haciendo allí? —quiso saber McCoy.
Iris dejó escapar un suspiro, decidió tranquilizarse lo suficiente para mantener una conversación.
—Se ha marchado hoy mismo. Dijo que nunca le había gustado esta casa, que regresaba a sus orígenes.
—Por el amor de Dios —dijo McCoy—. Está loco. Lo de Memen Road es un basurero, no tienen ni agua caliente.
Ella se encogió de hombros.
—Cosas suyas, supongo.
—¿Qué le está pasando, Iris? —preguntó—. ¿Está bien?
Ella resopló.
—¿Acaso crees que me lo cuenta? Lo único que hace es gritarme como un energúmeno. Me pidió que le recogiese toda la ropa, que vendría a buscarla mañana. A Billy no le apasiona la idea.
Por la expresión de su rostro, McCoy supo que le habría gustado no decir esas últimas palabras.
—¿En serio? —preguntó McCoy—. Billy se ha acostumbrado a la buena vida, ¿no es eso? Todo el día en esta casa tan grande, contigo, preparando la cena por las noches, sin jefe que le diga lo que tiene que hacer. A cuerpo de rey. Es normal que no le haga ninguna gracia volver a Memen Road.
Iris se dispuso a cerrar la puerta, pero McCoy colocó el pie para impedírselo.
—Te diré una cosa, Iris. Si Cooper se muda, ya no podrás seguir fingiendo que eres una vecina más del West End y Billy no podrá comportarse como el rey del castillo. No creas que él mantendrá esta casa tan grande solo para hacerte feliz. Volverás a lavar sábanas manchadas de semen y a concertar abortos ilegales en el garito clandestino.
Ella lo miró a través de la puerta entreabierta. Le dio una profunda calada a su cigarrillo. Le lanzó el humo a la cara.
—Te crees alguien importante, ¿verdad, McCoy? Te crees un gran policía, pero eres como todos nosotros: todos vivimos a la sombra de Stevie Cooper. Bailando a su ritmo. La única diferencia es que tú no quieres admitirlo.
—Que te den, Iris. Yo…
Pero ella acababa de cerrarle la puerta en la cara. Echó a andar calle abajo, molesto por lo que acababa de decirle Iris. Molesto porque seguramente era cierto. Se fijó en un taxi que había enfilado Great Western Road y lo detuvo. Se sentó en la parte de atrás y, a través de la ventanilla, vio cómo iban pasando las luces de Glasgow. Tenía la extraña sensación de que todo corría marcha atrás. Cooper regresaba a Memen Road para retomar su antiguo e impredecible yo. ¿Y él? Empezaba a estar cansado de todo. Tenía treinta y tantos, vivía en un apartamento de mierda, su carrera no parecía ir a ningún lado y se había convertido en poco menos que un ermitaño. Bebía demasiado. Incluso tenía una jodida úlcera que le estaba fastidiando de lo lindo. A lo mejor también necesitaba un cambio. Algo grande antes de ser demasiado viejo y de estar demasiado aferrado a donde estaba. Iba a tener que echarle imaginación para representarse el futuro. Se prometió pensar en ello adecuadamente cuando todo eso hubiese quedado atrás.
El taxi giró hacia Springburn. La noche no iba a ponerse de color de rosa a partir de ahí. Había desaparecido el aroma a flores. Dejaron atrás el Bells, vio a un hombre en la calle con un pañuelo cubriéndose lo que parecía ser una nariz rota y sangrante, un grupo de niños, no podían ser más de diez, al otro lado de la calle, riéndose y señalando con el dedo. Hacía cosa de un año desde su última visita a Memen Road, pero no la había echado de menos en absoluto. En parte porque aquella última vez estuvo allí para suplicarle a Cooper que no matase al chico que tenía delante. Y ahora había vuelto a aquel basural, había vuelto para tratar con el Stevie que quería vivir allí y hacer las cosas que hacía entonces. De repente, no se sentía tan seguro de acusarle de haber orquestado la muerte de Jamsie y de haberlo involucrado a él. Si Cooper volvía a ser Cooper, no estaba seguro de acusarlo de nada.
El taxi se detuvo en la calle Hawthorn, el taxista no quiso adentrarse más en el barrio. McCoy no se quejó, se limitó a pagarle y a bajarse del automóvil. Memen Road era territorio vedado para la policía, qué decir para un viejo taxista con audífono. Aquella hilera de viviendas en ruinas se había convertido en un vertedero para unos ciudadanos con los que el ayuntamiento no podía lidiar. Las familias con problemas y los borrachos. Stevie había ido colonizando poco a poco el último de los edificios y ahora era el único ocupante. Sus chicos se alojaban al lado, manteniendo la guardia alta.
Como era habitual, un grupo de niños y adolescentes se arremolinaba alrededor del fuego que ardía en un bidón en uno de los jardines frontales. Cuando McCoy se acercó, uno de ellos escondió a su espalda una bolsa llena de pegamento. Poco importaba, estaba tan colocado que apenas podía tenerse en pie. Había algo cómico en el hecho de que un chaval de doce años intentase parecer duro, pero él conocía a esos chicos. En un par de años, habría que cambiar de acera para no cruzarse con ellos.
—¿Está ahí dentro? —preguntó.
Un muchacho alto con una cicatriz en la cara y un maltrecho jersey con estrellas asintió.
—Dile que McCoy está aquí, ¿de acuerdo?
El muchacho asintió y un niño pequeño, de unos ocho años, con pantalones cortos y botas de agua echó a correr hacia el último edificio. McCoy se calentó las manos al fuego, esperando. El niño pequeño no tardó en volver a salir a la calle y regresar a la carrera.
—Vale —dijo jadeando—. Puedes subir.
McCoy encendió un cigarrillo y se dirigió hacia el edificio de Cooper preguntándose qué iba a hacer exactamente. Subió las escaleras, llegó al rellano de la primera planta y se hizo a un lado para dejar pasar a dos atractivas chicas, en minifalda y zapatos de plataforma, con cigarrillos mentolados en la boca. Cooper debía de haber estado ocupado.
Llegó a la última planta y vio que la puerta estaba abierta de par en par. Tomó aire y entró. Cooper se encontraba junto al fregadero de la cocina, dándole la espalda, en camiseta y vaqueros, con los tirantes colgando. Bebía un vaso de agua echando la cabeza hacia atrás. Dejó el vaso a un lado. Se dio la vuelta.
—¿Te vas a quedar ahí? —preguntó—. Entra de una vez, si es lo que quieres.
McCoy llegó hasta la cocina y se sentó a la mesa.
—No imaginaba que volvería aquí.
En la cocina había poco más que una mesa de madera con marcas y arañazos, una polea de la que no colgaba nada, un par de sillas y una foto de James Dean, arrancada de una revista y pegada con mucha cinta adhesiva transparente encima de la chimenea. Se notaba el frío y olía a humedad. Intentó no recordar al joven esposado al radiador que había visto la última vez que estuvo allí. La nariz rota, esperando a que lo llevasen de vuelta a la habitación del fondo para recibir algunos golpes más.
Cooper tiró de una de las sillas y se sentó frente a él. Bostezó.
—A veces pienso que no tendría que haberme ido nunca —dijo—. Aquí era feliz. Cuando me mudé al West End todo se fue a la mierda. —Sonrió—. Y antes de que me preguntes nada, McCoy, lo de Jamsie Dixon no tiene nada que ver conmigo.
—¿Esperas que me lo crea? —preguntó McCoy.
—¿Te crees que me importa lo más mínimo? —dijo Cooper—. No puedo decir que me dé mucha lástima, pero no ha sido cosa mía. Estuve contigo y con tu colega el capitán toda la noche. Pregúntale.
—Sí, gracias por eso. Me utilizaste como coartada. Eso le va a sentar de maravilla a Murray. Pensé que estabas por encima de algo así.
—Y lo estoy —dijo Cooper—. Y, como ya te he dicho, no tengo nada que ver con lo de Jamsie Dixon, así que no te necesito como coartada.
—Entonces, ¿quién lo ha matado? —preguntó McCoy.
Cooper se encogió de hombros.
—Ni idea.
McCoy habría querido creerle.
—¿Adónde fue Billy esa noche? Le vi marcharse del combate con alguien.
Cooper suspiró.
—¿Qué? ¿Esa es la gran teoría? ¿Crees que lo envié a que se ocupase de Jamsie Dixon? Billy es bueno para un montón de cosas, pero no para algo así. Le preocupa demasiado su aspecto. Además, Jamsie Dixon le habría hecho papilla.
—Entonces, ¿adónde fue? —preguntó McCoy.
—¿Has visto las dos chavalitas que acaban de irse? A eso se dedica Billy. Engrasa el mecanismo. Me he pasado seis meses en prisión, acabo de salir. ¿Qué crees que estaba arreglando para más tarde aquella misma noche?
—Guarro cabrón —dijo McCoy.
—Me he hartado de mi mano derecha. No hacía otra cosa en la cárcel. Se acabaron las pajas.
—Vendrán a por ti —dijo McCoy—. Para interrogarte.
—Querrás decir que lo intentarán, pero no van a poder. Lomax se encargará de eso —respondió Cooper—. Para eso le pago.
McCoy lo intentó con otro enfoque.
—¿Por qué has vuelto aquí, Stevie?
—Para pensar —dijo—. ¿Te parece bien?
McCoy asintió.
—¿Estás bien?
Cooper sonrió.
—De puta madre. Por primera vez en mucho tiempo. No te preocupes por mí, McCoy.
Y lo más curioso del asunto es que lo parecía. Estaba tranquilo, calmado, nada de los gritos que él esperaba. Más bien se trataba del Cooper que había llevado a que McCoy siguiese considerándolo su amigo después de todos esos años. Cooper volvió a bostezar y se rascó el pecho.
—No soy tonto, McCoy. Hay una razón para que no tenga nada que ver con lo de Jamsie. ¿Acaso crees que quiero que Desy Dixon vaya a por mí? Ese tío está loco.
—Todo el mundo cree que lo hiciste tú —dijo McCoy—. Y, por desgracia, eso incluye muy probablemente a Desy Dixon.
—Sí. Por eso tengo que pensar. Tengo que decidir cómo voy a manejar este asunto. ¿Lo entiendes?
McCoy asintió. Se puso en pie.
—Cuídate, Stevie —dijo.
Cooper volvió a sonreír.
—Como te he dicho, McCoy, no te preocupes por mí. —Se llevó el dedo índice a la sien—. Casi me olvido. Mi buena acción del día. Hay alguien de quien vas a tener que preocuparte. Tu colega Hughie Faulds.
—¿Qué? —dijo McCoy sorprendido—. ¿Por qué?
—No ha vuelto por casualidad —respondió Cooper—. Ha tenido que salir de Irlanda antes de que los chicos diesen con él. Ya intentaron volar su coche en Belfast.
—¿Faulds? Es policía, ¿por qué iban a querer hacer algo así? —preguntó McCoy.
—Mantente alejado de él —dijo Cooper—. Lo digo en serio. Ya está muerto. Que no te pille el fuego cruzado.
—¿Qué hizo? —preguntó McCoy.
—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó Cooper.
McCoy asintió, aunque no estaba muy seguro del porqué.
—La próxima vez que hables con Hughie Faulds, pregúntale por Paul McVeigh —dijo Cooper—. Pregúntale qué le pasó. Y ahora, pírate.
McCoy salió del edificio y recorrió el tramo de calle. Saludó con un gesto de la cabeza al grupito que se arremolinaba junto al fuego. Ahora estaba más confundido que al llegar. Cooper no parecía el lunático fuera de sus cabales del que le había hablado Billy y tampoco le había dado la impresión de que le hubiese mentido sobre el tema de Jamsie, pero nada de eso tenía sentido. ¿A quién más podría interesarle matar a Jamsie Dixon? No estaba convencido de que Wattie fuese capaz de descubrirlo. Posiblemente tendría que ayudarlo más tiempo del que había imaginado.
Enfiló la calle Hawthorn, se encendió un cigarrillo y se puso a buscar un taxi. ¿Y lo de Hughie Faulds? ¿De qué iba eso? Por lo que McCoy sabía, había regresado porque su esposa no deseaba que sus hijos creciesen en una zona de guerra. Sabía que Cooper tenía conexiones con el IRA, primos y tíos que vivían en Belfast. A lo mejor sabía de qué estaba hablando. Apareció un taxi y McCoy lo detuvo con un silbido. Se preguntó si merecía la pena descubrirlo.