Muerte en abril

Muerte en abril


15 de abril de 1974 » Diecisiete

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Diecisiete

—¿Cómo lo está llevando Watson? —preguntó Murray al tiempo que se sentaba en su silla. La nueva vida del inspector jefe junto a Phyllis Gilroy le iba bien, de ahí que a duras penas encajase en la silla. Demasiadas cenas y demasiado vino de la bodega del padre de Phyllis.

McCoy señaló con el mentón la carpeta color beis que estaba sobre la mesa de Murray.

—¿Ha leído su informe?

—No —dijo Murray—. Te lo estoy preguntando a ti, capullo.

—¿De qué va todo esto? —preguntó McCoy—. No lo entiendo. Fue usted quien eligió a Wattie entre muchos, dijo que se lo merecía y que podría seguirme el ritmo. Y ahora lo único que oigo son quejas y dudas. ¿Por qué lo metió en esto?

—No lo he metido en nada. Me preocupa que no esté a la altura. Creo que tiene que madurar un poco, enterarse un poco mejor de qué va este trabajo.

—Pues entonces lo emparejó con la persona equivocada, ¿no le parece? —dijo McCoy con una media sonrisa.

A Murray no le hizo gracia el comentario.

—Lo digo en serio, McCoy. La mitad del tiempo sigue comportándose como un adolescente. Tiene que cambiar.

McCoy suspiró.

—Lo está haciendo bien. Se encarga de todo lo que le corresponde, pero el caso es difícil. Jamsie Dixon era un matón a sueldo y también un bastardo de cuidado. Sin duda había mucha gente que quería matarlo.

—Incluido Stevie Cooper —dijo Murray.

—Incluido Stevie Cooper —admitió McCoy finalmente—. Tiene una coartada muy sólida. Eso no significa que no lo organizase todo, pero no va a ser fácil demostrarlo.

Murray empezó a palmearse el traje de tweed en busca de su pipa. La encontró y la golpeó contra el extremo de su mesa del despacho.

—No es que vaya a derramar una sola lágrima por la muerte de Jamsie Dixon. Glasgow es un sitio mejor sin él. —Se puso a escarbar en la cazoleta de la pipa con un cortaplumas—. ¿Dónde está encerrado su hermano, el chiflado?

—En Gateshead —respondió McCoy—. Aunque es posible que lo dejen salir para el funeral.

—¿Querrá vengar a su hermano? —preguntó Murray y desapareció tras una nube azulada de humo de tabaco.

—Esperemos que no, pero no me sorprendería —dijo McCoy.

—Lo que nos faltaba —comentó Murray, despejando el humo con la mano—. Si se le ocurre hacer algo, les proporcionará una excusa a los payasos del Record para montar otro de sus numeritos, en plan «Las violentas calles de Glasgow». Y me llamarán desde la calle Pitt para ponerme a caldo.

—Preguntaré por ahí, descubriré si Desy anda preparando alguna cosa —dijo McCoy.

Murray asintió, tomó una carpeta de la pila que tenía delante y se la tendió.

—El informe de la Brigada Especial sobre la víctima de la bomba. O, como yo lo defino, una muestra de lavado de manos. Menuda desgracia. Echa un vistazo, sigue las pistas, asegúrate de que no preparó más bombas antes de esparcir los restos de su cuerpo por su piso.

—¿Algún detalle diferente en la bomba de la catedral? —preguntó McCoy.

Murray negó con la cabeza.

—Ni heridos ni daños significativos. Nada que las relacione. Incluso han tenido la desvergüenza de sugerir que tal vez fue una broma.

—A lo mejor lo fue —repuso McCoy—. No se me ocurre ningún otro motivo para ponerla allí.

—¿Crees que aquí acaba la cosa? —preguntó Murray.

McCoy se encogió de hombros.

—Eso espero. Un joven muerto, otro herido. Tal vez los involucrados han entrado en razón. —Tomó la carpeta y se levantó—. ¿Quiere que siga controlando a Wattie?

—¿A ti qué te parece? —preguntó Murray—. ¿Tienes que hacerlo?

—No sería mala idea —dijo McCoy.

Murray asintió y volvió a centrarse en su pipa y sus expedientes. Recordó algo.

—¿Qué te dijo el médico? —le preguntó.

—Todo bien —dijo McCoy—. Al parecer, fue una indigestión.

McCoy salió del despacho y se sentó a su mesa. La vida con Phyllis Gilroy parecía encajar a la perfección con la personalidad de Murray, así como con su cintura. Estaba más tranquilo, no le había gritado ni insultado. A lo mejor ese era el tipo de cambio que necesitaba McCoy, emparejarse, llegar a casa y que le estuviese esperando una taza de té, para pasar la noche en el sofá viendo programas de mierda en la tele. La vida podía ser peor. Tenía que hacer algo, de eso no le cabía duda, porque incluso su vida sentimental se hallaba estancada. Aparte del rollo de una noche en el Victoria, un par de semanas atrás, estaba totalmente en dique seco. La mujer del Victoria estaba muy bien. Eso casi lo compensaba.

—¿De qué se ríe? —le preguntó Wattie.

—Lo siento, soñaba despierto —dijo McCoy mirándole a los ojos—. Tienes vómito de bebé en el hombro.

—¡Joder! —exclamó Wattie volviendo el cuello para intentar ver el hombro de su camisa—. El muy cabroncete debe de haberlo hecho esta mañana.

—¿Te refieres a tu amado primer hijo, Douglas Watson júnior? —preguntó McCoy.

—No, me refiero al cabroncete —dijo Wattie.

—Ve a limpiarte —sugirió McCoy—. Cuando vuelvas nos montamos en un coche y me cuentas cómo van las cosas.

Wattie asintió y se apresuró hacia el lavabo. McCoy no sabía si también le había comentado lo de los restos de huevo en la corbata.

Mientras esperaba en el coche, McCoy puso en marcha la radio para escuchar las noticias. Le dio la impresión de que todas las emisoras pinchaban la misma canción: «Waterloo». Se dio por vencido, la apagó al tiempo que Wattie se acomodaba en el asiento del copiloto, con el hombro todavía húmedo y la mancha de huevo intacta.

—¿Algún familiar cercano? —preguntó McCoy cuando ya estaban en Charing Cross.

—Por Dios, no pregunte —dijo Wattie—. Paul Watt era hijo único, su madre y su padre murieron en un accidente de tráfico hace cinco años. Así que su pariente más cercano es un viejo tío en Durham. Le telefoneé, pero no parecía tener ni idea de lo que le hablaba. Creo que está un poco gagá. Me preguntó si iba a solucionar el tema de los niños que estaban jugando en la calle y me pidió un trozo de pan y un poco de leche.

—Mal rollo —dijo McCoy.

—¿Adónde vamos? —preguntó Wattie.

—A Maryhill —respondió McCoy—. A la calle Chapel, justo detrás del Viking. Después podemos tomarnos unas pintas.

—¿Allí? —preguntó Wattie—. ¿Es imprescindible?

—¿Qué tiene de malo el Viking? —dijo McCoy. Entonces lo recordó. La última vez que había estado allí, Stevie Cooper le había dado una paliza a un tipo atado a una silla—. Bueno, no tenemos por qué —rectificó—. Podríamos probar en el Munns Vaults, que queda de camino.

No les llevó mucho tiempo llegar allí, se detuvieron frente a un almacén que tenía un gran cartel encima de la entrada en el que podía leerse VENTA AL POR MAYOR THOMSON. Dibujos de manzanas y naranjas rodeaban las letras. El patio estaba lleno de pilas de cajas de madera. Esparcidas por el suelo, diferentes frutas y verduras. Junto a la enorme puerta había aparcada una camioneta en la que dos tipos estaban cargando sacos de patatas, mientras el conductor fumaba y leía el periódico sentado en su asiento.

—¿Qué tal está Mary? —preguntó McCoy al salir del coche—. ¿Ya te habla?

—Sí. Cumplí con mi penitencia. He cambiado los suficientes pañales como para ser perdonado. Se está planteando volver al trabajo —dijo Wattie.

—Qué rápido —comentó McCoy—. ¿Qué pasará con el cabroncete? ¿La madre de ella lo cuidará durante el día?

—Si por el cabroncete se refiere a mi querido primogénito Douglas Watson júnior, ese es el plan, efectivamente. Ahora mismo está allí —dijo Wattie—. En Knightswood, preguntándoselo.

—Busco al jefe, muchacho —dijo McCoy cuando, tras un muro de cajas, apareció un adolescente con una considerable cantidad de acné y un cajón de plátanos en los brazos. Apuntó con el mentón hacia un diminuto despacho más allá de la puerta trasera.

—Me preguntaba qué le habría ocurrido —dijo el jefe, un tipo de mediana edad con una marca roja de nacimiento encima de su ojo izquierdo—. Por lo general, si se encontraba mal llamaba por teléfono. Nunca se me habría ocurrido que hubiese muerto. Qué sorpresa tan desagradable. —Parecía como si el viento le hubiese empujado con fuerza. Se dejó caer en la silla y buscó los cigarrillos—. Era muy joven —comentó—. Horrible. —Alzó la vista para mirarlos—. ¿Qué le ha pasado?

—Todavía no podemos decírselo —dijo McCoy—. ¿Cómo era?

—¿Paul? —preguntó el jefe—. Un poco soñador, pero trabajaba bien. Un mozo de almacén normal. Llevaba un año trabajando aquí. —Se encendió el cigarrillo con manos temblorosas, dejó la cerilla en lo alto de un cenicero lleno hasta los topes—. No me lo puedo creer.

—¿Tenía amigos aquí? —preguntó McCoy—. ¿Alguien con quien podamos hablar?

El jefe negó con la cabeza.

—No se relacionaba mucho con nadie. Los chicos de aquí pueden ser un poco agresivos; no sé si me explico. Paul no se comportaba así, era callado.

—¿Novias? —preguntó McCoy.

—Nunca habló de ninguna. Aunque dudo que tuviese. De lo único que hablaba era del Ejército Territorial.

—¿Los reservistas del Ejército? —preguntó McCoy—. ¿Estaba metido en eso?

El jefe asintió.

—Sí. Tenía el uniforme y todo lo demás. Iba a los campamentos los fines de semana. Su base o pelotón o como lo llamen no está lejos de aquí. Calle Hotspur.

Dejaron al jefe, que todavía parecía conmocionado, sentado a su mesa, y regresaron al coche.

—Un soldadito de juguete —dijo Wattie—. ¿No le parecen todos un poco raros?

—Sí —dijo McCoy—. Más raros que los agentes especiales, que ya es decir. Supongo que tendremos que ir a hablar con ellos. ¿Y qué pasa con Jamsie Dixon? —preguntó McCoy mientras salían del patio, cruzaban el puente y esperaban en el semáforo al lado del Viking.

—No gran cosa —respondió Wattie—. He organizado una búsqueda como Dios manda en el patio, para ver si podemos encontrar el arma. Hoy llegarán los informes médicos, a ver qué dicen.

—¿Qué otra cosa esperas, más allá de que le golpearon en la cabeza? —preguntó McCoy.

Wattie se encogió de hombros.

—Espero que diga algo más que eso.

—Cooper asegura que no tuvo nada que ver —dijo McCoy, pisando el acelerador en cuanto el semáforo se puso verde.

—Bueno, eso no sorprende a nadie, ¿o sí? —dijo Wattie—. ¿Usted le cree?

—No —respondió McCoy—. Pero si no pasa nada y él se aferra a esa historia, con Lomax evitando cualquier clase de pregunta, no sé cómo vamos a poder seguir avanzando.

—Genial —dijo Wattie sombrío—. Mi primer gran caso acabado antes de empezar.

—Es posible —dijo McCoy—. Pasa más a menudo de lo que crees. Todo el mundo sabe quién lo hizo, pero nadie puede hacer nada al respecto. Esas cosas son las que permiten que tipos como Lomax vistan trajes de raya diplomática y conduzcan Jaguars.

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