Muerte en abril
15 de abril de 1974 » Dieciocho
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Dieciocho
El cuartel del Ejército Territorial de los Fusileros Reales de Escocia era un edificio blanco con patio en lo alto de la calle Hotspur. Cuando llegaron allí, les resultó evidente la razón por la cual brillaba bajo la luz del sol. Había unos veinte muchachos con pantalones del ejército, desnudos de cintura para arriba, armados con brochas para pintarlo de blanco. Por lo visto, les divertía hacerlo, lanzaban gritos y algunos lucían manchas de pintura muy poco convincentes en la cara. Uno de ellos, pelirrojo, parecía haberse pintado una camiseta. A McCoy le dio la impresión de que eran demasiado jóvenes para ser reservistas; andaban entre los quince y los dieciséis años. Tal vez eran cadetes del Ejército. Un hombre de unos treinta años, vestido con ropa de deporte, intentaba mantener el orden a base de gritos y pitidos del silbato que colgaba de su cuello.
—¿Está usted al mando? —preguntó McCoy.
—¿De este triste intento de pintar o en términos generales? —preguntó el hombre. Tenía acento pijo escocés, con las «erres» típicas de las Tierras Altas—. De las dos cosas, me temo. —Le tendió la mano—. Teniente Meiklejohn. ¿En qué puedo ayudarles?
—Paul Watt —respondió McCoy, tras mostrarle su tarjeta de la policía.
—Ah —dijo Meiklejohn—. Supuse que llamarían. ¿Entramos?
Los hizo pasar al interior del edificio por una puerta trasera. Atravesaron un gimnasio, con cuerdas y pesas tiradas por el suelo, espalderas en las paredes. Recorrieron un pasillo flanqueados por mapas y entraron en una habitación que parecía una sala de profesores. Un par de sofás, una mesa con un mantel de cuadros, estanterías con libros, grandes fotos de soldados sentados, un par de espadas cruzadas sobre un escudo de armas en la pared. El olor le recordó a McCoy a los hogares de acogida. Desinfectante, cigarrillos, sudor y pintura.
Meiklejohn señaló hacia uno de los sofás.
—Por favor, siéntense.
Se sentaron y él puso en marcha el hervidor.
—¿Té? —preguntó.
—No es necesario —dijo McCoy—. Solo queremos hacerle unas preguntas.
—Lo siento. Sí, claro —dijo Meiklejohn. Tiró de una silla y se sentó frente a ellos.
—¿Cómo era? —preguntó McCoy—. Me refiero a Paul Watt.
—Era un buen muchacho —dijo Meiklejohn—. Estaba pensando en unirse a nosotros formalmente. Hablo del Ejército Territorial. Me da la impresión de que no tenía mucho más aliciente en su vida aparte de los reservistas. Nunca faltaba, siempre estaba aquí, a veces cuando se suponía que no tenía que estar. Desconozco su situación familiar, porque nunca comentó nada. Por otra parte, era bastante callado. En el grupo, no era de los que enseguida recurren a la fuerza física, ni de los más escandalosos.
—¿Cómo es posible que alguien como él volase por los aires mientras construía una bomba? —preguntó McCoy.
—¿Fue así como murió? —preguntó Meiklejohn—. Me lo contaron, pero me pareció imposible. —Negó con la cabeza—. Lo cierto es que no tengo ni la más remota idea. Nada en su comportamiento o en su manera de ser daba a entender que fuese capaz de algo así o siquiera que estuviese interesado en hacerlo.
El botón del hervidor saltó y los tres se volvieron para observarlo.
—¿Se sabe a quién o a qué estaba destinada esa bomba? —preguntó Meiklejohn.
—Todavía no —respondió McCoy—. ¿Habló alguna vez de un tal Donny Stewart?
Meiklejohn negó con la cabeza.
—No que yo recuerde. Pero no es uno de nuestros muchachos.
—En un lugar como este —dijo Wattie—, ¿disponen de material con el que se pueda construir una bomba?
—No —respondió Meiklejohn con una sonrisa—. Nuestras ordenanzas se limitan a rifles, la mayoría de ellos inutilizados. Sirven solo para entrenar. Nada de granadas o de bombas. Tenemos un armario con llave en el que guardamos algunas pistolas y munición, pero me parece que no lo hemos abierto desde hace años.
—¿Algo más que pueda contarnos de él? —preguntó McCoy.
Meiklejohn recapacitó durante unos segundos y negó con la cabeza.
—Era un muchacho normal y corriente, ni el mejor ni el más brillante, pero con buen corazón.
McCoy estaba empezando a cansarse de tantos buenos muchachos y tantos buenos corazones. El olor le desagradaba y le recordaba cosas que no quería recordar. Estaba deseando largarse. Tenía que acelerar el asunto. Si seguía por el camino habitual, no sacaría nada de Meiklejohn. Era el momento de tocar ciertas teclas.
—¿Le había tomado usted cariño, señor Meiklejohn? —preguntó McCoy—. Me refiero a Paul.
Meiklejohn se sintió desconcertado. Se le enrojecieron las orejas.
—Teniente Meiklejohn. Y no, no en especial. No sé a qué se refiere.
—¿En serio? —preguntó McCoy—. Solo era una pregunta. ¿Les compra regalos a todos los chicos para su cumpleaños?
Las orejas de Meiklejohn eran ahora de un rojo escarlata.
—¿The Life and Death of St Kilda? Feliz cumpleaños, de Henry. Lo encontramos en su apartamento. —McCoy señaló hacia la puerta—. El cartel dice H. Meiklejohn. Es Henry, ¿verdad?
Meiklejohn le miró a los ojos. Le miró como lo hacen a sus amos los perros atemorizados. Acto seguido, se recompuso. Enderezó la espalda.
—Watts estaba interesado en la historia de Escocia, como yo. Me topé con ese libro de bolsillo en una librería y se lo compré. Eso es todo.
—¿En serio? —preguntó McCoy—. ¿Les compra regalos a los otros chicos?
—No sé qué quiere dar a entender —replicó Meiklejohn.
—Claro que lo sabe —dijo McCoy con muy mala intención—. Sabe perfectamente lo que quiero dar a entender. Un muchacho solitario, sin familia, no muy brillante. De repente, una figura de autoridad muestra interés por él, empieza a comprarle regalos. Créame, Meiklejohn, sé perfectamente lo que estoy dando a entender y sé muy bien cómo funciona el asunto. Es muy fácil emborrachar a muchachos como él, es muy fácil enseñarles revistas guarras. Los muchachos como ese suelen hacer todo lo que se les manda.
Silencio. Ni una palabra. Podía escucharse el tictac del reloj de pared. También las risas y los gritos distantes de los chicos que estaban fuera.
—Creo que será mejor que se vayan —dijo Meiklejohn—. Ahora.
Cuando salieron, McCoy encendió un cigarrillo para calmarse un poco. El chaval pelirrojo que se había pintado una camiseta ahora se había puesto una de tela y estaba persiguiendo a uno de sus compañeros con una brocha impregnada de pintura.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó Wattie a su espalda.
McCoy asintió.
—¿Cómo supo que el libro se lo había regalado él? —preguntó.
—No lo sabía —dijo McCoy—. Lo intuí. H de Henry.
—¿Cree que Meiklejohn y él eran, ya sabe…? —preguntó Wattie.
McCoy se encogió de hombros.
—No sé de qué se trata, pero sin duda había algo entre ellos. Algo más de lo que Meiklejohn quiere aceptar.
Wattie negó con la cabeza.
—¿Un oficial del Ejército? ¿Marica? ¿Está seguro?
Esa fue la gota que colmó el vaso. Toda la rabia contenida explotó.
—¡Joder, Wattie! Murray tiene razón. ¡Eres como un puto niño pequeño! ¡Despierta de una vez! Esto es el mundo real. Si quieres ser detective, espabila, deja de ir de aquí para allá como si fueses Heidi. Eres adulto, padre de un hijo y policía. ¡Tienes que crecer un poco y hacerlo rápido!
Echó a andar hacia el coche. Wattie le seguía a unos metros de distancia.
—¿Qué demonios le pasa? —preguntó al entrar en el coche.
—Nada —dijo McCoy—. Pero vas a tener que aprender a ver cómo son en realidad los tipos como Meiklejohn. Deja de creer en lo que te dicen los demás.
—Ya lo he entendido —dijo Wattie. Puso el coche en marcha.
—Sí. Y tienes suerte de que sea yo el que te lo ha dicho y no Murray. Si hubiese sido él…
De repente, sonó la radio.
—¿Watson? Tienes que volver a la comisaría cuanto antes.