Muerte en abril
15 de abril de 1974 » Diecinueve
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Diecinueve
Uno de los agentes encargados de buscar huellas dactilares lo había encontrado oculto tras uno de los bidones de basura en el patio de al lado.
—No me jodas —dijo Wattie.
Estaban ya en la comisaría, observando una bolsa de plástico etiquetada sobre el escritorio de Murray. Una bolsa de plástico que contenía un martillo, cuya punta estaba cubierta de sangre pegajosa, con varios cabellos rubios colgando.
—Parece que hubieses estado corriendo —comentó Murray—. Será mejor que lo lleves al laboratorio. A ver qué pueden hacer con él.
Wattie asintió, agarró la bolsa con cautela y salió a toda prisa.
—El chaval ha tenido suerte —prosiguió Murray.
McCoy asintió.
—Mucha suerte. Si el cabrón de turno ha sido tan estúpido como para dejar sus huellas dactilares, nos vamos a reír.
—¿Algo sobre el tipo de la bomba? —preguntó Murray tras sentarse.
McCoy se encogió de hombros.
—Para ser un tipo que montaba bombas en su apartamento, da la impresión de que llevaba una vida muy aburrida.
—A lo mejor esa es la cuestión —dijo Murray—. Ocultarse a la vista de todo el mundo.
—A lo mejor, pero es raro. Los de la Brigada Especial dicen que no era paramilitar, pero entonces, ¿de qué se trata? No da la impresión de ser uno de esos tipos que se la tienen jurada a alguien. Cumplía en el trabajo, le gustaban los del Ejército Territorial. Ninguno de sus empleadores le había fastidiado. Nada. ¿Cómo aprendió a hacer una bomba? ¿Quién era el objetivo?
—¿No será uno de esos alemanes? ¿Cómo les llaman? ¿Badder lo que sea? —preguntó Murray.
—No lo creo. Son revolucionarios radicales, su intención es acabar con el sistema. Lo único que quería este estúpido era entrar en el ejército.
—No era precisamente un radical —dijo Murray—. Más bien lo contrario.
—Voy a ir a Dunoon. A ver si descubro algo más del otro tipo involucrado.
—¿El marino estadounidense? —preguntó Murray.
McCoy asintió.
—Que no se convierta en un problema diplomático, ¿de acuerdo? —dijo Murray con evidente preocupación— ¿La Armada estadounidense? Es lo último que necesitamos.
—Espero que no —dijo McCoy—. Estaba fuera de servicio cuando ocurrió. Espero que se laven las manos en este asunto.
Murray asintió.
—No le quites ojo a Watson. Lo del martillo es un gran paso adelante, asegúrate de que lo gestiona adecuadamente. Y ahora una pregunta para ti. ¿Qué le compro a Phyllis por su cincuenta cumpleaños?
—¿Cómo? —A McCoy le pilló con la guardia baja. Un cambio demasiado rápido.
—Phyllis. Cincuenta cumpleaños.
—¿Por qué me lo pregunta a mí? —preguntó McCoy.
—Porque estás delante. Me urge comprar algo esta tarde y no tengo ni puta idea de qué.
—Dios mío. No lo sé —dijo McCoy—. ¿Una joya?
—Es jodidamente rica. No creo que pueda competir con ella a ese nivel.
—¿Un cuadro? A ella le gusta la pintura, ¿verdad?
Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Murray.
—La casa está llena de cuadros. Buena idea. ¿Dónde compro uno?
—Murray, por favor.
Murray alzó las manos.
—De acuerdo. Lo pensaré.
—La cosa se está poniendo seria entre Phyllis y usted. Lo siguiente va a ser comprarle un anillo.
McCoy dejó a Murray pensando en cuadros y anillos, sentado tras su escritorio. Tenía que intentar descubrir qué había pasado con Paul Watt. Aunque estuviese liado de algún modo con Meiklejohn, ¿qué tendría eso que ver con hacer bombas? ¿Y cómo demonios había llegado a conocer a un marino estadounidense? Entonces lo entendió. De repente, parecía obvio. Iba a tener que pasar por otro sitio antes de ir a Dunoon.
El exilio de Bobby Thorne en España no se había prolongado mucho. Demasiado calor, por eso había regresado hacía un par de meses. Se había comprado un pequeño pub en la parte alta de la calle Hope. El Backstage Bar. Había cubierto las paredes con fotos de sí mismo acompañado de otros personajes de la farándula escocesa. Bobby y Moira Anderson, Bobby y Jack Milroy, Bobby y The One O’Clock Gang. La única que le sorprendió fue una de Bobby junto a los integrantes de los Beatles. Invierno de 1963, en el Beach Ballroom de Aberdeen. Los cuatro, y Bobby, sonriéndole a la cámara, todos con botellas de whisky en las manos. El pub gozaba de buena salud, los clientes pasaban por allí antes o después de ir al teatro Royal, al Metropole o al Apollo.
McCoy abrió la puerta y se adentró en la oscuridad y el conocido aroma a humo de tabaco y cerveza. Todavía no había mucha gente, tan solo un par de personas sentadas al fondo. Era demasiado temprano. El dueño estaba tras la barra, con el peluquín bien puesto, una camisa blanca de manga corta y un lápiz en la mano, cumplimentando lo que parecía un libro de cuentas. Alzó la vista. Observó a McCoy despacio, de arriba abajo.
—Vaya, vaya, mira quién está aquí. Harry McCoy. ¿A qué debo este dudoso placer?
—Tengo que hacerte unas cuantas preguntas —dijo McCoy apartando un taburete de la barra y sentándose.
Bobby y McCoy habían mantenido relación un par de años atrás, cuando asesinaron al socio de Bobby. No llegaron a trabar amistad, pero se vieron en el bar en un par de ocasiones, charlaron varias veces. Bobby siempre parecía estar al corriente de lo que ocurría en las partes menos visibles de la ciudad. Llenó una pinta de cerveza y la dejó frente a McCoy. Para él se sirvió una copa de whisky y se sentó.
—Soy todo oídos —dijo Bobby—. Mucho mejor que seguir haciendo números.
—Marinos estadounidenses —dijo McCoy.
Bobby alzó las cejas.
—Un principio prometedor.
—Cuando vienen a Glasgow en busca de…, ya sabes…, ¿adónde van?
Bobby abrió mucho los ojos con aire inocente.
—No sé a qué se refiere, señor McCoy. ¿En busca de qué? ¿Podrías ser más preciso?
—Sabes muy bien a qué me refiero, capullo —dijo McCoy con una sonrisa.
Bobby se sacudió una imaginaria pelusa de la camisa.
—Aunque nadie lo diría al verme, mis días de caza quedaron atrás hace mucho tiempo. Soy demasiado viejo y estoy demasiado cansado después de trabajar todas las noches. Sin embargo… —Alzó un dedo, se echó hacia atrás y dijo a voz en grito en dirección a la trampilla de la bodega—: ¡Barry!
Un par de segundos después apareció por allí una cabeza.
—¿Qué? —preguntó.
Bobby señaló hacia McCoy con el mentón.
—Es policía. Quiere hablar un momento contigo.
La cara de Barry se puso blanca de repente. Subió el resto de los escalones y se colocó tras la barra, nervioso. Era un tipo corpulento, llevaba una camiseta blanca de manga corta, unos ceñidos vaqueros y un peinado estilo Rod Stewart.
—El señor McCoy quiere saber dónde podría ligar con un marino estadounidense —dijo Bobby—. He pensado que tú podrías decírselo.
—No te preocupes, muchacho —se apresuró a decir McCoy antes de que el chico echase a correr—. Solo necesito información. Nada más.
El color empezó a regresar al rostro de Barry.
—¿Joven? —preguntó—. ¿De los que vienen de Holy Loch?
McCoy asintió.
—No vienen muchos de esos, lo cual es una lástima. El único lugar en el que me he encontrado alguno es en el Duke of Wellington.
Bobby puso los ojos en blanco.
—Tendría que haberlo sabido. Ese sitio es un puñetero antro.
Barry ignoró sus palabras.
—Siempre parecen asustados. Suelen decir que están aquí de vacaciones, visitando a la familia, cosas de esas. No quieren que nadie sepa que son de la Armada. —Sonrió—. Solo te enteras cuando las cosas se ponen serias y ves las chapas de identificación que olvidan quitarse.
McCoy rebuscó en el bolsillo y sacó unas de las fotografías de Donny Stewart. Se la pasó.
—¿Lo has visto alguna vez? —preguntó.
Barry la observó y negó con la cabeza.
—No, pero no es del tipo en que me suelo fijar, la verdad. Demasiado menudo. Mido metro ochenta y seis y peso noventa y cinco kilos. A mí me gustan los que pueden manejarme, ¿sabes a qué me refiero?
—No, el señor McCoy no lo sabe. Muchas gracias —dijo Bobby—. Anda, lárgate. Regresa a tu agujero.
Barry asintió y desapareció por la trampilla de la bodega.
—¿Te ha servido de algo? —preguntó Bobby.
—No lo sé —respondió McCoy—. No estoy muy seguro de lo que ando buscando. Ni siquiera sé si el muchacho es… —Estuvo a punto de decir marica, pero cambió de idea—… un gay.
—Gay, no un gay.
—Ah —dijo McCoy.
—Te propongo una cosa —dijo Bobby—. Enviaré allí esta noche al monstruo de las profundidades. Le diré que pregunte. Creo que allí él será más capaz que tú de sacar información. No te ofendas.
—Genial —dijo McCoy—. Te debo una.
Bobby asintió.
—Lo sé. Por eso lo hago. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar el favor de un polizonte. Hablando del asunto, ¿qué le ha pasado a tu compañero, el muchachote rubio?
—¿Wattie? —preguntó McCoy—. Ha tenido un bebé.
Bobby dejó escapar otro suspiro.
—Los guapos siempre son heteros. La historia de mi vida.
McCoy le dejó que regresase a su libro de cuentas, salió del pub a la luz de la tarde. Las siete menos cuarto. Si se ponía en marcha, llegaría a Dunoon a las ocho y media. A esas horas, el Paul Jones ya estaría abarrotado.