Muerte en abril
15 de abril de 1974 » Veinte
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Veinte
Un camión había volcado justo en la salida de Port Glasgow, bloqueando la carretera durante más de media hora, así que eran casi las nueve de la noche cuando McCoy llegó al Paul Jones en Dunoon. El bar estaba en medio exacto de la extensa calle principal, frente a la iglesia. El local era cuadrado y la barra se encontraba en uno de los costados, había unas cuantas mesas desperdigadas y el menú colgaba de la pared ofertando hamburguesas. Estaba lleno de jóvenes que McCoy supuso que eran marinos estadounidenses. Iban vestidos con los típicos vaqueros, pantalones de pana y camisetas, pero ninguno de ellos llevaba el pelo por debajo de la nuca. Una revelación involuntaria.
Se abrió paso hasta la barra, no le resultó sencillo porque el local estaba abarrotado. Dos chicas servían las copas, ambas jóvenes, ambas guapas y ambas bien vestidas; sin duda formaban parte del atractivo del lugar. Parecían tener totalmente controlada la situación, intercambiando bromas e insultos con los muchachos. Logró llamar la atención de la rubia y esta se acercó. Le mostró su identificación y le preguntó si disponía de unos minutos. Le contestó que iba a comprobarlo y se acercó a la morena. Regresó asintiendo. Uno de los marinos introdujo unas monedas en la gramola que había en la esquina. Empezó a sonar una batería, después una guitarra eléctrica y, de repente, todos los que estaban en el local se volvieron locos. Todos los presentes se pusieron a cantar a voz en grito: «It ain’t me, it ain’t me, I ain’t no fortunate son», dando saltos, golpeando el aire.
McCoy miró a la camarera y ella se encogió de hombros, gritó con fuerza:
—Siempre se les va la olla con este tema.
McCoy señaló hacia la puerta, no tenía sentido intentar hablar mientras treinta muchachos cantaban a coro con Creedence Clearwater Revival.
Se quedaron de pie fuera del pub, en la acera. Podían oír los gritos y los cánticos como un rumor detrás de la puerta que acababan de cerrar. Las últimas familias iban camino ya de sus pensiones y hoteles. Los niños más pequeños estaban dormidos, aferrados a sus cometas o sus cañas de pescar, en brazos de sus padres. McCoy sacó su paquete de tabaco, le ofreció un cigarrillo a la camarera y se encendió uno.
—Empecé a fumar para mantener alejados a los mosquitos —dijo blandiendo su cigarrillo en el aire—. Ahora fumo veinte de estos al día. —Le tendió la mano—. Catrina.
—McCoy —dijo McCoy—. ¿Te parece bien si te hago unas cuantas preguntas?
Ella asintió.
—Me merecía un descanso.
Sacó la fotografía de Donny Stewart de la cartera y se la mostró.
—¿Lo conoces? —le preguntó.
—¿Es el chico que ha desaparecido?
McCoy asintió.
Ella negó con la cabeza.
—Me suena, ha estado aquí varias veces, pero no lo conozco. Un chico más. Si no me molestan o me piden para salir, todos me parecen más o menos iguales. Chicos de pelo corto y buena dentadura.
—¿También viene gente del pueblo por aquí? —preguntó McCoy mirando hacia el pub.
—No muchos. De vez en cuando, alguna chica que busca un amigo de Estados Unidos. Chicos, ninguno. Van a otros pubs. Aquí vienen los de la Armada estadounidense, los jóvenes de aquí van al Ingram, un poco más arriba. Nunca se mezclan. A menos que se peleen, claro. —Pensó durante un minuto—. Aunque antes sí lo hacían, hará cosa de un año. Un par de hippies de pelo largo solían venir aquí. Hablaban muy fuerte y decían cosas como asesinos de niños, impiri…
—¿Imperialistas? —preguntó McCoy.
—Eso. Imperialistas. Hablaban de Vietnam a voz en grito. Querían provocar a los muchachos. Vinieron varias veces, pero como nadie mordió el anzuelo se fueron.
—¿Sabes quiénes eran esos chicos? —preguntó McCoy.
Negó con la cabeza.
—Pero estoy convencida de que venían del Zoo.
—¿El Zoo? —preguntó McCoy perplejo.
Ella sonrió.
—Así es como la llamamos. Es una comuna que hay en Knockland, en una granja. Hay todo tipo de hippies y Dios sabe qué más. Les gusta el amor libre y no lavarse el pelo. No va conmigo.
McCoy recordó lo que le había dicho Saunders, el amigo de Donny, sobre el coche dorado y hacia dónde había ido.
—¿Está de camino a Innellan?
Ella asintió. Señaló hacia la izquierda, en dirección al muelle del ferri.
—Unos diez kilómetros, hacia allí.
—No sabrás nada de un coche dorado, ¿verdad? —preguntó McCoy.
—¿Yo? No. —Sonrió de nuevo—. Pero mi padre seguro que sí. El otro día íbamos caminando por la calle Argyll y un gran coche dorado se detuvo delante del Co-op y salieron dos tipos. Abrigos afganos, barba. No llevaban zapatos. A mi padre casi le dio un patatús. Dijo que si realmente creían en lo de la paz y el amor tendrían que vender el coche y darles el dinero a los pobres, que ese coche valía una fortuna.
—¿Te dijo de qué modelo se trataba? —preguntó McCoy—. Me refiero a tu padre.
—Es posible que dijese que era un Daimler. O algo parecido, creo.
Una cabeza asomó por la puerta del pub, acompañada del rugido de «Bad Moon Rising». Rubio, pelo muy corto, acento americano.
—¿Catrina? Susan dice que te necesita dentro. Ya.
Volvió a desaparecer.
Catrina lanzó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con su sandalia de plataforma roja.
—Será mejor que vuelva —dijo—. Susan debe de estar de los nervios.
—¿Crees que el coche venía del Zoo? —preguntó McCoy—. ¿De la comuna?
Ella asintió.
—Seguramente. No hay muchos más hippies por aquí.
Se despidió, sonó otro estallido de Creedence al abrir la puerta y desapareció. McCoy se quedó allí un minuto, escuchando el rumor de la música. Al parecer, el Zoo ese era adonde tenía que ir. Pero no esa noche, nunca lo encontraría a oscuras. Había pasado junto a un gran hotel de camino al pub. El Argyll. Decidió que se alojaría allí aquella noche e iría en busca del Zoo por la mañana.
Iba caminando por la calle hacia el hotel cuando lo vio. Stewart estaba delante de un pub, deteniendo a todo el que pasaba para mostrarle una foto. No parecía estar teniendo mucha suerte: la gente negaba con la cabeza y seguía andando. Daba la impresión de sentirse un tanto derrotado, con la cabeza gacha. McCoy sintió lástima por él, se preguntó si alguien se tomaría tantas molestias por hacer algo así si él desapareciese. Su padre no, eso seguro.
Se acercó a Stewart. Otra pareja le dijo que no reconocía al chico de la foto.
—Tienes pinta de necesitar una copa —dijo McCoy.
Stewart alzó la vista.
—¡Harry! Amigo, cuánto me alegro de verte. No estoy teniendo suerte aquí. Sí, una copa sería de agradecer.
McCoy abrió la puerta del pub y entraron los dos.
Stewart se sentó y McCoy fue a por un par de pintas y dos whiskies y los llevó a la mesa, que estaba junto a la chimenea. El pub era una agradable mezcla de papel de pared de tartán e imágenes de barcos, y la clientela, al parecer, estaba formada a partes iguales por lugareños y turistas. El fuego restallaba en la chimenea. Se oía a Dean Martin de fondo.
—¿Alguna novedad? —preguntó Stewart al agarrar su pinta.
McCoy negó con la cabeza.
—No. He venido aquí a hacer algunas preguntas, como tú.
Stewart asintió. Su gesto transmitía resignación.
—No sabía cómo matar el tiempo, así que intenté hacer algo útil —dijo—. He pasado unas cuantas horas ahí fuera. Me duelen los pies, pero eso es mejor que quedarse sentado en el hotel mirando las paredes.
—¿Alguien te ha dicho algo de él? —preguntó McCoy.
Negó con la cabeza.
—No. Los chicos de la Armada lo reconocen, pero no tienen ni idea de qué podría haberle ocurrido. La gente de aquí intenta ayudar, se miran la fotografía, pero acaban diciendo que lo sienten mucho, que no saben quién es. Eso ha sido todo.
—¿Y qué tal en la Armada? —preguntó McCoy—. ¿Te han ayudado?
—Pasé esta tarde por la base, hablé con ellos. Por lo que a ellos respecta, se hallaba fuera de servicio. Si la policía local lo encuentra, lo meterán en un calabozo. Así están las cosas.
—¿Lo están buscando?
—Yo diría que no —dijo Stewart—. Preguntaron en algunos bares, pusieron un cartel en la base. Lo habitual. —Sonrió—. Supongo que un excapitán tiene menos influencia de la que pensaba.
—Lo encontraremos —dijo McCoy.
Stewart alzó el vaso y brindaron.
—He cancelado el vuelo de regreso. No tengo ninguna razón para volver. Debo estar aquí. Pase lo que pase, no me iré a casa hasta descubrir qué le ha ocurrido a Donny.
El barman hizo sonar la campana y gritó: «¡Última ronda!». Stewart se acercó a la barra. McCoy le vio moverse despacio con un billete de veinte libras en la mano. Se parecía mucho a Jack Nicklaus. Cuanto más pensaba en ello, más extraño le resultaba todo lo relacionado con Donny Stewart y Paul Watt. Había explotado una bomba en su apartamento, otra en la catedral, pero nadie parecía darle la menor relevancia. A la Armada le importaba poco Donny Stewart, y a la Brigada Especial tampoco le importaba Paul Watt. Por lo visto, los únicos que se interesaban por ellos eran Stewart y él.
—¿En qué pensabas? —dijo Stewart cuando volvió a sentarse.
—Nada en especial —respondió McCoy—. Dejaba volar la mente.
Stewart asintió.
—¿Qué tal está tu amigo Steve?
—No lo sé —dijo McCoy—. Si te soy sincero, se está comportando de un modo un poco raro. Creo que el tiempo que ha pasado en la cárcel le ha afectado más de lo que está dispuesto a admitir. ¿Ya te ha devuelto el traje?
—Mierda —dijo Stewart—. Me había olvidado de eso. No estoy seguro de si volveré a verlo. Creo que le gustó mucho. Recibió muchos halagos en el casino. Estaba tan cómodo con él que incluso fue a enseñárselo a un sastre que conocía.
McCoy estaba a punto de acabarse su cerveza, pero volvió a dejarla sobre la mesa.
—¿Qué dices que hizo?
—Me dijo que conocía a un tipo que vivía por allí y que quería enseñarle el traje para ver si podía copiarlo.
—¿En la plaza Saint Enoch? —preguntó McCoy.
—Sí, es posible —dijo Stewart—. ¿Por qué?
—¿Cuánto tiempo estuvo fuera? —preguntó McCoy.
Stewart se recostó en la silla, no parecía tenerlo claro.
—No sabría decirte. A esas alturas yo ya estaba un poco achispado. Me dijo que se marchaba y yo me senté a la barra para tomar algo y charlar con unos tipos sobre Vietnam. Cuando volví a fijarme, ya estaba de vuelta, sentado a la mesa.
—¿Diez minutos? —preguntó McCoy.
Stewart negó con la cabeza.
—No, algo más. Una media hora o cuarenta minutos.
El barman volvió a gritar.
—¡Caballeros, hagan el favor!
Un muchacho iba de mesa en mesa recogiendo los vasos. Hora de marcharse.
—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó Stewart—. Todavía estoy un poco confundido por el jet lag.
McCoy asintió.
—¿Por qué no?
Recorrieron la calle principal. Stewart hablaba de Boston y McCoy asentía de vez en cuando. No dejaba de calcular si Cooper habría tenido tiempo suficiente para ir desde el casino, en la calle Hope, hasta Shettleston y volver. Un poco justo, a decir verdad, pero si un coche le esperaba en la puerta, seguramente podría haberlo logrado. Y sabía otra cosa más. Si iba a preguntarle al pequeño Arthur, el sastre, les diría que Cooper había ido a verle aquella noche tanto si era cierto como si no. ¿Habría sido tan estúpido como para tirar el martillo que había usado en el patio de al lado? No lo creía, pero no podía estar seguro.
Acabaron sentándose en el rompeolas, pasándose una petaca de whisky plateada que Stewart se había sacado del bolsillo de la chaqueta. Era una noche preciosa, tranquila. Las luces de Greenock y Gourock centelleaban al otro lado de la bahía.
—¿Siempre quisiste ser marino? —preguntó McCoy.
Stewart asintió.
—Desde que era niño. Había algo en el mar, no sé bien qué, que me atraía. Y después está la cuestión de la tradición familiar. Seguramente, eso también tuvo mucho que ver. —Dio un trago y le pasó la petaca—. ¿Y tú? ¿Siempre quisiste ser policía?
McCoy dio un trago y esbozó una mueca de dolor. El whisky no le iba muy bien a su estómago.
—No. Me vi metido en el asunto, ni siquiera lo pensé. Me crie en hogares de acogida. La familia con la que vivía provenía de toda una generación de policías. Me pareció algo natural.
—¿Se te da bien? —preguntó Stewart.
McCoy sonrió de medio lado.
—Depende de a quién se lo preguntes.
—¿Nunca has tenido ganas de irte a otro sitio? ¿De ver mundo? —preguntó Stewart.
—Puede que lo haga algún día —dijo McCoy—. Nunca pienso en eso. Siempre me digo que me quedaré en Glasgow. Supongo que podría irme a cualquier sitio, nada me retiene aquí.
Se quedaron sentados un rato viendo las luces del último ferri en dirección a Greenock.
—Tú sabes que no he sido del todo sincero contigo, ¿verdad, Harry? —dijo Stewart.
—¿En serio? —preguntó McCoy—. ¿A qué te refieres?
—Cuando estábamos en el coche, junto al hotel Central. Me preguntaste si había algo más sobre Donny que quisiese contarte, algo que quedaría entre tú y yo.
McCoy no dijo nada, prefería que hablase él.
—Cuando Donny estaba en la escuela, sucedió algo. Era un internado. Lo pillaron con otro chico. Estaban de acampada…
McCoy le pasó la petaca y dio un buen trago. Movió de un lado a otro la cabeza.
—La de mierda que tuve que limpiar para que aquello se olvidase. Donny me dijo que fue un asunto de una sola vez. Pensé que era el tipo de cosas que hacen los chicos cuando están encerrados juntos. Bien sabe Dios que esas cosas también pasan en la Armada. Pensé que lo dejaría atrás. —Sonrió y miró a McCoy—. No estoy seguro de que fuese así. ¿Puede servir de algo esa información?
McCoy se encogió de hombros.
—No lo sé. Es posible. Gracias por decírmelo.
Stewart le tendió la petaca.
—¿Y si no somos capaces de encontrarlo? —preguntó—. ¿Y si…?
McCoy le devolvió la petaca y le dijo que lo encontrarían. Ojalá se hubiese sentido tan seguro como aparentaba el tono de su voz.