Muerte en abril
16 de abril de 1974 » Veintiuno
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Veintiuno
McCoy se despertó temprano y se puso en marcha. Suponía que sería el mejor modo de pillar a los residentes de la comuna en casa, pues no creía que fuesen de esos que se levantan con los primeros rayos del sol. Desayunó unas gachas de avena, como le había dicho el médico. Que supiesen a papel pintado de pared no las hizo muy atractivas, pero se había levantado dos veces esa noche con dolor de estómago. Tenía que hacer algo. Prometió no volver a beber whisky. Casi se creyó su promesa.
Salió del hotel y se dejó abrazar por el cálido sol de una estupenda mañana de primavera. El Clyde brillaba de un profundo azul oscuro, los cerros eran verdes; parecía una postal. Incluso había unos cuantos barquitos en el agua, con sus velas blancas atrayendo la luz. No disponía de un mapa, pero suponía que como la carretera de Knockland no iba a ninguna otra parte, era el final del trayecto, sería capaz de encontrar el Zoo sin demasiados quebraderos de cabeza.
En la radio seguía sonando el tema «Waterloo» cada cinco minutos, así que se dio por vencido, la apagó y bajó las ventanillas del coche. Olía a plasta de vaca y a tierra mojada mientras salía del pueblo. Dunoon se convirtió en una hilera de grandes casas que se iban apartando de la carretera y acercándose al agua. Después empezaron a aparecer las granjas. Recordaba haber estado por ahí durante una excursión desde una casa de acogida en las afueras de Dunoon. Se preguntó cuántas otras cosas habría olvidado al intentar eliminar los malos recuerdos. Un precio que había pagado con gusto.
Pensó en lo que le había contado Stewart la noche anterior. Tal vez se sentía atrapado por la rutina, a lo mejor era eso lo que le inquietaba. Nadie le iba a echar de menos si se marchaba de Glasgow. Su ex, Angela, se había mudado a Nueva York, había empezado una nueva vida. Tal vez tenía que hacer algo parecido. Un gran cambio.
Casi pasó de largo; demasiadas cosas en la cabeza. Detuvo el coche, dio la vuelta en redondo unos trescientos metros más allá. Había un cartel de madera pintado a mano junto a la carretera. GRANJA MASON. SIGUIENTE SALIDA A LA IZQUIERDA, decía. Las letras estaban rodeadas de flores y símbolos de la paz. Tenía que ser ahí.
La primera salida a la izquierda resultó ser un camino rural irregular que descendía en dirección al agua. El coche fue dando tumbos por el sendero embarrado. Minutos después, se detuvo frente a una puerta que se mantenía cerrada gracias a un pedazo de cuerda. La desanudó, abrió la puerta y se adentró en la propiedad.
Se cruzó con varias ovejas y varias vacas desperdigadas por los campos. Los corderos estaban junto a sus madres. Al tomar una curva, vio un viejo establo, con grandes letras pintadas de blanco.
¡ESTÁS ENTRANDO EN EL ALBA LIBRE!
La idea que McCoy había tenido de pillar a los residentes saliendo de la cama no tuvo el efecto deseado. A medida que se aproximaba al grupo de edificios que formaban la granja, pudo ver a varias personas rondando por allí. Los edificios llamaban la atención. Habían pintado murales en los costados: arcoíris, flores, niños sonrientes y una gran hoja de marihuana. Tras ellos, lo que parecía ser un antiguo autobús, también pintado, con ropa cubriendo las ventanillas a modo de cortinas caseras.
Un joven con barba, vestido con una bata y botas de agua, alzó las manos delante del coche para dirigirlo hacia un lado. McCoy detuvo el coche y apagó el motor. Bajó la ventanilla. El joven se le acercó. Olía a pachuli y a hierba. Sonreía.
—¿Puedo ayudarte en algo, amigo? —preguntó con acento cockney.
—Eso espero —dijo McCoy al tiempo que salía del coche—. Busco a un chico estadounidense. Donny Stewart.
El joven tomó aire por entre los dientes.
—Es de lo único que no tenemos aquí —dijo—. Hay alemanes, una pareja de holandeses, un belga, incluso un par de jodidos sudafricanos, pero ningún estadounidense.
—¿En serio? —preguntó McCoy mirando alrededor. Varias gallinas picoteaban la tierra, unos niños perseguían a un cachorro de border collie, dos mujeres que vestían faldas largas y pañoletas, con rastrillos apoyados en los hombros, los observaban desde la puerta del granero.
—¿Quién está al mando aquí? —preguntó.
El joven sonrió.
—Aquí nadie está al mando, amigo. Es una comuna, de eso se trata.
McCoy suspiró.
—De acuerdo. ¿De quién es la granja, quién es el propietario?
—Yo soy la propietaria.
Se dio la vuelta y vio a una mujer de mediana edad con pantalones de jardinero, una camiseta amarilla y zapatillas de deporte. Incluso vestida de ese modo, resultaba despampanante. Larga melena pelirroja, piel clara y brillantes ojos verdes. Se acercó a donde estaba, hablando con un acento diáfano.
—Soy Margo —dijo—. Margo Lindsay.
No es que necesitase ninguna clase de presentación. McCoy la reconoció al instante. Después de todo, no había ninguna otra actriz escocesa que hubiese ganado un Oscar.
—¿Un té? —preguntó.
Diez minutos más tarde, McCoy tenía en la mano una diminuta taza de té de rosa mosqueta, fuera eso lo que fuera, y estaba sentado en una silla en la cocina que había en la parte trasera del edificio principal, con vistas al mar. La situación ya habría sido lo bastante extraña sin tener a Margo Lindsay al lado tendiéndole una bandeja de galletas caseras.
—No se acuerda de mí, ¿verdad? —le preguntó McCoy, tomando una de las galletas.
—¿Debería? —preguntó ella sorprendida—. Por cierto, cuidado con los dientes al morder las galletas. La excelencia culinaria no es uno de nuestros puntos fuertes.
—La arresté en una ocasión —dijo.
Lo miró de arriba abajo. Negó con la cabeza.
—¿De verdad? Lo cierto es que me han arrestado tantas veces que ya ni me acuerdo. ¿Cuándo fue eso?
—Glasgow Green. Por los sueldos de los astilleros. El mitin.
—¡Ah! ¿Se refiere al de The Humblebums y Matt? —dijo ella.
McCoy asintió.
—No recuerdo nada en absoluto. Estaba muy colocada. Me había comido un pastel de hachís por error justo antes de salir del apartamento. ¿Qué hice? —preguntó.
—Nada en especial —contestó McCoy—. Creo que simplemente querían detenerla. Causarle problemas.
—Me suena —dijo bebiendo de su té—. ¿Qué trae a un policía de Glasgow hasta aquí arriba?
—Estoy buscando a alguien —dijo McCoy—. Un marino estadounidense llamado Donny Stewart. De la base militar.
Negó con la cabeza. Apartó con mucho cuidado una mariposa de su brazo.
—Aquí no hay estadounidenses. Y sin duda ninguno de la maldita base. No creo que nuestros miembros más radicales lo permitiesen. ¿Qué ha hecho ese chico?
—Nada —dijo McCoy—. Solo quiero hablar con él. ¿Sabe algo de un chico llamado Paul Watt? Escocés.
—No. Se me dan bien los nombres y no lo recuerdo. Hay gente que viene y que va, algunos se quedan solo unos días, pero se me da bien recordarlos y a ese no lo recuerdo.
—¿Qué es este lugar? —preguntó McCoy.
—Un lugar para intentar vivir de un modo diferente. Para cambiar el modo en que está estructurada la sociedad —dijo—. Un experimento, supongo. La gente que viene aquí ha rechazado el modelo de familia nuclear o no encaja en ningún sitio o simplemente está cansada de la carrera de ratas que es el capitalismo. Nuestra pequeña sociedad se rige por una serie de valores diferentes.
—¿Y funciona? —preguntó.
Ella sonrió.
—¿Y la suya?
—Entiendo —dijo McCoy.
—Ahí estamos —dijo ella—. Intentando que Escocia sea un lugar mejor y más amable en el que vivir. —Comprobó la hora en el pequeño reloj de oro que tenía en la muñeca—. La reunión diaria es dentro de diez minutos. Uno de los pocos inconvenientes de vivir en comunidad. ¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa, señor Policía?
—Una cosa más —dijo McCoy—. ¿Tienen aquí un coche grande de color dorado? ¿Un Daimler?
—No —respondió—. Pero mi hermano sí tiene uno. Bueno, era de mi padre, pero mi hermano paga el seguro y el mantenimiento, así que entiende que es suyo. A regañadientes nos deja que lo usemos cuando no está en Escocia, pero en cuanto regresa se lo lleva consigo. Siempre se queja del estado en el que se lo devolvemos. Y tiene razón, la verdad. Los niños no lo tratan con mucho respeto.
—¿Quién lo usa cuando lo tienen aquí? —preguntó McCoy.
—Quien quiera usarlo. Vamos a comprar a Dunoon o a Glasgow. Para conseguir las cosas que no podemos plantar o hacer aquí. A veces alguien se lo lleva para dar una vuelta. Para un pícnic o cosas así.
Volvió a comprobar la hora.
—¿Dónde vive su hermano? —preguntó McCoy.
—¿Angus? Todavía vive en la casa familiar. Está a unos siete kilómetros de aquí, en las afueras de Invervegain. Es muy fácil llegar. La casa más fea de Escocia, en lo alto de la bahía.
Por la puerta de la casa apareció una joven.
—¿Margo? ¿Estás lista?
—Ya voy —dijo Margo—. ¿Es todo, señor…?
—McCoy —respondió McCoy poniéndose en pie. Le echó un vistazo a la maltrecha granja—. ¿Alguna vez lo echa de menos? —preguntó—. ¿Hollywood, ser una estrella de cine, esa clase de cosas?
Negó con la cabeza.
—En absoluto. No debería decirlo así, parezco muy desagradecida, pero nunca lo disfruté. Me vi metida en eso. Era joven, parecía una vida fácil, pero lo que estamos haciendo aquí es mucho más importante. Intentamos crear una nueva vida para la gente de Escocia. Eso es mucho más importante que vestirse como Lady Macbeth o la esposa de algún otro para vender unas cuantas entradas de cine.
McCoy se alejó de la granja. Todavía le costaba creer que hubiese estado con Margo Lindsay. «Margo la Loca», como empezaron a llamarla los periódicos cuando dejó de actuar y se metió en asuntos políticos. Había sido una presencia habitual en todas las manifestaciones en Escocia de los últimos años, encantada de hablar con la prensa sobre los beneficios del comunismo, del sufismo, alabando al pueblo palestino o cualquiera que fuese la causa de esa semana.
A McCoy siempre le había gustado a pesar de todos sus sermones. Al menos demostraba tener un poco de sentido del humor, no como la mayoría de sus compañeros de fatigas. El hecho de que fuese una de las mujeres más guapas que había visto en su vida también ayudaba. La mayoría de los políticos que había conocido veían el mundo en blanco o negro, entre lo bueno y lo malo, pero ella era capaz de apreciar la gama de grises. Sin embargo, no entendía muy bien su última apuesta. No estaba seguro de querer formar parte de una Escocia en la que se comían gachas y huevos en una granja mugrienta. Por mucho que tuviese unas fantásticas vistas al mar.