Muerte en abril
16 de abril de 1974 » Veintidós
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Veintidós
McCoy creía que se había perdido, estaba a punto de dar la vuelta y regresar sobre sus pasos cuando, a lo lejos, entrevió un montículo de piedra clara entre los árboles. Condujo otro kilómetro hasta dar con un camino sin señales que salía del que había recorrido hasta allí. Recordaba levemente haber leído un artículo sobre Margo Lindsay en el que se decía que su hermano había estado en el ejército, pero aparte de eso no disponía de más información.
Después de unos doscientos metros se topó con una puerta de hierro. La garita de piedra que tenía al lado daba la impresión de no haber sido utilizada desde hacía años. Salió para abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Miró a su alrededor. No sabía muy bien qué hacer. Entonces sonó una especie de graznido, un gemido eléctrico, y una voz emergió de un pequeño altavoz colocado en el tronco de un árbol junto a la puerta.
—¿Puedo ayudarle en algo?
McCoy se inclinó hacia el altavoz, sin saber si podrían oírle al otro lado.
—He venido a ver al señor Lindsay —dijo.
—Coronel Lindsay —le corrigió la voz—. ¿Tiene cita?
—No —dijo McCoy—. Soy el detective McCoy. Policía de Glasgow. Querría hacerle unas preguntas.
El altavoz estuvo en silencio durante unos segundos. Después se oyó:
—Voy a preguntar si puede recibirle.
McCoy estuvo a punto de decir a quienquiera que fuese que se trataba de una investigación policial y que sería mejor que le dejasen verlo de una puñetera vez, cuando el altavoz volvió a chirriar y se apagó. McCoy maldijo, se sentó sobre un tronco caído a un lado de la carretera y encendió un cigarrillo.
Le dio tiempo a fumarse dos cigarrillos, observó cómo una mariquita le subía por el brazo y casi se disponía a darse por vencido y regresar a casa, cuando oyó el crujido de unas botas sobre la grava y un tipo con pinta de adolescente apareció al otro lado de la verja. Llevaba unos pantalones caqui y uno de esos jerséis verdes del ejército con parches en los hombros y en los codos. Botas negras pulidas y pelo corto.
McCoy lo saludó con la mano. El tipo no reaccionó. Sacó una llave del bolsillo, abrió la cerradura de la puerta y la mantuvo abierta.
—Siga hasta arriba —dijo—. Alguien le recibirá en la casa.
McCoy se montó en el coche y atravesó la puerta sin que el joven le quitase la vista de encima. A lo mejor se trataba de algún tipo de base militar, pensó, a lo mejor esa era la causa de todo el problema. Lindsay podía haberles vendido la casa familiar, supuso. Siguió conduciendo por el sendero hacia la izquierda y finalmente pudo ver la casa.
Margo tenía razón, era una casa horrible. Una casa horrible y enorme. Una caja de granito gris medio cubierta de hiedra, con pequeñas ventanas en los costados y alas redondas en ambos lados. El tejado era un maremágnum de chimeneas y pequeñas torretas. Se parecía un poco al castillo de Colditz, aunque resultaba menos acogedor.
Otro joven le esperaba en la puerta de entrada cuando McCoy detuvo el coche. Las mismas botas y los mismos pantalones caqui. No llevaba, sin embargo, el mismo jersey, sino una camiseta blanca con la palabra DEFENS impresa en letras azul celeste. McCoy salió del automóvil, se puso la americana, bostezó y se desperezó.
—Llevo mucho rato conduciendo —dijo con tono amable—. Eso te deja hecho polvo. Sabrá Dios por qué, porque lo único que haces es estar sentado.
El muchacho no sonrió.
—¿Tiene algún tipo de identificación? —preguntó.
McCoy sacó su tarjeta y se la tendió. Señaló con el mentón la camiseta del joven.
—Sabes que falta una letra, ¿verdad? —El muchacho no dijo nada. McCoy se encogió de hombros—. ¿Esto es una base militar?
Tampoco respondió a eso, se limitó a devolverle la tarjeta.
—Sígame —dijo, y echó a andar sendero abajo.
McCoy le siguió, sin estar seguro todavía de dónde se encontraban. En cualquier caso, no le hacía mucha gracia la situación. Estaba en medio de ninguna parte, conducido por un joven silencioso que ni siquiera le había mirado. Si la idea era hacerle sentir incómodo, lo estaban haciendo bien. De repente, el muchacho tomó otro sendero que se adentraba en el bosque. Las hojas secas y las ramas crujían bajo sus pies.
McCoy aceleró el paso para ponerse a su altura.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
No hubo respuesta, el tipo siguió caminando.
Diez minutos más tarde, salieron a un claro del bosque. El sol se colaba por entre los árboles, las manchas de luz y de oscuridad se repartían sobre la hierba y los arbustos, el aire estaba cargado de polen y había grupos de mosquitos que no paraban de dar vueltas. Vio a más jóvenes reunidos en el otro extremo del claro. Todos llevaban pantalones caquis y camisetas con la inscripción DEFENS. En el centro del grupo había un hombre mayor, de unos cincuenta años, vestido con jersey militar, botas y falda escocesa verde y roja, apoyado en un largo bastón.
Alzó la vista y le hizo un gesto a McCoy para que se acercase. Al aproximarse, se dio cuenta de que todos miraban hacia algo que había en el suelo. No pudo ver de qué se trataba, lo que fuese quedaba oculto entre las piernas y la alta hierba. Cuando se apartaron, vio algo que le revolvió las tripas: un ciervo muerto, con el cuello partido, los ojos negros vacíos mirando hacia el cielo. Una nubecilla de moscas revoloteaba alrededor de la sangre que manaba de un agujero encima de una de sus patas. McCoy no tenía ningunas ganas de acercarse más, pero se armó de valor.
—¿Señor Lindsay? —le dijo al hombre mayor.
El hombre se volvió y le miró a los ojos. Se parecía a su hermana, tenía el pelo rojo cortado a cepillo, la piel pálida y los ojos verdes, su rostro se correspondía con el de una persona que pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre. Asintió en dirección a McCoy.
—Coronel Angus Lindsay. ¿Puede esperar un minuto? —preguntó—. Estamos en mitad de un asunto. La delicada parte del despiece.
Su acento era tan pijo como el de su hermana. Se parecía al del príncipe Felipe de Edimburgo. McCoy asintió y uno de los muchachos se acuclilló junto al lomo del ciervo. Tenía un largo cuchillo en la mano y miró a Lindsay.
—Recuerda lo que os enseñé. Primero, corta alrededor del ano y extráelo —dijo Lindsay.
McCoy volvió a notar cómo se le revolvía el estómago. Apartó la vista, pero incluso así oyó aquel horrible ruido, parecido al de unas tijeras cortando una tela gruesa.
—De acuerdo. Ahora agarra la piel por la mitad del estómago y corta de atrás adelante.
Más ruido de tijeras.
—¡Ahora, con cuidado! —dijo Lindsay—. No cortes el estómago.
McCoy alzó la vista hacia el cielo. Los pájaros cantaban, las hojas de los árboles susurraban con el viento, las moscas zumbaban. Se esforzó para pasar por alto los gruñidos del joven, así como el creciente olor a cobre propio de la sangre que impregnaba el aire.
—Ahora corta arriba, en el diafragma —dijo Lindsay—. Y suelta el estómago y los intestinos.
McCoy calculó mal el tiempo y bajó la vista justo a tiempo para ver al muchacho, con la camiseta blanca ahora teñida de rojo por la sangre, sacando de las entrañas del ciervo lo que parecía una bolsa de plástico gris enganchada a un grueso cordón de intestinos. Esa fue la gota que colmó el vaso.
—Le espero allí —dijo—. Voy a fumarme un cigarrillo.
McCoy se desplazó con celeridad hasta la otra punta del claro. Respiró hondo, sin pensar en lo que estaba ocurriendo unos pocos metros más allá. Sacó el paquete de tabaco y comprobó que le temblaban las manos. Encendió un cigarrillo y oyó a Lindsay decirle al joven que era el momento de «desangrar» al animal. Miró al cielo y oyó un ruido como de alguien vertiendo un gran cubo de agua en la tierra.
Un par de minutos más tarde, Lindsay se acercó a donde estaba McCoy.
—¿Es usted aprensivo, señor McCoy? —preguntó con una sonrisa.
McCoy asintió.
—Me temo que sí.
—No es el mejor atributo para un detective, supongo. Y bien, ¿en qué puedo ayudarle?
—En primer lugar —preguntó McCoy—, ¿qué es este lugar? ¿Una base militar?
Lindsay negó con la cabeza, riendo.
—No, es mi residencia privada. Pertenece a mi familia desde hace generaciones. Pasó a mis manos hace ya unos años, cuando murió mi padre.
—¿Es usted militar? —preguntó McCoy.
—Sí, pero estoy de baja de servicio en este momento.
McCoy asintió en dirección a los chicos que rodeaban el ciervo.
—¿Y esos muchachos?
—Amigos —dijo Lindsay.
Ahora fue McCoy el que se echó a reír.
—¿Amigos? ¿Está seguro?
—Absolutamente —replicó Lindsay, repentinamente gélido—. En fin, como imagino que mis amigos no son del interés de la policía, ¿puedo preguntarle por qué está usted aquí?
McCoy sacó la foto de Donny Stewart. Se la mostró a Lindsay.
—¿Es uno de sus amigos?
Lindsay apenas se fijó en la instantánea.
—Por el uniforme, diría que es soldado de la Armada de Estados Unidos. No, no conozco a nadie de la Armada de Estados Unidos.
McCoy guardó la fotografía.
Lindsay le echó un vistazo a su reloj.
—¿Eso es todo?
—No —dijo McCoy. Estaba empezando a irritarse. Comprendió que resultaba evidente. Lindsay alzó las cejas—. Creo que tiene usted un coche.
—Tengo varios coches —dijo Lindsay.
—Me refiero a un Daimler de color dorado.
—Sí —dijo Lindsay—. Un Daimler Majestic. Al igual que estas tierras, era de mi padre. ¿Por qué lo pregunta?
—¿Me permitiría verlo? —preguntó McCoy.
—No —dijo Lindsay—. En primer lugar, porque lo están limpiando y reparando en Glasgow en este momento. La colección de tipos raros y balas perdidas de mi hermana casi lo destrozan. En segundo lugar —se detuvo un instante y sonrió—, necesitaría una orden judicial. Si eso es todo…
McCoy asintió, Lindsay caminó hasta donde estaban los jóvenes y envió a uno de ellos.
—Le acompañaré hasta el coche —dijo.
Echaron a andar por entre los árboles.
—¿Cómo te llamas? —preguntó McCoy.
El joven no dijo nada, siguió andando unos pasos por delante, con sus botas militares. El otro muchacho tampoco había querido decirle su nombre. McCoy pensó que podría conseguir un triplete y también se lo preguntó al que le abrió la puerta del camino. Así fue.
Todos permanecieron en silencio, todos le miraron como si fuese poco más que un pedazo de mierda en la suela de sus zapatos. Su silencio, su negativa a responder a cualquier pregunta no era lo único que los tres tenían en común. Todos llevaban camisetas DEFENS y los brazos descubiertos. Y sus brazos descubiertos también tenían otra cosa en común. Entre las pecas y el vello, mostraban manchas diminutas y restos de pintura blanca seca debido al sol.
McCoy condujo hasta el sendero principal intentando no pensar en el sonido de la sangre del ciervo al caer sobre la hierba. Tenía unas dos horas de camino hasta Glasgow. Tiempo más que suficiente para intentar imaginar de qué iba todo aquel asunto. Así que se dispuso a llevar a cabo el proceso que Murray le había enseñado años atrás. Remontarse hasta el principio, encontrar las conexiones, descubrir los patrones. No siempre funcionaba, pero merecía la pena intentarlo.
Daba la impresión de que Donny Stewart y Paul Watt habían estado montando la bomba juntos. Una bomba que había explotado, matando a Paul e hiriendo a Donny. Según Faulds, no resultaba muy complicado conseguir los materiales necesarios para fabricar esa clase de bombas, podías comprarlos en un supermercado Co-op, por lo que intentar rastrear esa clase de cosas sin duda llevaría a un callejón sin salida. La auténtica pregunta era: ¿para qué estaban montando una bomba? ¿A quién le estaba destinada antes de explotar y desperdigar los restos de aquel chico por las paredes del salón de su apartamento? ¿Y quién colocó la bomba de la catedral? ¿Donny Stewart? ¿Habría sido capaz de hacerlo? ¿Alguna otra persona? ¿Se trataba de una gamberrada? Tenía que ser algo más que eso, pero resultaba muy difícil asociarlo a otra cosa.
Se colocó al final de la hilera de coches que esperaban para montar en el ferri en el muelle de Dunoon. Desde donde se encontraba podía ver la embarcación, ya a mitad de camino. Tiempo de sobra para fumar. Salió del coche, se apoyó en él y encendió un cigarrillo. Hasta allí llegaban la música y los gritos provenientes de la feria en el parque. Se preguntó si Patsy Hearne estaría trabajando allí o todavía seguiría en Glasgow Green. Cuando era niño, Patsy le caía bien. Era un listillo de cuidado, siempre replicando a los profesores, no aceptaba tonterías. Ninguno de los chicos gitanos lo hacía, todos eran duros como la piedra. Posiblemente tendría algo que ver con cómo los criaban. Estaban obligados a serlo.
Incluso Patsy había visto más mundo que él al ir de feria en feria. El único sitio en el que McCoy había estado era Glasgow. Había viajado en una ocasión a Manchester para visitar a una novia que, en realidad, no quería verlo. Nunca había ido a Londres, nunca había viajado al extranjero, nunca había subido a un avión. Incluso los niños, hoy en día, iban de vacaciones a España. El vehículo que tenía detrás tocó el claxon y se percató de que ya estaban embarcando. Alzó la mano para pedir disculpas y volvió a meterse en su coche.
Se pusieron en marcha y él salió del coche. Se acercó hasta la proa del ferri. El sol centelleaba sobre el agua, que rociaba de manera agradable su rostro. Paul Watt y Meiklejohn habían trabado amistad en el cuartel, y los cadetes del ejército de dicho cuartel habían aparecido ahora en el campamento vacacional de Lindsay. El mismo Lindsay en cuyo automóvil se había visto montar por última vez a Donny Stewart.
Todos esos detalles trazaban un extraño círculo, estaban conectados, pero McCoy todavía no tenía ni idea del motivo. El propio Lindsay ¿era alguien peligroso o simplemente le gustaba que campasen por su finca jovencitos musculosos? Tal vez era un asunto desagradable, pero no implicaba delito alguno. Lindsay estaba en lo cierto: McCoy no podría echarle un vistazo al coche sin una orden judicial, no había motivo real alguno para hacerlo. Por otra parte, no sabía qué podría implicar echarle un vistazo al coche. Era posible que Donny Stewart estuviese en casa de Lindsay, ocultándose de la gente de la Armada estadounidense. Pero McCoy no sería capaz de conseguir una orden judicial que le permitiese buscar en el interior de dicha casa sin disponer de pruebas.
Odiaba admitirlo, pero estaba atascado. No se le ocurría cómo seguir avanzando. Si Donny Stewart había decidido que no quería que ni su padre ni la gente de la Armada lo encontrasen, no le iba a resultar difícil desaparecer. El único modo de salir a la superficie sería si la herida empeoraba hasta tal punto que necesitase hospitalización. E incluso así cabía la posibilidad de inscribirse con un nombre falso, declarar que estaba aquí de vacaciones y que había sufrido un accidente. Todo lo relacionado con la investigación parecía haber llegado a un punto muerto. Algo tendría que pasar para que McCoy volviese a ponerse en marcha. Esperaba que no se tratase de otra bomba.
—¿Se han acabado tus vacaciones? —preguntó Billy desde su mostrador cuando McCoy entró en la comisaría—. Algunos de nosotros hemos estado trabajando.
—Eso sí que sería una novedad —dijo McCoy—. A menos que le llames trabajar a pasarse el día mirando revistas de chicas y a rellenar boletos de apuestas.
—Espabila, sabelotodo —dijo Billy pasándole una nota—. Un tipo americano llamado Stewart te telefoneó. Dijo que está en el hotel Central. El número es este. Wattie anda como loco buscándote.
—¿Por qué? —preguntó McCoy.
Billy se encogió de hombros. Volvió a concentrarse en sus papeles.
—¿Dónde está? —preguntó de nuevo McCoy.
—Ha salido a comer algo, creo que al City Bakeries. Ve a buscarlo antes de que le dé un jodido patatús.
McCoy salió de la comisaría y echó a andar hacia las tiendas. Wattie estaba haciendo cola, destacaba entre todas las secretarias y las chicas de las tiendas de ropa. McCoy colocó los dedos en la boca y silbó con fuerza. Wattie se dio la vuelta, lo vio y se le acercó a toda prisa.
—Dios mío, tiene que ser importante si estás dispuesto a perder tu sitio en la fila del City Bakeries —dijo McCoy—. ¿Qué sucede?
—Llamaron de la oficina forense. El martillo…
—¿Y? —preguntó McCoy.
—Han encontrado una huella dactilar —dijo Wattie—. Es de Stevie Cooper.