Muerte en abril

Muerte en abril


22 de abril de 1974 » Sesenta y nueve

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Sesenta y nueve

No había nada en el mundo que McCoy odiase más que una morgue. En cuanto bajó del taxi y pudo ver el largo y bajo edificio a orillas del Clyde, se le revolvió el estómago. Lo último que deseaba era echarle un vistazo al cadáver, pero tenía que hacerlo. Se lo debía.

Nada más atravesar la pesada puerta de madera, el olor salió a su encuentro. Lejía y putrefacción, y también el agridulce olor del formaldehído a modo de trasfondo. Firmó en el mostrador y recorrió el pasillo hacia la sala de autopsias. Le habían llamado a primera hora de la mañana. Lo sacaron de la cama. No podía creerlo. Debería haber estado preparado, pero no lo estaba. Fue como si le hubiese caído encima una tonelada de ladrillos.

Golpeó con los nudillos en el cristal esmerilado, donde podía leerse el nombre de Phyllis Gilroy, la médico forense en jefe, en letras doradas.

—Adelante.

Como mínimo, ella sabía de sus reparos con la sangre y las vísceras y se lo había puesto fácil.

Abrió la puerta. Ella vestía su habitual bata blanca de laboratorio. Le ofreció una agradable sonrisa.

—Lo siento, Harry, pero necesitábamos que alguien lo identifique de manera oficial. Ya sé que no es tu lugar favorito.

—Alguien tiene que hacerlo —dijo McCoy. Intentó que su voz sonase tranquila y serena.

Dio un paso adelante y Phyllis lo condujo hasta la cabeza del cuerpo cubierto que reposaba sobre el banco metálico en el centro de la estancia.

—¿Preparado?

Asintió y ella retiró la sábana.

El pelo fue lo primero que reconoció. El corte de pelo típico de Billy. Su cara resultaba más difícil de reconocer. McCoy se obligó a estudiarla, respirando lento por la nariz. Los ojos de Billy estaban hinchados, una larga herida bajo la mejilla derecha. La mayor parte de los dientes habían desaparecido. Tenía la nariz aplastada contra el pómulo, rota y machacada, pero era la suya.

Asintió.

—Es Billy Weir.

Phyllis volvió a cubrirle la cabeza con la sábana y le dijo que podía salir.

McCoy se sentó en los escalones de la Corte Suprema y encendió un cigarrillo. Cada vez que iba a la morgue acababa ahí, esperando a que terminase su trabajo quien todavía estaba dentro. Un autobús se detuvo en la acera de enfrente. Un niño cubrió de vaho la ventanilla y dibujó una carita. Se preguntó si Billy habría intentado huir o se habría limitado a esperar, sabiendo que lo inevitable estaba por llegar. ¿Qué edad tenía? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Menudo desperdicio. Le había tratado un poco, siempre parecía dispuesto a reír. Solo había cometido un error. Cruzarse con Stevie Cooper.

Cabía suponer que Cooper era el responsable. En su mundo, no tenía elección. Un golpe de Estado fallido debía ser respondido con dureza y la mayor rapidez posible. Tenía que demostrarle a todo el mundo que el jefe seguía llevando el timón. Aun así, no entendía por qué no acabar con el asunto con una puñalada. ¿Por qué lo había machacado de ese modo? Daba la impresión de haberse tomado su tiempo. Cuando a Cooper se le calentaba la sangre, no había nada que hacer. Debía de haberle golpeado una y otra vez hasta acabar con la vida de Billy.

—Tendría que cambiar mi despacho e instalarme aquí fuera —dijo Phyllis, sentándose en el mismo escalón que él—. Pasar más tiempo aquí fuera cuando tú tengas algo que ver. ¿Te encuentras bien?

McCoy asintió.

—¿Qué le ocurrió?

—Más bien habría que decir qué no le ocurrió —respondió Phyllis—. Básicamente, le golpearon y luego le golpearon más. En un momento dado se le rompió el bazo. Hemorragia interna. El daño cerebral tampoco fue de gran ayuda. En resumidas cuentas, algo muy desagradable.

McCoy asintió. No quería imaginarlo.

—¿Cuándo murió?

—Hará unas treinta y seis horas —dijo—. Encontraron el cuerpo anoche, en unos matorrales junto al Clyde, cerca del puente colgante.

McCoy intentó calcular las horas.

—Entonces, lo mataron…

—En algún momento de la tarde del día anterior —dijo Phyllis—. El sábado día veinte.

—¿Estás segura?

Asintió.

—Sí.

McCoy se puso en pie.

—Tengo que irme, Phyllis. Nos vemos.

Echó a andar en dirección al centro de la ciudad.

Phyllis gritó a su espalda.

—¡McCoy! ¡Vuelve! ¡Tienes que firmar la declaración!

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